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Patricia Flores no descansa en paz

El caso que conmocionó al país hace 13 años se ha reabierto para intentar hallar, de una vez, a los culpables

La Razón / Erick Ortega

00:00 / 21 de mayo de 2012

Como hacía mucho tiempo no pasaba, aquella ventosa mañana de agosto Patricia Flores Velásquez (entonces diez años) estaba radiante, feliz. Parecían lejanos los días cuando la niña se aferraba a las frazadas y le suplicaba a su mamá que no la llevara a la escuela. Ese viernes 27 de 1999, ella descendió las 214 gradas construidas en seis cuadras casi verticales, desde su casa hasta el colegio. Le dio un beso a su mamá y le hizo un vago gesto de despedida con la mano cuando cruzó la puerta de la institución educativa, de donde nunca más iba a salir para abrazar a la mujer que le dio la vida.

Han pasado 13 años desde la medianoche del martes 31 de agosto de 1999. Entonces, el cuerpo de la pequeña de diez años fue hallado en el depósito de la escuela Vicenta Juaristi Eguino, del casco viejo de la ciudad de La Paz. No se tiene certeza de quién cometió este crimen, sólo se sabe que Patricia fue violada y golpeada.

Por este caso hay tres sospechosos encerrados, aunque los tres juran que son inocentes. En un primer intento por hacer justicia, se emitió una sentencia que fue revocada por demostrarse vicios de nulidad en el proceso investigativo.

Martha Velásquez aún vive en la misma casa donde vio crecer a su Pati. Las otras hijas formaron sus hogares y ella se separó de su esposo. Está sola, o casi sola, porque cada noche antes de dormir se despide de ella, después de todo hace 13 años que ninguna de las dos descansa en paz.

Informe La Razón entrevistó a una veintena de personas, autoridades y consiguió documentos “clasificados” que permiten identificar los errores y las contradicciones que arrastra el proceso. Esta semana llegarán expertos internacionales para dar alguna luz sobre este asesinato que estremeció a toda La Paz y a todo el país.

‘PATO’. Patricia era tímida. “No la dejaba salir sola ni a la esquina, ni a comprar pan”, comenta Martha Velásquez, quien conserva en el living de su vivienda de la zona Norte dos fotos de la última de sus tres hijas. En una de ellas, la niña nacida el 21 de febrero de 1989 viste de chef y, en la otra, mira a la cámara sonriente; aquélla es una de las últimas imágenes que le tomaron y estaba destinada a ilustrar su carnet escolar.

“Patricia era tímida”, refrenda Pamela, una de sus mejores amigas del barrio Segundo Crucero. Entre las dos creaban historias donde las muñecas se convertían en princesas y el reino de sus sueños era la casa de la Pato. Pato, así le decían sus familiares y las amistades más cercanas.

Desde la terraza de la casa de doña Martha se observa el centro de la ciudad y como un eco lejano se escucha el tañido del reloj de la plaza Murillo. Aquella campanada de las ocho de la mañana apresuraba a Patricia y su mamá para ir al colegio, una escena que se repetía de lunes a viernes. Martha la tomaba de la mano y entre las dos bajaban a las volandas. Descendían las interminables gradas, la calle Manzaneda hasta el parque Riosinho... hasta que en cinco o siete minutos ya estaban frente a la puerta abierta de madera.

Al comienzo, Pati tenía contratiempos con el estudio. Se aplazó un curso y sufría dislexia: escribía el 3 como si fuera E y su número 5 tenía más apariencia de ser una letra S. Martha explica que su problema fue nacer zurda. Pero lo que le quitó el sueño fueron las convulsiones que Pati sufrió cuando era más pequeña.

Desde su primer añito tenía problemas de salud que la niña, más bien, pudo sobrellevar.

Ya en el “Tercero B”, Patricia ganó fama de ser una estudiante inteligente y solidaria... pero lo que nunca se quitó fue aquella timidez que la acompaña incluso en el recuerdo de sus compañeros, hoy jóvenes.

