informe

‘Sólo pido justicia y que no haya más víctimas’

La Razón / Milenka Villarroel Majluf y Miguel E. Gómez Balboa

00:00 / 16 de julio de 2012

Tiene 21 años, a sus 16 fue raptada por una red de tratantes. Por primera vez habla de su calvario, que aún no acaba

Tuvieron que pasar seis años para que pueda hablar de la pesadilla que viví. Tal vez la rabia y la impotencia de que jóvenes y niños sigan perdiéndose, y de que ni la Policía ni las autoridades hagan algo ante ello, me dieron la suficiente fuerza para denunciar lo que pasé, ya que, aparte, a mí nunca me trataron como una víctima de la trata de personas, sino más bien como una delincuente.

Acepté identificarme como Valeria para esta entrevista (para salvaguardar a la fuente se cambian otros datos de esta historia). En 2007 tenía 16 años, vivía con mi mamá y mi hermana, con quien me encantaba jugar, ya que mi padre alcohólico nunca se ocupó de nosotras. Éramos humildes, pero no nos faltaban comida ni techo. Los domingos hasta íbamos al cine de mi zona, daban tres películas por una entrada.

Deudas. Por las tardes estudiaba y en las mañanas vendía en el puesto de rellenos y dulces que teníamos en la calle, pero un día los “frutillitas” nos quitaron todo, hasta el dinero. Dijeron que no teníamos permiso municipal y sin importar cuánto lloramos y suplicamos, no nos devolvieron nada. Por ello, nos quedamos sin dinero para pagar la deuda con el banco que usamos para la compra de nuestra mercadería, y no pudimos pagar el alquiler y la luz de la casa.

Del colegio ni hablar: a pesar de que me gustaba estudiar, no tenía para comprar el material que me exigían. En mi casa mi vida era un calvario: mi mamá lloraba todo el día y mi hermanita se quejaba de hambre. Fue entonces que decidí buscar trabajo. Así, un lunes, bien temprano, me preparé para salir de mi hogar. Mi mamá quiso acompañarme pero debía cocinar para un grupo de pensionados, porque de ello dependían nuestros almuerzos de cada día.

Caminé durante horas, fui por Sopocachi, la plaza Murillo, la Sagárnaga y la Comercio. En ningún lado me aceptaron. En las tiendas de ropa y en los restaurantes decían que era menor de edad o que debía trabajar 12 horas por poca paga. En fin, parece que sólo fue mi destino... Caía la noche y cansada y hambrienta, me senté a llorar en las cercanías de la calle Comercio. Ahí apareció quien en ese momento vi como un ángel. Era morena, delgada y bajita, de menos de 30 años, y se hacía llamar Claudia. “¿Qué te pasa mamita, por qué lloras?”, me dijo mientras me alcanzaba un refresco. Me hacía mucho frío, por eso sentí tanto alivio cuando me acurrucó entre sus brazos, mientras yo le contaba todo.

“No se cómo te puedo ayudar, pero esperá, mi hermana tiene dos hijas y necesita que se las cuiden, ¿te interesa?”. “Claro”, respondí, mientras, diligente, Claudia secaba mis lágrimas y me llevaba con ella. Subimos al micro 2 y llegamos a una casa en una zona alejada de la ciudad. Allí habían dos camas separadas por una cortina, un sillón y una tele, y en las paredes cuadros de Dios. “Ella es mi mamá Juana”, me dijo, señalándome a una señora bien arreglada de más o menos 60 años, quien me invitó un té con pan.

Así, entre las dos me sacaron más información. Incluso me pidieron que haga un croquis de mi casa. “Yo la llevo”, le dije a Claudia, y ese momento tomamos un taxi y le mostré dónde vivía. Cuando la invité a pasar para presentarle a mi mamá, me dijo que era tarde y que me esperaba al día siguiente para trabajar como niñera. Lavaría, limpiaría y cocinaría de lunes a sábado, desde las tres de la tarde hasta las diez de la noche, y me pagarían 140 bolivianos por semana.

Comenté a mi mamá lo sucedido, pero por sus preocupaciones casi no lo tomó en cuenta, sólo me pidió que me cuidara, sea responsable y la llevara a verificar el lugar.

Casi no pude dormir esa noche, por la emoción de ganar dinero y pagar nuestras deudas. A las tres de la tarde del día siguiente ya estaba esperando instrucciones en la vivienda de Juana. Claudia me recogió de allí y me llevó a su casa, a seis cuadras de distancia. Esperé en su puerta y, luego, recién me condujo adonde trabajaría, el hogar de su hermana Ximena, que estaba otras cinco cuadras más arriba.

