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Las huellas son imborrables

Fue el episodio quizá más trágico de la historia contemporánea de la ciudad de La Paz. Todo aquel que vive o vivió entonces en la urbe paceña guarda en la retina y la memoria las imágenes conmovedoras y a la vez espeluznantes que dejó la granizada del martes 19 de febrero de 2002.

La Razón / Redacción La Razón / La Paz

13:42 / 17 de febrero de 2012

Por: Patricia Cusicanqui, Jefa de Redacción La Razón

La ciudad centro del poder nacional se mostró más vulnerable que nunca, tanto como sus habitantes. Una tormenta, que azotó a la metrópoli por hora y media, se cobró al menos 74 vidas y dejó a 69 familias en la calle, además de incontables pérdidas materiales en viviendas, vehículos, negocios y el ornato público.

Héroes y heroínas anónimos pasaron días enteros tratando de dar con el paradero de decenas de desaparecidos, que terminaron engrosando la lista de fallecidos.

Los familiares de las víctimas sufrieron una sucesión de adversidades y pesadumbres que hoy, una década después, aún recuerdan como si se tratase de ayer.

El reto que se trazó este diario fue encontrar a un grupo de personas que narrara su historia, quienes experimentaron el dolor de haber perdido a un ser amado, quienes sobrevivieron a la tragedia, o aquellos que —sin mayor recompensa— obsequiaron su tiempo e incluso arriesgaron sus vidas para salvar las de otros.

Hallarlos, cuando ha transcurrido tanto tiempo, no fue fácil, pero todos accedieron amablemente a abrirnos las puertas de su casa y su corazón. A ellos, gracias.

Sussy sobrevivió al turbión que le arrebató a su mamá y a su hermana

Por:Aline Quispe, Periodista La Razón

“Llovía mucho y el muro de una casa en la calle Murillo cayó; con el peso, la fuerza del agua que corría por la calle Figueroa fue mayor y arrastró a mi mamá. Mi hermanita, que trató de rescatarla, también cayó al caudal. Yo cogí un fierro para sacarlas, pero igual terminé en el agua”, recuerda Sussy Arias el peor momento que vivió hasta hoy.

Ese día, como era habitual, la madre de Sussy, doña Rufina Arias Bustillos, salió a vender bolsos, maletines, mochilas y otros accesorios en su puesto de la calle Figueroa, en el centro.

Cerca del mediodía, toda la familia se reunió en el lugar para almorzar. Para entonces, Sussy empezaba a trabajar como trabajadora social con un médico.

“Eran las 14.30 y empezó a llover, pensamos que iba a calmar, pero la fuerza del agua arrastró a mi madre y a mi hermana Roxana. Por salvarlas, yo también caí al agua, pero antes de entrar al túnel de la calle Honda vi un cable, lo agarré, lo envolví en mi mano y logre salir. Pensé que mi mamá y mi hermanita se salvarían también, pero no fue así”, dice.

búsqueda. Comenzó a caer la noche y al no tener noticias de sus familiares, la joven inició la búsqueda.

“Estaba desesperada por encontrarlas. Volví al puesto y mi padre (Antonio Mamani) se había salvado sujetándose de un poste. Le pregunté si las había visto y sólo me dijo que esperaba que hayan salido del agua. Nadie sabía nada. Fui a hospitales y la morgue, pero no me dieron razón”.

“Mi hermanita era alegre, bastante trabajadora y estudiosa, con ella nos poníamos metas y las lográbamos”. Aquel 19 de febrero, Roxana tenía 24 años de edad y cursaba el tercer año de la carrera de Derecho.

“Ese día fue fatal para mí y al recordar los momentos que he pasado me dan ganas de llorar”, expresa Sussy. Guarda silencio por segundos y llora.

Pero la fatalidad se prolongó por ocho días, periodo en el que visitaba la morgue con la esperanza de hallar los cuerpos de su madre y su hermana. Su corazón le decía que, efectivamente, habían fallecido.

“Las busqué durante ocho días. Nos indicaron que podía estar en las localidades de Huaricana o Mecapaca porque muchos cadáveres habían llegado hasta allí arrastrados por los ríos. Fueron ocho días de dolor, sin comer, ni dormir”.

La pesadilla se acabó cuando las autoridades informaron del hallazgo de cuatro cuerpos en la calle Honda. “Ese día estaba por irme a casa, pero me avisaron que estaban trasladando cuerpos a la morgue. Una vez allí, llegó una ambulancia y adentro vi que se trataba de mi madre y mi hermanita, las abracé y perdí el conocimiento por la impresión”, asegura.

“Recuerdo a mi mamá con mucho amor porque fue la mejor. Tantos momentos que vivimos...”, menciona Sussy y rompe en llanto.

Superación. Poco tiempo después, Sussy enfrentó otra batalla. “Me dio una preembolia (obstrucción parcial de vasos sanguíneos del cerebro) que paralizó la mitad de mi cuerpo, gracias a Dios logré recuperarme”.

“Desde entonces, he asumido la responsabilidad de mi casa y me hice cargo de mi padre. Pero ese 19 de febrero fue trágico para mí, me dejó muchas secuelas y un vacío enorme dentro de mi casa y de mi vida”.

Diez años después, el dolor aún no cesa. “Superar esta tragedia fue muy difícil. No encontraba una razón para vivir sin mi madre y mi hermana. Mi madre era todo para mí, desde que falleció sentí que el sol se escondió y hasta ahora me hace daño su partida”.

Miedos. Sussy confiesa que el mes de febrero es el mes que más odia del año y más aún cuando llueve, “comienzo a temblar”.

Por ello, recomienda a la ciudadanía que, para evitar este tipo de desgracias, “no bote basura en las canaletas (bocas de tormenta), debido a que esto provoca el taponamiento de los desagües, que luego revientan y ocasionan temibles riadas como las de aquel día”.

Era el día libre de Nilda, pero aún así acudió a su fuente laboral; nunca volvió

Por Aline Quispe, Periodista La Razón

Era el día libre de Nilda Carrión (foto pequeña de la izquierda), pero de todas maneras llegó al restaurante donde trabajaba para supervisar cómo andaban las cosas y, de ser necesario, ayudar en algo. Nunca más retornó a su hogar.

“Mi mamá salió muy elegante de casa. Le gustaba ponerse sus joyas. Antes de salir se despidió de mis hermanos, pero nadie intuyó lo que sucedería ese día”, relata su hijo César Galindo.

Nilda y su familia vivían en la zona de Bolognia. En la imagen que acompaña esta nota se ve a sus cuatro hijos Eduard, Boris, Yesenia y César, además de la esposa de éste, Cristina (der.), y su hijo Cristian.

Nilda llevaba cinco años como mesera y administradora del restaurante Don Pibe, ubicado en la planta alta de una casona en la calle Honda de La Paz. César dice que sus amigos la llamaban con cariño Helen.

Tras cooperar en algunas labores del negocio, Nilda decidió salir a pagar los servicios de luz y agua del local, pero la lluvia se lo impidió, comenta Eduard, el mayor de los hijos.

En el lugar, se encontraba su amiga y comadre, Fanny Gumucio, que trabajaba en la pensión Churuquella, ubicada en la planta baja de la misma casona.

“Ella le dijo: ‘comadre comamos estos duraznos hasta que cese de llover’, pero comenzó a granizar intensamente y el agua entró con fuerza”, relata Eduard.

“Según la versión de un sobreviviente, las sillas y las mesas flotaban en el agua y por la desesperación destaparon un canal, pero eso inundó más el lugar”.

Como el agua ya estaba al límite, las amigas y otras personas que se encontraban en el lugar intentaron salir por las gradas.

“Formaron una fila, pero el cadáver de un niño pasó por los pies de uno de ellos y provocó que una joven caiga. Un muchacho trató de salvarla, lo que causó que mi madre se soltara y con ella los que estaban detrás, cayendo al fondo. Así fallecieron”, explica Eduard.

Tragedia. “Ella era lo único que teníamos. Era madre y padre para nosotros. Siempre nos mantuvo unidos. Nunca nos dejó”, comenta César.

Recuerda que cuando llegó a la calle Honda seguía lloviendo y el granizo acumulado tenía más de un metro de alto. “No se podía entrar, había granizo por todos lados. Nos dijeron que evacuaron a varias personas, fuimos a los hospitales y a la morgue, pero no la pudimos hallar”. Eduard apunta que la llamaron, pero no contestaba.

Esa noche fue la más larga de la familia. “Con mis hermanos y mi esposa Cristina ayudamos a sacar el granizo”, rememora César.

Pero, al cabo de tres días el granizo permanecía compacto y resbaladizo. Un equipo del Regimiento Andino rescató los siete cuerpos atrapados en el lugar.

“Vi a mi madre con las manos congeladas y lloré, la subieron a una ambulancia y no me dejaban ir con ella. Pero un colega policía me ayudó y subí. En ese instante se me cayó la vida. ‘¿Por qué me has dejado?’”, le preguntó César a su madre.

Para él, todo había terminado, pero una noche soñó con ella. “Me dijo: ‘César debes seguir adelante, yo estoy bien’. Eso me ayudó a mantenerme”.

Un milagro rescató a Francisca de la furia del agua; está agradecida con Dios

Por Aline Quispe, periodista La Razón

“Empecé a gritar, Señor, Señor no me abandones y de repente sentí que varias manos me sacaban del agua, y entonces perdí el sentido”, relata Francisca Calcina (42) sobre la forma cómo sobrevivió a la riada del 19 de febrero de 2002.

La mujer, dedicada desde joven al comercio, primero de jugos y ahora a la venta de carne de pollo, huevo y aceite. Nunca se imaginó lo que sucedería.

Esa jornada, como era habitual, Francisca bajó desde su casa en Río Seco (El Alto) para abrir su tienda, ubicada en la calle Manco Kápac. “Esa jornada llevé a mi hijito Miguel, de cinco años, al kindergarten porque era su primer día de clases”. Entre atender a sus clientes y preparar el almuerzo, se fue la mañana.

“Almorzamos con mi esposo en la tienda. Él se fue a cobrar una deuda. Me quedé sola y cerca de las tres de la tarde empezó a granizar fuerte, el agua llegaba a mi rodilla. Me asusté y empece a recoger las cajas donde se colocan los pollos. La fuerza del agua era tanta que se llevó uno de mis mostradores. Luego, por salvar mi balanza, que estaba sujetada a una cadena, casi me caí. Entonces la solté, pero al intentar llegar a mi tienda, el caudal me llevó”, rememora Francisca.

Mientras era arrastrada, su pollera se enganchó a la llanta de un vehículo, pero la tela se rompió y en segundos pasó por la plaza Eguino hasta llegar a la avenida América. “Ahí grite, ¡Jesús no me abandones!, fui a dar con un poste y entre sueños sentí que varias manos me sacaban del agua”.

RECUPERACIÓN. Francisca cuenta que cuando recobró el conocimiento estaba recostada en una camilla del Hospital de Clínicas.

“Tenía golpes y heridas profundas en todo el cuerpo. No podía sanarme. Estuve cuatro meses en el hospital. Tenía heridas en las piernas, como si me hubieran hecho cortes, una de las lesiones se asemejaba a un raspón en el hueso”.

La riada se llevó también todo el capital que tenía invertido en la mercadería que adquirió ese día. “Incluso el dinero de la venta de ese día se perdió porque el agua se llevó todo”.

“Poco a poco pude recuperarme y pagar las deudas que tenía para pagar los productos que perdí ese día. Mi hermana y otros familiares me ayudaron”.

Impactada por los sucesos de ese día, Francisca decidió que su nuevo negocio funcione en la urbe alteña.

“No quería estar aquí, tenía trauma y me fui a vender a El Alto por siete años. Recién, hace dos años volví a vender en este puesto de la Manco Kápac que le deje a mi hermana. Dios es grande, ya pagué todas las deudas que tenía. Aunque tengo una herida en la pierna que aún me duele”.

Francisca dice que el único pensamiento que tenía cuando estaba en el agua era que iba a morir, “pero tenía una gran preocupación  y me decía, ‘¿qué va a ser de mi hijito?’ Gracias a Dios me salvé y hoy estoy con él, a su lado”.

Fidel perdió sus escasas pertenencias y hoy vive solo, y con deudas que saldar

Por Édgar Toro, periodista La Razón

Recibe agua en baldes de las chorreras del techo y con ella prepara su desayuno; por las noches usa una vela para leer la Biblia y con una fotografía recuerda a su esposa y a sus siete hijos que se fueron a Cochabamba en busca de trabajo. Así está la vida de Fidel Cuevas Espinoza —uno de los damnificados del desastre del 19 de febrero de 2002— reubicado en la Urbanización Cristal I de El Alto.

El lustrabotas rememora que el día de la granizada trabajaba en la calle Juan de la Riva junto a su esposa cuando perdieron todas sus herramientas de trabajo; el agua se llevó todo a su paso. Sin embargo, y como no tenían casa, aclara que él y su familia vivían debajo del puente de San Francisco y que tras un estudio social fueron beneficiados con una vivienda en El Alto.

En ese sector de la ciudad, la tempestad dejó severos daños materiales y segó la vida de decenas.

“Quedamos en la calle como indigentes, sin nada, se perdieron todas nuestras pertenencias, felizmente mis hijos estaban en la guardería y no pasó ninguna desgracia con ellos”, dice.

Fidel cuenta que en 2002 tenía cinco hijos: Christian, Herlan, Miguel, Ibeth y Carmen, luego nacieron sus otras dos hijas: Ruzena y María Belén.

“Me separé de mi esposa por falta de trabajo y me abandonaron”, se lamenta. Entra en su cuarto y muestra con mucho orgullo un cuaderno bien forrado, limpio y con una carátula decorada a pulso y lápices de color. “Mis hijos son buenos estudiantes”, comenta con nostalgia.

La visita de La Razón lo desespera por enseñar sus múltiples necesidades. Muestra las goteras del techo con un orificio grande que moja el piso de cemento donde colocó algunos papeles de periódico.

“Miren cómo me ha dejado mi casa esa señora”, se queja en referencia a que durante un tiempo su domicilio quedó al cuidado de una persona, que no pagó las facturas de agua y luz y le cortaron los servicios, que ahora no logra rehabilitar por falta de dinero.

“También debo de los impuestos de la casa, no sé qué hacer”, se queja.

Como él, alrededor de 70 damnificados de la granizada fueron reubicados en esa zona de El Alto, donde los ladrones pululan y carecen de atención médica.

Ingresa a su dormitorio, de tres por dos metros, donde se ve una sola cama. Sobre ella está un brazo de guitarra que repara. “Arreglo instrumentos de música para ganarme monedas”.

También se observa un cinturón de cuero. “Estoy cambiando la hebilla, se lo reparo para un señor”, explica sobre otras actividades que desarrolla. Pero los ingresos que logra son insuficientes. “No tengo dinero, lo que gano es para comer”.

Muestra el morete que tiene en el pómulo izquierdo. “Me pegaron en la Ceja porque a veces voy a lustrar calzados, pero no estoy afiliado y me botan del lugar”.

En su desesperación, Fidel se sincera y no puede contener el llanto y con una Biblia en la mano cuenta con franqueza: “no soy alcohólico pero bebo para matar mis penas, también  he inhalado clefa, pero no soy drogadicto, me desespera mi situación y leo la Biblia para estar con Dios, ayúdenme por favor”.

Para Rodrigo, lo peor fue enfrentar el dolor de los familiares dolientes

Por Jorge Soruco, periodista La Paz

El 20 de febrero vio a Rodrigo Rosa y otros andinistas voluntarios buscando en el río a las personas que el agua arrastró desde la calle 17 de Obrajes. No tuvieron éxito. “Entonces nos avisaron que en el centro la cosa fue peor. Un grupo de amigos y yo subimos hasta la calle Honda para ver cómo podíamos ayudar”, recuerda el ingeniero de Sistemas.

Para 2002, Rodrigo escalaba de forma regular y tenía experiencia en el rescate de víctimas, pues intervino tras el terremoto que sacudió a Totora y Aiquile (Cochabamba) en 1996.

“Me presenté a eso de las 08.00 (del 20 de febrero) como voluntario independiente, aunque trabajé junto a un grupo de bomberos franceses. Nuestra misión era revisar la parte posterior de las casas afectadas”.

PREPARACIÓN. El apoyo de los andinistas, profesionales o de afición, fue bien recibido por la municipalidad. “Ellos (las autoridades) sabían que teníamos experiencia en trabajar en el hielo y asistir de emergencia a quienes estaban heridos en lugares fríos”, relata el ahora exmontañista.

El riesgo de la operación era alto. El agua y el granizo debilitaron la estructura de los edificios, los cuales corrían el riesgo de derrumbarse. Escombros, alimentos y basura arrastrada por la corriente entorpecían el avance del equipo que tiritaba por el frío.

