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Cierran 3 locales por tráfico de drogas; hay hostales en la mira

Dos restaurantes y una discoteca ofrecían cocaína y marihuana a turistas de otros países

La Razón

00:00 / 08 de octubre de 2012

La ciudad donde todo se puede”... “el sitio donde se consigue la mejor cocaína del mundo”...  son frases que despertaron la curiosidad de Alberto, quien se jacta de haber probado “drogas pesadas” en su natal España. Está de paso en Bolivia y se ha propuesto una misión: confirmar aquellas tentadoras invitaciones que revisó meses atrás en páginas de internet.

La noche de septiembre que llega a La Paz habla con un par de compatriotas. Los tres toman unos tragos, conversan sobre los efectos de la altura, del dolor de cabeza y de cocaína. “Te vamos a llevar a un lugar increíble”, le dicen. Llaman un taxi y se dirigen a la Ruta 36. Días después, Alberto cuenta que la fiesta estuvo en éxtasis y se topó, en el segundo piso de un edificio, con una Torre de Babel donde todos consumían cocaína.

Así, este europeo comprobó la veracidad de aquellos comentarios que circulan por el ciberespacio. Precisamente el mundo virtual es la principal veta de información y de publicidad del “turismo de la droga” en el país. Pero hay otros “enlaces” para que visitantes extranjeros accedan a locales de consumo de estupefacientes en La Paz. Uno de ellos involucra a hostales (hostels, en inglés) y según fuentes de la Fuerza Especial de Lucha Contra la Narcotráfico (FELCN), hay algunos en la mira.

Varias de las razones para que agentes se encuentren tras los pasos de alojamientos —y de radiotaxis estacionados en sus puertas— se hallan en la internet. Por ejemplo: una cibernauta que se hace llamar Masterbitch relata en una página web que tomó un taxi a la puerta de un albergue del centro paceño y que desde allí fue trasladada a la Ruta 36. Otros cuentan que hay hostales donde recibieron información para acudir a sitios de comercialización de estupefacientes.

Informe La Razón ingresó a dos alojamientos cercanos a la plaza Murillo que son señalados por estas fuentes como la parada previa al “bar de cocaína más famoso del mundo”. En éstos, la lengua que predomina en las conversaciones es el inglés —hay meseros extranjeros que ni saben castellano—. Además la música, el ambiente, la decoración y hasta el funcionamiento de las duchas (no son eléctricas) hacen creer que uno está en cualquier confín de Europa.

En el primero de los sitios visitados se halla Steve. Tiene ojos azules, la tez quemada y un solo diente en la parte frontal de su boca. Es un galés que recorre América Latina. Está sentado en una de las mesas del bar-restaurante. Como en el común de los pubs de Reino Unido, allí se juega quiz, un concurso de preguntas de cultura general, en inglés, y Steve es un experto. Gracias a él, su grupo de amigos gana una ronda de bebidas gratis. Les llevan tequilas a sus mesas y el joven se coloca la sal en el dorso de la mano derecha, imitando a sus compañeros de equipo. Tras un fuerte “¡Salud!”, en vez de lamer la sal, se la esnifa. “¡Ouh!”, se queja al incorporarse, mientras se frota la nariz.

El periodista de Informe La Razón pregunta en la barra cómo llegar a la Ruta 36, pero los empleados del albergue responden que no es un sitio ideal para ir. Otros extranjeros no tienen pelos en la lengua y cuentan con detalles cómo es el local. Es más, se ofrecen como guías.

En el segundo hostel, la entrada es casi misión imposible, sobre todo si uno es boliviano. El periodista intenta alojarse pero, amablemente, uno de los operarios le informa que los ambientes están copados. Sin embargo, más tarde, turistas de otros países consiguen hospedaje; más aún, les entregan manillas para salir e ingresar del alojamiento, donde se arma una fiesta exclusiva, a puertas cerradas.

Poco antes de la medianoche, afuera, se escucha la ruidosa música electrónica del interior. A las dos de la mañana, a cuentagotas, algunos extranjeros salen y toman los radiotaxis de la puerta. Otros, a pesar de tener una habitación en el hostal, prefieren quedarse en la vía pública hasta las cuatro de la madrugada. Mientras charlan, a gritos, se pasan un pitillo entre ellos. La alegría se traslada a la calle.

Restaurantes. Poco después de las cinco de la tarde del jueves 30 de agosto, un argentino con el cabello rubio y largo hasta los hombros, de aproximadamente 35 años y con apariencia desaliñada, ingresó al restaurante Al Amir, en la calle Murillo de la ciudad de La Paz. La escena carecía de relevancia hasta que diez minutos después el hombre salió del recinto y se topó con policías antinarcóticos. “Nos identificamos y le pedimos que nos muestre qué había comprado”, explica un agente, quien solicita no revelar su identidad. Ante el pedido, el extranjero descubrió el paquete de marihuana que le comercializaron y no tuvo más remedio que acompañar a los uniformados al local.