Entramos al segundo piso de un inmueble de tres, donde habitaban otros inquilinos. Era un departamento de tres cuartos, un sillón, un ropero, el baño y una cocina, de donde apareció Ximena. La mujer era gorda y morena, de más o menos 30 años de edad, y tenía dos hijas: una bebé llamada Blanca y María, que tenía 12 años, pero aparentaba más edad; ella se encargaba de captar chicas y chicos en los colegios. Y también estaba Ernesto, un viejo gordo a quienes llamaban “papá” y vivía con ellas.

“Lavá todo lo que encuentres sucio”, me ordenó mi empleadora antes de salir. Al seleccionar la ropa encontré una calavera (ñatita) a quien le ponían velas al lado de una imagen de la Virgen de Guadalupe, jeringas usadas y sin utilizar, pastillas y una hierba que yo no conocía para entonces, pero que ahora sé que era marihuana. 

Además vi zapatos usados de niños y niñas, incluso de jóvenes, y ropa provocativa. Lo más raro era una bolsa negra que tenía pequeñas ropas interiores sucias, que por el olor tuve que remojar en lavandina. Los calzoncitos con flores y animalitos también tenían manchas de sangre. “Es ropa de mis sobrinos que son unos cochinos y se hacen caca”, me comentó Ximena cuando descubrió que los había lavado.

Transcurrieron tres semanas, por las que se me pagó puntualmente. Pero siempre sospeché de que algo no andaba bien. Por las tardes era usual ver grupos de dos o tres niñas y niños, de entre siete y 14 años, que venían y esperaban horas hasta que alguien los recogiera. Parecían estatuas y no hablaban ni entre ellos. Yo estaba prohibida de dirigirles la palabra porque, de acuerdo con Ximena, “eran unos malcriados”.

En una ocasión, un niño de unos ocho años entró al cuarto de Ernesto y a mí me mandaron a comprar a la tienda; cuando volví, no me abrieron la puerta por más de media hora. En otra, una chica de 12 años parecía estar drogada y Ximena la encerró en uno de los cuartos con un hombre, mientras ponía una película con volumen fuerte para mí y sus hijas. Cuando ambos salieron, me dijeron que era su papá y que la fue a reñir por fumar. Nunca más volví a verlos.

A veces me parecía que Ximena y su hermana eran buenas personas, porque ayudaban a los “cleferitos” que tenían bebés, había desde recién nacidos hasta pequeños de dos años. Ellos los dejaban en la casa y se iban. Después me enteré que lo hacían a cambio de droga o clefa, y las wawas también desaparecían después. A algunas de esas mujeres adictas, Ximena las bañaba, cambiaba y maquillaba; posteriormente, alguien las recogía después de que se comunicaba con ella por el celular.  

Igualmente recuerdo a Ana, una chica que parecía de mi edad y entró súper “canchera” (confiada) a la casa y le preguntó a Ximena: “¿Con quién me toca salir?”, mientras le contaba que Cinthia (otra chica que jamás conocí) se había embarazado, “se lo habían sacado” y estaba mal. Cuando se dieron cuenta de mi presencia, se hicieron señales y cambiaron de tema. Después escuché que a ella la hicieron desaparecer. 

El miércoles de la cuarta semana estaba nerviosa, tenía un mal presentimiento. Por eso, quemé la cena y Ximena y Ernesto me riñeron. Yo tomé mis cosas y salí hasta la puerta; allí me alcanzó la mujer, me pidió disculpas y me hizo volver a la casa. “No quiero que te asustes”, me imploró, mientras me sentaba en el sillón y me daba un té que me empezó a adormecer el cuerpo.

“¿Alguna vez has tenido relaciones? Has visto a esas chicas que vienen, no son mis sobrinas, trabajan para mí. Tú necesitas plata y vas a ganar bien, mucho más si eres virgen”, me propuso Ximena. “No, señora, yo ni siquiera he tenido chico”, le respondí y me dirigí de nuevo a la puerta; pero esta vez me siguió Ernesto, quien me golpeó en la cabeza y, por ello, perdí el sentido.

Recién desperté al siguiente día, adolorida y mareada en el cuarto de Ernesto, que al verme consciente, comenzó a besarme y a tocarme. “No hagas huevadas, papi, ya va a venir”, lo interrumpió Ximena, mientras me inyectó por primera vez. Yo analizaba lo que estaba pasando, sin embargo, mi cuerpo no me hacía caso, no respondía, quería gritar y mi voz no salía, solamente lloraba. Incluso me hice pis, no pude aguantarme.

Entonces vi entrar al cuarto a mi primer agresor. Era un gordo, grandote y moreno que me violó mientras Ximena filmaba todo a un lado del dormitorio (igualmente descubrí otros videos caseros en los que abusaban de niños y niñas). Jamás entendí por qué ese hombre me pegó tanto, me jaló el pelo y me pateó, si yo nunca me resistí, parece que le gustaba hacer daño...

A él le siguieron Ernesto y otros más que entraban y salían del cuarto. Un día conté hasta 20 que me violaron. Yo permanecía drogada porque todo el tiempo me inyectaban. Cuando estaba consciente solamente podía llorar y balbucear, y ellos me amenazaban con matarme y liquidar   a mi familia porque conocían dónde vivía.