Recuerdos. Michael Alvarado (21) rememora aquella vez que le pidió un cuaderno prestado. “Cuando alguien se acercaba a ella, ella era callada y nerviosa porque no le gustaba que le molesten. Parecía que quería alejarte, sus piececitos encogía”, comenta en un local de la zona del Cementerio.

Aquella actitud contrastaba con su estatura. Delgada, con el cabello lacio hasta los hombros, Pato era la más alta del curso. Cuando había que formar una fila y entrar al salón, ella siempre se iba donde estaban las más altas, después de todo, tenía dos años más que sus compañeros. Así fue que en 1999 se dedicó a jugar voleibol y un día después de que ella desapareció, iba a defender los colores de la selección de su curso.

Su círculo de amigos era reducido, Michael dice que reía y jugaba con todos sus compañeros, pero que solamente hablaba con una amiga: Jocabet Choque (21).Jocabet fue contactada mediante la red de Facebook. Su primer mensaje para concertar una entrevista con este medio fue: “La verdad no quiero acordarme de cosas tristes porque me pongo mal”.

En charla con Informe La Razón, la ahora joven compañera de Pati recordó que en clases se sentaban juntas, ambas hacían las tareas y también jugaban. “Era mi amiga, ella me defendía por muchas cosas. A veces cuando jugábamos con los demás nos empujábamos y ella pensaba que me lastimaban y me abrazaba”.

Con Jocabet, Patricia encontró una compinche con quien lanzaba papeles, se entretenía haciendo piruetas con las manos y rayoneaba el cuaderno. Era capaz de saltar por los bancos, como lo hacían los demás chicos del aula. Las palabras le duelen a Jocabet y hay cosas que prefiere olvidar.

Aquel viernes 27 de agosto, cuando Martha dejó a su hija en la escuela de la calle Pichincha, la niña pasó la puerta de madera, fue hasta el primer patio y cruzó una reja desde donde le hizo adiós a su mamá con un gesto rutinario de la mano derecha.

Martha se dio la vuelta, dejó atrás el colegio y caminó unas cuatro cuadras por la avenida Sucre, en dirección a la oficina de Identificaciones para renovar su carnet. La mañana se le hizo corta, volvió a su casa, preparó el almuerzo y esperó a que César, su esposo, retorne junto a su Pato.

Ya no recuerda qué cocinó esa jornada. “Mi esposo me llamó gritando y diciendo: ¿Dónde está la Pati? Y yo sólo le decía que ahí la he dejado, en la escuela”.

Eran épocas en que la mayor parte de la población no usaba celulares y la comunicación más inmediata se daba mediante teléfonos fijos.

César Flores también guarda lagunas mentales, aunque recuerda con claridad que por aquellas fechas él era taxista y que casi siempre recogía del colegio a su retoño más pequeño. “Sólo me atrasé una vez”, dice y su voz va dirigida a la fotografía de Pati. “Mi hija nunca salía a la calle, ni cruzaba la reja de su escuela.

Ella me esperaba adentro y ese día he llegado unos diez minutos antes, y después, he seguido esperando y esperando. No salió nunca”. Fue entonces que llamó preocupado a su esposa y le interpeló: ¿Dónde está la Pati?

Martha le preguntó a la portera por su pequeña. “No he visto a tu Pato”, le respondió Berna Ponce, quien tampoco se había percatado del ingreso de la niña a la unidad educativa, por la mañana.

“A horas 14.00, nuevamente volví a la escuela, estuve desesperada y los chicos de la tarde ya estaban entrando, (y) recién he visto a la profesora Amparo (Lunario) que es maestra de mi hija, a quien le pregunté, siendo su respuesta: ‘Esta mañana no la vi a Patricia en el curso, seguramente usted no la ha traído’, yo le dije que la he llevado, después me dijo busque a la profesora de Labores”, reza la primera declaración de Martha a la Policía, fechada el 1 de septiembre de 1999.