La vendedora abrió la puerta al ver a su cliente. Miró alrededor. Observó a los detectives y cuando éstos se identificaron, ella cambió la sonrisa por un gesto de sorpresa. Su comprador le increpó: “Vos me vendiste esto”. La mujer se negó y él señaló la cartera en la cintura de ésta. Los policías la obligaron a mostrar lo que tenía adentro: eran paquetes de marihuana. Así, a las seis de la tarde, Al Amir cerró sus puertas y fue requisado durante dos horas.

Desde un principio, lo que más llamó la atención de los uniformados fue un ropero con gibas y estatuillas, además de vasos y bebidas. Arriba del mueble, casi insignificante ante los adornos árabes, estaba un paquete fucsia. Uno de ellos bajó el envoltorio y descubrió que contenía pequeñas bolsas negras, como dulces envueltos para regalo. Y, en cada atado, había una dosis de cocaína. La redada había sido un éxito; se logró desarticular uno de los centros de distribución de droga para turistas foráneos.

El reporte de la FELCN entregado en exclusiva a Informe La Razón explica que: “En fecha 30 de agosto de 2012, a horas 20.30 aproximadamente —hora de la redacción del documento— se realizó un operativo (...) donde funcionaba el restaurante de nombre ‘Al Amir’, local que, de acuerdo a información procesada, era punto de reunión para la administración y consumo de sustancias controladas; llegándose a secuestrar 172 gramos de marihuana y ocho gramos de clorhidrato de cocaína”. Se detuvo a tres personas, entre ellas el argentino y la vendedora boliviana.

Hasta aquel día el restaurante ubicado entre las calles Sagárnaga y Santa Cruz se caracterizaba por ofrecer gastronomía libanesa. Es más, la página web Bolivia por descubrir lo recomienda en una entrada de 2009 con esta frase: “Tiene agradable comida árabe”. De acuerdo con un par de vecinos de la zona no había ningún movimiento extraño en el comedor, excepto que era frecuentado por visitantes de otros países. Pocos sabían de los negocios clandestinos que utilizaban esta fachada.

Pero los casos no acaban ahí. Según la fuente antinarcóticos aquella misma jornada se intervino otro local en la calle Linares, que tenía características similares a las del Al Amir. Fue requisado y clausurado. Solamente se sabe que personal del Ministerio Público ya asumió la investigación que, de momento, es clasificada. Y, a la par, hay otro centro que copó la atención de las autoridades a finales de agosto de este año: el Blue House, que en español es Casa Azul.

La puerta de madera donde funcionaba esta discoteca se encuentra cerrada. Nadie más ha vuelto a ingresar para bailar música electrónica o hip hop, dos de los ritmos preferidos del boliche ubicado en la calle paceña México, en la zona Central. Se cerró “definitivamente” el sábado 25 de agosto, tras una intervención comandada por efectivos de la FELCN. La Policía descubrió que en el sitio, que atendía hasta la madrugada, se vendía y consumía cocaína y marihuana.

Por la noche, cada semana, dos miembros de Seguridad Ciudadana de la Alcaldía van al lugar para percatarse que no sea reabierto. Por ahora, lo único que hay es silencio. No obstante, la oscura historia del Blue House data de años. Es más, el boliche nació salpicado por la ilegalidad porque no contaba con licencia de funcionamiento y tenía un rasgo particular: era frecuentado por extranjeros.

José Luis Ramallo, director de Seguridad Ciudadana, cuenta: “A principios de 2010 se realizaron las primeras intervenciones. Primero se clausuró definitivamente el local, después se decomisaron muebles y los equipos de sonido, pero los dueños o administradores volvieron a abrirlo y vulneraron la norma”. Para operar sin sobresaltos, éstos desplegaron un equipo de colaboradores alrededor del centro nocturno, una red de control junto con empresas de radiotaxi para hacer frente a las batidas. No había contraseña, pero sólo los clientes conocidos o quienes llegaban en coches “autorizados” podían ingresar sin problemas a la discoteca.

Para los “frutillitas” fue casi imposible volver a requisar el sitio. Ramallo relata que los propietarios del Blue House colocaron tres puertas antes de llegar a la sala de baile. Es más, un agente municipal casi pierde un dedo por el portazo que recibió cuando pretendía cruzar el umbral entre la calle y el bar. Cada dos semanas, los guardias ediles pretendían penetrar esta guarida.

A comienzos de 2011, las autoridades locales estaban preocupadas por cerrar el antro sin autorización para operar; sin embargo, tuvieron una reunión con detectives de la Policía y se les informó que en el Blue House también se vendía cocaína y marihuana. La Alcaldía se hizo a un lado de la investigación y la FELCN se encargó del asunto. El primer paso fue dejar por un tiempo “en paz” al lugar. La discoteca continuó con sus actividades y, en ese tiempo de relajamiento, los efectivos fueron sumando pruebas contra los dueños. Eso hasta la noche del sábado 25.

Después del golpe, la Fiscalía abrió la posibilidad de investigar a algunas empresas de radiotaxi y agencias de turismo que recomendaban el boliche no sólo por ser una oferta para los amantes del baile, sino porque allí se vendían sustancias controladas. Las pesquisas llevan el título de “reservadas” y la fuente de la FELCN adelanta que hay otros centros similares que son investigados. Por ahora, la única certeza es la clausura de la discoteca para extranjeros donde había algo más que simple música.

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