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Cinto es un vergel que la tierra traga cada año

Aludes de barro sepultaron otros dos pueblos. La nueva amenaza es la caída de cascajo y rocas de los cerros

La Razón / Jorge Quispe

00:00 / 27 de agosto de 2012

E n sus 64 años de vida, el campesino Ricardo Castillo tuvo que construir tres veces su casa. No por voluntad propia, sino porque la naturaleza está acostumbrada a ensañarse con su pequeña comunidad del valle de Sapahaqui: Cinto. Nada pudo hacer ante las mazamorras de lodo y piedras que enterraron sus dos primeras viviendas de adobes.

Ahora vive cerca del cerro Isquillani, pero no sabe si su morada resistirá la próxima temporada de aguaceros, y cada año llega con la misma duda. Rodeado de árboles en los que cuelgan peras, chirimoyas, duraznos, manzanas, limones, ciruelos y damascos, Ricardo cree que está pagando un alto precio por habitar esa tierra donde la temperatura bordea los 27 grados centígrados casi todo el año. “Aquí da todo. No sólo frutas, también papa, lechuga, tomate y hasta camote, pero cuando el río Cinto crece, trae la mazamorra y todo el barro sepulta los sembradíos y también las casas”.

A dos horas de viaje en coche, a 150 kilómetros de la ciudad de La Paz, esta población es la única sobreviviente del lugar, ya que Cocoteros y Rotonda no soportaron los embates de los aludes de las últimas siete décadas y, ahora, yacen bajo tierra; sólo son historia. Cinto se resiste a correr esa suerte, por ello se ha convertido en una especie de aldea nómada que se encuentra a 300 metros de su asentamiento original y que, a la par, ascendió unos 20 metros, hasta las faldas de tres cerros para hallar protección. Pero ello no es ninguna garantía.

Yocarhuaya. El drama se asemeja a lo que aconteció con Yocarhuaya, la comunidad del municipio paceño de Moco Moco que tuvo que trasladarse más de 1.050 metros cuesta arriba para no convertirse en presa de los frecuentes deslizamientos de tierra. Sin saberlo, los cinteños se instalaron en una zona donde los torrentes de barro arrastran todo lo que encuentran por delante, cuando el río Cinto se desborda sin control por la inclemencia del castigo de las precipitaciones pluviales.

Pero a pesar del agrietamiento del suelo y los desvelos y riesgos que trae cada época de lluvias, los lugareños no piensan abandonar sus hogares; aunque la emigración ya ha comenzado a menguar su número. Es que no tienen otro lugar donde vivir y su sueño de reubicarse en una colina aledaña, anónima, gracias a algún plan de vivienda estatal, se esfuma lentamente. Más aún porque el alcalde de Sapahaqui, Marcelino Apaza, minimiza lo que pasa en ese paraje que sólo visitó en tiempos electorales.

Tampoco el gobernador César Cocarico pudo llegar hasta Cinto para palpar lo que atormenta a su gente, una maldición que empezó en los años 40 del siglo pasado, cuando una feroz mazamorra ocasionó la muerte de una persona; dos décadas después, otra riada causó estragos, al igual que la de 2000, que ha quedado marcada en la memoria y retina de los 150 cinteños que habitan por esos confines de la provincia Loayza, que recuerdan lo ocurrido como si hubiera sido el apocalipsis.

Sucedió en febrero. La tierra tembló y un sonido similar al de un avión a chorro rompió el silencio en el poblado. “Esa noche el barro llegó en forma de olas de hasta dos metros”, cuenta Filomena Santalla, de 45 años. Unas horas antes, la lluvia había remojado el área por donde desciende el río y el lodo arribó arrastrando rocas inmensas; luego, el afluente se salió del cauce y se tragó los sembradíos. “Mi mamá estaba solita en la casa y no quería salir. Más bien que no le ha pasado nada”, rememora Filomena. “Yo escapé con mis ovejas y me fui allí”, y muestra dos pequeñas viviendas en el cerro Keura Kipa, que junto al Ch’alla y el Isquillani custodian a la comunidad.

Allí, la familia de esta agricultora edificó su tercera morada en medio siglo. Sin embargo, al igual que la de Ricardo, no sabe cuánto tiempo continuará en pie. Todo depende del clima y del río, que en su orilla izquierda guarda vestigios del antiguo Cinto, como los muros de las anteriores chozas de los Santalla. “Esto es lo único que quedó”, indica Filomena, y expone los restos de un catre y un plato, en lo que fueron su dormitorio y cocina hace más de diez años.

Impotencia. Tras aquella trágica noche, los Santalla vivieron en carpas durante dos meses. Como varios de sus vecinos, no conocieron de ayuda gubernamental; o sea, tuvieron que arreglárselas solos. Nunca más recuperaron sus árboles de pacay, chirimoya y limón que los alimentaban y les brindaban ingresos económicos, en ese sector donde también quedaron las ruinas de la casucha de un empresario que se marchó y la destartalada hacienda que, según cuentan, perteneció a un español.

Otra víctima de esa catástrofe, que llegó hace 12 años, es Tomás Tomeilla, quien perdió 30 árboles de higo y 100 metros de terreno. Pero una imagen que no olvida es cuando vio, impotente, que sus ovejas y sus chanchos eran arrastrados por el turbión de lodo. “Fue bien triste, no podía hacer nada. Esa vez todo lo he perdido”, masculla, con dolor, el Secretario de Agricultura de la aldea, que espera que la Gobernación pueda socorrer a su gente.

