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Radiotaxistas llevan estupefacientes a domicilio en La Paz

Los nombres de los protagonistas de este reportaje se mantienen en el anonimato a pedido expreso del comprador de cocaína, que se llama Roberto.

La Razón

00:00 / 08 de octubre de 2012

Han pasado algunos minutos de las cuatro de la tarde y Joaquín todavía no llega. Usualmente es puntual y ya ha venido al mismo sitio hace más de dos años; por lo tanto, es imposible que se haya extraviado. Seguro que le ha ocurrido algo por el camino.

Los nombres de los protagonistas de este reportaje se mantienen en el anonimato a pedido expreso del comprador de cocaína, que se llama Roberto. Él conoció a Joaquín hace dos años y medio. Fue su amigo brasileño Alexander quien los puso en contacto porque sabía de los gustos de su colega. En otras palabras, decidió darle una mano y le presentó al radiotaxista.

En realidad, nunca los presentó de forma oficial, porque Roberto sólo recibió el número de celular de Joaquín y lo llamó inmediatamente. La primera charla entre el consumidor de droga y el chofer fue breve. Fue cuando el conductor le preguntó quién le proveyó los ocho dígitos para ubicarlo. Escuchó el nombre de Alexander y, a partir de ahí, la conversación se hizo más cordial.

Pero había un detalle más para Joaquín: ¿cómo era posible que Alexander le haya dado el teléfono a un boliviano, cuando él sabía muy bien que sus clientes eran extranjeros? Roberto no conocía aquel dato y se limitó a decirle que ambos eran amigos desde hacía tiempo y que quizás, por ello, hizo una excepción. Lo cual era cierto.

Negocios. Quedaron en verse en su casa del barrio paceño de Miraflores, donde Roberto vive junto a su familia. Después de poco más de una hora, un radiotaxi pasó cerca del lugar. El vehículo no tenía nada de especial respecto a cualquier otro que presta servicios similares. Es más, pertenece a una línea muy conocida que trabaja en la ciudad de La Paz.

El carro se detuvo frente a la vivienda. Roberto lo vio y salió enseguida. Subió al vehículo y el chofer encendió la máquina y arrancó en dirección desconocida. Se saludaron. Intercambiaron un par de frases. El coche nuevamente se detuvo unas cuadras más allá y Roberto le preguntó: “¿Cuánto?”. El radiotaxista le dijo: “Bs 100”. Entonces, intercambiaron cocaína por dinero.

Se despidieron con la promesa de volver a encontrarse para entablar negocios. Lo hicieron varias veces, hasta este día de septiembre en el que Roberto espera a Joaquín. Se encuentra algo preocupado porque éste ya lleva algunos minutos de retraso.

Roberto fue contactado por Informe La Razón. Cuenta que Joaquín nunca le ha fallado en las entregas y que la calidad de su producto es la mejor. Señala que el precio tampoco está mal, tomando en cuenta que Joaquín le lleva la mercancía hasta la puerta de su casa, aunque después el comprador se queda un par de cuadras más allá.

La única oferta de Joaquín es cocaína y el grueso de sus clientes son extranjeros que, previamente, han conocido a Alexander. No se sabe de dónde la consigue, pero eso no importa a sus contactos, la cuestión es que Joaquín siempre cumple. Es más, él puede ir a cualquier lugar de la urbe, incluso a alojamientos. Y Roberto relata que es más veloz cuando lo solicitan por las zonas de Sopocachi y Miraflores. No cobra algo más por el transporte; todo cuesta Bs 100.

Roberto no conoce de otro servicio similar, exclusivo para turistas de otros países. “Hay otro taxista que vende marihuana en la zona Sur, a él también puede acceder cualquier persona que tenga su número de celular”. El paquete de mota, de acuerdo con la fuente, se cotiza en Bs 50. En medio de la conversación, aparece Joaquín. El radiotaxista llega lamentándose porque la ciudad está bloqueada. Luego, Roberto se sube al vehículo. Es hora de hacer negocios.

A domicilio. Hay más historias que vinculan a taxistas con la comercialización ilegal de drogas en La Paz. Son parte de la cadena de microtráfico, una estrategia que ya lleva años encima. Por ejemplo, ni  bien llega la noche y el caos vehicular disminuye, la esquina que une a la avenida 20 de Octubre y la calle Landaeta de la zona Central se convierte en un espacio de compraventa de marihuana y cocaína.

Hay un código que funciona perfectamente: un radiotaxi debe estacionarse casi en la puerta donde antiguamente funcionaba el club nocturno La Miel y tiene que prender y apagar las luces delanteras. En cuestión de segundos, uno o dos vendedores de estupefacientes se acercan a su ventanilla y ofrecen la mercancía que tienen consigo. De acuerdo con Isidro, exconductor que pidió reserva de su identidad, este método tiene más de una década de vigencia.

Eso no es todo. Con la proliferación de hostels u hostales en los últimos años en el corazón de La Paz, hay radiotaxis que se disputan un área de estacionamiento cerca o en las puertas de alojamientos frecuentados, sobre todo, por ciudadanos foráneos. No existe variedad en cuanto a las empresas porque, generalmente, solamente una accede a la exclusividad en cada albergue.

Según referencias de turistas en la red de internet y tal como comprobó Informe La Razón, al salir a la puerta de algunos de estos hospedajes, basta tomar uno de los carros para ir al “bar de la cocaína”, la Ruta 36, en la avenida Illimani. Los choferes saben de memoria dónde está el local y cobran tarifas elevadas a los extranjeros. Por ejemplo, por un trayecto menor a diez cuadras, los choferes piden Bs 15.

Además, tal como evidenció este suplemento, una red de radiotaxistas trabaja con este boliche. Cuando un cliente desea salir y retornar a su alojamiento, tiene que, necesariamente, pedir el servicio de transporte a una de las camareras. Más aún, en agosto de 2009, en Sopocachi, cuando se clausuró por segunda vez la Ruta, la Fuerza Especial de Lucha Contra el Narcotráfico anunció que iba a investigar la relación de los administradores con choferes de taxis. Pero no se supo de avances en la pesquisa.

Algo similar sucedía en la discoteca Blue House que fue clausurada recientemente en la calle México por tráfico de drogas. Ésta solamente recibía a gente que arribaba en radiotaxis conocidos por los propietarios. No se permitía el ingreso de personas que llegaban a pie, a no ser que sean extranjeros con pasaportes.

Por esto, era común que bolivianos que no eran admitidos armen bulliciosas trifulcas en la puerta de entrada.

Los informes de la Alcaldía de La Paz también revelaron la existencia de este nexo entre choferes y traficantes en la Casa Azul (su nombre en español). Es más, radiotaxistas que daban vueltas por la zona o que estaban estacionados por allí, daban el toque de alerta a los dueños cuando los guardias ediles husmeaban por los alrededores para penetrar este local clandestino.

Pero lo más novedoso es la oferta brindada por Joaquín, ese radiotaxista que lleva cocaína a domicilio. Un servicio más que forma parte del turismo de las drogas que impera en la ciudad de las alturas.

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