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La noche de las 13 puñaladas

El lunes 11 de febrero, el teniente Jorge Clavijo Ovando mató a la periodista Hanalí Huaycho. Ésta es la reconstrucción de lo ocurrido ese día trágico en Ciudad Satélite

La Razón / Erick Ortega Pérez

00:00 / 25 de marzo de 2013

Voy a estar bien… voy a estar bien”, murmuró Hanalí a su madre. Después esbozó algo parecido a una sonrisa, dio unos pasos y cayó a los pies de su hijo de cinco años. La sangre resbalaba por su rostro, hilos rojos bajaban por su cuello, tenía un pulmón perforado y, literalmente, el corazón mortalmente herido.

Aquella noche del lunes 11 de febrero, su esposo le asestó 13 puñaladas y huyó en el vehículo Toyota Vitz de la mujer que decía amar. Más aún, antes de escapar Jorge hundió su daga en el cuello y el abdomen de la mamá de Hanalí, Martha. El único testigo del crimen fue el retoño del policía y de la periodista. Sus gritos fueron incapaces de conmover a su padre. Ahora, el niño se encuentra con atención psicológica y recién días atrás se enteró que su mamá murió.

La fuga de Jorge y el hallazgo de un cadáver a inicios de este mes en la región de Yungas —que la Policía y exámenes forenses aseguran es del asesino— son parte de la trama de uno de los crímenes más resonantes de los últimos años. Informe La Razón recoge fragmentos de documentos inéditos de la investigación y arma el rompecabezas de esa noche fatídica y la persecución e incógnitas que todavía rodean al caso del que, hasta hace poco, fue el hombre más buscado en Bolivia.

CALMA. Despacio, casi imperceptiblemente, la periodista Hanalí Leonor Huaycho Hannover (36) tocó con los nudillos la puerta del departamento de su madre. Ambas vivían a pasos de distancia, en el mismo inmueble pero en diferentes espacios, y estaban, prácticamente, divididas por una pared. “Me dijo ‘voy a salir y estoy dejando a Jorge y a mi hijo’. Se fue y volvió al mediodía”, cuenta Martha, una mujer canosa, vestida de negro y quien desde entonces arrastra un dolor de cabeza que no puede extirpar con ninguna pastilla.

Aquélla era una mañana fría pero con sol y, en el horizonte, había nubes amenazantes. Era una típica jornada carnavalera: en calles de las ciudades de La Paz y El Alto la gente jugaba con agua. Y como algunas veces hacía la pareja en días festivos, dejó el encierro de su hogar y salió a almorzar junto a su pequeño. Todo pintaba como un día perfecto.

Fuentes que piden reserva en su identidad relatan que tras el almuerzo, el niño quería un chisguete. Su papá, el teniente Jorge Raúl Clavijo Ovando (32), le dio el gusto y compró el juguete. Los tres retornaron a su casa en la zona alteña de Ciudad Satélite, en el Plan 328. Allí, la alegría continuó: la familia disfrutó de una batalla con agua, ignorando los ladridos de Valentín, el fornido perro oscuro de Hanalí.

El trío pasó la tarde en su pequeño departamento, que tenía una habitación para los esposos donde la mayor parte estaba ocupada por la cama de dos plazas, el dormitorio del menor que lucía relleno de juguetes, un ambiente para el living, otro destinado para la cocina y un baño.

Al empezar la noche, el buen humor no se había ido de la residencia de los Clavijo-Huaycho. Pero el panorama iba a cambiar. Martha vio que el patio común estaba húmedo, había botellas pet desperdigadas. Cuando le preguntó por el desorden a su hija, ésta le respondió bromista: “Tu perro ha debido hacer eso”.

Posteriormente, la periodista le dio comida a su mascota y se despidió hasta el día siguiente.

Cuando faltaban 15 minutos para las nueve, Martha sintió una punzada en el estómago y recordó que Hanalí siempre tenía al alcance de la mano bolsitas de mate de coca. Se asomó a su departamento y apenas ella la vio, se puso el dedo índice en los labios haciéndole una seña de silencio. Su mamá preguntó: “¿Está despierto?” Ella dijo que sí moviendo la cabeza. Es que cuando Jorge empezaba a cambiar de humor detestaba el ruido y ninguna de las dos quería arruinar aquel lunes de Carnaval. Por eso, Hanalí, presurosa, le dio una bolsa de mate a Martha.

Cuando Hanalí calentó la cena en el microondas, Martha sintió el olor de la comida y se lamentó de que el hogar de su hija no tenga un extractor de aire —“No me gusta que haya olores en la casa”, señaló días después—. Enterada de la molestia causada a su madre, Hanalí se comprometió a apagar el microondas y, nuevamente, se dieron las buenas noches.

