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Mafias asolan a los mineros de Pelechuco

Arriba de unas 15 motocicletas, los malhechores habían acorralado además a un segundo colectivo y una camioneta en busca de un tesoro que, cada siete días, los mineros trasladan a Chejepampa, la sede de la mayor feria del contrabando de oro en la región, donde ellos ofertan el metal a rescatistas peruanos.

La Razón

00:00 / 03 de diciembre de 2012

A las cuatro y cuarto de la madrugada del viernes 27 de mayo de 2011, casi a los pies del macizo Kantantika y 360 kilómetros al norte de la ciudad de La Paz, una voz retumbó e hizo callar los motores de dos buses que salían de Pelechuco rumbo a la frontera con Perú.

“¡Apague el motor!”, gritaron y luego uno de los asaltantes disparó al parabrisas de la flota Franz Tamayo y la bala rozó la sien del chofer Héctor Pastén, quien quedó bañado en sangre. A su alrededor, los pasajeros eran tendidos al piso y obligados a mostrar el interior de sus mochilas, a sacarse los zapatos para después golpearlos y encerrarlos en el buzón del vehículo, mientras otros delincuentes se encargaban de requisar a las mujeres.

Arriba de unas 15 motocicletas, los malhechores habían acorralado además a un segundo colectivo y una camioneta en busca de un tesoro que, cada siete días, los mineros trasladan a Chejepampa, la sede de la mayor feria del contrabando de oro en la región, donde ellos ofertan el metal a rescatistas peruanos.

Plan. El golpe había sido calculado hasta en su más mínimo detalle. “Ellos preguntaban gritando: ¿Dónde está el Ochoa? ¿Dónde está el Álvarez? Sabían incluso el color de sus vagonetas”, cuenta Pastén, un año después. Ochoa y Álvarez eran dirigentes cooperativistas y portaban la producción extraída por sus socios.

Los ladrones mataron una persona, se llevaron $us 6.000 que una cholita guardaba entre sus polleras, en tanto Pastén tuvo que entregar los Bs 2.500 que tenía en sus bolsillos; otros perdieron joyas, celulares y un botín preciado: dos kilos de oro (cotizados en Bs 700 mil) que mineros habían reunido tras semanas de trabajo.

Ante el descuido de los criminales, uno de los pasajeros escapó y dio aviso a los pobladores de Pelechuco, quienes, cerca de las 06.30, se movilizaron para atrapar a los atracadores que ya se habían dado a la fuga. “Fuimos a pedir auxilio a la guarnición militar de Antaquilla y sabe qué nos dijeron”, pregunta Pastén al periodista. El chofer se toca la sien, cerca de la herida que le dejaron esa noche y responde todavía sorprendido. “Nos dijeron que sus soldados no sabían disparar y que todavía no pasaron la revista. ¿Se imagina?”, añade el hombre que retomó su trajín de transportar mineros hasta Chejepampa.    

En estos tiempos, los delincuentes no van arriba de caballos como los legendarios pistoleros Butch Cassidy y Sundance Kid, que sembraban el terror en Potosí a principios del siglo XX y robaban el dinero de los trabajadores del subsuelo a punta de balazos, ahora los nuevos forajidos se movilizan en modernas motocicletas Wings WS200GY-2A y van bien armados.

Desde 2010 hasta julio de este año, los bandoleros de ese sitio de la frontera entre Perú y Bolivia cometieron seis asaltos en los que no sólo se llevaron oro, dinero y lana de alpaca, ya que también hirieron de bala a ocho personas y mataron a otras tres (ver infografía), según la alcaldesa del municipio de Pelechuco, Delia Valencia.

Los asesinatos fueron el fulminante para que la Policía actúe. Hasta que el 10 de agosto de este año fue capturado el boliviano Marco Quispe Callancho, alias El Arañas, cerca del cerro Ajanani desde donde alistaba sus asaltos, siendo el principal sospechoso del robo del 27 de mayo de 2011 y de otros más. El líder de la banda boliviano-peruana fue presentado en La Paz junto a otros ocho criminales.

