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Testimonios de febrero de 2003

Víctimas y familiares de caídos todavía claman justicia

La Razón

00:00 / 13 de febrero de 2013

Jenny Tattón:

‘Ojalá que Dios me otorgue más vida para seguir luchando’

Mi hijo mayor, Omar Nemer Tattón (23+), egresó en 2001 de la Academia de Policías; en 2003 era su segundo año de subteniente y trabajaba en el Distrito Policial 3 de El Alto. El martes 11 de febrero ya había trabajado en la plaza Murillo y me contó que había problemas por las demandas policiales. Esa noche, cuando volvió a mi casa, me contó que visitó a sus camaradas y que iba a apoyarlos. Al día siguiente se levantó tempranísimo para ir a su servicio. Me dio un beso y me dijo “chau mamita”.

A las 10.00 del miércoles 12, mientras estaba trabajando, empezaron a llegar noticias de que había un contingente del Ejército queriendo enfrentarlos, bajo el alegato de cumplir su “misión constitucional”. Informaban que había amenazas de golpe de Estado y que los militares estaban armados en la plaza Murillo. En medio del enfrentamiento cayó mi hijo, justamente acá donde estamos (en la esquina de la plaza Murillo y la calle Junín). Recibió un disparo muy certero de alguna mano criminal.

Cuando supe la noticia, como loca salí del trabajo hacia este lugar, pero no pude entrar a la plaza. Fui a la casa de un familiar y ahí otra vez vi las noticias, que a los diez minutos daban el nombre de mi hijo, que había sido herido por un disparo en el lado izquierdo del pecho. La bala le perforó el pulmón. Luego supe que lo evacuaron al Hospital de Clínicas y murió a la hora. No le pudieron salvar la vida porque sufrió una hemorragia interna que le provocó un shock hipovolémico (hemorrágico).

El disparo, según investigaciones que hice, vino desde el Palacio de Gobierno. Ese día hubo casi diez policías más que murieron acribillados en puertas del inmueble de la Caja Nacional de Salud, donde aún se pueden ver los impactos de las balas.

Hay muchas víctimas de febrero de 2003 que se desanimaron, se cansaron o se decepcionaron porque no hay apoyo de los operadores de justicia. Ojalá puedan recuperar el ánimo y que Dios me otorgue más vida para seguir luchando, porque mi vida cambió mucho desde entonces: antes de que muera mi hijo yo era un poco apática socialmente, ya que las injusticias no me tocaban y he empezado a vivir con otra visión, tratando de que la sociedad tenga más consideración hacia la vida humana.

María Calcina:

‘Me parece una pesadilla, siento que me quitaron la vida’

El miércoles 12 de febrero, muy temprano, hice levantar a mi hijo Julio Huáscar Sánchez Calcina (16+). Lo despaché a su colegio y fui a atender mi puesto en la feria de Alasita. Me reuní con más de 3.000 expositores para marchar a la Alcaldía para protestar por una multa de 400% a los que no cancelaron la patente a tiempo.

Recuerdo que había bulla en los alrededores de la plaza Murillo, parecía San Juan. Creíamos que eran petardos; pero, luego supimos que eran balas; la gente correteaba. Y mientras redactábamos un documento para suspender la multa, de repente sentí algo que me angustió. Luego de firmar el compromiso, volvimos para dar la buena noticia a los feriantes. Casi no podíamos avanzar porque pasaban ambulancias, sabe Dios si en alguna de ellas estaba mi hijo aún con vida.

Me comuniqué con mi esposo, que vende periódicos en el centro, para saber dónde estaba nuestro hijo. Ni él ni otro miembro de mi familia lo sabía. Lo buscamos, fuimos a hospitales, a la Cruz Roja y a Cossmil (Corporación de Seguro Social Militar). Mi hermana dijo que fuéramos a la morgue, pero ¿cómo íbamos a ir allá?, no quería pensarlo. Hasta que mi esposo fue allí; escuché que gritaba y vi a mi hijo botado, boca arriba, le habían vaciado todo.

Según la certificación médica, la muerte se produjo por una bala que le penetró en el pecho y aún tenía el huequito como si hubiese penetrado un bolígrafo, pero por dentro había explotado todo. No olvido que me dijeron que se trató de balas dum dum, que estaban prohibidas, pero se las había utilizado porque ingresan sin dejar huellas y, adentro, explotan y destrozan absolutamente todo. Tal vez por eso lo habían vaciado. También supimos que ocurrió en la calle Comercio, a dos cuadras del puesto de venta de mi esposo; con seguridad mi hijo estaba viniendo hacia nosotros y lo confundieron con un premilitar porque su pelo era bien cortito. Nunca debí insistir tanto en que ese día fuera al colegio.