Después, cuando Hanalí se pintaba las uñas en su dormitorio, le ordenó al niño que se cepille los dientes para dormir. Él obedeció. Y, como solía suceder, dormiría en la misma habitación que sus padres. Además, al día siguiente no tenía que asistir al kínder. Jorge los acompañaba.

Precisamente en el lecho de los esposos, cuando el pequeño buscaba conciliar el sueño y la mamá soplaba sus uñas, sonó el celular de Jorge con un tono de recepción de mensaje. Hanalí le pidió que le muestre su teléfono. Él se negó rotundamente. Ella le propuso intercambiar sus celulares.

—“No tienes nada que esconder”, acotó Hanalí.

—“¡Me emputa que revises mi celular!”, contestó, molesto, Jorge.

El volumen de la discusión empezó a trepar. Jorge acompañó sus palabras con amenazas. Y ella intentó poner un límite al altercado. Le pidió a su hijo que vaya a llamar a la abuela y también a Radiopatrullas 110. El hombre advirtió al niño de que no siga las instrucciones y ella reaccionó con un grito: “¡No toques a mi hijo!” Salieron de la habitación y se fueron a la cocina, luego a la sala. Hanalí insistió: “Tienes algo guardado en tu celular”.

De pronto Jorge, un policía bien entrenado y con antecedentes de violencia, abandonó las palabras. Dobló los brazos de ella y la puso boca abajo. La alzó y la llevó al dormitorio como si fuera un muñeco. Las clases de defensa personal no le sirvieron de nada a Hanalí ante el exintegrante del desaparecido grupo de élite policial de la Unidad Táctica de Articulación, Reacción y Control de Crisis (UTARC).

La colocó sobre el catre de dos plazas. Fue al velador, a unos tres pasos de distancia, abrió un cajón y sacó un cuchillo pequeño que apenas sobresalía entre sus grandes manos. Lo empuñó con la diestra y volvió a la cama donde empezó a golpear a la periodista. Y la atacó a cuchilladas. Fue entonces que el pequeño gritó con fuerza: “¡No le hagas a mi mamá!”

Martha rememora que apenas habían pasado unos 45 minutos desde que le pidió a Hanalí que le regale una bolsita de mate de coca para su dolor estomacal. La bulla, al otro lado de la pared, la alarmó. “Yo decía ‘qué está pasando’, golpeé la ventana del dormitorio y escuché que mi hija me decía ‘¡mami, llamá al 110, llamá al 110 y no te asomes, no vengas!’”.

Su mamá no hizo caso. Ella preguntaba a gritos “por qué, por qué” y golpeaba la puerta de entrada al departamento. Hasta que se abrió, y salió Jorge. Estaba furioso y apenas vio a la mujer de 65 años en el umbral le dio una puñalada en el cuello. Ella pensó que era un puñetazo, porque en ese momento no sintió el filo de la daga. Mientras se cubrió la herida, él le asestó otro navajazo en el estómago. Martha cayó y sintió que estaba a punto de morir. “Pero mi hija salió y le agarró de la mano (a Jorge) y dijo: ‘¡No a mi mamá!’”.

Gracias a la intervención, Jorge no pudo asestar más cuchilladas a Martha y, en el forcejeo, hizo caer su celular. Hanalí le pidió a su mamá que agarre el teléfono.

Sin embargo, la mujer no pudo hacerlo porque Jorge le conminó a que abra la puerta del garaje. Ella le alertó: “¡Jorge, creo que Hanalí está delicada, la llevaremos al hospital!” No la escuchó y volvió al departamento. Ella fue tras él y vio que tenía en las manos las llaves del vehículo Toyota de su hija. Encendió el motor y arrancó destrozando la puerta del garaje.

Herida, Martha retornó, despacio, al departamento y cuando Hanalí la vio le preguntó: “¿Dónde está (Jorge)?” Su mamá, sorprendida por todo lo que vivió en menos de cinco minutos, le comentó con voz débil: “Se fue, se fue con el auto”.

La madre clavó sus ojos oscuros en su hija y le dijo: “Estás delicada, estás sangrando”. Hanalí también la observó con cuidado y le respondió: “Mamita, estás sangrando. Andá cambiate, vuelves y llamas al 110”. Luego lanzó su última frase: “Voy a estar bien… voy a estar bien”.

Cuando Martha se dio la vuelta y se dirigía a su casa para abrigarse, escuchó que su nieto lanzó un grito desesperado. Hanalí no pudo sostenerse de pie y cayó.

ESTOCADAS. Sobre el lecho matrimonial quedó la placa de dientes partida de Hanalí. Un investigador del caso, quien pide salvaguardar su identidad, cuenta que ello evidencia que Jorge le dio un golpe en la boca tan fuerte como una patada.

Luego de que tomó el cuchillo, los puños de ira que envolvían la daga del teniente cayeron con fuerza en el cuerpo de la periodista. El protocolo de autopsia indica que dos puñaladas se incrustaron cerca a sus labios. El mismo investigador maneja que Jorge hizo esto para hacer callar a su esposa, ya sea por sus gritos o por los nervios ante la pregunta repetida sobre el mensaje recibido en su celular.

