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Vallegrande es un santuario para los seguidores de la causa guevarista

Los lugares que acogieron cadáveres de los guerrilleros son visitados por ‘fieles’ y turistas.

La Razón

00:00 / 17 de junio de 2013

Osvaldo Peredo llegó al Mausoleo de Vallegrande, cerca de la pista de aterrizaje donde se descubrieron los restos de Ernesto Che Guevara y de otros guerrilleros. Solicitó amablemente que se abriera el sitio para esparcir allí las cenizas de su hermano Antonio Peredo Leigue, quien falleció el 2 de junio del año pasado.

Aquella ceremonia privada fue en abril, revela el guía Adalid Balderrama. Quizás era el último deseo del hombre que llegó a ser senador e ideólogo del Movimiento Al Socialismo (MAS), quien desde joven estuvo con la causa revolucionaria. También fue docente universitario, periodista, director del Semanario Aquí y estuvo en la mira de los gobiernos dictatoriales de los años 70 y 80.

Allí donde Osvaldo diseminó los restos se observan siete plaquetas de piedra con nombres de combatientes caídos en ese confín, en 1967: Ernesto Guevara de la Serna, Orlando Pantoja Tamayo (Antonio), Aniceto Reynaga Gordillo (Aniceto), René Martínez Tamayo (Arturo), Alberto Fernández Montes de Oca (Pacho), Juan Pablo Chang Navarro (Chino) y Simeón Cuba Sarabia (Willy).

Ninguno de los difuntos se encuentra en el sitio que los vallegrandinos bautizaron como La Fosa del Che. Eso sí, los cadáveres de los insurrectos permanecieron allí durante 30 años porque fueron desenterrados el 27 de junio de 1997. O sea, tres décadas después del final de la travesía que convirtió en leyenda al ícono argentino-cubano.

En principio, los lugareños se opusieron a la excavación de las tumbas; sin embargo, el Gobierno de Cuba pidió la repatriación de los restos. Así, pese a la oposición, se cumplió con la solicitud. Pero el recuerdo de la estadía de los guerrilleros sigue vivo y permitió el nacimiento del Mausoleo que también se conoce como Memorial del Che Guevara. Allí, ahora descansa en paz Antonio Peredo.

Su voluntad tiene una ligazón familiar. Sus hermanos Roberto (Coco) y Guido (Inti) lucharon junto al comandante Guevara: el primero murió en Ñancahuazú; el otro sobrevivió y, luego, encabezó otra gesta del Ejército de Liberación Nacional en las ciudades, aunque fue abatido tras una delación. Antonio, tal vez, escogió esa morada porque Vallegrande es un centro de peregrinación de los seguidores de la causa guevarista.

Mausoleo. Adalid Balderrama ha repetido la misma cantaleta miles de veces. Es como un disco rayado que anda sobre dos pies y no está aburrido de su trabajo. Es guía de la Alcaldía de Vallegrande y tiene las llaves del Mausoleo y de la Fosa de Tania. Cada día lleva al menos a cuatro grupos de personas al Memorial del Che.

En la entrada, el sitio tiene un jardín verde  que es cuidado por los médicos cubanos residentes en el municipio cruceño, una construcción con techo de dos aguas que es parecida a una iglesia pequeña. Dentro están innumerables fotocopias de fotografías del Che. Hay igual un mural con los nombres de los fallecidos en la campaña de Ñancahuazú y, por último, en el centro de la edificación se halla una escalerilla que desciende hacia el terreno donde yacen las lápidas.

Todos los días, Balderrama cuenta que los militares detuvieron al guerrillero en La Higuera, el 8 de octubre de 1967. Explica que, posteriormente, fue acribillado por uno o varios soldados. “Después, su cuerpo sin vida fue arrojado en una fosa junto a seis de sus camaradas”. El guía hace una pausa, genera expectativa y anuncia: “Desenterraron su cuerpo que estaba acá”. Se hace a un lado y permite que los visitantes tomen fotos. Lo más común es que éstos levanten piedritas cercanas a las lápidas y que se las metan en los bolsillos. Hay quienes solamente se dedican a rezar, y otros derraman lágrimas y se retiran en silencio.

