El Financiero

La ruta del vaquero

En el rancho La Victoria —a 103 km de Trinidad— se comparte el trabajo de los vaqueros y se disfruta de la fauna de la Amazonía beniana.

 Lyliam González es dueña de la hacienda ubicada a 103 kilómetros al noreste de la ciudad de Trinidad. Foto: Marco Aguilar

Lyliam González es dueña de la hacienda ubicada a 103 kilómetros al noreste de la ciudad de Trinidad. Foto: Marco Aguilar

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández R.

15:22 / 23 de noviembre de 2017

Montados sobre briosos caballos alazán, los vaqueros son los dueños de esta parte del territorio beniano, ya que desde que los primeros rayos del sol empiezan a iluminar la pampa, ellos ya están despiertos: si no están ordeñando a las vacas, están ocupados en el arreo del ganado, que debe salir del corral para pastar en parte de las 4.500 hectáreas del rancho La Victoria. No obstante, esta rutina diaria cambia cuando reciben la noticia de que van a llegar visitantes, porque ellos se convierten, desde su arribo a la propiedad, en los protagonistas de la hacienda.

Cuando Lyliam González —dueña de la hacienda ubicada a 103 kilómetros al noreste de la ciudad de Trinidad— estudiaba Turismo Rural en la Universidad de Buenos Aires (Argentina) descubrió que haciendas en el sur brasileño y de otros países suelen combinar el trabajo de ganadería y agropecuaria con el turismo, decidió intentarlo. Esto ocurre en la Amazonía, donde también está La Victoria.

“Todas las estancias ganaderas en Beni tienen sus atractivos naturales, con mucha biodiversidad; hay arroyos, lagunas, ríos, humedales e islas de bosques, todo eso es hermoso”, asegura desde la cabaña rural.

El cielo dorado de un atardecer dentro del rancho La Victoria, ubicado a 103 kilómetros de la ciudad de Trinidad.

Al notar estas potencialidades, en 2011 convirtió su propiedad familiar, que normalmente está dedicada a las labores de campo y cría de ganado vacuno y caballar, en una estancia que ofrezca la experiencia de compartir y vivir unos días como vaquero.

La aventura comienza en la ciudad de Trinidad, desde donde una vagoneta 4x4 lleva a los visitantes por 75 kilómetros de camino de asfalto que culmina en San Pedro de Canichanas o San Pedro Nuevo, que antaño fue la capital de las misiones de Moxos.

A principios del siglo XVIII, una misión de sacerdotes jesuitas instaló en esta región una fundición de metales, lo cual la convirtió en el poblado más próspero de la provincia, en especial por la elaboración de campanas, cuyo repiquetear se escucha ahora en la urbe trinitaria, en Cochabamba y en casi todas las poblaciones benianas, además de Gran Bretaña, España y Grecia, que tienen de recuerdo el año de su creación y el nombre del fundidor.De aquel esplendor ahora quedan la plaza principal vacía, el templo jesuítico bien conservado y, sobre todo, algunas campanas hechas en 1784 que cuelgan de su techo de madera.

Debido a las lluvias, el camino desde San Pedro hasta las haciendas se hace casi intransitable entre junio y noviembre, aunque hay cuadratracks “para los que quieran embarrarse un poquito” y una avioneta que traslada al rancho en 25 minutos.

Sentado sobre un caballo alazán, el vaquero agita el lazo con el fin de atrapar una vaquilla que será desparasitada.

En el trayecto de árboles frondosos, la antesala del rancho la ofrecen las aves que vuelan por el cielo nublado, como los tucanes, pavas serere y el brillante y policromático martín pescador.

La contemplación del cielo es interrumpida cuando el guía anuncia que falta poco para llegar al rancho La Victoria, que está protegido por una extensa valla de madera, delimitado por el río Ipurupuru y el arroyo El Pastor.

Con la sonrisa y amabilidad que caracteriza a los benianos, Lyliam da la bienvenida a los visitantes en las afueras de una cabaña rústica y característica de la región, donde la mesa está lista para servir un jugoso majadito de charque.  

El viaje ha sido cansador, pero todavía queda terminar la primera jornada en la hacienda con una tertulia en la que los anfitriones visten trajes típicos para bailar taquirari y tamborita, ritmos contagiosos que hacen alegrar a los turistas.

“Nosotros trabajamos todos los días con la ganadería porque es nuestro principal sustento, pero en el momento en que hay una reserva para un viaje turístico, de inmediato paralizamos las actividades y disponemos de la atención. Nuestra gente sabe que al turista se lo tiene que tratar muy bien y enseñarles a cabalgar”.

Al día siguiente, los invitados deben despertar temprano y caminar hacia el cobertizo, donde Pablo y Geraldine Áñez González —los hijos de Lyliam— y otros vaqueros enseñan a ordeñar vacas, como preámbulo de la vivencia de vaqueros. Ellos lo hacen parecer fácil, pero cuando se intenta extraer la leche, cuesta hacer salir el chorro en los envases; pero cuando por fin se lo logra, la gratificación llega cuando se mezcla el líquido níveo con un poco de café o biter de colores.

El templo de estilo jesuítico hace recordar la época de esplendor de San Pedro de Canichana, cuando el pueblo era la capital de Moxos, con la elaboración de campanas que repiquetean en varios sitios del territorio boliviano.

Ya sea sobre un caballo o un cuadratack, la jornada continúa con un paseo por una parte de la propiedad, aunque quienes quieren pasar el día de manera más rural pueden hacerlo caminando, mientras escuchan las anécdotas que ocurren en la propiedad que se dedica a la cría de ganado vacuno y caballar, o se disfruta del canto de las aves y se observa ciervos semiescondidos, osos hormigueros y lagartos que descansan en las riberas.

En la tarde, la comitiva se dirige hacia el riachuelo El Pastor, donde la paciencia se pone a prueba para llevar a cabo la caza deportiva de pirañas, en tanto que pavitas sereré, parabas, monos y otras especies de aves y mamíferos acompañan la postal de la Amazonía beniana.

Un desayuno con abundante fruta y leche son necesarios para la última jornada, durante la cual los turistas observan el trabajo diario de los vaqueros, quienes cabalgan en briosos caballos alazán para encordar a las jóvenes reses que después serán desparasitadas, o arrean el ganado hacia la pampa, donde los visitantes aprenden las técnicas para manejar el ganado.

Ver la agilidad con que los caporales agitan el lazo e intentar emular la cabalgata cuando conducen el ganado son los momentos que se quedan en la memoria, porque aunque sea por un día se ha compartido la rutina de una hacienda.

Después de un churrasco ganadero, la comitiva retorna por el camino casi intransitable de ripio, a través de las calles semivacías de San Pedro de los campanarios y la contemplación de la fauna y flora de Beni, con la seguridad de que la vida de vaquero es una experiencia victoriosa

Un empleado de la hacienda La Victoria muestra la leche recién ordeñada de la mañana.

Por tierra o por avioneta

El rancho La Victoria, que se encuentra a 103 kilómetros al noreste de Trinidad, tiene una extensión de 4.500 hectáreas. Además de la cría de ganado vacuno y caballar, la hacienda incluye una visita turística para compartir la rutina de un vaquero beniano, además de apreciar la biodiversidad de la Amazonía boliviana. El paquete principal es de tres días y dos noches, con traslado al rancho desde la capital beniana, visitas guiadas, arreo de ganado, cabalgata, tertulias y contemplación de animales silvestres. El paquete cuesta Bs 2.000 durante la época seca y Bs 2.500 entre junio y noviembre, con vuelo ida y vuelta en avioneta.

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