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Testimonios de una tragedia

El cuerpo desnudo y blanquecino de una joven, salvo por la sangre que teñía su ojo, yacía entre unas ramas enredadas cerca de la orilla del río La Paz. Más allá, de una carretilla colgaban brazos y piernas de un hombre que pobladores de Valencia  trasladaban a donde había más cuerpos.

La gráfica de la tragedia

La gráfica de la tragedia Foto: Andrés Rojas

La Razón / Brenda Romero / Nueva York

12:28 / 17 de febrero de 2012

La granizada del miércoles 19 de febrero daba paso a una gélida noche.

Horas antes y aún sin saber de la magnitud del desastre, partimos del galpón de La Razón, junto con el fotógrafo Sergio Landaeta, hacia Obrajes. Llovía apenas, pero el río Choqueyapu era un monstruo negro que, sabríamos pronto, arrastró autos, personas y animales. El agua, que había convertido en río la avenida Roma, arrasó con todo. Las tapas de las alcantarillas habían volado por la presión.

En la avenida Costanerita vimos un auto rojo atrapado por un árbol; los rescatistas sacaban un cuerpo inerte y ése fue el primer muerto que vimos ese día. Sergio y yo caminamos por la avenida-río tomados de la mano. Nos detuvimos en un edificio. Los vehículos del garaje flotaban como barcos de papel y chocaban entre sí; imposible ingresar. Más al sur, bajo el puente de La Florida (Las Cholas) se veía una masa que parecía basura. Era un carro. El río estaba bravo, pasamos el puente a duras penas. Con los celulares sin señal a veces, nos guíamos por nuestro olfato periodístico. Decidimos ir a Río Abajo.

En la zona Amor de Dios, un vehículo blanco estaba en la mitad del río. Sergio y Roy Salinas, compañero de Extra, trataron de acercarse. Se tomaron de la mano, pero cuando el agua estaba en sus cinturas, decidieron volver y gracias a Dios lo lograron. En Valencia, Sergio casi no retorna. Cruzó para tomar fotografías, pero ya no podía retroceder. Los pobladores le ayudaron: hay que caminar en diagonal y no en línea recta.

Fue en ese sector que encontraron a la joven sin vida y los comunarios nos dijeron que había más cuerpos bajo el puente Huaricana: vimos a un niño. Creo que entré en shock. Y no fue sino el fin de semana, cuando vi por primera vez las imágenes del desastre en televisión y de la gente que era arrastrada por las aguas, que pude llorar.

Éstos son algunos de los testimonios recogidos por  La Razón el 19 y el 20 de febrero de 2002. ‘Ahí hay una cabeza, señor fotógrafo’

“Ahí hay una cabeza, pero no se puede ver bien. Señor fotógrafo, a ver, use su lente para ver si hay alguien”. La gente en el puente de La Florida.

‘Mi hija tiene 6 años y mi hijito un año’

“Mi esposa perdió a mis dos hijos en el agua. He ido a la morgue, al Hospital de Clínicas y no están. Por favor, ya no puedo más. Mi esposa los tenía cogidos de la mano, pero los soltó por la fuerza del agua. Mi niña tiene seis años y mi hijito un año y siete meses”.

Un padre que, llorando, llamó a la radio Fides.

'Lo perdimos todo, pero estamos vivos’

“Mi esposa y yo trabajamos todo el día fuera de la casa. Mi hijita de diez años, Yoselín, se queda con sus hermanos de 8 y 2 años en el cuarto que tenemos en la calle Apumalla, por el Cementerio (está en el subterráneo de una casa de tres pisos). Los vecinos nos los miran. A las cuatro de la tarde se había entrado el agua y el granizo. Un vecino salvó a mis hijos que ya se ahogaban. No tenemos nada, pero por suerte estamos todos vivos y bien”.

Familia Toledo, refugiados en el Coliseo Cerrado.

‘Quiero llevarme a mis wawitas’

“Nada en la vida me va a calmar nunca. Por favor, quiero llevarme a mis wawitas”. Una madre que acababa de reconocer a su segundo hijo en la morgue. Se desmayó y cuando sus familiares la llevaban fuera,  porque apenas podía caminar, una señora se le acercó y le aconsejó que no se vaya, pues “los van a cortar si no estás”. La mujer sacó entonces fuerzas para desprenderse, correr, empujar a todos y golpear las rejas del depósito en el que estaban Alejandra, de 6 años, y su hermanito, los que habían sido arrastrados desde la avenida Manco Kápac, donde ella vendía.

‘Me arrastró con mesa y todo’

“Cuando empezó a llover, aseguré mi mesa sobre la que vendía herramientas de todo tipo, en la calle Héroes del Acre. Jamás me imaginé que un río se llevaría no sólo esa mesa, que portaba una cadena, sino a mí. De pronto me vi rodando por la calle Colombia. Me salvé por los adoquines desprendidos de más arriba y que formaron una barrera.

Mi hijita se quedó gritando; no le pasó nada. Así mojado busqué luego algo de mi mercadería, pero se perdió todo”. Mario Chacón, a la radio Fides.

‘Cómo habrá sufrido mi pobre papá’

“Acaba de llegar entre los cuerpos que ha traído la ambulancia. Ayer (martes)  ha salido y ya no ha llegado a la casa. Por mi hermana, que es enferma, estaba preocupado. ‘Yo te voy a sanar’, le decía, y ahora él es el que se ha ido. ¿Por qué? Sin ropa ni nada ha aparecido. Cómo habrá sufrido”. Un joven que lloraba junto a una numerosa familia. En cierto momento, el personal de la morgue se acercó con un pantalón enlodado y hecho jirones. La prenda fue reconocida por las personas y abrazada y besada en medio de gran llanto.

‘Tal vez alguien está vivo’

“Quisiéramos avanzar más rápido, pero no se puede y nos desesperamos. Pensamos que tal vez hay alguien que está vivo y espera que lo salvemos.  Es indescriptible la sensación cuando encontramos cadáveres. De todas maneras, seguimos avanzando, pues aunque sea los cuerpos, hay que rescatarlos”. Un bombero en la calle Honda. ‘Elena, es la Juana, es la Juana’

“¡Elena, es la Juana, es la Juana”.

Una mujer al salir de la morgue, donde acababa de reconocer el cadáver de su hermana.

‘Tengo miedo de destapar ese cuerpo’

“Tengo miedo de destapar ese cuerpo. Creo que es mi esposo”.

Una mujer joven que permanecía en la morgue.

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