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Pequeños ‘polleros’ guaraníes

El oficio de pelador de pollos no figura entre las 21 peores formas de explotación laboral infantil que el Estado se comprometió a eliminar tras la aprobación del nuevo Código Niño, Niña y Adolescente en julio. La norma avala la actividad laboral por cuenta propia de menores de entre 10 y 14 años, vinculada sobre todo a los ámbitos familiar y/o formativo; la remunerada para los que tienen entre 12 y 14 años, aunque con autorización de los padres y de la Defensoría de la Niñez y Adolescencia; y para los que poseen de 14 a 18 años, con el aval del Ministerio de Trabajo

Jorge Quispe

00:00 / 03 de noviembre de 2014

Juanito es un pequeño guaraní de 11 años que habita en la comunidad camireña de Puente Viejo. Todos sus amigos le conocen como el “guapo de los pollos”. El apodo no es gratuito, lo tiene muy bien ganado porque pocos pueden igualar su récord de pelar un gallo o una gallina en siete minutos. Es uno de los niños “polleros” que trabajan temporalmente y de madrugada en varias de las tres decenas de granjas avícolas de los municipios de Camiri y Lagunillas, en la provincia Cordillera del departamento de Santa Cruz.

“Duermo desde las 20.00 hasta la medianoche o hasta la una, y después trabajo pelando pollos. El sábado (4 de octubre) pelé 40 y me pagaron 1 boliviano por cada uno”, confiesa el infante. Posee los ojos irritados, el rostro cansado, aparenta menos que los 11 años que afirma y cada mañana después de acabar su faena da la impresión de haber cumplido las funciones de un vigilante nocturno. Pero pese a ello no falta al colegio, intenta no fallar con sus deberes escolares. Es uno de los pocos de su edad que no abandona las clases por ganar unos pesos para ayudar a su familia en esa región que es atormentada por el sol.

Desde la Capitanía Grande Kaami, que en guaraní significa monte bajo, el capitán grande Reynaldo Gómez admite esta realidad con un dejo de tristeza y la atribuye a la pobreza imperante en ese territorio ocupado por esta nación indígena también presente en Chuquisaca y Tarija. “Es un trabajo muy sacrificado, algunos menores trabajan de 03.00 a 07.00 y por cada pollo les entregan entre 50 centavos, 60 centavos y 70 centavos de boliviano”. Hay informes que revelan que dueños de granjas pagaban a los niños con las menudencias de las aves; esta práctica fue denunciada no solamente en el Chaco cruceño, sino en Cochabamba, ante las oficinas del Ministerio de Trabajo.

El oficio de pelador de pollos no figura entre las 21 peores formas de explotación laboral infantil que el Estado se comprometió a eliminar tras la aprobación del nuevo Código Niño, Niña y Adolescente en julio. La norma avala la actividad laboral por cuenta propia de menores de entre 10 y 14 años, vinculada sobre todo a los ámbitos familiar y/o formativo; la remunerada para los que tienen entre 12 y 14 años, aunque con autorización de los padres y de la Defensoría de la Niñez y Adolescencia; y para los que poseen de 14 a 18 años, con el aval del Ministerio de Trabajo

Las hermanas de Juanito ya le siguen los pasos. Lucía tiene diez años y Susanita, ocho. “Yo pelé 15 pollos y me pagaron 10 bolivianos”, comenta la segunda, con orgullo, mientras intenta jugar con una muñeca a la que llama Rosita en el patio de una humilde casa de adobe en Puente Viejo, donde vive junto a sus abuelos: Aparicio (77 años) y Teófila (69). Felipito es el más pequeño de la familia, con dos años recién cumplidos.

Desde 2009, la Fundación Desarrollo y Autogestión (DYA) Bolivia trabaja en Camiri contra la explotación laboral de la niñez y consiguió significativos avances gracias a talleres educativos que apuntan a disminuir el rezago estudiantil, impulsar cursos multigrado, bachilleratos técnicos e internados para los infantes. Sin embargo y pese a los esfuerzos, la deserción escolar es una cuenta pendiente, especialmente porque pequeños y adolescentes se dedican a ser “polleros”.  

‘DON CÉSAR’. Se viene una temporada en la que este oficio saldrá más a flote. Con la cercanía y la llegada de las fiestas de fin de año, la demanda de carne de pollo va en aumento y los granjeros necesitarán mayor mano de obra barata. La Asociación Departamental de Avicultores de Santa Cruz maneja que el consumo per cápita de este alimento en el oriente llega a 34 kilos por habitante y que el índice subió porque esta carne es más económica y de calidad. En el país, la producción de este alimento se incrementó en 7,5% el año pasado.

