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La inseguridad se manifiesta en pandillas, secuestros y violencia sexual

En noviembre del año pasado, 16 muertes sacudieron la capital haitiana y los barrios de Cité Soleil, Cité Militaire y Bel Air son considerados los más peligrosos. En éstos hay que caminar con cuidado y es común apreciar camionetas que trasladan personas con armas o agentes de seguridad privada muy bien armados.

La Razón

00:00 / 25 de febrero de 2013

A 15 minutos del epicentro de Puerto Príncipe, niños juegan en las estrechas calles que separan las viejas carpas y riachuelos de aguas servidas y basura, ajenos al peligro del cólera y la malaria; mientras que por las noches, sus padres viven atemorizados por los disparos y el miedo de ser asaltados y secuestrados.

En noviembre del año pasado, 16 muertes sacudieron la capital haitiana y los barrios de Cité Soleil, Cité Militaire y Bel Air son considerados los más peligrosos. En éstos hay que caminar con cuidado y es común apreciar camionetas que trasladan personas con armas o agentes de seguridad privada muy bien armados.

“Los bandidos eran dueños de algunos campamentos, ellos encañonaban a la gente y les quitaban lo poco que tenían, ahora la MINUSTAH (Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití) les trae agua en cisternas y les da seguridad”, manifiesta Lucas Alphonse, un taxista que perdió su casa el 12 de enero de 2010, en el sismo de 7,2 grados en la escala de Richter que mató a más de 200 mil habitantes.

Secuestros. Si bien Haití resurge como el ave fénix, la inseguridad es la gran asignatura pendiente en Puerto Príncipe y pese a los esfuerzos de la misión de paz y la Policía local, las más de 300 mil personas que aún viven en carpas, de acuerdo con los datos proporcionados por el presidente Michel Martelly, son presas de la desconfianza y el temor por este problema.

El inspector general de la Policía, Jean Yonel Trecilé, informa que los secuestros y la pelea de pandillas son las mayores preocupaciones.

Cuando Informe La Razón visitó la capital, la instrucción de los guías era clara: “No abran la puerta del coche y no intenten caminar solos”. Los riesgos implican que los autos sean abordados por intrusos o que uno sea asaltado.

Con datos en la mano, Yonel comenta que entre 18 y 20 individuos eran raptados cada mes en 2012. “El 60% de los secuestrados es liberado bajo pago y nosotros participamos activamente en las liberaciones”. No obstante, los efectivos policiales no levantan las manos y esperan cambiar esta situación en el corto plazo.

Algo es claro: la inseguridad germina en la pobreza y al menos 70% de la población haitiana está atada a este flagelo.  Asimismo, la mayoría de los refugiados no tiene trabajo y, por ello, la delincuencia juvenil se ha ido expandiendo. “Las pandillas son una preocupación, tenemos control pleno de todas las áreas, pero éste es un problema por la falta de empleo y eso hace presión a los muchachos”, explica el comandante general del contingente militar de la MINUSTAH en Haití, el militar brasileño Fernando Rodrigues.  

En el mismo tono se expresa el jefe de la MINUSTAH y representante especial del Secretario General de la Organización de Naciones Unidas (ONU), el chileno Mariano Fernández. “Hay violencia de pandillas en Cité Soleil y Belem, aunque bajó bastante. Las razones de ese crimen pueden ser el tráfico y el lavado de dinero, aunque algunos dicen que eso tiene algún anclaje político, pero es muy difícil demostrarlo”.

Más lejos, a una media hora de viaje en vehículo desde el centro de Puerto Príncipe, en el campamento Jean Mary Dincente, donde radican unos 10 mil desplazados, Lucas Alphonse duda de llevar al periodista de Informe La Razón al interior de esa zona altamente peligrosa, donde podrían caber fácilmente unas cinco canchas de fútbol. Es como tierra de nadie.

Otro efecto negativo colateral por la ausencia de fuentes laborales es la prostitución, que quita el sueño a las autoridades haitianas y de Naciones Unidas. “Hay prostitución, pero no sólo aquí, sino también fuera de la ciudad”, afirma un hombre de aproximadamente 40 años, mediante un traductor, en el campamento de Carradeux, a minutos del corazón de la capital.

“Eso se ve no sólo en este campo, sino en la misma urbe, pero a medida que se va informando a la población se va reduciendo y ya no se está notando mucho en las calles; sin embargo, todo esto deriva por la falta de dinero… existen personas que entran a la prostitución por la comida”, revela otro refugiado que prefiere mantener su nombre en el anonimato.

En varios de los campamentos de las fuerzas de la misión de Naciones Unidas colaboran a los refugiados con atención médica, “tiendas” —habitaciones de madera—, carpas, agua y educación. No obstante, la prostitución es un problema incontrolable. Es que los pobladores hacen de todo por conseguir 25 centavos de dólar (casi Bs 1,75) al día, para comprar algunos alimentos en las carpas.

Abusos. El inspector Jean Yonel Trecilé sentencia que el castigo por violación es de diez años de cárcel, y si hay agravantes, el mismo puede ser perpetuo. Los abusos contra las mujeres son moneda corriente; empero, ellas no los denuncian, pese a las campañas que la misión de paz realiza en la capital. “La principal tarea es combatir la violencia contra mujeres y niños, pero la gente no se acerca a denunciarla”, indica el policía. 

