El Financiero

Un ‘desfasado’ PIB aún es esencial para medir la riqueza

Este indicador perdería importancia progresivamente.

Indicadores. El PIB fue creado en 1934 por el economista ruso-estadounidense Simon Kuznetz.

Indicadores. El PIB fue creado en 1934 por el economista ruso-estadounidense Simon Kuznetz. Foto: ASEXMA.CL

La Razón (Edición Impresa) / AFP / París

00:00 / 18 de octubre de 2015

Las iniciativas proliferan para “medir mejor” la riqueza de las naciones, pero de momento nada consigue suplantar al Producto Interno Bruto (PIB), considerado por muchos como “desfasado” y sin embargo muy utilizado por gobiernos e instituciones.

El “Índice de riqueza global”, el “Progreso verdadero” o la “Felicidad Bruta”, entre otras iniciativas, no han conseguido desbancar al PIB, escrutado por todos y cuya evolución apasiona en los medios económicos de cada país.

El Producto Interno Bruto “se ha convertido en una especie de tótem, en particular porque evalúa el crecimiento, algo que es determinante en nuestras sociedades”, dijo Dominique Meda, sociólogo y miembro del Foro para otros indicadores de riqueza (Fair).

Desarrollado en 1934 por el Premio Nobel Simon Kuznets para medir el impacto de la gran depresión en la economía de Estados Unidos (EEUU), el PIB acabó imponiéndose en todo el mundo como el medidor por excelencia de la riqueza y el progreso.

“El Producto Interno Bruto es hoy mucho más que un simple instrumento de medida”, asegura Dirk Philipsen, economista en la Universidad de Duke (EEUU) y autor de un libro sobre el tema.

“Se ha convertido en un fin en sí, en la definición misma de lo que es la economía”, asegura.

No obstante, desde hace años arrecian las críticas contra este indicador, acusado por algunos de reflejar de forma “inadaptada”, “incompleta” o “burda” la actividad económica de los países.

CUESTIONAMIENTOS. Principal reproche: el PIB, que mide el valor de los bienes y servicios producidos en un periodo determinado, solo toma en cuenta las transacciones mercantiles, pero no las actividades no monetarias como el trabajo voluntario o doméstico, que contribuyen a la calidad de vida de los habitantes. Además, no integra el impacto, a menudo nefasto, de las actividades de producción para la sociedad.

Según ese método, si se destruye un bosque milenario para vender madera, se crea valor comercial y se incrementa el PIB, pese a los efectos negativos en el medio ambiente. Más absurdo aún: si una marea negra afecta al litoral, se genera actividad para limpiarlo, lo que estimula el crecimiento y hace subir este instrumento de medida. “El Producto Interno pone el acento en la cantidad, y no en la calidad”, opina Meda. Este indicador “dice poco sobre el bienestar de los habitantes”, añade.

“El PIB está inadaptado a los desafíos del siglo XXI, que son la ecología y las desigualdades. Es una brújula falseada”, opina Eloi Laurent, del Observatorio Francés de Coyunturas Económicas.

Para colmar estas lagunas, varios expertos han ideado instrumentos “alternativos” que toman en cuenta dimensiones sociales, culturales o medioambientales para evaluar la riqueza. Uno de los primeros en hacerlo fue el economista indio Amartya Sen, Premio Nobel 1998 y creador del Índice de Desarrollo Humano, utilizado en el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, que combina tres criterios: ingreso por habitante, educación y esperanza de vida.

En los años 2000 se crearon otros indicadores, como el índice de bienestar económico (IBE) o el índice de mejor vida (IMV), sin olvidar el famoso “Felicidad Nacional Bruta” (FNB), elaborado por el pequeño reino asiático de Bután.

Pero pocas cosas han cambiado de hecho en los últimos años. El PIB sigue siendo ineludible y su supremacía no parece amenazada. “Hay una fuerza de inercia” según Philipsen. “Y también falta voluntad política”, añade, pues adoptar índices alternativos hace planear “una amenaza sobre las instituciones políticas y económicas existentes”. Sin embargo, para Laurent las cosas están cambiando. “No hay hoy en el planeta un solo dirigente serio que se fíe únicamente del PIB. La gente se da cuenta de que hacer un 10% de crecimiento (del PIB) con un 75% del agua contaminada y un aire irrespirable es algo que carece de sentido”.

Este indicador “perderá progresivamente importancia”, pronostica el economista francés Jacques Attali, que lanzó en 2013 el “índice de positividad”, que evalúa el compromiso de los países hacia sus generaciones futuras. “El PIB tardó 30 años en imponerse. Es normal que otros indicadores tarden en emerger”, observa.

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