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De las villas marginales a la gran urbe alteña de hoy

El Alto de pie, nunca de rodillas

Ciudad de El Alto

Ciudad de El Alto

La Razón (Edición Impresa) / Luis Oporto Ordóñez / La Paz

00:00 / 06 de marzo de 2015

La ciudad de El Alto se extiende, inconmensurable, por la inmensa altiplanicie andina, protegida por el Illimani, el Illampu, el Huayna Potosí y el Mururata, dioses tutelares que en su memoria larga nos remontan a la época prehispánica.

La Ceja de El Alto, puerta obligada de ingreso y salida de La Paz, cobijó a sufridos viajeros antes de emprender viaje. Allí se asentaron los ejércitos de Túpac Katari y Bartolina Sisa, enfrentando a las milicias de José Sebastián de Segurola e Ignacio Flores. Durante la Independencia, las tropas de Gabriel Antonio Castro y Manuel Cáceres combatieron contra ejércitos realistas de José Manuel de Goyoneche y Pedro Benavente. El 17 de abril de 1879 salieron por ella 10.000 valientes rumbo a Tacna, a enfrentar al enemigo que invadió el Litoral boliviano. Allí hicieron vivac las 700 plazas que marcharon en defensa del Acre, en 1900. En su límpido cielo experimentaron los aviadores italianos Miguel y Napoleón Rapini (1913), los chilenos Luis O. Page y Clodomiro Figueroa, el malogrado boliviano José Alarcón, y el norteamericano Donald Hudson, que sobrevoló El Alto y La Paz el 17 de abril de 1920. En su pampa se fundó la Escuela Militar y Civil de Aviación (1923) y construyeron sus instalaciones la Compañía de Ferrocarril Guaqui-La Paz y Arica-La Paz. Radio Illimani difundió el discurso del presidente José Luis Tejada Sorzano arengando a las tropas durante la Guerra del Chaco, desde sus instalaciones en la Ceja de El Alto (15 de julio de 1933).

Los primeros pobladores estaban rodeados de las haciendas El Tejar (familia Loza), Yunguyo (Rodríguez Balanza) y El Ingenio (Castillo Nava).

Julio Téllez Reyes, “propietario de tierras en la zona Sur de El Alto”, fue el primero en lotear sus tierras, dando origen a Villa Dolores. La memoria colectiva conservó los nombres de dos pioneros: Hilarión Camacho, fundador de la Junta de Vecinos de Villa Dolores (1945), y Manuel Chávez Ticona, de Alto Lima (1948). En pocos años, 50.000 vecinos se asentaron en Villa Dolores, Alto Lima, 16 de Julio, Los Andes, 12 de Octubre, Villa Bolívar y Villa Tejada. El 3 de julio de 1957, los dirigentes de las siete juntas fundan el Consejo Central de Vecinos de El Alto, buscando “la creación de la Cuarta Sección de la provincia Murillo con su capital El Alto”. Mineros migrantes y gente de clase media de la ciudad de La Paz habitaron barrios planificados en Ciudad Satélite y Villa Adela, en la década de los años 60: era la tierra prometida.

En el proceso autonomista, la dirigencia vecinal alteña logró doblar el brazo a gobiernos que pasaron por el Palacio Quemado. Alfredo Ovando Candia no tuvo más remedio que autorizar la creación de subalcaldías (abril de 1970). Era una primera batalla ganada. En acto de masas le otorgaron el título de “Gran Impulsor de El Alto”. Los presidentes empezaron sus baños de popularidad en la urbe alteña: Juan José Torres (4 de mayo de 1971), David Padilla (10 de abril de 1979), Lydia Gueiler Tejada (29 de marzo de 1980).

La Subfederación de Juntas Vecinales de El Alto elevó el pedido al nivel legislativo (4 de mayo de 1980), pasando a la movilización social. Trescientos mil altopaceños hicieron temblar la silla presidencial del general Celso Torrelio que instruyó se redactara un proyecto de ley de creación de la Cuarta Sección de la provincia Murillo, con su capital la ciudad de El Alto (el 15 de septiembre de 1980), que no prosperó. El alcalde de La Paz Raúl Salmón de la Barra propuso la creación de la Alcaldía Distrital de El Alto, reconocida como “modelo institucional piloto, con autonomía de gestión”, mediante ordenanza de 15 de julio de 1982, homologada por decreto ley de 15 julio de 1982. El 12 de enero de 1983 logró el respaldo de la Confederación Nacional de Juntas Vecinales de Bolivia. El Frente de Unidad y Renovación Independiente del Alto (FURIA), conformado por exdirigentes cívicos, vecinales, municipales y de las poderosas organizaciones gremiales, publicó un ultimátum: el Manifiesto Alteño del 4 de agosto de 1984.

El 6 de marzo de 1985, el Congreso sancionó la Ley de Creación de la Cuarta Sección de la provincia Murillo con su capital El Alto de La Paz, fijando sus límites y ordenando la delimitación de la cuarta sección. El presidente Hernán Siles Zuazo no la promulgó pero tampoco la vetó, facultando al presidente del Congreso su promulgación en el Palacio de Gobierno. El entonces alcalde Ronald MacLean intentó dejarla sin efecto (en noviembre de 1985), lo que motivó la amenaza de “movilizaciones que tendrán la magnitud de la causa que defendemos y no reparará en los sacrificios que las mismas exijan”.

Ese dramático proceso es un ejemplo para pueblos jóvenes, pues expresa la superioridad de la voluntad del movimiento social sobre la voluntad de la clase política. Arrasando obstáculos administrativos jurídicos y de cálculo político, impusieron la acción de masas de los movimientos sociales, despojados de colores políticos.

Esos pioneros de la descentralización y la autonomía, a pesar de estar arrimados a tiendas políticas, supieron imponer con claridad el interés colectivo al interés sectario.

El gigante dormido había despertado de su letargo y definió el acontecer histórico de la patria misma. En las jornadas de la “guerra del gas” en octubre de 2003 expulsó de Bolivia al último presidente neoliberal, Gonzalo Sánchez de Lozada, imponiendo la Agenda de Octubre y la Asamblea Constituyente, propiciando la refundación de la vieja República, en cuyo lugar se erige el Estado Plurinacional.

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