“Lo que nosotros pedimos es que nos puedan reubicar en un cerro. Queremos que nos construyan viviendas porque no podemos vivir más así, con el miedo de perderlo todo en la próxima temporada de lluvias”, refrenda el campesino de 57 años que, desde la planicie de unos 800 metros, señala con su dedo índice derecho dónde estuvo primero Cocoteros, posteriormente el sitio donde se instaló Rotonda y, finalmente, las viviendas dispersas de la antigua Cinto.

A pocos metros de él, Carmelo Tomaille divisa el territorio donde estuvo hace 12 años la escuela que quedó enterrada. “Eran dos cursos y una dirección. Aquí pasaban clases unos 40 alumnos y ahora el colegio está más arriba”. Cada vez que las lluvias despiertan al río Cinto y la marea de barro y piedras, los niños dejan de asistir a la unidad educativa. Más aún, la comunidad queda virtualmente incomunicada de Sapahaqui —a 50 minutos de viaje en minibús—, casi todos los sembradíos son arrasados y a los cinteños sólo les queda rezar de que las desgracias no pasen a mayores.

Algunos prefieren abandonar la región para labrar su futuro, sobre todo los jóvenes. Y entre ellos, hay quienes se desconectan por completo de Cinto, ya que ni siquiera saben lo que pasa con su parentela. Así sucedió con cuatro de los cinco hijos de Ricardo Castillo, que durante siete años creyeron que él y su esposa, María Mamani, habían fallecido en la gran riada de 2000. “Mis hermanos recién se han comunicado con nosotros hace unos años nomás (en 2009). Ellos creían que la mazamorra nos había tragado”, dice Cristina, la menor de los Castillo Mamani, que es la única que sigue acompañando a sus padres.

Muchos se han ido con sus pertenencias, menos el peligro. Y ahora, los cinteños tienen una preocupación más. A la mazamorra que llega anualmente a la zona, las rústicas viviendas de los sobrevivientes de este paraje deben lidiar con la caída diaria de cascajo y pequeñas rocas desde los tres cerros que rodean el pueblo, incluso en tiempo seco. “No queremos saber qué pasará cuando lleguen las lluvias”, comenta un preocupado Ricardo.

Riesgo. Su nueva casa está a aproximadamente 20 metros de sus cultivos, en la orilla derecha del río que atraviesa la aldea. Este año, todo el lodo se desplazó por el lado izquierdo, pero si en 2013 el torrente de barro llega más cargado, el caudal rebalsará al otro extremo, donde están los habitantes, que así quedarán atrapados en sus hogares, a merced de la furia de la naturaleza; sobre todo las familias de Ricardo, Filomena, Tomás y Carmelo, cuyas construcciones se hallan cerca del río.

Esta tradición de vivir con el Jesús en la boca es la razón por la que otros lugareños han dejado Cinto, para siempre; como los hijos de Ricardo, que radican en Brasil y Santa Cruz, y que tomaron la decisión tras perder toda su producción agropecuaria. Para ellos, ya no existe seguridad en este valle paceño. Mientras los que todavía resisten no pierden la esperanza de que las autoridades escuchen su pedido de auxilio. Y hasta le pusieron nombre al sitio donde quieren vivir, arriba de ese cerro anónimo.

“Se llamará Porvenir, porque creemos que nuestra situación va a cambiar. Nuestros padres sufrieron mucho, algunos de mis hijos se han ido fuera del país, pero quienes quedamos aún soñamos con irnos a vivir a un lugar más seguro”, señala Ricardo, y muestra una de las razones de su ilusión: sus sembradíos de papa, lechugas, tomates, duraznos y peras. Es que esa tierra es benigna con los agricultores.

Pero más allá de pensar en los frutos del próximo año, dos preguntas atormentan a este cinteño: si su última cosecha será la de 2013 o si aún podrá vivir en la casita que armó tras la riada de 2000. No obstante, Cinto es sólo un ejemplo de la “maldición” que persigue a varios pueblos del país que, por mala suerte, se asentaron en predios que son asolados por devastadores fenómenos climáticos, mazamorras, deslizamientos de rocas, inundaciones, agrietamientos de la tierra... Comunidades que requieren ayuda, y de inmediato.

El Alcalde minimiza la situación

El alcalde de Sapahaqui, Marcelino Apaza, jurisdicción de la que depende Cinto, alega que lo que ocurre en este poblado “es de antes, esa mazamorra es de hace años”, y así minimiza el drama que los lugareños padecen cada año, a la par de las precipitaciones pluviales.

“Hay deslizamientos y vienen las riadas en época de lluvias. Se redujeron bastante los campos de cultivo en Cinto y las viviendas están en las faldas de la serranía para no ser afectadas”, explica el líder edil que maneja que, al menos, unas 50 hectáreas de sembradíos se perdieron hace dos años.

Los cinteños sostienen que Apaza solamente llegó a la zona para las elecciones municipales de abril de 2010, pero que después nunca más asomó para enterarse de lo que pasa. El burgomaestre tiene una oficina en la ciudad de La Paz y comenta que desconoce si quienes lo antecedieron en el cargo pusieron en alerta a las autoridades nacionales y departamentales sobre los riesgos que se ciernen sobre esta aldea.

Eso sí, confirma que todos los años la vía que conduce a la localidad queda obstruida por las lluvias, sobre todo en el tramo Caracato-Sapahaqui. Y más bien, adelanta que impulsará la construcción de una carretera por Cinto, por lo que algunas viviendas deberán ser abandonadas, y no se sabe dónde serán reubicadas.

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