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El asesinato de Álvaro Tavera conmocionó a la sociedad en 1986

Alvarito y Patricia son los casos más recordados en La Paz. Otras recientes historias de vejaciones provocaron la ira de la población en Cochabamba

Una multitud acompaña el féretro donde yacían los restos de Patricia Flores, en septiembre de 1999.

Una multitud acompaña el féretro donde yacían los restos de Patricia Flores, en septiembre de 1999.

La Razón

00:00 / 21 de mayo de 2012

Tras una incesante búsqueda, en septiembre de 1986 apareció el cuerpo sin vida de Álvaro Tavera Nava. Las investigaciones determinaron que el niño de cinco años fue torturado y vejado por su captor, Gonzalo Peñaranda, quien  habría engatusado al menor con la promesa de mostrarle juguetes novedosos.

Según los reportes de la época, la población paceña se volcó a las calles para pedir un castigo ejemplar contra el involucrado, a la par de fue enviado al penal de San Pedro. Después de ser sentenciado, Peñaranda apareció ahorcado en su celda. Y así se cerró uno de los capítulos más dolorosos de la historia paceña.

La tumba de Alvarito, como la sociedad bautizó cariñosamente al pequeño, es una de las más visitadas y engalanadas del Cementerio General de La Paz. En su epitafio está escrita la leyenda: “La vida dura un instante, pero basta este instante para emprender cosas eternas”.

Víctimas. Los crímenes de Alvarito y Patricia Flores, éste ocurrido en agosto de 1999, están marcados a fuego en la sociedad. La familia de la niña afirma que existía la intención de la Alcaldía de La Paz para crear un Día de Patricia Flores, que sería en repudio al maltrato infantil.

Pero en el país hubo otros casos similares que calaron hondo. En Cochabamba, el 27 de octubre del año pasado, Katherine Lowental, de tres años, fue secuestrada por Eduardo Almanza Correa. Cinco días después se halló su cadáver con rasgos de vejaciones en su cuerpo. El día del entierro, una turba arremetió contra la madre, quien el día 27 habría ido a comprar drogas junto al asesino: fue apedreada y huyó con ayuda de la Policía.

Dos años atrás, el 10 de marzo, vecinos de la zona Ironcollo, en el municipio cochabambino de Quillacollo, enterraron a una niña de cuatro años que fue vejada y asesinada por un amigo de su padre, José Luis Condori. La protesta acabó con la destrucción de bares en la zona. Una muestra más de la indefensión de la niñez.

La última pena de muerte fue para un violador

E l 30 de agosto de 1973 fue fusilado Melquiades Suxo Quispe, culpable del asesinato y violación de María Cristina, de cuatro años. Fue el último boliviano sometido a la pena capital, retirada de la Constitución Política del Estado en 1967. Sin embargo, el clamor popular de entonces obligó a que el presidente Hugo Banzer Suárez aplique esta medida.

Según un artículo del periodista Javier Badani, Suxo murió a los 54 años, ajusticiado por un pelotón de diez gendarmes, alrededor de las 05.10.

Las pesquisas policiales develan que en 1972, Melquiades y sus hijos Nazario (17) y Dionisia (14) secuestraron a María Cristina. Los varones la ultrajaron durante días y el martes 8 de octubre la pequeña murió.

En diciembre del mismo año se dictó la siguiente sentencia: “En nombre de la nación boliviana y por la potestad que ella le confiere (...) se condena a Suxo a la pena de muerte mediante fusilamiento a efectuarse fuera del radio urbano y cerca del lugar de los hechos, en forma pública por su condición de autor principal de la comisión de los delitos de violación y asesinato”. Nazario fue condenado a 20 años de confinamiento y Dionisia recibió cuatro años de reclusión por el delito de rapto.

Dudas. Tras su detención, los reportes de la época indican que Melquiades se declaraba inocente. El periodista del desaparecido diario Hoy Guido Pizarroso lo entrevistó en su celda de San Pedro y el campesino le dijo que no podía haber cometido esta atrocidad. “No tengo huevos”, manifestó y pidió que los médicos verifiquen su afirmación. No hubo tal.

De acuerdo con el periódico Cambio, el 8 de marzo de este año el periodista y abogado Nicolás Fernández, después de una búsqueda de décadas, logró contactarse con los hermanos Nazario y Dionisia. Los dos le contaron su verdad al comunicador y le aseguraron que fueron forzados, a través de la tortura y la vejación, a confesar una culpa y una condena que aún les pesa en la historia boliviana.

En las oficinas del Departamento de Orden Político (DOP), según la versión de los hermanos, fueron torturados y obligados a confesar que, junto a su padre, violaron y mataron a la niña. Después de la “confesión”, Dionisia fue llevada a la morgue y la obligaron a dormir con el cadáver de la niña María Teresa y a “besar a los muertos”, señaló Fernández en la publicación.

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