informe

En la feria de La Asunta ofertan ‘chutolegales’

La comunidad se ha ganado el mote de “la pequeña Challapata de los Yungas”, porque allí se venden carros internados ilegalmente al país.

La Razón

00:00 / 06 de mayo de 2013

La calle Germán Condori es la más frecuentada en la comunidad yungueña de La Asunta. Allí el paisaje se encuentra dominado por los chutolegales, autos usados, sin papeles, recién llegados de la ciudad chilena de Iquique, con una antigüedad mayor a cinco años, cuya internación al país está prohibida por el Decreto Supremo 29836. Son los preferidos por los lugareños que viven la bonanza de la producción de coca y pagan, sin regateos, más de $us 4.000 por estos rodantes. 

Estos motorizados circulan sin ningún problema por los caminos de esa región, con matrícula o sin ella. El poblado se encuentra en Sud Yungas, al norte, a aproximadamente ocho horas de viaje en coche desde la ciudad de La Paz. “Si quieres que tenga la tercera placa —autoadhesivo oficial de alta seguridad otorgado por las alcaldías, que contiene datos técnicos del vehículo y la información del propietario—, te lo saco una gemeleada (clonada), pero me tienes que dar una semana”, ofrece Roly, vendedor de motorizados indocumentados, desde el interior de un auto modelo 2000 cotizado en $us 4.800.  

La feria asunteña se realiza cada sábado. El día que la visitó Informe La Razón, al menos medio centenar de autos ilegales era ofertado a los clientes en ese municipio que se ha ganado el mote de “la pequeña Challapata de los Yungas”, por la localidad orureña donde hasta octubre del año pasado se armaba un mercado similar que fue intervenido por la Aduana, desarticulando así a mafias de chuteros y falsificadores de matrículas, chasis y rosetas de inspección vehicular y del Seguro Obligatorio de Accidentes de Tránsito. La Aduana maneja que éstos emigraron a otros sitios, como La Asunta.

IQUIQUE. “Este cochecito recién ha llegado el 27 de marzo y yo mismo lo he traído desde Iquique”, se jacta Guimer, un contrabandista que expone su mercancía en la zona: una vagoneta Toyota Ipsum modelo 99, uno de los autos más cotizados entre los cocaleros de ese caluroso confín. “Su precio está en $us 4.700, pero si estás interesado te puedo rebajar a $us 4.500”, explica el joven, sentado junto a su pareja. A unos metros, automóviles similares son comercializados a $us 5.000. Lugareños aseguran que el costo bajó con relación al año pasado, cuando los Ipsum valían entre $us 7.000 y $us 8.000.

Guimer y un compañero cuentan que llegaron el 11 de abril de Iquique y que apuestan por vender rápidamente sus chutos para retornar a territorio chileno. “Anímese, el vehículo tiene la póliza de exportación”, aconseja al periodista que se hace pasar por un trabajador minero que pretende adquirir un motorizado para trabajar en el campo minero sudyungueño de Chojlla. Luego, muestra el documento expedido en la nación vecina, que reza: Importadora y Exportadora Japón-Chile Ltda., 27 de marzo de 2013.

El conductor insiste y propone traer otro auto desde el puerto iquiqueño, a gusto del cliente; eso sí, dice que se debe aguardar una semana, por lo menos, para que consiga aterrizarlo en La Asunta. “¿Y qué pasa con la placa?”, pregunta el potencial comprador. Guimer no se anda con rodeos y traga saliva. “Éste es un chutolegal hermano, pero yo te lo puedo sacar en una semana una matrícula gemeleada en la ciudad de La Paz, con el número del chasis incluido, será como una original; pero no vas a poder salir, por aquí nomás tienes que circular”.

Otro chutero presente en la feria es Javier, quien cuenta que manejó durante una semana su vehículo sin papeles en la urbe de La Paz. “Ahora vine aquí para ofertarlo. Pido $us 7.300 y es Ipsum modelo 1997”. Cuando se le interroga por la ruta que siguió para ingresar su mercancía, responde con cautela, en voz baja. “Por Cariquima (pueblo chileno cercano a Colchane y Pisiga, en la frontera con Bolivia). Conocemos bien el lugar, pero si usted quiere se lo puedo internar otro, aunque me tendría que esperar y darme un adelantito”.

Otros coches que gozan de amplia demanda en la región son los Toyota Noa, pero cuestan más que los Ipsum. “Sale a $us 5.300, es modelo 1998 y es un chutolegal”, promociona otro vendedor en la avenida René Barrientos, quien expone una póliza de compra de la empresa chilena Import Export Main.

La puja por los clientes no tiene tregua. Otro de los choferes muestra un Ipsum modelo 2000, indocumentado, con aire acondicionado caliente y frío, cotizado en $us 4.800.

“Lo hemos transformado en Iquique y lo metí el 4 de abril, aquí está su póliza”, enseña el muchacho de unos 25 años que sujeta el papel de la Zona Franca iquiqueña, en el que se lee: Importaciones y Exportaciones Cristóbal Ltda. El automóvil es plomo metálico y originalmente tenía el volante en el lado derecho. El aval de compra indica $us 2.300, o sea, pretende percibir $us 2.500 de más. “Alguito tengo que ganar, el vehículo no está chapeado, no está tocado nada; quizás haya que subir un poco la espiral, nada más”. En La Asunta igual hay talleres mecánicos que hacen las transformaciones.

El contrabandista evita brindar su nombre y admite que viaja al menos dos veces por semana a suelo chileno y que puede ingresar hasta vagonetas Ipsum modelo 2004, pero que éstas cuestan $us 6.500. “Te traigo una en $us 6.000, tú me brindas tu número de teléfono celular y charlamos. Yo vivo en Anamayu (comunidad del municipio)”. Un anticipo de $us 500 es suficiente para que los chuteros cierren el trato y garanticen el cumplimiento de los pedidos especiales de motorizados.

Al hablar con extraños que huelen a posibles compradores, los chuteros no se hacen problemas. El clima cambia cuando alguien intenta tomar fotos de los autos. La incomodidad y los rumores afloran en ese momento. Los reporteros no son bienvenidos a esta feria, por lo que sólo queda recopilar datos de forma camuflada. Y si bien los rodantes sin papeles no pasan desapercibidos en la localidad, hay autoridades que aseguran no tener conocimiento de su presencia.

El presidente del Concejo Municipal de La Asunta, Willy Ramos, señala, primero, que no conoce de la existencia de chutos en el lugar y menos de un mercado que los ofrezca, a pesar de que su despacho está a dos cuadros de éste. “¡No!, feria no hay, no tenemos conocimiento de eso”, aclara, sorprendido. Posteriormente, retruca que no vive en el poblado. “Puede ser que haya. Llegó aquí a mi oficina y estamos trabajando”. Al final, justifica que la Alcaldía no puede hacer nada contra este negocio. “Tampoco hay muchos automóviles y la verdad es que (los dueños) los usan para su familia nomás”.

Clanes. Desde la sede de la Aduana Nacional de Bolivia en la ciudad de La Paz, su presidenta, Marlene Ardaya, lamenta que algunas autoridades municipales encubran este comercio ilícito en sus regiones. “Yo le iniciaría un proceso (al funcionario municipal) mediante la Ley (anticorrupción) Marcelo Quiroga Santa Cruz, porque existe incumplimiento de deberes y se está fomentando el contrabando, blanqueándolo. La pregunta del millón es: cuánto me pagan por hacer eso”. Asimismo, admite que hay alcaldías que entregan terceras placas para que sean usadas por vehículos ilegales.

“No podemos ir en contra de ellos (los propietarios de chutos); claro, la norma dice que nosotros deberíamos controlar, pero no se puede, porque son nuestros mismos hermanos”, puntualiza Ramos. Sin embargo, La Asunta es un lunar más en el mapa de los mercados clandestinos armados por los chuteros. Otras zonas “rojas” son Chulumani, también en los Yungas paceños; la feria 16 de Julio, que atiende cada jueves y domingo en la ciudad de El Alto, y, especialmente, las comunidades de Ivirgarzama y Chimoré en el Chapare cochabambino, donde La Razón verificó el año pasado que la compraventa de chutos goza de buena salud.

Ardaya revela que clanes cerrados, de no más de tres a cuatro personas, están involucrados en estos mercados, que inclusive los articulan en pequeñas localidades de zonas limítrofes, que son como tierras de nadie donde no llega la fiscalización estatal. “La comercialización debe pasar por las comunidades, asumo que sí, porque no pueden aparecer (las ferias) de la nada. Están en lugares descampados. Cerca de los hitos hay ferias entre jueves y viernes, pero son complejas, porque a uno no lo dejan entrar, si no, corre riesgo su vida en la frontera con Chile”.

En los mercados donde se hacen transacciones con motorizados indocumentados, sigue Ardaya, los contrabandistas azuzan a los pobladores, inclusive utilizan a mujeres y niños como “carne de cañón” en caso de que los sorprenda algún operativo del Control Operativo Aduanero o de los militares. Y en cuanto a los pueblos limítrofes inmiscuidos con este delito —donde los chuteros tienen opción de pasar con sus autos al otro lado de la frontera para no ser atrapados por redadas—, se precisa apoyo de efectivos de la Agencia para el Desarrollo de las Macrorregiones y Zonas Fronterizas (Ademaf).

El golpe dado a las cofradías de chuteros en Challapata ocasionó que muchos de sus integrantes, entre contrabandistas y falsificadores, hayan emigrado a otros lugares, señala Ardaya, quien subraya que tomar una medida similar en los municipios donde se han asentado otras ferias de chutos, conlleva una planificación de bastante tiempo para evaluar la seguridad de la población, las posibles bajas, entre otros aspectos importantes. Más todavía, la batida en Challapata fue hilvanada durante más de un año. “En una intervención en Ivirgarzama, por ejemplo, tendríamos que usar helicópteros. El nivel de estrategia es muy complejo”.

En Yungas, los dueños de chutos rechazan una redada. Gonzalo Heredia, líder de la Asociación de Propietarios de Autos Indocumentados de Sud Yungas, advierte que sus afiliados se defenderán ante cualquier intento de decomiso de sus motorizados. “Si entran (los agentes aduaneros), tocaremos la campana para proteger lo nuestro, estos vehículos los usamos para la familia y no para fines comerciales”. Bajo estos argumentos, por el momento, los vendedores de la calle Germán Condori pueden sentirse seguros. La Asunta es un paraíso no sólo de la coca, también de los automóviles sin papeles que florecen cada sábado tras ser internados por las rutas del contrabando.

El modelo Ipsum es el preferido por los cocaleros

La marca de automóvil que tiene mayor demanda entre los productores de coca del municipio yungueño de La Asunta es el Toyota Ipsum, que los chuteros o contrabandistas traen, generalmente, desde el puerto chileno de Iquique, para que sus clientes transiten por las rutas de esa región tropical de La Paz cargando pesados bultos con la milenaria hoja.

“Son muy cómodas estas vagonetas, podemos llevar coca adentro y también arriba (en la parrilla)”, admite Basilio, un cocalero que habló con Informe La Razón antes de subirse a su motorizado modelo 1997 con el que trabaja en una de las colonias que habita la zona. Para los caminos peligrosos y polvorientos del sitio, los Ipsum son una prenda de garantía, de acuerdo con lugareños entrevistados por el periodista de este suplemento.

Ya sea parqueados en la avenida René Barrientos o la calle Germán Condori, o en el trayecto a la comunidad de Kolopampa, estos coches avanzan raudamente con kilos de coca prensada cargados. Un Ipsum sin papeles se cotiza en más de $us 4.000; con documentos, más de $us 5.500. Los campesinos que cuentan con más recursos optan por adquirir coches 4x4. “Los autos son muy necesarios, muchos tienen sus chutitos para llevar la coca”, cuenta un maestro de Primaria.

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1 2 3 4
5 6 7 8 9 10 11
12 13 14 15 16 17 18
19 20 21 22 23 24 25
26 27 28 29 30 31

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia