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Haití, un país herido que se pone de pie

Puerto Príncipe, la ciudad asolada por el sismo de 2010, se levanta de entre los escombros. Aún hay unos 300 mil refugiados y se espera que la nación camine sola en tres o cuatro años.

La Razón / Jorge Hernán Quispe Condori

00:00 / 25 de febrero de 2013

A las nueve de la mañana del miércoles 13 de enero de 2010, Léonard Pagany resucitó. El hombre estuvo durante 16 horas bajo los escombros, pensó que nadie lo rescataría y que fallecería aplastado tras el sismo del día anterior, que sepultó a más de 200 mil habitantes de Puerto Príncipe, la capital de Haití.

Esa jornada, cuando faltaban cinco minutos para las 17.00, un temblor de 7,2 grados en la escala de Richter arrasó con la ciudad. El fenómeno duró 15 segundos, pero fueron suficientes para demolerla. “Pensaba que el edificio donde estaba era el único que se cayó; sin embargo, cuando me sacaron los militares, supe que miles de casas se habían desplomado”, rememora el padre de familia de 37 años de edad. “Me siento afortunado, sobreviví, pero miles murieron”, añade, apenado.

RECONSTRUCción. Pagany representa a la “generación de la reconstrucción” en esta república caribeña que posee casi 10  millones de almas en su territorio de 27.750 kilómetros cuadrados; por ello, ahora ayuda en la capacitación de jóvenes en el Centro Piloto de Formación Profesional (CPFP), una de las firmes apuestas del Gobierno y de la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (MINUSTAH) que reedifican esa nación.

Más de un millón de individuos quedaron sin techo después del devastador golpe de la naturaleza y hace un año no cabía una tienda de campaña más en el Campo de Marte, frente al derruido Palacio Presidencial. “Ahora hay sólo unos 300 mil que viven en carpas”, explica el presidente haitiano, Michel Martelly.

Informe La Razón visitó en enero la capital de Haití que se levanta de entre los escombros, una urbe de 1.082.800 habitantes, una región marcada por la pobreza. El aeropuerto internacional de Toussaint Louverture sufrió graves daños hace tres años, pero en noviembre pasado fue reinaugurado. Al llegar a Puerto Príncipe, la terminal es lo primero que se aprecia como una clara señal de la reconstrucción. 

“En 2010, cuando vine tras el sismo esto (aeropuerto) se encontraba lleno de carpas de periodistas y era una locura”, cuenta Tali Santos, redactora del diario El Universo, de Ecuador. No obstante, al recorrer las calles aún se pueden ver las huellas del temblor, como la fachada de la Catedral, lo único que quedó del inmueble centenario que ahora luce rodeado de carpas y limosneros. Hoy, el templo de Santa Teresa funciona al interior de un toldo.

En las zonas residenciales, donde no se sintió la ira del sismo, se acaban de estrenar dos hoteles para visitantes. Éstos y el aeropuerto remodelado forman parte de la operación “industria sin chimenea” que el Ministerio de Turismo lleva adelante para atraer, paralelamente, inversiones extranjeras. “Estamos formando a 500 guías de turismo para los siete destinos turísticos del país”, afirma la ministra del sector, Stephanie Balmir Villedrouin, mientras el mandatario Martelly anuncia el financiamiento de $us 40 millones.

Pero los ciudadanos comunes, más todavía, los desplazados por el terremoto aún no pueden disfrutar de estos cambios. Por las arterias de la capital imperan los haitianos que buscan trabajo y, ante esta carencia, muchos barrios se han convertido en mercados al aire libre. “Estas dos poleras cuestan $us 25 (casi Bs 175)”, oferta un joven, al mostrar dos remeras a medio uso, que en las ferias de las urbes de La Paz y El Alto pueden ser adquiridas en Bs 20 cada una.

Martelly admite que la tasa de desempleo llega al 70%, pero alega que en año y medio que está en el poder se han creado 50 mil fuentes laborales. “Hemos construido 400 viviendas en el último año y vienen otras 3.000 más, que crearán otros 3.500 empleos”. Aunque la mayor parte de los haitianos no puede acceder a casa propia porque uno de los requisitos para ser beneficiario es demostrar que uno posee trabajo estable.

“Yo tenía dos viviendas, una se vino abajo con el terremoto, la otra quedó mal, pero la reconstruí; sin embargo, hay mucha gente que no tiene nada”, confiesa el taxista Lucas Alphonse. En la capital de esa nación de las Antillas, que limita con el océano Atlántico, el mar Caribe y las repúblicas Dominicana y de Cuba, se precisan, por lo menos, $us 100 mil para la edificación de un humilde departamento. 

