El Financiero

‘Cambiar la mentalidad del productor fue, muchas veces, lo más dificultoso’

Edgar Guardia. Es director ejecutivo de Fundación Valles desde su creación, al inicio de este siglo, y destaca que introducir nuevas técnicas y tecnologías para mejorar los cultivos fue un largo proceso donde el diálogo fue importante para enlazar con las tradiciones ancestrales. El siguiente paso consistió en fortalecer las asociaciones de productores, algunas de las cuales se han convertido en empresas exportadoras que no necesitan de intermediarios. El logro principal es el incremento en los ingresos familiares de 62.500 hogares.

Edgar Guardia. Foto: Svetlana Salvatierra

Edgar Guardia. Foto: Svetlana Salvatierra

La Razón (Edición Impresa) / Svetlana Salvatierra

00:00 / 08 de diciembre de 2013

— En estas tres décadas de trabajo, ¿qué cambios observa en el desarrollo agropecuario?

— Con subidas y bajadas. En DESEC trabajé mucho en el incremento de rendimientos en cultivos, como el de la papa en las provincias de Tiraque y Carrasco, y apoyo al fortalecimiento de asociaciones, especialmente en la creación de la empresa de semilla de papa SEPA (una sociedad anónima mixta entre Cosude, IBTA, el Ministerio de Agricultura y ASAD) que hoy sigue produciendo. También trabajamos en el área forestal en manejo de suelos, plantando especies de protección contra el viento y la erosión, y con fines comerciales.

En la Fundación Valles, el trabajo fue más intenso y tuvimos la suerte de tener financiamiento para los programas de creación de valor agregado a los productos primarios. Los productores que no contaban con acceso a servicios bancarios ahora están integrándose. Tienen enlaces con empresas urbanas para vender productos. Tienen alianzas con proveedores de material vegetal. Tienen ruedas de negocios, servicios de información de precios y otros que se han desarrollado para los pequeños y medianos negocios agroempresariales con el fin de que sean más competitivos en los mercados nacionales y extranjeros.

— ¿Cuáles cultivos han mejorado en estos años?

— En la fundación hemos priorizado dos categorías de cultivos. Por un lado los tradicionales, que tenían deficiencias. En la cadena de la cebolla (por ejemplo) había mucha pérdida en la poscosecha, cerca del 40% de su producción por malas prácticas y manejo, lo que luego se redujo al 10% con un impacto significativo en los ingresos de los productores. También se trabajó con ají y maní, durazno y uva de mesa, tanto en cultivo, como en procesamiento y acceso a mercados. En los cultivos no tradicionales está el orégano, empezamos en 2002, en Chuquisaca centro, y ahora hay una empresa, UNEC, que está exportando unas 200 toneladas de orégano deshidratado a Brasil. Otros cultivos importantes son los de frutillas y arándanos, los cortes de flores como los lilium, gerbera y otras especies con amplio valor de mercado.

— ¿Qué fue lo más difícil?

— Muchas veces lo más difícil fue cambiar la mentalidad del productor. Para empezar, es un productor que sabe lo que hace y por varias generaciones lo han estado haciendo en familia y tiene ideas preconcebidas. No se pueden minimizar sus conocimientos ancestrales. A veces es difícil convencerlo de que haya un cambio en el uso de otras técnicas de poscosecha o bolsas de empaque más eficientes. El agricultor tiene resistencia al riesgo, con toda razón, le va a costar algo de dinero e implica riesgo. Pero cuando ha visto que el cambio es bueno, vuela y los vecinos empiezan a copiar porque ven que funciona.

Otras situaciones difíciles tienen que ver con el minifundio (una o menos de una hectárea), acceso a mercados por falta de  caminos y de información. Lo importante es encontrar nichos de mercado en los que se puede ser competitivos, como el maní y ají orgánicos, donde tenemos ventajas comparativas. Es difícil exportar frutas porque los países vecinos ponen barreras sanitarias muy fuertes.

— ¿Cuántos agricultores cambiaron su mentalidad?

— En 12 años de la Fundación Valles trabajamos con 62.500 familias de pequeños productores en zonas pobres del altiplano, valles y Chaco; en 80 municipios de los 339. El único departamento en el que no hemos trabajado es Pando. Logramos elevar los ingresos vinculados con la capacidad de la cadena en 80%. Si un agricultor ganaba 100 bolivianos, ahora gana 180, en la cadena de cebolla; varía de cadena a cadena. Esto impacta en los ingresos del hogar en 54%. El impacto fue masivo.

— ¿Como están organizadas estas 62.500 familias?

— Generalmente están agrupadas en asociaciones de productores. Esto facilita la asistencia técnica, las capacitaciones y hasta la adquisición de insumos más baratos. También trabajamos con micro y pequeñas empresas, empresas asociativas rurales y productores individuales. En la cadena del maní logramos crear una sociedad de responsabilidad limitada para que ellos exporten directamente; un logro enorme. Eso no ocurre de la noche a la mañana, se necesita de una empresarialidad formal capaz de asumir toda la logística de exportación y todas las buenas prácticas que exigen los clientes afuera, como la certificación orgánica, buenas prácticas de manufactura y 1.000 requisitos que ponen.

— ¿A cuántas empresas agrícolas ayudaron a formar?

— También se creó una empresa de flores en Cochabamba (Bella Vista, Quillacollo) que hace ensayos de exportación, antes lo hacían a través de intermediarios. Con el programa de Desarrollo de Empresas Rurales, financiado por la Embajada de Dinamarca en Bolivia, en esta tercera fase (el DER empezó en 2003), se trabajó con 978 productores individuales —productores de durazno que mejoraron el mocochinchi con sistemas de deshidratación  limpio y eficiente—; con 19 empresas asociativas rurales a las que les faltaba equipamiento productivo y estar listas para crecer; y con ocho mypes familiares dedicadas a viveros, hortalizas y otros.

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1
2 3 4 5 6 7 8
16 17 18 19 20 21 22
23 24 25 26 27 28 29
30 31

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia