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La conciliación es común en los casos de mala praxis

Las víctimas, en su mayoría jóvenes, sólo desean que les reparen el daño físico

La Razón

00:00 / 10 de septiembre de 2012

El médico cochabambino Humberto García confiesa que “no existe un cirujano plástico que no haya tenido complicaciones en su labor, más si opera todos los días”. Así responde el presidente de la Sociedad Boliviana de Cirugía Plástica Estética y Reconstructiva a la pregunta sobre si ha tenido procesos en su contra por parte de algún paciente insatisfecho.

Añade que en su caso y los de sus colegas que cuentan con la certificación del Colegio Médico de Bolivia, cualquier error “siempre es involuntario”. Algo que difiere con las operaciones que implementan los ‘intrusos” o “pseudocirujanos” sin experiencia que, generalmente, ocasionan “monstruoplastías” o malas intervenciones que dañan el organismo y la anatomía de los clientes que caen en sus redes.

Las personas que sufrieron una deformidad son, ante todo, muchachas que quieren una segunda chance y que, por ello, no instalan un proceso penal y buscan una solución mediante un acuerdo económico con el galeno culpable. El objetivo es que éste pague a otro cirujano para intentar solucionar el perjuicio físico, revela Teresa Montaño, abogada que atendió el primer caso de mala praxis de cirugía estética en la ciudad de La Paz.

“Fue hace 18 años, cuando la joven Susana Castellanos quiso ser más bella con un implante de mamas. El médico no siguió los protocolos, no le hizo un electrocardiograma, ni exámenes de sangre y todo se complicó. Ella terminó con parálisis cerebral, como un vegetal”. En esa época ni fiscales ni investigadores y menos jueces tenían experiencia sobre las implicaciones legales de una negligencia de este tipo, por lo que la mayoría de los galenos quedaba impunes. “Entraban a la cárcel, pero salían con medidas sustitutivas”.

Posteriormente, la jurista se hizo cargo de varios hechos similares y, en base a su experiencia, concluye que la conciliación es la salida escogida por el grueso de las víctimas.

Ahora, ella maneja el caso de Kathia Rojas, esposa del exsuperintendente de Bancos Jacques Trigo, que falleció en 2011 por una supuesta mala praxis. El fin es sentar un precedente y que se haga justicia, con una sentencia condenatoria.

No existe una norma que sancione la negligencia médica, sólo queda recurrir a otras figuras penales. O sea, al médico que causó una deformación física en su paciente se le puede instaurar un juicio por lesiones gravísimas (artículo 270 del Código Penal), que prevé la reclusión de dos a ocho años si la operación provoca el decaimiento de la salud del damnificado, o pone en riesgo su vida, adquiere una enfermedad mental o corporal; pierde un sentido, un miembro o una función; ya no puede trabajar u obtiene una marca indeleble o la alteración permanente del rostro. 

Otra opción es la condena de entre uno a cuatro años de cárcel por lesiones graves y leves (artículo 271), si el perjudicado no puede trabajar por entre 30 y 180 días a causa de la intervención. En caso de muerte, se puede alegar el artículo 260 (homicidio culposo), que tiene una sanción de entre uno y cinco años si el fallecimiento se produjo por una grave violación a los deberes inherentes a una profesión. Y si el cirujano no contaba con un título, puede ser sancionado con entre uno y dos años de prisión por ejercicio indebido de profesión.

“A mí no me ha pasado, pero se nos puede morir un paciente y nos quieren tratar como criminales. Meten juicios penales como si hubiéramos tenido la intención. Si las cosas se van a endurecer así, nadie va a querer operar”, advierte García, quien alega que por este temor varios colegas dejaron de hacer cirugías reparadoras.

El especialista cruceño Miguel Moreno, que regalaba cada año una nueva sonrisa a 1.000 niños con labio leporino y paladar hundido, dejó ello por esta razón. “No quiero correr el riesgo de que me planten un juicio y me saquen plata. Sólo opero cuando sé que voy a tener buenos resultados”.

Son pocos los casos que llegan a los servicios departamentales de Salud (Sedes). Gredy Fernández, encargada de Auditorías Médicas del Sedes de La Paz, informa que en un año recibió una denuncia de mala práctica en una rinoplastia o cirugía de nariz. Ello pasa porque las víctimas no saben que pueden acudir a esta instancia para sus denuncias y prefieren callar, cuando pueden acceder a una auditoría para definir la culpa del médico y su equipo, lo que sirve para comprobar la negligencia.

‘Mi vida nunca volverá a ser la misma luego de la operación’

Fue difícil convencerla para que contara la historia de lo que ella llama “su pesadilla”. El médico que remedió en algo las secuelas que quedaron en su cuerpo como señal de una mala cirugía plástica, posibilitó la entrevista que se hizo vía teléfono. Éste es el relato de Nadia, nombre ficticio para salvarguardar su identidad.

“Desde niña siempre me sentí acomplejada por mis senos, porque tenía que rellenar los sostenes con papel higiénico y hasta con medias para aparentar mayor volumen. Al principio funcionaba, pero no cuando tenía que ir a una discoteca o usar un escote pronunciado. Hasta cuando salía con un chico, me daba vergüenza de que se diera cuenta de que era más plana que una tabla. Pienso que varias veces terminaron conmigo por eso.

ERROR. Hace tres años comencé a trabajar y me obsesioné con la idea de aumentar mis senos. Ahorraba todo lo que podía hasta que reuní 300 dólares; sin embargo, no sabía adónde acudir. Un día, mientras hojeaba el periódico vi varios anuncios de cirugía estética. Llamé a algunos y me decidí por ir a un consultorio ubicado en el centro de la ciudad de La Paz. 

Cuando fui, una señora me dio toda la información y me dijo que podían aumentarme mis senos con inyecciones y que lo que tenía alcanzaba. Tardé en animarme, pero al fin lo hice porque me aseguró que era un procedimiento rápido y eficaz.

Aunque me pusieron anestesia igual sentí los pinchazos y el líquido que entraba en mi cuerpo. Al final, terminé muy adolorida, pero eso no fue nada comparado con lo que pasó después. Mis pechos, mucho más grandes, se pusieron duros y los pezones también, hasta llegue a no sentir nada. Mi mamá y mis hermanos se asustaron mucho cuando se los mostré.

Volví al consultorio aterrada, pero me decían que era normal y me daban pastillas para el dolor. Y me puse peor. Hasta que mi mamá me llevó con el cirujano que me operó para sacarme el líquido que ya se había expandido por mi cuerpo. Él me ayudó mucho y sé que hace lo que puede; no obstante, el dolor no cesa y me miro en el espejo y lloro, creo que mi vida nunca volverá a ser como era antes.

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