El Financiero

Yavincha, guitarras bolivianas con calidad que cruza fronteras

Artesano. Inició su carrera hace 10 años, hoy es valorado por sus obras.

Control. El artesano inspecciona la calibración del brazo de una guitarra. Foto: Álvaro Valero

Control. El artesano inspecciona la calibración del brazo de una guitarra. Foto: Álvaro Valero

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Castel / La Paz

00:00 / 18 de octubre de 2017

Un artesano contribuye a la riqueza musical del país al dar vida a las maderas preciosas que llegan a su taller y transformarlas en guitarras de clase internacional. “Esta locura empezó hace casi 10 años”, afirma Leonardo Yavincha.

El artesano, de 33 años, fabrica estos instrumentos de cuerda con una calidad que no tiene nada que envidiar a la de, por ejemplo, las marcas española Alhambra y argentina Aldo Merlino.

“Sus guitarras son las mejores que uno puede comprar de un constructor boliviano. Sus materiales y acabados son de primera. Logró un sonido equilibrado, preciso y consistente a través de un estudio concienzudo que es atípico en nuestro medio”, destaca Juan Carlos Hiza, profesor de la

Escuela Nacional de Música ‘Luis Felipe Arce’ y exdocente del Conservatorio Plurinacional de Música.

Diseño. El artesano prepara las tapas de una guitarra.

El luthier cuenta que su amor por las guitarras comenzó de muy joven, cuando aprendió a tocar un instrumento que él mismo logró comprar. “Me la robaron, estaba muy triste y mi papá al ver la situación me dijo: ‘Ch’allate, te apuesto, vas a nadar en guitarras, las cosas pasan por algo’.

“Esta locura, esta historia, comenzó en 2007”, recuerda Yavincha, un autodenominado “ermitaño” cuya pasión y entrega por su trabajo lo mantienen recluido por más de 12 horas diarias en su estudio, ubicado en El Alto.

“Hace casi una década me presenté ante el (reconocido) maestro alteño Jesús Aruquipa, quien amablemente me abrió las puertas de su taller para mostrarme, durante tres meses, ocho horas por día, las nociones básicas de este arte, cómo agarrar una herramienta, el tableado, el cepillado y el cortado”, recapitula.

Desde que se inició en el oficio, el artesano fabricó unas 170 guitarras, algunas de las cuales emiten su melodioso sonido en el extranjero, de la mano de artistas que reconocieron la calidad del trabajo del joven luthier.

Balanza. Control para que el peso del puente sea ideal.

Los precios de los instrumentos de la marca Yavincha van desde los Bs 2.800 y pueden pasar los Bs 7.000. Christian Pérez, concertista argentino que vive en Estados Unidos, adquirió un ejemplar luego de ubicar al artesano boliviano a través de Facebook (Guitarras Leonardo Yavincha Luthier). “Me invitó a su casa a verlas y una de ellas me encantó, y la compré. Por una guitarra así, pagará acá (en el país del norte) por lo menos el doble”, indica.

Materiales. El guitarrista profesional tupiceño Martín Castillo comenta que toca las Yavincha desde hace dos años. “Tienen un sonido con mucha proyección y calidez. Me han funcionado a la perfección tanto en grabaciones como en vivo. No las cambiaría, estoy satisfecho”, destaca.

Los pedidos y las entregas son el pan de cada día. Al momento, la agenda de trabajo del artesano está copada hasta 2018.

El quehacer del luthier comienza a las cinco de la mañana, cuando ingresa a su taller dominado por el inspirador aroma de materias primas selectas como el abeto, el cedro, el palo santo, la jacarandá, el ciprés, el palo de rosa, el ébano y otras cuya densidad, peso y antigüedad ayudan a producir un sonido más prolongado, cálido, limpio y rico en detalles.

Siempre hay que estar “de buen humor” al trabajar la madera, asegura Yavincha, para que ésta no absorba cualquier “mala vibra” que después arruinaría la calidad sonora del instrumento.

La fabricación de una guitarra toma de dos a cuatro meses, dependiendo del tipo de instrumento y la época del año en la que se lo pida. “A veces me piden una con urgencia, pero no puedo entregarla en febrero porque es época húmeda. Para armar un muy buen instrumento yo tengo que buscar una época relativamente seca, para que una vez terminada sea versátil y que en el llano no se abombe o que en un pueblo del altiplano no se agriete”, cuenta.

“Siempre hay algo que aprender y ahora cada instrumento que sale del taller es mejor que el anterior, es un camino de nunca acabar”.

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