En la reconstrucción, y por la posición en la que ubicaron a mi hijo, estaba de frente y el impacto fue intencional, no fugaz, considero que provenía del Palacio de Gobierno, donde estaban los francotiradores. Hasta ahora me parece una pesadilla, siento que ese día me quitaron la vida.

Julia Intipampa:

‘Mi hermanito quería ser profesor para ayudar a mi mamá’

Mi hermano Tito Intipampa Cori tenía 20 años recién cumplidos. Vivía con mi hermanito menor y vino del campo, de mi pueblo de Puerto Acosta (en la frontera con Perú)  para continuar con sus estudios porque soñaba con ser profesor y un día ayudar a mi mamá, Teodora Cori.

Recuerdo muy bien que aquello pasó el jueves 13 de febrero. Yo me encontraba muy mal porque recién había dado a luz a mi hijita. Aquella vez, a medianoche lo llamaron a mi esposo para decirle que mi hermanito se encontraba en el hospital. Recién supe que ese día no había ido a clases, sólo había salido durante 15 minutos y le habían disparado en la ciudad de El Alto, frente a la planta embotelladora de Coca-Cola, mientras miraba con unos amigos lo que pasaba —hubo saqueos—.

Estaban en la puerta de un garaje. Quienes lo vieron me contaron que de repente él gritó de dolor; una bala le había atravesado el cuerpo. Después, cayó al piso y lo alzaron entre varias personas. En ese momento un vecino sacó su movilidad para llevarlo y que le brinden atención médica. Pero otra gente comenzó a atacar el vehículo porque no entendía que ahí lo estaban trasladando a mi hermanito herido. A pesar de eso, el coche llegó al centro de salud de Villa Adela, donde —dicen— no lo quisieron atender; por eso lo transportaron hasta el Hospital Holandés, pero para entonces ya había muerto. Luego lo llevaron hasta la morgue, todo su cuerpo le habían abierto.

Después a mi mamá la han ayudado porque tenía que pagar la deuda de la movilidad, que fue destrozada en esos días de febrero. Mi hermanito era jugador de fútbol y así se ganaba sus pesitos. También era muy estudioso, salió bachiller en el campo y aquí, en la ciudad, quería mejorar para entrar a la normal de Warisata. Yo le ayudé para que salga bachiller, se lo compraba libros y todo lo que necesitaba. Él me decía que también me iba a ayudar a mí y a mis hijos, porque lo único que quería era enseñar.

Quisiera de una vez que se avance en este proceso para hallar a quiénes le han disparado a mi hermano; que se traiga a Gonzalo Sánchez de Lozada y le hagan juicio por ser responsable de tantas muertes.

Rubén Ticona:

‘Cuando me duele la pierna, recuerdo todo como una película’

Mi vida nunca volvió a ser la de antes. La pierna izquierda me duele cuando hace frío y tengo que usar bastón para caminar. Todo porque el jueves 13 de febrero de 2003 recibí un impacto de bala en el fémur izquierdo, mientras caminaba cerca de la zona alteña de Río Seco, por la extranca, camino a la localidad de Copacabana.

Teníamos una reunión a las 09.00. Nos convocó el magisterio, sector en el que he trabajado siempre, y tenía un cargo en la unidad educativa Bautista Saavedra. Estaba caminando por la avenida porque no había movilidades. La gente corría a mi alrededor y no sabía qué estaba pasando; en ese momento, sentí un golpecito en mi pierna, no pude sostenerme y caí. La sangre salía como si tuviera un grifo abierto y comencé a pedir auxilio a las personas que pasaban, que me veían y se asustaban. Al final, tres de ellas me arrastraron, como pudieron, a un lugar más seguro.

Me llevaron a dos postas de salud. Primero a la zona Brasil, donde no quisieron atenderme y sólo me extrajeron las esquirlas de la bala. Después me trasladaron al hospital Los Andes, donde tampoco me atendieron y, por último, llegué al Hospital Holandés, donde por fin me ayudaron.

Me limpiaron tres veces la herida, pero sin sacarme radiografías, posteriormente me dijeron que era una herida grave. Dos días más tarde recién me operaron, pero la cirugía no resultó. Luego de un mes se infectó toda la herida y decidí acudir al Hospital de Clínicas. Estaba paralizado, no podía moverme desde la cadera, tenía fijadores externos. Mi pie izquierdo estuvo inmovilizado durante nueve meses y recién me he recuperado, pero sólo un 70%.

Mi familia también ha sufrido bastante conmigo porque durante ese tiempo no podía caminar y menos trabajar. Mi esposa tuvo que empezar a vender dulces en la calle y hacía todo lo que podía para mantenerme a mí y a mis dos hijos. En el Ministerio de Salud me han cooperado con los medicamentos y las operaciones porque yo era uno de los heridos más graves de febrero de 2003. Actualmente sigo trabajando en el colegio Bautista Saavedra de la ciudad de El Alto. Sin embargo, cuando empieza el dolor en mi pierna recuerdo todo como una película, una y otra vez.

