El Financiero

El ‘t’ili’ Melendres moldea y pinta sonrisas con arcilla hace 50 años

TRABAJO. El artesano de Jesús de Machaca exporta hoy sus productos a varios países.

VARIEDAD. Melendres produce diferentes y coloridas figuras en su taller que está en El Alto.

VARIEDAD. Melendres produce diferentes y coloridas figuras en su taller que está en El Alto. Foto: Pedro Laguna

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Castel / La Paz

13:30 / 16 de enero de 2017

Nació en cuna de arcilla y toda su infancia la vivió impregnada con el olor de la tierra mojada. Cinco décadas después, su talento, trabajo y convicción lo llevaron a ser el reconocido artesano que le pone una sonrisa a los famosos t’ilinchos.

Walter Melendres, quien nació en 1960 en el municipio de Jesús de Machaca, en la provincia Ingavi del departamento de La Paz, recuerda que desde muy chico vio a su papá y a su abuelo moldeando tejas, platos y cántaros de arcilla para ganarse la vida y para la casa que tenían en el campo.

“Los niños no teníamos juguetes”, así que “yo hacía burros, ovejitas y otros animalitos (de barro). A los 6 años ya era diestro y a los 12, profesional. Hacía en cantidades”, cuenta con orgullo el alfarero, hoy propietario de una empresa que en su mejor momento llegó a tener 40 trabajadores, la mayoría personas de escasos recursos que fueron capacitadas en los talleres de Cerámicas Walter.

  • MEZCLA. La materia prima proviene de dos municipios. Fotos: Pedro Laguna, La Razón

Melendres recuerda que sus progenitores no querían que él y sus siete hermanos menores se dediquen a trabajar la arcilla. “‘Tienen que ir a la escuela’, nos decían, pero igual poníamos al horno los juguetes”.

“A los 15 años, mi papá me enseñó a hacer cerámicas tiwanacotas” que “daban buena plata”. Por ese trabajo “éramos famosos en la comunidad”, afirma. Con conocimientos que le permitían ganarse el pan, el artesano dejó su hogar un año después con el sueño de convertirse en profesor, porque en Jesús de Machaca los maestros “se vestían y comían bien”, relata.

Pero su época de “joven libre” duró poco. En 1978, cuando volvió a su pueblo natal, se enteró de que sus padres habían fallecido, así que a sus 18 años tuvo que hacerse cargo de sus otros hermanos huérfanos.

Ante la situación y con las autoridades comunitarias queriendo definir su destino y el de su familia, Melendres decidió dejar el pueblo y probar suerte en La Paz, donde sobrevivió elaborando artesanías. “La plata no alcanzaba”, lamenta.  Así que para tener algunos pesos más el joven machaqueño tuvo que trabajar de albañil, lavador de autos, zafrero y panadero en Santa Cruz en pleno golpe de Estado de Luis García Meza (1980).

A los 21 años retornó a su comunidad y dejó a sus hermanos a cargo de los mandos originarios para “formar el carácter” haciendo el servicio militar. Luego volvió por ellos, pero no los encontró a todos, uno había fallecido. En esas circunstancias decidió, junto a su familia, continuar con el negocio de la cerámica en la sede de gobierno, para lo cual le ayudó mucho la venta postergada de algunos productos que le habían pedido durante su estadía en la capital cruceña.

  • INTERÉS. Melendres elabora ‘souvenirs’ para empresas.

Luego, más problemas tocaron a su puerta. “Otros comunarios se enteraron de lo que hacía y me hicieron la competencia”, resume.

Con el mercado de las cerámicas tradicionales copado, el alfarero se animó a hacer miniaturas, pero solo a sugerencia de María Elena Sanjinés, una amiga comerciante de artesanías. “Recordé lo que hacía en mi infancia. Le llevé lo que pidió y se mató de risa. Me dijo que (los muñequitos) eran ‘chistosos’, les colocó esmalte y los puso en una vitrina. Fue un éxito para ambos”, cuenta Melendres. “De 2 kilos de arcilla se hace un plato de Bs 30 o 200 miniaturas de Bs 1 cada una. Vendimos muy bien en 1984”.Los muñequitos, que se caracterizan por tener siempre una sonrisa en el rostro, representaban en principio al hombre, mujer o niño aymara, pero luego fueron adoptando las vestimentas de pueblos de otras regiones de Bolivia. “Cada uno tiene que robarle el corazón al cliente, decir ‘llévame’”, sostiene el alfarero.

Las figuras se hacen de una mezcla especial de arcillas que provienen de Jesús de Machaca y de Laja, lo que le da a la masa la calidad necesaria.

Fue Sanjinés quien los bautizó como t’ilinchos. “Vos eres bajito, ¿qué te llaman en aymara?”, preguntó la vendedora a Melendres, a lo que el artesano respondió: “T’ili (pequeño)”.

“Que sea t’ilincho” entonces, dijo.

DESARROLLO. 11 años después, en 1995, Melendres tuvo su primera experiencia con el mercado internacional, exhibiendo sus productos en una feria en Alemania. La aventura le causó pérdidas, porque aún no tenía el asesoramiento adecuado ni contaba con catálogo, tarjetas y fax.

La historia cambió el siguiente año, cuando acudió al mismo evento, pero esta vez preparado. Desde entonces llevó su oferta a Perú, Chile, Brasil, Colombia, Estados Unidos e Italia y su trabajo recibió varios premios de instituciones públicas y privadas. Hoy, el catálogo de su empresa muestra 600 tipos de artesanías, entre ellas t’ilinchos, iglesias tradicionales del país, vasijas, platos y otros.

  • TALLER. Una artesana pinta un nacimiento andino.

“En Europa los adornos son como la ropa, se cambian cada año”, expresa.

El alfarero comienza su labor a las cuatro de la mañana. “Nadie molesta, nadie llama y escucho música con un mate de coca”, dice Melendres mientras trabaja con la materia prima vistiendo un overol de color azul. Sus ocho trabajadores, entre ellos algunos de sus hermanos, llegan después. La mayor parte de sus exempleados abrieron su propio negocio.

Hoy, el “famoso Walter”, como le dicen en su pueblo, confía en que se concretará un negocio en Estados Unidos. En tanto, sigue formando jóvenes artesanos en su taller y sueña con “una universidad propia”.

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