El Financiero

Nuestra relación con el dinero

En esta edición difundimos un artículo de Jenny Moix en el que cuestiona si los logros, seguridad, estatus u otro significado del dinero son reflejo de las aspiraciones o de temores del humano ante su falta o exceso

El País / Madrid

00:00 / 30 de septiembre de 2012

El problema aparece cuando la economía personal ocupa mucho espacio en nuestra mente. Logro, seguridad, estatus..., sus significados reflejan aspiraciones y también temores.

Con los ahorros no pretendemos cubrir sólo nuestras necesidades, sino nuestros miedos. Guardar, calma un poco el desasosiego.

Amelia es mi amiga espiritual. Desde la adolescencia, las conversaciones con ella han sido de temas globales y de asuntos que van más allá de la lógica. Siempre comprometida con mil causas y participando activamente en distintas ONG. Nunca ha ido sobrada de dinero, más bien al contrario, pero unos meses atrás lo pasó realmente mal. Para llegar a fin de mes necesitaba hacer auténticos malabarismos. “Ya ves cómo estoy”, protestaba, pero no tanto por su situación como por el espacio mental que le ocupaba algo tan material y terrenal como el dinero. Su espiritualidad no la protegía de la preocupación económica.

Nadie está ofuscado por unos trozos de papel ni por unas monedas, sino por lo que significa su carencia. No poder cuidar a los padres enfermos como se merecen, tener que cambiar a los ni­ños del cole y separarlos de sus amigui-­tos, obligarnos a aguantar un dolor de muelas... Y es que, como apunta Carlos Cañete, “el dinero es lo más inmaterial del mundo”. Gregory M. Rose y Linda M. Orr (de las universidades de Washington y Akron, respectivamente), en su artícu­lo Midiendo y explorando el significado simbólico del dinero, concluyen que al dinero le podemos otorgar cuatro gran­des significados: logro, en este caso representa la consecución de objetivos propuestos; estatus, el dinero simboliza prestigio; seguridad, el dinero significa protección frente al futuro; preocupa­ción, su falta se encuentra asociada a fantasías muy catastróficas.

Cada uno de nosotros tiene el di­nero atado a diferentes significados y emociones. Sin embargo, existen atri­buciones casi arcaicas que subyacen en todas nuestras mentes. Ya no nos relacionamos directamente con la naturaleza. Nuestras necesidades más básicas (alimentarnos tener un refugio) nuestros instintos más primarios se entrelazan estrechamente con la economía.

Nuestra relación con el dinero

En palabras de Axel Capriles: “El dinero es el portador simbólico de la más elemental angustia de supervivencia”. En muchas investigaciones se ha puesto de manifiesto que el di­nero como incentivo activa los mismos circuitos neuronales que otros refuerzos asociados a necesidades fisiológicas co­mo la comida o el sexo.

Hoy, por desgracia, muchas personas tienen motivos reales para sen­tirse asustadas. Aparte de este tipo de angustias, no son pocos los casos de actuaciones monetarias patológicas. La avaricia de la gente rica. Todos conoce­mos a personas que teniendo suficiente dinero para vivir ellos y sus descendien­tes no donan nada y encima s

u existen­cia va dirigida a acumular más. Andan obsesionados por sus pertenencias.

Avaros aparte, ¿qué pasa con nues­tra tendencia a ahorrar? Actualmente, nuestras fantasías catastróficas se ven corroboradas por lo que vemos en la tele o en los periódicos. Con el miedo a cues­tas, intentamos ahorrar más que nunca. Además, en el inconsciente colectivo viven cuentos como “la hormiga y la ciga­rra” que sustentan esta forma de actuar. Ahorrar siempre se ha visto mejor que gastar; así, mientras gastar mucho se considera una patología: “compradores compulsivos”, no existe la etiqueta de “ahorradores compulsivos”.

Con los ahorros no pretendemos cubrir sólo nuestras necesidades, sino también nuestros miedos, y, dada la profundi­dad de éstos, puede parecer que nunca tenemos suficiente. Ahorrar nos calma un poco el desasosiego que nos provo­ca la incertidumbre del futuro de los seres queridos. Un banquero jubilado me contaba que ha visto muchos casos de viejecitos que ahorraban al máximo para que, una vez fallecidos, esos aho­rros de toda la vida fueran vapuleados en dos días y de cualquier forma por sus hijos. Claro que no siempre es así, y que nunca pensamos que ése va a ser nuestro caso... Qué difícil decidir cuán­to debemos ahorrar y cuánto debemos gastar.

Significado. Estaba paseando con una empresa­ria que, dadas sus posesiones, tiene su vida e incluso la de su hija aseguradas, y en un momento dado se quejó de que tenía mucha sed. Cuando le propuse parar y comprar una botella de agua, me comentó que mejor no porque ya se la bebería en casa. Siempre evita gastar un solo céntimo. En torno al dinero hay muchos comportamientos absurdos. ¿Quién no se ha encontrado regateando por una cantidad ridícu­la? ¿Quién no ha pasado varios minutos en el súper mirando qué tomate frito es el más barato para ahorrarse diez cén­timos y luego comprar otro producto prescindible?

El comportamiento más espeluz­nante al que nos arrastra el dinero es, sin duda, el que exhibimos cuando hay herencias de por medio. El mes pasado murió el padre de un amigo mío. Todos, incluido él mismo, sabían que se estaba muriendo. Por eso, sus tres hijos, que viven en diferentes países, fueron hasta México para despedirse de él. La esposa de su padre (estaba casado por segunda vez) les pidió que fueran a firmar un do­cumento: se trataba de una renuncia a la herencia para que todo quedara para su mujer y su hija (su hermanastra). Se negaron. Y el padre, que casi no podía ni hablar, intentaba convencerles de que lo hicieran. Encoge el estómago. Mi ami­go me contó que en las conversaciones surgió mucha “porquería”: que si su pa­dre había sido un despilfarrador cuan­do ellos no tenían dinero, que si quería más a su última hija que al resto... No se hablaba de dinero, se hablaba de esos significados tan cargados que arrastra.

¿Usamos nuestros ingresos de la mejor forma posible? Quizá lo que compramos no es indispensable para nuestra felicidad. Cuando compramos algo, ¿qué estamos comprando en rea­lidad? ¿Compramos un coche caro por­que realmente lo necesitamos para ser felices o para aparentar algo? ¿Por qué pagamos cada mes la cuota del gimna­sio si no vamos?, ¿estamos pagando la ilusión de que un día iremos? ¿Cuando se establece una competición entre los padres divorciados a ver quién hace más regalos a sus hijos, están compran­do su amor? En muchos ca­sos estamos tapando agujeros del ego con el dinero.

Una asistenta colombiana estaba aho­rrando porque iba a pasar unos días a su país y quería llevar regalos a todos sus hijos. Pero una factura inesperada de la luz se lo impidió. Todavía le resultaba posible pagar el viaje, pero no los obse­quios. La señora para la que trabajaba no podía prestarle, así que le propuso buscar en su casa a ver si encontraban artículos que le pudieran servir de rega­lo. Y así se apañó. Al volver le comentó que se había dado cuenta de que no ha­cía falta obsequios caros para que sus hi­jos y ella disfrutaran estando juntos. Ella en el fondo quería llevar grandes regalos para asegurarse de que sus hijos estu­vieran bien con ella, como si su presen­cia no fuera suficiente. Un ejemplo que demuestra qué diferente sería el mundo si cada uno de nosotros descubriera qué carencia quiere tapar con su dinero.

Imaginemos que tenemos suficien­te para cubrir nuestras necesidades, que llegamos a final de mes sin apuros y nos dan a escoger entre dos libros: uno que nos enseña un método infa­lible para hacernos millonarios y otro que nos explica la forma de liberarnos de nuestros miedos y de los significa­dos irracionales que le damos al dinero.

¿Cuál escogeríamos? No hace falta es­pecular la respuesta, los libros y cursos sobre cómo ganar dinero triunfan. To­davía nos falta mucho...

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