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Capital del Folklore, de siete pecados, siete virtudes y siete oficios...

Si la morenada es la ‘diva del Carnaval’, la diablada es la reina. Con un ángel en medio de centenar de diablos, representa la lucha entre el bien y el mal.

Si la morenada es la ‘diva del Carnaval’, la diablada es la reina. Con un ángel en medio de centenar de diablos, representa la lucha entre el bien y el mal. Foto: Archivo La Razón

La Razón / Iván Bustillos Zamorano

00:00 / 13 de febrero de 2012

E ntre los historiadores del Carnaval, hay un acuerdo tácito: sus antecedentes se pierden en la “penumbra de los tiempos”, aunque sí es posible hablar de ciertas huellas coloniales y prehispánicas, destaca el antropólogo orureño Marcelo Lara Barrientos. Al margen de esto, sin embargo, existen algunas certezas: que el Carnaval tiene que ver con el ciclo agrícola andino, que la figura del actual diablo católico hace referencia a las deidades nativas supay y huari, cuya representación para los mineros es el Tío.

“No hay diablada posible sin los luciferes”, señala el fundador de la Artística Urus, Damián San Martín Morales, que a sus 70 años sigue bailando en la fraternidad como hace 53 años. Los luciferes son los más antiguos diablos, los que cuidan la tradición, explica.

A ellos les siguen los satanases (segundos en edad), luego la tropa; entre las diablas están las chinas diablas, las diablesas, las doblecara. También son una innovación de la Diablada Urus —dice su presidente, Aldo Villegas— las angelitas,  que representan a las Siete Virtudes, una propuesta que además “aprovecha” que los ángeles no tienen sexo.

En defensa del punto de vista de los jóvenes, el directivo afirma que si bien existe una larga tradición sobre la música, el baile y el traje del diablo, tampoco hay una teoría acabada sobre ello; por lo cual en la Urus los jóvenes constantemente debaten innovaciones de distinto tipo, que, sin distorsionar, hagan más atractiva la presentación: una de estas novedades, por ejemplo, fueron los “botafuegos” (pequeños lanzallamas) incorporados a la máscara del diablo.

Para todas las diabladas de Oruro, afirma, hay un desafío especial: consolidar su autenticidad para mostrarla especialmente en Chile y Perú, donde la danza es la más imitada. A propósito de consolidar el Carnaval, el ministro de Culturas, Pablo Groux, anuncia que para apoyar estas actividades participará de al menos tres de estas fiestas: en La Paz, Oruro y Santa Cruz, según un comunicado oficial.

Entre las “danzas livianas” que participan en el Carnaval de Oruro están los caporales, llameros, tobas, tinkus, entre otros. Entre los tinkus destacan los Tolkas, cuya particularidad es la organización por bloques: los Laymes, Wiñay, Llallagüeños, Laris, Mamalas, Guerreros, Jach’as, Masis, Waynas, Socavón, entre otros, señala su presidenta, Ana María Siles. Junto a los tinkus Jayras (flojos en aymara), uno de sus principales afanes es la búsqueda de trajes típicos, de bayeta de tierra, incluso aquellos que fueran “hechos a mano”, de manera artesanal.

“Los Jayras son más jóvenes que los Tolkas”, reivindica el presidente Jayra, Ángelo Rodríguez, y su mayor empeño es que el tinku no sea distorsionado a través de la estilización de los pasos. “Hay que “volver al verdadero tinku, ¿no ve?”.

El Carnaval de Oruro es su imagen, y ésta, nada qué hacer, su máscara y su traje. Esta suerte de “discurso visual” también nace de la tensión: el maestro mascarero, René Flores Ordóñez, por ejemplo, se queja de alguna máscara de los morenos Matarifes, agrandada hasta el metro y algo más, cargada de pulpos, godzilas y otros. Los únicos animales son los de las cuatro plagas, insiste: hormigas, lagartos, víbora y el sapo; éstas son las únicas imágenes permitidas.

Por su parte, el bordador Mario Yave Fuentes destaca que el verdadero bordado “es el ‘bordado’, pues”: el trabajo con hilo y aguja antes que la ornamenta de materiales sintéticos pegada al traje. Más bien que la mayoría de los fraternos, por lo menos en Oruro —dice— está empezando a valorar los trajes bordados, pese a su costo con relación a los “sintéticos”. El boliviano que sabe bailar lo hace con traje pesado, no con el liviano.

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