El viernes 27 y el sábado 28, la familia fue a cinco canales de televisión para contar la desaparición y pedir ayuda. En la entonces Policía Técnica Judicial (PTJ), un guardia les dijo: “Cómo saben que se ha perdido, tienen que pasar 24 horas y tienen que hacer memoriales y escritos”. Los primeros que se movilizaron por Pati fueron algunos compañeros que tenía en el Centro de Multiservicios Educativos (Cemse), adonde ella asistía para mejorar su aprendizaje académico.

Mandaron a fotocopiar cientos de panfletos en los que se veía a la pequeña vestida de chef. Adjunto a la imagen iba el siguiente texto: “Se busca a Patricia de 10 años. Se encuentra en tratamiento médico. Si la ven, llamar al 312103 - 342446”. Trece años después, Martha explica que decidió decir que su hija estaba en tratamiento médico para conmover a la población y a sus eventuales captores. No funcionó.

La madrugada del sábado, Martha y César fueron a la escuela, estaba previsto que se realizara la mañana deportiva. Vieron llegar a los alumnos y la mujer observó el pizarrón que un día antes le mostró su hija, allí estaba escrito que el “Tercero B” tenía un partido de voleibol a las 11.00.

Hallazgo. La misma interrogante sin respuesta volvió a sonar el sábado. La directora y los profesores negaban que la niña haya sido vista en el centro educativo el viernes. César rememora que él quería hacer abrir todas las puertas del lugar, pero le decían que era imposible porque no tenían las llaves.

El papá fue hasta las trancas de El Alto, Chuquiaguillo y Oruro para colocar aquellos afiches en blanco y negro. La mamá empezó a deambular por las calles pegando los carteles. Al caer la noche, Martha acudió a un yatiri. Éste soltó las hojas de coca y sobre su aguayo dijo: “Están pasando y repasando por ahí, busquen nomás”.

El domingo 29, las vías cercanas a la plaza Pérez Velasco amanecieron repletas de los panfletos con la fotografía de Pati. El lunes, los primeros uniformados que prestaron socorro a la familia fueron de la Policía de Ayuda al Ciudadano (PAC). Desesperados, los padres fueron hasta una casa de la avenida Tejada Sorzano donde solían esconderse drogadictos y borrachines de la zona Central. Volvieron con las manos vacías.

Ese día, la profesora Amparo Lunario se puso delante del aula y preguntó a sus estudiantes: ¿Quién ha visto a Patricia? La directora de la escuela Vicente Juaristi Eguino, Dora María del Rosario Villarroel, también hizo la misma consulta. Mientras, en la PTJ se atendía, por fin, la denuncia y los medios de comunicación hacían eco de la preocupación de Martha y César.

A media mañana del martes 31 surgieron las primeras pistas sobre el paradero de Pati. Una compañera de curso dijo a los agentes que la vio a las cuatro de la tarde de la víspera, en la plaza Pérez Velasco. Según el relato “desarchivado” por Informe La Razón, iba junto a una niña “de aproximadamente 12 años, (que) tenía una media melena con una wincha, ojos medianos, nariz pequeña, ni muy morena ni muy blancona, ni gorda ni flaca. vestía un deportivo rosado, estaba con unos tenis blancos que prendía luces rojas”. La estudiante declaró que habló con su amiga: “Le dije vamos a mi casa, pero no quiso”.

Media hora antes, otra alumna de un curso superior al de Patricia afirmó a los investigadores del caso que la vio el mismo día, pero en el mercado Uruguay de la avenida Buenos Aires, a las dos de la tarde. En su declaración, afirmó que iba acompañada de otra menor cuya edad oscilaba entre los 13 y 15 años y “estaba con unos tenis blancos con lucecitas”.