A veces me sacaban de la casa vestida sólo con ropa interior y envuelta con una colcha. Ximena hablaba con el o los que le pagaban, me dejaba en un sitio y posteriormente me recogía. Ahora me pregunto: Cómo me llevaban a moteles donde nunca les pidieron mi carnet, donde no hacían nada cuando gritaba y pedía ayuda, y donde a los empleados no les extrañaba que entraba y salía en malas condiciones.

A algunos “clientes” les gustaba que grite, porque así parecía que era virgen, o para pegarme más; por eso, en esas ocasiones no me inyectaban drogas y sólo me hacían tomar pastillas. Otros me amarraban o me encadenaban de las muñecas o los tobillos a la cama, o me quemaban con el pabilo de velas. Sólo recuerdo un hombre que no me lastimó mientras me violaba: entró en el cuarto oscuro de un motel y no pude verlo, sólo sentí el olor de su perfume.

Me vendieron también a extranjeros, en especial recuerdo a dos italianos que me mantuvieron toda una tarde en una vivienda de la zona Sur. Otro de mis violadores fue un médico que —después me enteré— hizo abortar a Cinthia, esa chica que jamás conocí y a quien me referí anteriormente. Mis captores le pagaban con chicas por sus “servicios médicos”.

Luego de casi un mes de encierro, estaba flaquísima, casi no me alimentaban, generalmente me arrojaban panes duros al piso. No había un solo lugar sano en mi cuerpo: tenía partes de la cabeza sin cabello y estaba llena de cicatrices, hay algunas que hasta ahora se notan a simple vista.

“Hay un pedido de Chile, ya le hemos dado su comidita a los ‘verdes’, ésta es la única que tenemos”, comentaron un día Claudia, Ximena y Ernesto mientras me señalaban. Estaba muy débil y no podía abrir mis ojos de tan hinchados que estaban, y pensé: “No permitiré que me sigan lastimando y en otro país me van a matar. Prefiero morir intentando escaparme”. Ernesto se estaba bañando, Ximena estaba con sus hijas en uno de los cuartos y Claudia dejó caer el tenedor, mientras me alcanzaba un poco de comida. Yo lo recogí y se lo clavé en el estómago, me puse un buzo y una chompa y salté por la ventana del segundo piso.

Al caer me rompí una costilla y sufrí una hemorragia interna, pero no sentí dolor. Estaba descalza y no corría, volaba por las calles de varias zonas, en tanto la gente me rehuía asustada.

Llegué a mi casa, me bañé, quemé la ropa que tenía puesta y me metí en la cama. Mi mamá llegó, me abrazó, lloró y me dio de comer. Al interrogarme y no recibir respuestas, pensó que me había ido con algún enamorado, me contó que había puesto la denuncia de mi desaparición y que me buscó por todos lados. Dormí por más de tres días, pero con un cuchillo bajo la almohada, siempre atenta para defender a mi familia por si alguien llegaba a cumplir las amenazas.

Pero nunca llegaron.

El dolor en mi vientre y la sangre que emanaba hicieron que acudiera al Hospital de la Mujer. Allí, mi mamá se enteró de todo, ya que me dijeron que estaba encinta y abortando porque el feto estaba destrozado. Ese día, comenzó otro calvario, porque tras la denuncia ante las autoridades, me hospedaron “por seguridad” en un albergue que me ayudaría a superar los traumas. Pero en ese lugar sufrí otros traumas. No me trataron como a una víctima, sino como si fuera una delincuente.

La denuncia por el delito de trata de seres humanos y proxenetismo quedó archivada, pese a que mi madre se convirtió en agente. Claudia, Ximena, Ernesto y Juana desaparecieron de sus tres casas en esa zona alejada de la ciudad, fueron hallados por la Policía, pero nunca entraron a la cárcel, a pesar de que cinco investigadores policiales presentaron las pruebas suficientes contra mis raptores. Lo raro es que uno de esos investigadores, el que tenía más disposición para buscar a mis captores, murió accidentado en su motocicleta.

En diciembre de 2008 fui violada nuevamente, mientras volvía de mis clases de costura en la zona Central de la ciudad, a las diez de la noche. Los culpables fueron dos hombres que me siguieron por una de las calles cercanas a Obrajes. Me metieron a un callejón. Cuando se vestían, uno de ellos me señaló: “Fue para que no te olvides de la Xime y sepas que seguimos detrás de ti”.

Creo que eso me mantuvo callada hasta ahora. Pero lo único que quiero es que se haga justicia en mi caso y en los de miles de niños y jóvenes que sufrieron el mismo destino. Porque sé que esta gente sigue operando, sigue andando por las calles de La Paz y los niños y los jóvenes deben desconfiar y protegerse. No quiero que haya más víctimas de trata de personas.

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