Allí llegó el presidente Evo Morales, sostiene el alcalde Casto Romero Peña. “Ocurrió hace unos dos o tres años; él quería conocer el sitio donde estaba enterrado el Che”. Señala que años atrás, un amigo del Comandante pasó por la zona y que un francés “bastante importante” llegó a la región para recorrer el santuario. Es que en este pedazo de la localidad, la figura de Guevara se agranda y hay gente que lo quiere como a un santo y que a menudo le eleva oraciones. Por ejemplo, este año creyentes del combatiente le dejaron una plaqueta de bronce con el siguiente mensaje: “Agradecimiento a Ernesto Guevara La Serna ‘El Che’ por los favores recibidos, que Dios te tenga en su santísima gloria, gracias. Familia Guzmán Ayala S”. Por los comentarios de vecinos del Mausoleo, se sabe que esta parentela es de la ciudad de Santa Cruz y que organizó una celebración religiosa en honor del Che.

El paseo por los lugares donde se respira la leyenda del insurgente cuesta Bs 25 para los turistas nacionales y Bs 30 para los extranjeros. Según el Gobierno Municipal, la mayor parte de los forasteros llega de Europa y un peldaño más abajo en el ranking se encuentran los latinoamericanos.

La visita más numerosa se dio en octubre de 1997, para rememorar los 30 años de la muerte del guerrillero, cuando la Fundación Che Guevara y entes ligados a movimientos sociales se reunieron en la localidad. “Era una multitud la que llegó a Vallegrande”, afirma Romero.

Recorrido. Los tres atractivos más importantes son el Mausoleo, la Fosa de Tania, donde estuvo el cadáver de la guerrillera argentina cuyo nombre real era Haydée Tamara Bunke Bíder, y la lavandería en la que se expuso el cuerpo sin vida del Che. El segundo sitio de este listado albergó, 46 años atrás, los restos de una docena de combatientes que acompañaron a Guevara en su misión continental. Éstos cayeron en tres momentos: el 31 de agosto de 1967 en el Vado del Yeso, el 26 de septiembre en el Abra El Batán y el 15 de noviembre en el combate que se desarrolló en el Mataral.

La única mujer que tomó las armas en Ñancahuazú fue parte de la columna liderada por Juan Vitalio Acuña Núñez, quien era más conocido como Joaquín y fue víctima de una emboscada. Allá por 1967 los cadáveres de los miembros de aquella escuadra fueron rescatados del río y trasladados a Vallegrande. En este terruño, los efectivos castrenses abrieron la tierra y echaron a los fallecidos en una fosa. Algo similar sucedió posteriormente con otros hombres caídos en los enfrentamientos armados.

Los restos mortales fueron repatriados a Cuba. En el espacio donde estaban existe un jardín conmemorativo. El pasto verde reluce ante los ojos y en cada lápida se lee el nombre de cada combatiente. Inclusive, autoridades cubanas y argentinas plantaron árboles en este escenario similar al Cementerio Jardín de la zona Sur de la ciudad de La Paz; aunque es mucho más pequeño, del tamaño de una cancha de fútbol de salón.

La sepultura más reluciente es la de Tania. En su losa se encuentra una de sus clásicas fotografías con la boina negra ladeada, encima del nombre y la fecha de su muerte. El nicho está siempre limpio y a unos pasos resalta un rosal bien cuidado. La fosa está aproximadamente a un kilómetro del Mausoleo del Che Guevara y cerca de éste se halla dibujado un mural. Tiene un gráfico que rememora la última caminata del grupo de Joaquín, cruzando el Río Grande, donde sobresale un lema escrito por Fidel Castro. Usualmente la pintura se encuentra adornada con flores dejadas por manos anónimas.

La ruta por donde estuvo el Che en Vallegrande es un centro de peregrinación que atrae a visitantes de todo el mundo. El alcalde Romero subraya que cada 8 de octubre —fecha de la detención del argentino-cubano— se organizan romerías de seguidores que deambulan por las calles del poblado. “La gente de Vallegrande es hospitalaria y aprendió a recibir con cariño a extranjeros porque son varios los que llegan acá, dejan flores, encienden velas y rezan”, cuenta la autoridad, quien tenía tres meses de vida cuando el Che fue asesinado y comenta que la pasión de los creyentes del líder de la guerrilla no tiene límites.

Pese a no estar en el recorrido “oficial”, el Museo del Che es otro punto de parada obligado para los amantes de la historia de este personaje. Allí hay fotos del también político, médico, escritor y periodista, especialmente las que reflejan su incursión en territorio boliviano. De acuerdo con datos de la Alcaldía, cada día al menos una decena de personas va al repositorio. Entre los objetos que se exponen están las abarcas de Jaime Arana Campero, alias Chapaco, quien falleció tras la captura del Comandante. El 11 de enero de 1996, su hermana Martha Arana Campero hizo esta donación.

La entrada al sitio cuesta Bs 5 y, a comienzos de junio, quienes más asistieron a la exposición fueron argentinos, ecuatorianos, canadienses, españoles y bolivianos. Eso sí, la lavandería es el único espacio donde no se cobra por el ingreso y se puede conocer parte de la travesía del cuerpo sin vida de Guevara, tras su ajusticiamiento. Allí se mostró el cadáver, el 10 de octubre de 1967, y también se tomaron las imágenes del insurgente que recorrieron el mundo.

El paraje es similar a una torre de Babel cuyas paredes exponen escritos de distintas nacionalidades. Las frases más comunes son “Hasta la Victoria Siempre” y “Patria o muerte, Venceremos”. Hay firmas de supuestos miembros del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) de México, de sandinistas de Nicaragua; al igual que de españoles, italianos y sinnúmero de forasteros que no aguantaron las ganas de dejar su rúbrica en el lugar donde un Che muerto, pero con los ojos abiertos, fue expuesto por los militares como un “botín de guerra”.

El bloque de cemento que sostuvo sus restos mantiene la misma estructura que ese octubre de hace 46 años; sin embargo, ya no tiene la utilidad que antes le daba el hospital Señor de Malta. Sobre ésta, los admiradores del líder revolucionario colocan retazos de banderas —argentinas sobre todo—, flores y velas. El espacio guarda relatos variopintos. Por ejemplo, la mayoría en el poblado conoce la experiencia de la enfermera Susana Osinaga Robles, quien contó cómo lavó el cadáver y sintió que el Che la seguía con la mirada todo el tiempo.

Allá por 1967 había poco más de 6.000 habitantes en esa región oriental; ahora existen casi 30.000. La localidad creció y las historias para robustecer la leyenda guevarista también se multiplicaron. Hay vallegrandinos que manejan sus propias versiones sobre el paso de la guerrilla por aquella tierra que está en medio de la ruta antigua que une a Cochabamba y Santa Cruz.

Jorge Quiroga Moscoso es uno de esos hombres que jura haber visto al Che. Él nació en el pueblo de La Higuera, donde murió el hombre lleno de ideales socialistas y nació el mito. Tiene 73 años y recuerda que el 24 de septiembre de 1967 estaba en una celebración cuando vio llegar a tres de los rebeldes a su comunidad. “Eran los remates de la fiesta, llegaron tres y hablaron con el alcalde Aurelio Calzadilla. Dijeron: ‘Estamos luchando por la gente campesina, por los pobres porque hay tantos ricos que les quitan el dinero’”. Los lugareños oyeron en silencio, después sacaron un balde de chicha y siguieron bebiendo ante la mirada de los insurgentes.