El ciclo de crecimiento de los pollos en las estancias de Camiri y Lagunillas es de aproximadamente 45 días, tras ese periodo las aves ya están listas para ser sacrificadas y desplumadas antes de llegar a los mercados camireños en Santa Cruz; de Yacuiba, Chorety y Villamontes en Tarija; de Monteagudo y Muyupampa en Chuquisaca. Y una semana antes de que se cumpla ese plazo, haciendas avícolas de esa zona guaraní se alistan para una faena intensa.

Así, dueños de estas fincas se ponen manos a la obra para buscar a infantes que pelen a los animales. Los adultos no son muy demandados porque, generalmente, no están dispuestos a cobrar hasta Bs 1 por ave desplumada. Los menores de edad son cotizados por una razón clave.

“Los contratan porque sus manos son pequeñas y delicadas, y no dañan a los pollos al sacarles las plumas”, cuenta el maestro Óscar Orozco, de la Unidad Educativa Urundaiti, del pueblo del mismo nombre en Camiri, que se entristece al referirse a sus alumnos que dejan de lado sus estudios por las “pollerías”.  

La actividad avícola en granjas de los dos municipios chaqueños dura todo el año. Uno de los propietarios más famosos en Puente Viejo es llamado “Don César”, quien estaba de viaje cuando Informe La Razón visitó suelo camireño. Los que lo conocen indican que no tiene más de 30 años y que sus pequeños obreros ya saben que los días acordados, cuando las manecillas del reloj marcan las 18.00, su camioneta aparece por las estrechas y polvorientas calles de la comunidad para recogerlos

Los llama hasta que salen de sus viviendas. Los sube a su vehículo y los traslada hasta su hacienda, que se ubica a 15 minutos de viaje. Otro es Balbi Ch. y su estancia se encuentra a 25 minutos. Fuentes entrevistadas develan que en sitios como éstos, los menores son encerrados en una rústica sala de espera donde se divierten viendo películas hasta dormirse sobre un colchón comunal. Y posteriormente son despertados para pelar las aves hasta la madrugada.

Un operativo realizado en 2012 por la Jefatura Regional del Ministerio de Trabajo, la Defensoría de la Niñez y Adolescencia y la Policía, intervino la granja Virgen de Guadalupe y constató la explotación laboral infantil, mientras otros pequeños eran escondidos. “Esa vez se le prohibió a la dueña del local contratar a entre siete y ocho niños, luego se le multó por vulneración de derechos porque ellos trabajaban para terceros”, rememora Juan Pablo Calvimontes, jefe regional del Ministerio de Trabajo en Camiri. Algo similar se descubrió un año después en Cochabamba y se tienen datos de que la finca avícola involucrada se trasladó a otra zona, de acuerdo con Mabel Durán, especialista en trabajo infantil que entonces trabajaba en esa dependencia gubernamental.

El profesor Orozco lanza más denuncias. Señala que hubo adolescentes y jóvenes que aparecieron embarazadas en estos lugares donde impera el hacinamiento y la falta de higiene y de medidas de seguridad, y que menores de edad aprendieron allí a fumar cigarrillos porque hay casos en que comparten la actividad con adultos. Y la práctica de captar a los infantes mediante motorizados que recorren las poblaciones es ratificada por Marilyn Sardón, comerciante de carne de pollo. “Los recogen a los pequeños de la avenida Williams (principal vía de Camiri), van de 10 a 15 niños a una de las granjas que hay en Puente Viejo”.

Hace dos años, este método se destapó cuando un granjero que transportaba a cuatro menores de edad en su vehículo, se accidentó en el trayecto. “Yo tenía 12 años, estaba junto a mi hermano Iván y mis amigos Daniel y Richard cuando el auto se chocó y me lastimé la rodilla izquierda”, recuerda Marco Antonio, quien hoy tiene 14 años y estudia en la escuela de Urundaiti. Fue la última vez que él e Iván fueron a pelar pollos porque quedaron traumados. No así Daniel y Richard, quienes continúan desplumando aves.