“Es en ese momento, cuando estás buscando a gente en medio de un cuarto de conventillo inundado, te das cuenta lo vulnerable que eres ante los desastres naturales, especialmente en La Paz”, opina.

Pero lo peor no era el macabro paisaje dentro de los edificios. Al salir a la calle los voluntarios se veían rodeados de decenas de personas: amigos y familiares de los desaparecidos. Caras en las cuales la esperanza desaparecía a cada informe negativo.

“Era duro enfrentarse a los que esperaban”, reconoce. Madres, padres y niños llorando desconsoladamente y centenares de ojos clavados en ellos obligaba a los voluntarios, mojados y cansados, a regresar al trabajo con nuevas fuerzas, nacidas de la frustración creciente.

Rodrigo permaneció casi 12 horas en la estrecha calleja con las casas a punto de derrumbarse. En los pocos momentos de descanso se podía ver a otro grupo tratando de abrirse paso, lentamente, por la pared de hielo que impedía el ingreso al restaurante El Pibe.

A las 20.00, los trabajos de su grupo se interrumpieron y, frustrados, tuvieron que dejar la zona.

Pese a que, conscientemente, Rodrigo sabe que hizo todo lo que podía dentro de sus capacidades, no puede evitar preguntarse “si había otra cosa más que pudiera haber hecho”.

TRAGEDIA. El 21 de febrero recibió a Rosa y su grupo resueltos a “matarse” trabajando. Pero el área era otra. “Nos dirigieron a Alpacoma, donde falleció parte de una familia”, recuerda.

En esta ocasión lograron encontrar algo: los restos de la familia. Un década después, el recuerdo de la escena conmueve al voluntario al punto de las lágrimas.

“La casa donde estaban el padre y los niños cayó y fallecieron. Fue terrible ver la deseperación de los sobrevivientes”, cuenta con la voz entrecortada.

El Jefe del Retén de Emergencias de la Alcaldía trabajó 22 días seguidos

Por Erick Ortega, periodista La Razón

En la memoria del concejal Freddy Miranda, una mujer es arrastrada por un furioso río en la avenida Mariscal Santa Cruz. Parece sentada sobre algún mueble y no para de gritar. “A veces pienso que la puedo alcanzar con el brazo y que la saco de ese río, pero no fue así, era imposible ayudarla”, dice el munícipe que 10 años atrás estaba a cargo del Retén de Emergencias de la Alcaldía.

Sentado en su despacho, Miranda no tiene que esforzarse para recordar las escenas de las que fue testigo. “Vi muchas muestras de amor y cariño, como la de aquel padre que al percatarse del peligro se echó sobre el cuerpo de su hijo para protegerlo y los dos fueron hallados así”.

Ambos murieron por hipotermia.

El destino también se ensañó con una pareja de enamorados en la calle Honda, sólo después de fallecidos desunieron sus manos y dejaron de abrazarse. “Me di cuenta de que nadie tiene la vida comprada y recuerdo que cuando vi a mi familia los abracé a todos y les dije cuánto los quería. Es algo que hasta ahora hago”.

Cerca del estadio Siles, minutos antes de que el cielo se venga abajo, Miranda se reunió con el entonces alcalde Juan del Granado. “Vimos la nube negra sobre la plaza Pérez Velasco y temimos algo grave”. 40 minutos después sus pronósticos quedaron cortos.

Casi de forma instintiva, él se comunicó con el jefe de Bomberos, Rolando Viscarra, y con Defensa Civil. En tanto que reunió a sus trabajadores, que eran alrededor de 400. Dirigió a su equipo hacia el epicentro del desastre, de calles inundadas y el ruido que mezclaba gritos de auxilio y alarmas de vehículos. Al comienzo del operativo, se ayudó a los afectados a mano limpia. Después llegaron bombas de agua y de lodo. En casos extremos el granizo llegó al techo de algunas viviendas, de donde sólo rescataban cadáveres.

“Más que ayudar a personas, estábamos buscando cuerpos sin vida”, dice el concejal que aquel día también trabajó en la zona Sur, donde fue testigo de otra escena dantesca.