Quiroga se jacta de que invitó un vaso de chicha a uno de los combatientes. Al principio éste se negó a recibir el envase; pero luego lo aceptó. Así, el trío compartió por unos minutos hasta que uno de ellos levantó sus binoculares y observó, a lo lejos, el acecho de los militares. Días después, el Che cayó en la Quebrada del Yuro y Quiroga asevera que fue partícipe de su llegada a La Higuera: “Lo vi cuando lo agarraron y lo trajeron al pueblo, en el camino. Cuando lo traían él tenía una pulsera en la mano y venía con un muchacho (soldado) que quería sacársela. El joven cobarde no se la sacó. Después se le apegó otro militar para sacarle la pulsera y tampoco el Che se dejó”.

Como muchos de los sobrevivientes de aquella época, Quiroga quiso ingresar a la escuelita donde el Che fue llevado prisionero, pero no entró porque se armó un impenetrable cordón de seguridad en la puerta. “Quería hablar con él, pero no pude”, se lamenta. Eso sí, rememora que escuchó los disparos  que asesinaron al guerrillero. Meses después él fue nombrado corregidor y sostiene que una de sus primeras medidas fue mandar a abrir la unidad educativa. “Allí habían hartos proyectiles y huecos. Creo que no le han acertado todo lo que dispararon”.

Cuando acaba su historia, pide que se le “reconozca algo” por ello. “Acá no se habla del Che así nomás”, se excusa, mientras recibe Bs 20 y guarda el billete rápidamente en su bolsillo. Pero no todos quieren dinero a cuenta de un relato de hace 46 años. Uno de ellos es Pastor Aguilar, quien abre las puertas de su casa a Informe La Razón y confiesa que él no vio al ícono argentino-cubano, pero fue testigo del movimiento de tropas desplegadas en la zona en 1967.

“Yo tenía miedo”, arguye al empezar su narración. Por esa razón no formó parte de la romería que acudió a la lavandería del hospital de Vallegrande para ver el cuerpo sin vida del Comandante. Aguilar se quedó en su tienda, que aún se ubica a tres cuadras de la plaza. Por aquellos días, las andanzas de los militares eran tan frecuentes que siempre había clientes que tocaban su puerta. Otra remembranza que se apodera de este personaje de 94 años, evoca a la radio. En la época de la guerrilla era el único medio de comunicación que funcionaba y, además, estaba controlado por efectivos castrenses.

“Todo lo que hablaban era a favor de ellos y no permitían que nadie diga nada a favor de los guerrilleros. Era un estado de sitio brutal”. El anciano comenta que la gente de la zona no apoyaba a los insurgentes, pero tampoco estaba contra ellos. “Lo que sentíamos la mayoría era pena al ver cómo unos jóvenes morían tan lejos de sus casas”. Aguilar complementa que los habitantes de Vallegrande respetaron a los fallecidos en combate, “de uno y otro bando”, y rezaron por sus almas. Los vencedores dejaron el terruño y muchos aún retornan para recordar aquellos tiempos en los que esa localidad tranquila se convirtió en el epicentro de operaciones militares.

El vallegrandino adiciona que sus vecinos recuerdan con simpatía a los soldados de ambos bandos, especialmente a los rebeldes. Por ello, remarca que es normal ver una fotografía o un cuadro del Che en las casas de los lugareños. Y las constantes visitas al Mausoleo, a la Fosa de Tania y a la lavandería del hospital son un ejemplo del aprecio que se ganó no solamente el Che, sino los que lo acompañaron en su lucha.

Las cenizas de Antonio Peredo Leigue esparcidas en el Mausoleo demuestran que Vallegrande es más que un simple poblado, se ha convertido en un santuario donde el Che y su guerrilla aún continúan vivos, en donde su leyenda crece con el tiempo.

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