Las dos descripciones guardan relaciones, empero, la primera señala que Patricia llevaba puesto “un jean azul, una chompa rosada y tenis”, mientras la otra, que tenía “un pantalón azul y una chompa azul”. Más allá de la contradicción, se elaboró un retrato hablado de la adolescente que se supone iba de la mano con Pati y la Policía apuntaba en esa dirección la noche de aquel martes 31 de agosto. Pero todo se vino abajo cuando cerca de la medianoche Elba Fernández (que por entonces tenía 13 años) fue al depósito del colegio para sacar un colchón.

En la declaración policial de la portera nocturna Lucía Carrillo, ella explica que pidió permiso para que su hija Elba se dirija al ambiente para retirar un colchón en el que la niña y su hermana iban a dormir.

La menor relató a la División Homicidios de la Policía Técnica Judicial: “Cuando llegamos encontramos la puerta un poco abierta, intentamos abrir pero estaba trancada; la escalera era grande. Entonces, doña Berna (la portera de la mañana, que también vivía allí) me dijo: ‘Vos eres más flaquita, entrá vos’, y yo entré”. Elba dio unos pasos y con voz temblorosa dijo: “Doña Berna, parece que hay un muerto”.

Dolor. El reporte del cabo Alfredo Machaca indica que a las 23.55 del martes 31 se hizo el levantamiento legal del cadáver de Patricia. Describe la escena y señala que tiene una “data de muerte de aproximadamente cuatro días”. Un informe que, curiosamente, fue firmado y fechado el mismo día del hecho.

No obstante, el primer día de septiembre de 1999, el médico forense Alberto Sagárnaga rubrica otro estudio en el que subraya que la fecha del fallecimiento es de 48 horas, lo que es avalado por dos efectivos de la PTJ. Pero otro documento “desarchivado” revela que en la misma jornada, a las 17.00, Sagárnaga sella un protocolo de autopsia donde la data de muerte “se estima en 72 horas aproximadamente”.

Antes de enterarse del destino de Pati, Martha se aferraba a la luz de esperanza surgida por las declaraciones de las dos estudiantes. Junto a su esposo, volvían de su peregrinaje tras el paradero de su niña, cuando a media cuadra de su casa un vecino la detuvo y le comunicó: “Martha, tu hija ha aparecido”.

Emocionada, ella se alistó para reunirse con su Patricia. “No subas, está en la PTJ”, le aclaró el vecino.

Previamente, un oficial había llamado al teléfono de la casa de los Flores Velásquez y contestó la hermana de Martha. Le notificó del hallazgo y le ordenó que la familia baje de inmediato a la unidad educativa. Allí, de acuerdo con lo afirmado por un grupo de testigos, unos cuatro militares habían estado presentes y una ambulancia se llevó el cadáver de Patricia.

Cuando Martha y César llegaron a la PTJ no pudieron ver a su hija. No estaba ahí. Fueron a la morgue de la zona de Miraflores y el encargado del sitio le entregó a la mamá la faldita azul que tenía la niña la mañana del viernes 27. Luego, un conjunto de mujeres se opuso a que los familiares vistieran el cuerpo de la pequeña, y solamente la vieron en el ataúd blanco que fue llevado por una multitud el jueves 2.

MIEDO. Sentada en una salteñería, Jocabet Choque observa por una ventana. Mira el Obelisco y la media mañana del viernes 4 de mayo de 2012. Está en silencio y de pronto asevera: “Nunca he superado el trauma, no me gusta estar sola en un lugar y si estoy sola me encierro bien”.

Trece años atrás la historia era peor. Después que se descubrió el cadáver de Patricia Flores se suspendieron las clases y los padres organizaron comités para vigilar a sus hijos. Hacían rondas por las calles que rodean a la escuela. El baño de mujeres se convirtió en mixto para evitar que los menores caminen más lejos.

Todos los pupitres ocupaban la parte central y los estudiantes dejaron de sentarse en parejas. “Por el shock que teníamos la profesora nos hizo juntar todos los bancos, todos los pupitres estaban juntitos y nos sentábamos como si el curso fuera chiquito”, explica Jocabet.

El único allegado que estuvo presente en la autopsia a los restos de Patricia fue un cuñado de Martha. “Ahora, cuando le preguntamos qué ha visto, él responde: ¿Acaso he ido ahí?, no me acuerdo nada”, cuenta la madre.

Los informes de la Policía indican, por ejemplo, que la niña falleció tras ser asfixiada con un cinturón. Su cuerpo soportó vejámenes sexuales que causaron daños en sus entrañas. Igualmente se colectaron los últimos objetos que acompañaron a Pati, como aquella polera de Micky Mouse y su mochila con rastros de pan.

Entre sus cuadernos tenía hilo y aguja para su clase de Manualidades.

Sin embargo, la mayor parte de las pesquisas especializadas de la Policía Técnica Científica se realizaron recién el viernes 3 de septiembre, exactamente una semana después de que Patricia Flores entrara por última vez al colegio.

Una jornada antes, una multitud acompañó el féretro blanco de la pequeña. Se organizaron dos misas y el clamor popular se convirtió en una demanda: “¡Pena de muerte!”. Tres días después, el Congreso Nacional estudió tres caminos para castigar los vejámenes contra menores: cadena perpetua, castración y pena de muerte.

Mientras la plaza Murillo estaba cercada por padres de familia y niños, en la PTJ se cerraba el círculo sobre un sospechoso. Y el jueves 9 de septiembre, en una conferencia de prensa, se anunció que el asesino de Patricia era Odón Mendoza Soto, el regente de la escuela.

AMENAZAS. El involucrado fue remitido 24 horas después a la cárcel de máxima seguridad de Chonchocoro, porque se temía que lo ajusticiaran en la de San Pedro. Funcionarios de la Corte Superior de Justicia evitaron que una multitud acabe con su vida tras su audiencia. Lo cambiaron de juzgado por una ventana y así pudieron burlar a la turba que persiguió al vehículo que lo trasladó a su celda.

Muestras de vello púbico, manchas de sangre, un cinturón y una huella de calzado fueron las pruebas más importantes que se esgrimieron en contra de Mendoza, en un juicio en el que, de inicio, al menos seis magistrados se excusaron de atenderlo. Hasta que los expedientes fueron tomados por Betty Yañíquez, entonces jueza de Instrucción en lo Penal.

En el trayecto, se descubrió que otras personas también tenían acceso al sitio donde se halló a la niña. Una de ellas era Reynaldo Flores Barrera, yerno de la portera del turno de la tarde, Margarita Uzeda. Él acudió a declarar y fue detenido bajo el cargo de cómplice. Su adicción al alcohol y que tenía dos hijas en el colegio lo pusieron en la “lista negra”, según esgrime su alegato. Su siguiente destino fue la cárcel de San Pedro.

La jueza Yañíquez convocó al agente Kevin Currier, del FBI (Oficina Federal de Investigación de Estados Unidos). Intentó dar certeza científica a las pruebas tomadas por la PTJ; sin embargo, éstas se hallaban contaminadas. Pero en junio de 2002, los resultados de los estudios del FBI, en base a pruebas de ADN halladas en las prendas de Patricia, apuntaron a otro presunto culpable: José Luis Flores, detenido en Chonchocoro.

De la noche a la mañana se convirtió en el principal sospechoso, sobre todo por ser sindicado como un violador en serie y tras cotejar su ADN en los casos de Patricia y la violación y asesinato de Dora Janko, otra menor. Por ello, las dos sentencias condenatorias de 30 años de prisión contra Odón Mendoza, y de diez años a Reynaldo Flores, quedaron en nada. La Corte Suprema de Justicia los absolvió en base al veredicto del FBI. Y el 16 de noviembre de 2009, el juicio se anuló hasta el vicio más antiguo.

Ambos fueron liberados, pero resultaron nuevamente aprehendidos este año por la reapertura de las investigaciones ordenada por Yañíquez, ahora como fiscal de Distrito. La misión es clara: hay que saldar la deuda de justicia con Patricia Flores y su familia.

La tumba de Pati está en el Cementerio General y siempre tiene flores. Su mamá va una vez por semana y hay quienes le rezan como si fuera una santa. Hasta le piden favores y sus “devotos” están seguros que cumple. Martha Velásquez cuenta que una extraña le dijo: “¡Ay! nuestra wawa, yo siempre le pido a nuestra niña que cuide a nuestros angelitos”.

Para muchos, Patricia no descansa en paz. A veces se aparece en los sueños de su mamá y vestida con un traje blanco le pide que le acompañe. Suben por unas escaleras hasta que Martha despierta llorando.

Michael Alvarado, su compañero de curso, también tenía sueños con Pato. La veía en su antigua escuela. “El sueño más raro que he tenido con ella es aquel en que me quería llevar al baño porque le daba miedo caminar por ahí. Me seguía y antes de llegar al baño yo me levantaba”.

“Es mi hija, no le voy a pedir nada”, confiesa Martha mientras acomoda flores en el nicho de Pati. “No la quiero molestar, soy yo la que le tiene que dar, tengo que darle paz”. En el mundo terrenal, quien no tiene paz es Martha: hasta hace un par de años le dejaban amenazas anónimas diciéndole que no culpe a inocentes.

Las notas estaban escritas en papeles que cabían en la palma de una mano. Y le llegaron otras en pedazos de venestas. Esto no le preocupa, lo que esta madre quiere es que se castigue a quienes mataron y vejaron a su hija que hoy tendría 23 años. Al final, ambas buscan paz, que les fue arrebatada hace 13 años

Odón Mendoza ya no quiere hablar del caso

Tras su detención, Odón Mendoza Soto, exregente de la escuela Vicenta Juaristi Eguino, dijo que era inocente. No ha cambiado su opinión 13 años después, tras haber sido nuevamente remitido a Chonchocoro. Espera que se tome en cuenta las pruebas del FBI que lo desligan del hecho. No da entrevistas porque dice que no confía en nadie. Su hijo fue consultado por Informe La Razón y prefirió no expresar comentario, con el mismo argumento de su padre. Mabel Casanovas y Juan Carlos Garfías son sus abogados y comentan que las pruebas han sido mal valoradas, que su cliente nunca ha pensado en escapar (por eso, piden su libertad) y que se dio muerte civil a un inocente.

José Luis Flores clama inocencia

Fue sindicado como un violador en serie y un análisis del FBI determinó que presumiblemente sería autor del crimen de Patricia, aunque no estaba acusado en la primera etapa de investigaciones. Entrevistado por Informe La Razón, el involucrado señaló que es inocente. “Mis pruebas de ADN (colectadas en el asesinato de otra menor) entraron por ruta irregular y lo que se usa como prueba contra mí ha sido manipulada. He dado pruebas al juez de todo esto”. Antes de llegar a prisión, era diskjockey y también le gustaba practicar fisicoculturismo. No tiene abogado defensor y es conocido por su carácter “difícil”. Radica en el penal de Chonchocoro, donde suele tener problemas con otros reos.

Reynaldo Flores quiere que le hagan pruebas

El único de los acusados que está detenido en el reclusorio de San Pedro es Reynaldo Flores Barrera, yerno de Margarita Uzeda, exportera del turno de la tarde de la escuela Vicenta Juaristi Eguino. Su exabogado Vladimir Soto explica que tras la muerte de Patricia Flores, la Policía no tenía a quién acusar y, por eso, se detuvo a su excliente. Flores señala que los “pecados” por los que fue involucrado son que era un alcohólico que rondaba por las cercanías del colegio y que tenía dos hijas estudiando en el mismo establecimiento, en el turno de la tarde. Dice que solía ir a visitarlas; aunque se escondía porque “le daba vergüenza”. Está dispuesto a someterse a pruebas para demostrar su inocencia.

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