Trabajo. En ese sector de la ciudad, la muerte atrapó a un conductor con la mano derecha cerca de la oreja, como si hubiera intentado hacer una llamada telefónica desde el celular. “Quizá no le alcanzó el tiempo para despedirse o pedir ayuda”. Fue el primer cadáver que Miranda halló en el río Choqueyapu.

Al día siguiente, la comuna hizo un llamado para que jóvenes voluntarios se sumen a las labores de rescate. “Juntamos unas 5.600 personas en nuestra unidad y en otras unidades. Les dimos alimentos, ropa, palas y picotas, además, nos organizarnos por cuadrillas”.

Durante aquellas jornadas, el Retén de Emergencias se convirtió en la casa de los rescatistas. Miranda no retornó a su hogar durante 22 días.

“Allí me bañaba y me llevaban ropa seca para cambiarme”.

Al cabo de tres semanas de trabajo, sintió que no se sostenía en pie y el cuerpo le dolía. Volvió a casa.

Pasado un decenio, no olvida aquel “martes negro”. Es más, dice que algunas personas todavía le visitan para agradecerle. Él los recibe con cariño, aunque, aún se lamenta de no haber alcanzado a aquella mujer arrastrada por el caudal.

El día que el bombero Rolando Viscarra se colocó el traje de héroe

Por Erik Ortega, periodista La Razón

Diez años no bastan para que la voz pausada de Rolando Viscarra no empiece a quebrarse al recordar aquel 19 de febrero. “Es un día que marcó mi vida para siempre”, dice el policía que entonces era el jefe de Bomberos y cuya imagen fue reconocida fuera de las fronteras tras las jornadas de rescate.

“Hay una fotografía mía, que ha sido muy difundida, en la que estoy trabajando”. En la imagen, un cansado oficial lleva en los hombros a una anciana de pollera afectada por la granizada del 19. Su foto está en un museo de Francia dedicado a la labor de los bomberos.

El padre Agustín, que por años dirigió el colegio San Antonio (La Paz), donde Viscarra estudió, le mandó una carta desde las Islas Canarias (España) para expresarle su orgullo.

Granizo. Al empezar la tarde, Viscarra observó el cielo, ingresó a su oficina y, gracias a sus años de experiencia, dedujo que la ciudad sufriría un duro golpe.

“Les grité a mis muchachos que se alisten para salir”. Fue uno de los primeros en acudir a las inmediaciones de la iglesia San Francisco. Durante su tiempo al mando de Bomberos siempre hacía lo mismo, adelantarse al lugar de los hechos para evaluar la situación.

Juntó a su equipo, incluso llamó a quienes estaban de descanso y se puso manos a la obra. Dos centenares de hombres se pusieron bajo sus órdenes.

Recuerda que por aquellos días un grupo de bomberos franceses había llegado al país para dar charlas; incluso ellos tuvieron que trabajar en el rescate.

“El ingreso al túnel del templo de San Francisco estaba anegado, había automóviles cubiertos con granizo hasta el capó y vi que la calle Mercado estaba inundada. Las vendedoras gritaban, la mayoría de las personas que resultaron damnificadas eran pobres”.

Mientras habla, parece que su cuerpo recuerda el frío de aquella jornada porque se frota las manos. La hipotermia fue una de las causas del deceso de decenas de personas.

Jefe. La imagen de Viscarra con la mujer sobre sus hombros fue la orden silenciosa para el equipo que encabezaba. “Lo que hace el comandante deben hacer los demás”, comenta con un dejo de orgullo.

El bombero, que por entonces era coronel y ahora es general en retiro de la Policía, dice que lo adecuado aquel día era trasladar a las mujeres alzadas, en especial a las de edad avanzada para evitar que se enfríen. Cuando las levantó estaban mojadas y temblando.

Durante cuatro días, Viscarra durmió sólo algunas horas, sólo tras la quinta jornada laboral logró descansar todo un día.

También operó en la zona Sur, donde rescató los cuerpos de quienes murieron encerrados en sus vehículos. Una de sus experiencias más tristes fue el hallazgo de dos hermanas, que eran hijas de un amigo suyo. Aquello ocurrió cerca al puente Paz Estenssoro.

“El 22 de febrero, tres días después del granizo, rescatamos los últimos cuerpos”. Pasaron 10 años; pero hay quien aún lo detiene en la calle y le agradece por lo que hizo. “El cariño de la gente es lo mejor después de aquel día”.

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