Estas haciendas operan en las localidades de Puente Viejo, Urundaiti, Guapoy, Piedrita y Cañón Segura en Camiri; aparte de Iviyecas y Tasete en Lagunillas. El capitán guaraní Reynaldo Gómez sostiene que en esa zona se contabilizaron 30 fincas avícolas y se calcula que cada una emplea temporalmente al menos a tres infantes, o sea, casi 100 se dedican a este oficio. Aunque esto no ocurre todas las jornadas, porque existen temporadas en que la demanda de mano de obra se dispara. E igualmente existen granjeros que contratan simplemente a adultos para este trabajo.

Informe La Razón visitó el jueves 9 de octubre la estancia de Balbi Ch., quien es sindicado por comerciantes de pollo del mercado central de Camiri como uno de los propietarios que recurre a menores de edad. No obstante, éste negó la acusación. “Es mentira, aquí no trabajan pequeños”. Pero la labor que realizan los “niños polleros” es un secreto a voces en territorio camireño. Fuentes consultadas remarcan que éstos van solos a las granjas, otros acompañados de sus hermanos y faltan los que van junto a sus abuelos, progenitores y/o allegados.

PROCESO. Ése es el caso de Juanito, Susanita y Lucía, quienes parten a la hacienda de “Don César” de la mano de su abuela. Su padre los abandonó, su madre trabaja fuera de Camiri y viene cada mes para visitarlos y dejarles algo de dinero. Están a cargo de “Papá Aparicio” y “Mamá Teófila”. “No hay ningún peligro, el dueño viene a recogerlos, van con su abuela y por la mañana vuelven a pie, para después ir a la escuela”, relata Aparicio, que por sus 75 años rara vez encuentra algún trabajo; eso sí, recibe los Bs 250 de su renta Dignidad.

En las granjas hay al menos tres especialidades para los infantes. Una vez que las aves son seleccionadas para ser sacrificadas, un muchacho les introduce un cuchillo dentro del paladar para efectuar un corte hasta cerca del cerebro; con esta técnica, el animal se desangra y muere. “Yo pelo, pero además descuartizo”, sostiene Jorge Luis, de 14 años, en Urundaiti, quien es empleado en la finca de “Don César”. Posteriormente se mete a los pollos en una olla con agua caliente, para su remojo y para que estén listos para ser desplumados.

Después es turno de los denominados “triperos”, quienes sacan con las manos las vísceras de los animales aplicando un corte en el abdomen. Y por último figuran los “peladores” como Juanito, el “guapo de los pollos”, quien se convierte en “tripero” cuando alguien falta en la finca. No hay ropa de trabajo y menos guantes para esta labor. En síntesis, no hay seguridad laboral. Y cuáles son los riesgos y los efectos de este oficio para los niños. La Fundación Desarrollo y Autogestión Bolivia menciona algunos como cortes en las manos al momento de utilizar el cuchillo, posibles quemaduras en las manos y los pies al introducir las aves en las ollas repletas con agua caliente. Eso no es todo. Los pequeños terminan completamente cansados y, con suerte, van a la escuela, donde algunos se duermen, admiten los maestros Óscar Orozco y Lucio Ramírez, este último director de la escuela del pueblo de Urundaiti. Y ello desemboca en deserción estudiantil.   

Ilegal. La experta Mabel Durán añade que si hay menores de diez años se vulnera la edad de trabajo permitida por el nuevo Código Niño, Niña y Adolescente, y en cuanto a los menores de 14 años, es poco probable que cuenten con la autorización de sus padres y de la Defensoría de la Niñez. Pero lo más grave es que realizan su faena en horario nocturno, afectando totalmente su derecho básico a la educación.

La normativa establece en su artículo 126 que “las niñas, niños y adolescentes tienen derecho a estar protegidas o protegidos por el Estado en todos sus niveles, sus familias y la sociedad, en especial contra la explotación económica y el desempeño de cualquier actividad laboral o trabajo que pueda entorpecer su educación, que implique peligro, que sea insalubre o atentatorio a su dignidad o desarrollo integral”. Aparte, se determina que los menores de edad deben recibir una retribución económica similar a la de los adultos, y que los pequeños no pueden trabajar más allá de las 22.00.

Juanito es diestro en su labor, pero reconoce que no pudo evitar que sus manos sufran cortes tras varias jornadas nocturnas, por el cansancio.