Todos ellos están ahora tras las rejas de penitenciarías de la urbe paceña, pero la sensación de temor en Pelechuco nunca se fue. Los lugareños, la mayoría cooperativistas mineros, guardan historias de cómo fueron atracados por éstos y otros antisociales y cómo el miedo sigue latente en ese paraje de la provincia Franz Tamayo. Inclusive se habla de crímenes que han quedado sin resolver y que la inseguridad ciudadana se ha ensañado con los trabajadores de los socavones.

Pelechuco es un pequeño pueblo encajonado entre las montañas y casi a las puertas del Parque Madidi. Allí, el sol se esconde muy temprano y da paso a la niebla que como un fantasma copa sus estrechas calles, donde sus habitantes hablan con recelo de los riesgos que los atormentan.

Desde una tienda que vende accesorios para la minería, el concejal Reynaldo Lazo relata que antes de la ola de atracos que comenzó en 2010, llegaron peruanos que recorrían las comunidades vendiendo afeitadoras. Él y otros vecinos manejan que aquello era un disfraz. “Creemos que lo hacían para estudiarnos y aunque parezca coincidencia algunos asaltos siempre ocurren entre octubre y julio”. 

En esa zona no existe control migratorio, pese a las trancas en Ulla Ulla, Hichocollo y dos en la localidad de Antaquilla. Lazo manifiesta que no es novedad que imperen los robos a cooperativistas, tanto en sus vagonetas o en las flotas que los transportan. Ello sucede cuando los motorizados se hallan cerca de la apacheta de salida de Pelechuco. “Las bandas asaltan en Katantika y, a pesar de esto, no se hace nada”.

Cada viernes de madrugada, centenares de integrantes de las pequeñas cooperativas de la región se suben a los buses que los llevarán a la frontera. A las 02.30 inician una aventura que no saben cómo terminará: si retornarán a sus hogares para ver a sus esposas e hijos, si delincuentes les sonsacarán el oro o les quitarán el dinero a mitad del camino.

“No hay caso de controlar, todo el mundo lleva su oro a la feria de Chejepampa. Aunque hay algunos que lo trasladan a la empresa Mónica de la ciudad de La Paz, pero el viaje es muy largo, de al menos 10 horas”, admite el obrero Pablo Rojas. “Nosotros estamos casi obligados a vender en la frontera. Antes había el Banco Minero que nos compraba, pero ahora no hay nada, aún así teníamos que ir hasta La Paz”, comenta Felipe Ochoa, minero de la cooperativa Rayo Rojo.

La falta de garantías es precisamente una de las razones para que la Empresa Boliviana de Oro no instale una oficina en el lugar y no pueda cumplir su misión de comprar el metal precioso explotado por los lugareños, para comercializarlo al Banco Central de Bolivia y que alimente las Reservas Internacionales Netas (RIN).

Paralelamente, Lazo informa que personeros de la Agencia para el Desarrollo de Macrorregiones y Zonas Fronterizas (Ademaf) llegaron este año al municipio. “Hicieron una visita de dos a tres días y luego se olvidaron, no volvieron más”.

ARMAS. René Chacón también es parte de Rayo Rojo —a media hora de viaje de Pelechuco— y se encarga del manejo de las compresoras que envían oxígeno a los socavones. El hombre revela que otro problema al que se exponen los mineros es la circulación de billetes falsos. Confiesa que igual que muchos de sus compañeros se dirige a la frontera para hacer negocios y da gracias a Dios de que no le pasó nada.

Pero no olvida lo que su padre le dijo a él y su madre antes de morir. “Mi papá (Isaac Chacón) había llevado su orito, unos 20 gramos, hasta Chejepampa, lo vendió y poco después viajó a La Paz para comprarle unos regalos a mi mamá y fue allí cuando le dijeron que sus billetes eran falsos (llevaba unos Bs 7.000)”. Por ello, René toma sus recaudos en las transacciones que realiza en la feria.

Los pelechuqueños han llevado su demanda de mayor seguridad a las autoridades gubernamentales, pero todo ha caído hasta ahora en saco roto. Por eso, el cooperativista Ochoa postula que deberían permitirles portar armas de fuego para defenderse de los atracadores que rondan por la zona. “Hay algunos que las llevamos; sin embargo, los del COA (Control Operativo Aduanero) nos las quitan”.