El jefe de la MINUSTAH y representante especial del Secretario General de la Organización de Naciones Unidas (ONU) en Haití, el chileno Mariano Fernández, sostiene que el sismo enterró a casi un tercio de la administración pública, ello explica que los trámites se hayan vuelto más largos y cansadores.

Al respecto, el presidente Martelly lanza más datos: se vinieron abajo seis edificios del mismo número de ministerios y las pérdidas alcanzan a $us 13 billones. “El temblor significó un retroceso de por lo menos 20 años, por eso éste es un país en reconstrucción”, asevera Fernández, que radica allí dos años. “Han desaparecido los escombros, aunque hay mucha suciedad en las calles. Hay todavía gente que vive en carpas, pero pese a todo hay un gran avance en función de la MINUSTAH”.

ILUSIONES. La MINUSTAH apunta a la recuperación, reconstrucción y estabilidad de Haití. Tras las elecciones de 2011, trabaja para cumplir su mandato de establecer un entorno seguro y estable en el que se pueda desarrollar un proceso político, fortalecer las instituciones del Gobierno, apoyar la constitución de un Estado de derecho, y promover y proteger los derechos humanos, de acuerdo con su página web.

La labor de Naciones Unidas en esa nación se desarrolla desde 1990. Actualmente, la misión multinacional cuenta con 9.464 uniformados —6.809 soldados (entre los que se hallan los 205 “cascos azules” bolivianos) y 2.655 agentes de policía—, 451 civiles de varios países, 1.317 haitianos y 202 voluntarios del organismo internacional. Hay militares de 19 Estados y policías de 45 países. Aparte, en el sismo de 2010, falleció casi un centenar de integrantes de la MINUSTAH.

En Puerto Príncipe, los lugareños se dan modos para sobrevivir cada día y no pierden la esperanza, desde los que venden empanadas hasta los que comercializan caña de azúcar y gaseosas en canastas que llevan arriba de la cabeza. “Tres de mis hijos murieron y ni pude enterrarlos, pero sigo aquí intentando trabajar”, acota Alphonse, el taxista que gana unos gourdes (moneda local) extras como traductor del francés al castellano.

Uno de los campamentos que simboliza la ilusión de un futuro mejor es Carradeux, una zona donde viven 10 mil refugiados que reciben ayuda de la MINUSTAH. El 60% de ellos ya tiene “tiendas”, habitaciones de madera de unos cinco por cuatro metros. Los uniformados les dotan, además, de agua potable, educación, atención médica y seguridad. No obstante, en el paisaje igual habitan carpas.

Dentro de éstas se siente algo del sofocante calor, alimentado por los 35 grados centígrados del invierno haitiano. Uno de los desplazados que radica en Carradeux se llama René e intenta vender al periodista de Informe La Razón un par de zapatos que brillan como si fueran nuevos. “Cuestan $us 12,5, son su número y están muy bien”, seduce, mediante traductor, al militar colombiano Francisco Miranda. “Son botines a medio uso, pero en la calle no cuestan más allá de $us 2, pero como usted es extranjero, creen que tiene mucho dinero”, confía el efectivo.

Al final, René no puede hacer negocios, pero pide un dólar por la fotografía que se toma en su entoldado. A unos 200 metros de él, Clémence, un anciano que perdió a su esposa en la tragedia de 2010, aún recuerda su pequeño hogar en las afueras de Puerto Príncipe, del cual no quedó nada; ahora, debe compartir la carpa con otros cuatro damnificados. 

Entre los refugiados hay pocas familias que pueden enviar a sus hijos a la escuela. Los pequeños asisten muy bien aseados a las clases y los domingos se ponen sus mejores prendas —si acaso la tienen— para asistir a la iglesia. Si alguien no va, es porque no tiene ropa nueva y así lo entienden en la capital haitiana. “Desde aquí se puede ver la iglesia y rezaré desde acá”, comenta Clémence cuando se le pregunta si irá al santuario. Haití es una nación con mayoría católica, por ello es común que los tap tap (camionetas que hacen de minibuses) lleven inscripciones como “Merci Jesús” o “Adoration”; aunque igual existe gente que practica el vudú.

En Carradeux, la mayoría de los desplazados no tiene fuente laboral y, para ellos, los días son eternos. Allí, la jornada se inicia con una misión: conseguir una ración de alimentos para llevarse a la boca; sólo unos cuantos logran tomar café y pan. “Aquí hay contadores, médicos y otros (profesionales) más, pero sin trabajo; las mujeres lavan ropa por algo de dinero o comida”, subraya el militar Miranda.

Hasta hace unos años, Haití era considerada “la República de las Organizaciones No Gubernamentales (ONG)” (habían aproximadamente 12 mil entidades); sin embargo, actualmente es llamada “la República de los desempleados”, aunque sus habitantes no pierden la fe de que vendrán tiempos mejores. “Ya pasamos lo peor y ahora los jóvenes tienen el desafío de levantar al país”, dice Joseph Leroy, el representante de Carradeux.

En el tercer aniversario del sismo del 12 de enero de 2010, Martelly remarcó que su Estado sufrió pérdidas por un valor de $us 13 billones y que apenas recibió $us 4 billones de ayuda ($us 2 billones canalizados por el Gobierno); por ello, pidió a la comunidad internacional confianza en su mandato. Mientras que Fernández, de la MINUSTAH, reconoció que hay avances. “El proceso democrático se está consolidando y eso va a permitir que haya leyes para inversiones extranjeras”.

Los retos son garantizar la seguridad y la estabilización de la nación. “El Ejecutivo está dando buenos pasos, pero enfrenta una fuerte incapacidad de trabajar en conjunto”, sintetiza Fernández. Se calcula que en tres o cuatro años, Haití estará lista para caminar sola. En tanto suceda eso, Léonard Pagany, el hombre que estuvo sepultado 16 horas bajo un edificio, cree que como él, su país se pondrá de pie.

Martelly quiere reforzar las relaciones con Bolivia

El mandatario de la República de Haití, Michel Martelly, expresó en la ciudad de Puerto Príncipe su deseo de reforzar los lazos con Bolivia y su presidente Evo Morales. “Hay una relación muy personal con Evo Morales y ahora esperamos que la misma se pueda reforzar con las relaciones internacionales en el transcurso de los próximos años”, sostuvo la autoridad la tarde del 10 de enero, durante los actos que recordaron el tercer año del megaterremoto de 2010.

En contacto con periodistas de diferentes latitudes del mundo, entre ellos los que fueron invitados por la MINUSTAH (Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití), Martelly respondió así a Informe La Razón cuando el periodista le preguntó por la ayuda sudamericana. “Naturalmente, agradecemos el apoyo invalorable de los hermanos y hermanas de América Latina, porque casi la totalidad de sus países aportaron con su ayuda y su solidaridad a mi país”. 

Martelly atendió preguntas de reporteros de Bolivia, Brasil, Ecuador, Colombia, Chile, Perú, Uruguay, Paraguay y Guatemala en un predio a metros del derruido palacio presidencial, uno de los edificios más antiguos de Puerto Príncipe que fue afectado por el sismo. Y apuesta por la reconstrucción a base de empleos y con la atracción de inversiones extranjeras.

Buses hacen de aulas en Carradeux

Unos ocho buses han pasado a convertirse en aulas para 50 niños, cada uno, en el campamento de Carradeux, en pleno corazón de la capital Puerto Príncipe.

Con la ayuda de la MINUSTAH (Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití), los viejos colectivos de unos 15 metros por tres de ancho, ya no llevan pasajeros, sino que sirven para dictar clases. “Los pequeños aprenden aquí francés y aunque hay pocos bancos, el interés que tienen es grande”, indica, mediante un traductor, Françoise Smith, uno de los coordinadores de ese centro donde viven unas 10 mil personas que perdieron sus viviendas en el terremoto de enero de 2010.

Los motorizados fueron donados por el Gobierno haitiano, pero el problema es que hay muchos infantes. “Hay miles que no pueden ir a la escuela, porque los padres no tienen dinero”, añade Smith, quien junto a sus alumnos mostró cómo se desarrolla la enseñanza en estos buses-aulas.

Debido a las altas temperaturas, que bordean los 40 grados centígrados en primavera, las clases en Puerto Príncipe se inician en octubre y se pueden extender hasta abril.

El diario más antiguo sufrió por el sismo

Fundado en 1898, el periódico haitiano Le Nouvelliste (La novedad) nunca había dejado de salir a las calles, hasta el 12 de enero de 2010, cuando la rotativa de este diario fue afectada por el terremoto. Aparte, uno de los choferes que se encontraba en las afueras del medio de comunicación, perdió la vida.

El daño a Le Nouvelliste fue el peor golpe que recibió el matutino en sus más de 100 años, y derivó en su mayor crisis. “Tuvimos que acudir a una imprenta privada para salir casi dos meses después con una edición de ocho páginas”, cuenta su director Max Chauvet (foto).

Después del devastador sismo, el periódico informaba por internet porque, además, no había papel; incluso se pensó en reducir el personal. No obstante, ahora está nuevamente de pie. “Vinieron técnicos de Venezuela que arreglaron nuestra rotativa y hemos vuelto a estas oficinas en abril pasado”, añade Chauvet.

El director observa la edición especial que tuvieron que imprimir en las semanas posteriores a la tragedia. “Fue difícil volver nuevamente, porque las oficinas quedaron casi en el piso y tuvimos que alquilar otros ambientes para seguir”.

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