El diario mexicano El Universal publicó el año pasado un reportaje sobre la prostitución en este país del Caribe y de cómo infantes eran prostituidas por comida y agua en campamentos de desplazados. El artículo recurre a datos de 2011 de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef),

Estas entidades alertan sobre el notable incremento de la violencia sexual a pequeñas en acantonamientos haitianos y que hubo unos 60 casos de menores víctimas de este flagelo que fueron atendidos por la OIM en los centros de desplazados, de los que un 97% implicaba a niñas que no habían cumplido diez años.

“Cuando llamamos a la Policía no viene nadie, porque alegan que no tiene gasolina y, por esa razón, muchos prefieren no llamarla; pero ahora con la MINUSTAH podemos caminar por las calles”, dice Faustin, un artesano que vende souvenirs en la plaza Campo de Marte, a metros del derruido Palacio Presidencial de la capital.

Haití intenta ponerse de pie después del sismo y su Policía, que el 12 de enero de 2010 perdió a 75 uniformados, se encuentra igualmente en ese camino. Y si bien en algunos campamentos de refugiados los efectivos de las fuerzas de paz brindan vigilancia durante las 24 horas, la seguridad no está garantizada del todo. “Nuestras oficinas fueron destrozadas por el terremoto”, arguye Yonel.

La institución del orden tiene solamente 18 años de vigencia y posee actualmente 9.000 integrantes. Para fortalecer su presencia, espera este año la graduación de 1.000 agentes y contar con 16 mil integrantes hasta 2016. A la tropa se suman los 2.600 policías que son parte de la Organización de Naciones Unidas.

Promesa. Cuando a Yonel se le pregunta sobre las acusaciones de corrupción en contra de su entidad, devela que fueron dados de baja 76 miembros por ese motivo. “Eso fue para limpiarla”. En suelo haitiano hay una población de más de 10 millones de personas, pero solamente hay 9.000 policías. “Menos de uno por cada mil habitantes”, se lamenta.

Los guardias ganan entre $us 400 y $us 450 mensuales, además de un bono de $us 100, pero ese dinero es poco si se considera que, por ejemplo, una botella de medio litro de Coca-Cola vale hasta $us 6. Los uniformados reciben, a la par, entrenamiento de sus pares de Sudamérica, empero, las condiciones logísticas con las que conviven aún son precarias.

“La violencia es un tema muy complicado porque se debe considerar que casi un tercio de la administración pública murió con el sismo de 2010 y el país tuvo, con ello, un retroceso de casi 20 años”, comenta Fernández, de la MINUSTAH. No obstante, en campamentos como Carradeux, los policías de la misión de paz lograron reducir a 15 los casos mensuales de violencia familiar y sexual, cuando el año pasado llegaban casi al centenar.

Y cuando sucede un hecho de este tipo, los uniformados locales y extranjeros actúan de inmediato; sin embargo, todavía los esfuerzos son insuficientes. “De manera gradual iremos ocupando todos los departamentos (Haití tiene diez) y las regiones con menos conflictos serán liberadas de la MINUSTAH”, promete Yonel.

En el campo Delmas luchan por atención, comida y agua

S i bien en los barrios de Cité Soleil, Cité Militaire y Bel Air la inseguridad no puede ser frenada, otros problemas como la falta de alimentos y de agua afectan a los refugiados del campamento Delmas, a unos 15 minutos de viaje en vehículo desde el centro de Puerto Príncipe, donde 2.727 familias están alojadas desde hace tres años.

Allí, a las 11.00, la temperatura supera los 35 grados centígrados en época de invierno. En esa zona es común escuchar de asaltos y secuestros; no obstante, el agua y la alimentación son las principales preocupaciones de sus habitantes. “No sé qué voy a comer hoy… comeré si encuentro algo”, comenta Monike, de 31 años, madre de dos hijos que vive en una carpa vieja que le entregaron en 2010, cuando perdió su casa por la ira del terremoto.

La mujer está sentada en la puerta de su nuevo hogar, tiene la mirada perdida y, como todos los días desde hace tres años, no sabe qué hará. “No hay trabajo”, se limita a indicar cuando se le pregunta sobre su futuro. A unos metros de donde se halla, un grupo de niños corretea por las pequeñas calles que dividen las tiendas de campaña y otros, acarrean agua en baldes que llevan sobre sus cabezas.

Sed. “Hay poca agua, se acabaron las carpas, los niños no van a la escuela, sólo algunos lo hacen, lo peor es que cuando llueve entra agua sucia a las tiendas y se forman ríos, lo que sumado a la basura se convierte en focos de infección; aquí el cólera y la malaria están en las puertas de las carpas”, reniega Die Ujuste Olrich, dirigente de ese campamento donde cerca de 6.000 niños intentan sobrevivir.

Este hombre señala que efectivos de la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (MINUSTAH) estuvieron por el área, pero no volvieron más. “Por eso queremos protestar en febrero, porque nos han dejado”, añade el haitiano de 34 años de edad y rastas tipo Bob Marley.

Mientras que Emanuel Michel, de 51 años, muestra cómo remachó con tapacoronas su tienda que se encuentra llena de huecos después de tres años. “No tenemos agua, ni luz”. Debido a que no hay energía eléctrica, los asaltos también son comunes en este campamento olvidado.

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