“No fue grave”, aclara. Eso sí, saca pecho cuando se refiere a sus estudios. No los abandona pese al esfuerzo que realiza. Aunque eso no es emulado por varios de sus compañeros que son contratados por otros granjeros, y otros caen “rendidos” en plena clase. En la Unidad Educativa Puente Viejo hay preocupación por la situación entre el plantel docente. La maestra Trinidad Gallardo admite que algunos de los 38 niños que se educan allí se duermen en las aulas después de su faena laboral de madrugada.

En la escuela de Urundaiti sucede lo mismo. El director Ramírez revela que empresarios avícolas continúan convenciendo a pequeños para desplumar pollos. Uno de ellos es Roberto Fernando, de 14 años, quien cursa el 3° de primaria y dedica noches para ponerse al servicio de “Don César”.  Viviana, de diez años y Mery, de nueve, abandonaron el centro porque no pudieron con el trajín. Y la profesora Fátima Rosado denuncia que la pequeña Yasmín lleva 36 días ausente. “Hay dos o tres estudiantes más que van a las pollerías”. Apunta a los progenitores como responsables. La mayoría lo hace porque no tiene suficiente dinero para cumplir con obligaciones del hogar; pero la maestra sentencia que la educación es lo primero.  

Otra es la historia de Roberto, adolescente de 14 años que deja en claro que todos en su hogar son “polleros”, sus padres y sus cinco hermanos, aunque confiesa que por ello está rezagado en sus estudios. “Yo pelo y descuartizo 80 pollos por noche”. Su empleador los recoge de su hogar a la 01.00 y los devuelve a las 06.00. “Somos siete y pelamos hasta 700 pollos en dos jornadas”.

El director distrital de Educación en Camiri, Adán Rioja, confirma la vigencia de este oficio infantil y subraya que en 2008, cuando prestaba sus servicios como profesor en Urundaiti, la mayor parte de sus alumnos se dormía en clases por esto. No obstante, considera que actualmente solo existe “un pequeño remanente” de pequeños que trabajan en granjas. “Hablamos de unos 15 niños en Puente Viejo, Urundaiti, Piedrita y en menor escala en Cañón Segura”. En el municipio chaqueño existen 54 comunidades y 10.544 estudiantes. En 2008, la población escolar llegaba a 13.511 y ahora decayó a 10.544. “Emigran por la falta de recursos económicos”.

Paulo Gallardo, responsable de la Defensoría de la Niñez en Camiri, sostiene que en un operativo que se realizó en septiembre del año pasado, se halló no más de una decena de infantes que desplumaban aves en haciendas. “Deben ser unos seis o siete y estaban en horario nocturno.

Este año hicimos más trabajos en la terminal de buses con los niños que trabajaban en horario nocturno”. O sea, esta gestión no se implementaron redadas en las fincas avícolas de la región.

En criterio de Juan Pablo Calvimontes, jefe regional de la Inspectoría del Ministerio de Trabajo, este oficio debe ser incorporado entre las peores formas de explotación y trabajo infantil. Y coincide en que son pocos los menores de edad que se dedican a esta actividad. “Con toda seguridad existen más niños trabajadores cuyos derechos son vulnerados porque no tienen contratos laborales, no se respetan sus derechos, realizan un trabajo nocturno, no tienen el permiso de la Defensoría de la Niñez y Adolescencia y son especialmente mano de obra barata”.

El capitán guaraní Gómez se queja de que intereses políticos impiden la fiscalización coordinada entre instituciones estatales para evitar la explotación infantil imperante. “La Defensoría debería estar cotidianamente trabajando con nosotros, pero no se ve eso; cuando hay alguna denuncia recién aparecen. Debería existir una política de prevención para posteriormente realizar las investigaciones”. El líder indígena informa que unos 4.500 guaraníes están agrupados en Kaami, donde “por lo menos cuatro de cada diez niños aún prestan sus servicios dentro de las pollerías”.

Los jefes de la Asamblea del Pueblo Guaraní realizan, junto a la Fundación Desarrollo y Autogestión Bolivia, talleres para motivar a los pequeños a no dejar la escuela; hablan con sus padres sobre la importancia de la educación. Por ello, Gómez escribió en guaraní el siguiente mensaje para los menores de edad de su pueblo que igual tiene parientes en Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay: Kunumireta, kuñataireta/ Ani peya peyenboe, peretako/ Jae metei mirata tuicha/ Yandeve guara javoy yande/ Yemboati guasupegua. La traducción es: Jóvenes, jovencitas, no dejen sus estudios. Ustedes son los líderes que darán fuerza a nuestra organización para fortalecer nuestra nación guaraní.

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