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‘Parecía divertido tomar y drogarme, hoy me arrepiento’

Dejó la escuela y su casa por su adicción. Vivió en la calle y aprendió a robar. Se rehabilita y en dos meses será mamá

La Razón

00:00 / 19 de noviembre de 2012

La primera vez que Ximena fumó un cigarrillo fue a los seis años. A los diez probó alcohol con refresco. Dos años más tarde fumó marihuana y hace algunos años “levantó su primer vuelo” inhalando un combo de thinner, gasolina, clefa y diésel.

Sentada en una silla de plástico, con los pies entrelazados y doblados hacia atrás, Ximena tiene los brazos cruzados y no deja de mover su cuerpo de forma casi imperceptible. En la zona de Alto Lima, en la ciudad de El Alto, impera el frío y una lluvia de gotas gruesas es el sonido de fondo en el albergue de la entidad Adulam. Ximena está abrigada con una chompa de lana y un buzo, y deja escapar un gesto de coquetería cuando se arregla un mechón que resbala por su frente.

La mirada se le escapa y queda como paralizada por el tiempo. Agarra un primer recuerdo y lo lanza a quemarropa. “Empecé a fumar a mis seis años”, dice con algo de vergüenza. Fue junto a su hermana, que es cuatro años mayor; las dos vivían en casa de su mamá, quien tenía una tienda de abarrotes. Ambas aprovecharon un descuido y robaron un cigarrillo. Lo encendieron, empezaron a toser, rieron y después aspiraron por primera vez aquel trago de aire amargo.

Entre pitada y pitada, la pareja acabó con el cigarrillo. “Aquella primera vez casi no sentí nada, pero tal vez es el inicio de lo que me pasa ahora”, explica la muchacha que a sus 18 años ya naufraga en lagunas mentales y, a momentos, da la impresión de que es una anciana buscando alguna evocación añeja en su memoria.

La lluvia de noviembre continúa en  El Alto, Ximena parece que tirita de frío, pero son los nervios o alguna secuela que arrastra tras más de un lustro de estar metida en el mundo de las drogas. Después de aquel primer cigarro, la entonces niña no volvió a fumar durante algunos años, aunque en su colegio de la urbe de La Paz (del cual apenas rememora su nombre) tenía una compañera que “hacía cosas malas”, quien una jornada le preguntó si se animaba a tomar alcohol junto a otros amigos.

“A un principio yo no quería porque pensaba que me iba a enviciar y me daba miedo y le contesté que no”, cuenta, mientras no se le quita el temblor inicial. No obstante, la pregunta de su amiga volvió a repetirse y Ximena no quería que la vieran como una cobarde. “Tenía diez años cuando empecé a beber y me gustó desde el principio. En el colegio tomábamos y nadie se daba cuenta. Mi amiga traía alcohol en esas botellitas blancas de plástico de Bs 1 y lo mezclábamos con refresco que comprábamos en la tienda y con el agua del grifo”.

DEPENDENCIA. Sonríe y su rostro moreno se le ilumina. “Nadie, nadie se daba cuenta de lo que pasaba, ni mis profesores ni mis papás, solamente algunos compañeros del colegio que me miraban con una especie de respeto”. Por aquellos años habitaba la vivienda de mamá y papá, en El Alto, ahora se encuentra en Adulam, donde no es un caso típico porque usualmente los jóvenes que están en aquel hogar vienen de familias divorciadas. Otro denominador común en la institución es que la mayoría se inició en el consumo de drogas en sus escuelas y en sus casas nadie se enteraba de lo que sucedía.

Lo mismo le pasó a Sonia (24), que dio su primera pitada de marihuana cuando tenía ocho años y aquel primer porro se lo robó a su mamá. Cuando empezó a vivir con su papá, su vicio le había llevado a abandonar su unidad educativa de raigambre católica y él recién se dio cuenta cuando llegó fin de año y no recibió la libreta de calificaciones.

Por los resquicios de las oficinas de Adulam se cuela el olor de la comida que preparan en la cocina. Ximena respira hondo, se nota que ya está acostumbrada a la entrevista y desplaza los pies hacia adelante, descruza los brazos y continúa: “Las primeras veces no sentía nada muy diferente cuando tomaba alcohol. Éramos varios en el colegio que hacíamos lo mismo, tomábamos en el recreo, en clases y no pasaba nada. Después, el alcohol fue lo que más me gustó y cuando cumplí 14 años me di cuenta de que ya no podía dejarlo”.

Antes de asumir su adicción, cuando tenía 12 años, ella igualmente se inició en el consumo de marihuana. “Es fácil conseguirla en colegio, siempre hay chicos que la tienen, son los mayores quienes obligan a fumar y después éstos son los vendedores”. Esa droga le permitió “tener tranquilidad”. Por aquel tiempo ya pocas cosas le importaban, sus calificaciones habían bajado y sus papás querían separarse. “Desde los 12 hasta los 13 años fumaba harta marihuana. A veces también tomaba alcohol, me enviciaba con las dos cosas y no solamente con una; no recuerdo si lo hacía en la escuela o en las calles, pero casi siempre estaba fumando y tomando con mis amigos”.

Ricardo Ramos, director del hospital Psiquiátrico San Juan de Dios de la zona paceña de Irpavi II, comenta que no debe sorprender la existencia de alcohol y drogas en las instituciones educativas de La Paz; él lleva tres décadas impulsando la implementación de políticas de prevención en el país y ha conocido centenares de casos como los de Ximena. “Por ejemplo, he tenido promociones íntegras de estudiantes en los que todos eran marihuaneros”. Guarda la identidad de aquel colegio, pero brinda un dato: “Era uno para escolares de clase media alta; o sea que esto de las drogas no se presenta sólo en Santa Cruz, ni únicamente se da entre los pobres”.

Después de cumplir 14 años, Ximena probó la droga que acabó con ella. “He probado ‘el vuelo’, que es mezcla de varias cosas; me hacía alucinar, me ponía otra clase. Al principio, cuando lo inhalaba, estaba bien nomás, luego me sentía asustada y posteriormente todo estaba otra vez normal”. Ella no fue una quinceañera con sueños de viajes o que haya preparado un vestido para su fiesta de 15 años. “A esa edad dejé el colegio. Si con la marihuana y el alcohol estuve enviciada, con ‘el vuelo’ decidí dejarlo todo. Empecé a vivir en la calle”.

Este estupefaciente es una mezcla de gasolina, thinner, clefa y diésel; se vende en botellitas medicinales de alcohol y cuesta unos 15 bolivianos. El envase no está repleto del líquido, que llega aproximadamente a la mitad. Es un inhalante cuyo efecto puede durar un día o media jornada, dependiendo de la adicción del consumidor.

Lizeth (18) es otra adolescente que vive en Adulam y que igualmente conoció ‘el vuelo’. Explica que es lo más fuerte que se puede inhalar, quita el hambre y deja en estado de inconsciencia a las personas. “Te olvidas de todos tus problemas como por arte de magia, te relaja totalmente. Hay pequeños con sus uniformes de colegio que lo inhalan y se encuentran sentaditos en el reloj de la Ceja de El Alto y están volando”.

El vuelo carcome la voluntad de los que lo consumen, hasta consumirlos completamente. Lizeth pasó a depender de éste y, por ello, buscaba desesperadamente a los proveedores por las calles: caminaba por la Ceja inclusive cargando a su bebé. “Antes valía diez bolivianos y era más fácil conseguirlo; pero después se me hizo difícil y hasta pagaba a los niños para que me ayuden”. Pronto ella consiguió caseros a quienes les daba un nombre clave y obtenía una de aquellas preciadas botellas.

COLEGIOS. Mientras la lluvia persiste en Alto Lima, Ximena sigue desenrollando su historia. Señala que a los 15 años aprendió a vivir en la calle y que desde entonces lo único que quería era estar drogada. Nada era importante para la muchacha que en la actualidad tiene 18 años. Estaba aferrada al alcohol, la marihuana y enganchada con ‘el vuelo’. Sus papás —que desecharon su divorcio y continúan hoy unidos— la rescataron varias veces de la vía pública, pero la adolescente volvía a recaer en su vicio.

Sonia, que empezó con la marihuana a los ocho años, sentencia que los adictos están dominados por el vicio. Ella, por ejemplo, empezó a prostituirse para comprar pasta base de cocaína. Después vendía marihuana en el barrio 4 de Noviembre de la urbe de Santa Cruz. “Había un chiquito de 11 años que siempre me compraba, a veces me acuerdo de él y me da mucha pena”.

Otra habitante de Adulam es Fabiana (20). Es hija única y recuerda que desde pequeña lo tenía todo. Por eso, cuando se obsesionó por las pastillas dejó de lado el Flunitracepam y optó por la compra de Somit, que es capaz de hacer dormir a los individuos que la consumen por un par de horas.

“En la farmacia donde compraba mi Fluni, adquiría Somit, lo usan las ‘pildoritas’ para hacer dormir a sus clientes y robarles. Así yo me ganaba la vida y podía pagar mis ‘pilas’ (pastillas). Mis papás me buscaban un tiempo, me encontraban y después me dejaban sola otra vez”, cuenta la muchacha, que hacía todo esto cuando tenía 17 años y aún no había concluido el colegio.

Durante su caída, Ximena arrastró a otros infantes a quienes vendió marihuana. Con los años aprendió a robar para pagar su vuelo diario. Tuvo líos con la Policía y sus papás la internaron en centros de rehabilitación, de los cuales escapaba. Hasta que llegó a Adulam. Hoy tiene mucha fe y  espera acabar con éxito su tratamiento de año y medio. Está embarazada y en dos meses tendrá su primer bebé. “Quiero darle un hogar bueno y que se sienta orgulloso de su mamá. Igual quiero abuenarme con mis papás y que sepan que yo todavía soy su hija y que me quieran como yo a ellos”.

Antes de finalizar la charla se encuentra más tranquila. La única condición que hizo a Informe La Razón es que su identidad quede en el anonimato. Le da vergüenza lo que vivió, pero quiere compartir su historia para que otros jóvenes no cometan sus errores. Ella admite que al comienzo le parecía divertido fumar, tomar y drogarse. Ahora, con marcas de cortes en sus brazos, la mirada temblorosa y los nervios destrozados, ha cambiado de opinión y pide que los muchachos no se enrolen con los estupefacientes.

El consumo de éstos en colegios es un problema que estalló en Santa Cruz y en La Paz y El Alto es un tema vetado para hablar ante grabadoras. Informe La Razón entrevistó a estudiantes, directores, maestros, autoridades, efectivos antinarcóticos; todos coinciden que si bien en años pasados los riesgos estaban cerca de las unidades educativas y era aconsejable que los alumnos no hablen con extraños, hoy los vendedores de drogas están en los mismos establecimientos.

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