Alejandra Siñani:

‘Busco justicia por la muerte de mi hijo, pero no la encuentro’

Mi esposo y yo hasta ahora rentamos bicicletas para las viviendas de la zona donde se encuentra la planta embotelladora de Coca-Cola (Río Seco) en la ciudad de El Alto. Aquel jueves 13 de febrero fui con mi hijo, Fidel López Siñani (16+), a recoger algunas bicis que se quedaron del día anterior. Al llegar nos sorprendimos porque los policías encapuchados estaban apuntando a mucha gente. Nos asustamos y nos dimos la vuelta para irnos por otro lado; para escapar, pasamos por uno de los rincones.

Claro que había jovenzuelos que saquearon cosas de las viviendas cercanas desde la mañana, pero igual personas como nosotros que no habían hecho nada malo y teníamos miedo. No sé qué pasó que, de pronto, los uniformados comenzaron a disparar y como éramos hartos, empezamos a correr. Cuando busqué a mi hijo, no aparecía y pensé que se había ido a casa. Por eso, recogí rápidamente las bicicletas y cuando realizaba ello, un señor me advirtió: “Hay varios muertos, váyase por otro lado y con cuidado”.

Me dirigí a mi hogar, pero no había llegado Quique, como le decíamos de cariño a mi único hijo varón y el mayor de la familia. No había pasado ni diez minutos desde que llegué a casa y tres jóvenes vinieron a golpear la puerta y me comentaron que mi hijo “se había muerto, que lo habían matado”. No había a quién preguntar en la zona.

Recuerdo que una vagoneta estaba estacionada y los pasajeros nos dijeron que los policías del 110 se llevaron a Quique.

Bajamos a la ciudad de La Paz junto con unos vecinos, nos fuimos directamente a la morgue. Recuerdo que allí, parecía como si hubieran regado la sangre y que la gente gritaba y lloraba. No había nombres de los cadáveres, ni nadie que nos brindara alguna información. Por esto, nos volvimos a casa. Al día siguiente volvimos a la morgue y encontramos a mi hijo tendido sobre una plancha fría.

Dicen que le dispararon en la cabeza. Esa misma bala había matado a tres jovencitos como mi hijo, pero a él le alcanzó primero y lo mató; al segundo le dio en la pierna y al último, en el hombro. Mi vida cambió totalmente, ya no es lo misma. Busco justicia, pero no la encuentro, sólo siento el dolor de no tener a Quique conmigo.

Rodrigo Patiño:

‘Los policías sólo cumplíamos órdenes de los superiores’

Ese miércoles 12 de febrero de 2003 estábamos acuartelados. Recuerdo que entonces tenía 21 años, había egresado un mes antes de la Escuela Básica de Policías y me habían destinado a prestar mis servicios en el Distrito Policial 2.

Recibimos la orden de resguardar la plaza Murillo para que nadie ingrese a ella. Esa mañana vino un militar y, al mismo tiempo, decenas de ellos se parapetaron y pusieron una ametralladora grande frente a nosotros. Luego de tres horas, otro militar se puso en posición de “tendido” y empezó a dispararnos; tres de mis compañeros fallecieron en el acto.

Al resto no nos ha dado tiempo de huir; aunque teníamos escudos y chalecos antibalas reglamentarios, la ráfaga nos alcanzó igual. Yo sentí un dolor fuerte en el abdomen y me desmayé mientras me llevaban al hospital policial en una ambulancia. Dice el doctor que sólo hablaba de volver a ver a mi hijo recién nacido.

Me impactaron varias balas, de frente: dos en el antebrazo izquierdo, dos en el brazo derecho y otro par en el abdomen. Tengo daños permanentes. Solamente manejo tres dedos de la mano izquierda, no puedo mover mi brazo derecho y tampoco puedo mover bien mis manos.

Esto pese a que el Gobierno se ha comprometido a ayudarme con tratamientos, que no ha sido así. El seguro de vida para los familiares de los policías fallecidos fue de $us 2.000 y arguyeron que eso no cubría motines. Me he sometido a 28 operaciones y estuve en fisioterapia como tres años; sin embargo, he tenido que volver a trabajar.

Junto con mis familiares fui el único en querellarme contra varias autoridades que eran del Grupo Especial de Seguridad (GES) y hasta la fecha no se ha hecho nada. Ahora soy investigador de la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen (FELCN) y quisiera pedir justicia y ayuda para los que fuimos heridos y, como yo, necesitan rehabilitación.

Tienen que considerar que sólo cumplíamos órdenes.

Así pasó con varios de mis compañeros con los que me encontré en el hospital. En especial recuerdo a aquél que perdió un pie y no se dio cuenta: él sólo vio su bota tirada y, arrastrándose, volvió a recogerla pero se percató de que en el interior de ella estaba su pie. Fue terrible.

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