Otra dificultad es que la señal de telefonía celular solamente abarca al pueblo de Pelechuco y desaparece a tres kilómetros de distancia, por lo que si existe un asalto, la única manera de comunicar lo sucedido o de pedir auxilio es mediante el estallido de petardos o de dinamita.   

El clamor de los aproximadamente 250 cooperativistas pelechuqueños es que el Órgano Ejecutivo inaugure de una vez una filial que les adquiera el metal, para no arriesgar más sus vidas. “Queremos que pongan un banco”, expone Santiago Pari, presidente de la mina Rayo Rojo. “El Gobierno no nos escucha, hemos pedido entrevistarnos con el presidente Evo Morales, pero no se puede. Queremos que haya más seguridad porque aquí en la frontera con Perú nos roban”, apunta Gregorio Fernández, mallku del cantón Aguas Blancas, cerca de Pelechuco. 

Hay semanas en las que la producción de las cooperativas es mínima, pero cuando la suerte está de su lado pueden extraer hasta 100 gramos. Eso sí, pase lo que pase los obreros prefieren vender el mineral a los rescatistas peruanos, a Bs 340 por gramo; así eluden el viaje de más de 10 horas a la ciudad de La Paz, donde la cotización llega a Bs 350 por gramo.

Mineros y no mineros son víctimas de la inseguridad en la región y prefieren asumir riesgos con tal de obtener rápidamente dinero. Como el chofer Pastén, que a pesar del disparo que le rozó la sien, prende el motor de su flota cada viernes a las 02.30, para dirigirse a Chejepampa.

‘El Arañas’ podía asaltar 2 veces en 60 minutos

Cuadratracks, motocicletas, equipos de comunicación y armas de fuego cortas y largas eran las herramientas con las que la banda boliviano-peruana de Marco Quispe Callancho (27), alias El Arañas, podía asaltar en Pelechuco. El 10 de agosto, la Policía lo capturó en su feudo del cerro Ajanani, en el norte de La Paz, y ahora se encuentra detenido en el penal de máxima seguridad de Chonchocoro. Junto a otras ocho personas son los presuntos integrantes del grupo armado que emboscó el 27 de mayo de 2011 a dos buses en la carretera La Paz-Apolo y mató a un pasajero. Los sospechosos fueron responsabilizados también de otros asaltos a cooperativistas auríferos en julio de este año.

Era tal la planificación y los recursos con los que contaba El Arañas que podía dar dos golpes en 60 minutos, según informes del Ministerio de Gobierno. Arriba de motocicletas y cuadratracks, unos 20 encapuchados al mando de El Arañas atacaron la noche del 21 de julio, a las 23.30, un bus de la empresa Altiplano, en el cruce a Pumasani, a la salida de la localidad de Pelechuco, en la provincia Franz Tamayo. Los criminales dispararon al motorizado para que se detuviera, pero el chofer evitó el robo porque logró huir, pese a un balazo que recibió en una de sus piernas. Sin embargo, uno de los viajeros, Ángel Galileo (44), murió y otros siete resultaron heridos.

pistas. Una hora después, ya en el 22 de julio, otra flota de la compañía de transporte público Lecos fue obligada a detenerse a tiros en el cruce a Amarete, en la misma zona, y los pasajeros fueron atracados. Las víctimas relataron que los malhechores buscaban oro, dinero y coca. O sea, hubo dos golpes en una hora y las pistas recolectadas por los agentes apuntan al grupo comandado por El Arañas.

El jueves 9 de agosto, la Policía desplegó un operativo en los pueblos de Suches y Charazani para atrapar a los criminales. Los allanamientos se hicieron a las 17.00, de manera simultánea, y además de Quispe fueron detenidos los bolivianos: Eloy Quispe Mamani (18), Pablo Quispe Callancho (32), Justo Quispe Callancho y Esteban Quispe Callancho (de los dos últimos no se indicó la edad). 

Mientras que los peruanos son: César David Pampa Posaka (21), Vicente Gutiérrez Perales (33), Angelina Allani Ruedas (24) y Lino Armando Ajahuana Calisaya (21). Se incautaron armas de fuego, proyectiles, motocicletas y otros vehículos hallados en las casas de los aprehendidos. 

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