Sus ojos y nariz tenían moretones. Su pómulo izquierdo recibió otra puñalada. Otra penetró su cuello. Sus dedos de la mano izquierda estaban “impregnados de sangre” por otras cuatro puñaladas en su hombro y brazo. Otra entró y salió de su muslo izquierdo. Y las restantes cuatro se incrustaron en su región torácica: una de ellas le perforó el pulmón izquierdo y otro par, su pecho izquierdo. Precisamente una de estas últimas puñaladas alcanzó el ventrículo izquierdo de su corazón. A pesar de los golpes y las cuchilladas, Hanalí tuvo fuerzas para defender a su madre y para intentar llevarla al hospital. Eso sí, no tuvo tiempo de bendecir a su hijo antes de morir. Fue llevada a tres clínicas en El Alto antes de que la atiendan en el Hospital Obrero de la zona de Miraflores de la ciudad de La Paz, a las 23.50.

Sin embargo, los médicos nada podían hacer. Veinticuatro minutos después, el organismo de Hanalí ya no pudo más.

El miércoles 13 de febrero, los restos de Hanalí fueron enterrados en el Cementerio General, con una masiva concurrencia de familiares y amigos que reclamaron justicia. El crimen volvió a poner sobre la mesa del debate la violencia contra la mujer y allanó el camino de una ley severa contra este delito. Y Jorge Raúl Clavijo Ovando se convirtió en prófugo de la justicia.

Más todavía. Cundió una ola de rumores sobre lo acontecido ese lunes 11 de febrero y sobre los protagonistas. Sin embargo, el cuaderno de investigaciones tiene bajo el rótulo de “oficial” la historia relatada párrafos arriba; esa noche en la que 13 puñaladas se llevaron la vida de la periodista Hanalí Huaycho Hannover.

Las denuncias de Hanalí no fueron atendidas por la Policía

El 22 de agosto de 2007, Hanalí Huaycho Hannover y Jorge Clavijo Ovando se casaron por lo civil. Seis meses después la mujer presentó la primera denuncia formal en contra de su marido. El 24 de febrero de 2008 fue atendida en la Brigada de Protección a la Familia de la zona Sur de La Paz por haber sufrido maltratos.

Pero no hubo respuesta a su solicitud de garantías y de que Clavijo sea dado de baja en la institución policial.

Ante la falta de atención a su pedido, Huaycho se quejó al entonces comandante general de la Policía, Víctor Hugo Escóbar. Le remitió una carta el 27 de abril de 2009 en la que denunció: “Se limitaron a escuchar mi denuncia, lo notificaron (a Clavijo) y nos dejaron solos en la oficina indicando que arreglemos nuestra situación conversando. No le llamaron siquiera la atención. En resumen, no efectuaron acción protectora alguna a mi favor y de mi pequeño hijo. Presumo que esta omisión e incumplimiento de funciones y complicidad por parte de las autoridades de la Brigada se debió a que el agresor es un miembro de la Policía”. Y el 15 de junio de 2011 recurrió al comandante Jorge Santiesteban, porque se dilataba el caso.

La tensa relación entre Clavijo y Huaycho fue aumentando con el correr del tiempo. Según el abogado de la familia de la periodista, Eduardo León, ella entabló, al menos, 14 denuncias contra su esposo. De éstas sólo cuatro “avanzaron”: dos fueron presentadas en la Fuerza Especial de Lucha Contra el Crimen (FELCC) de El Alto, una en dependencias policiales de la zona Sur y la otra en la FELCC de La Paz. El teniente perdió dos años de antigüedad por la última de ellas. No obstante, León critica que nunca hubo un castigo ejemplar para el involucrado que terminó con la vida de Huaycho el 11 de febrero de este año.

Más todavía, en junio de 2011 Huaycho envió una nota al Director General de Investigación Policial Interna. Acusó a su marido y a su “pareja” de maltrato, insulto, hostigamiento y otros daños, según la red Erbol. Parte del texto señala: “Estos insultos se vertían en mi contra, dada mi calidad de mujer y madre, además por el origen de mi apellido: ‘perra de mierda, puta de mierda, hija de puta, india de mierda alteña... etc. etc.’, pretendiendo atacarme en mi calidad de fémina, vulnerando mis derechos protegidos por la Constitución Política del Estado Plurinacional de Bolivia, como son los de igualdad de género y otros”.

Al mismo tiempo, Clavijo y su “pareja” presentaron denuncias contra la periodista. La supuesta amante indicó que fue atropellada por el automóvil de Huaycho y que sufrió lesiones. No obstante, un informe policial indica que tras el incidente no hubo personas heridas.

El sonido del celular que acabó con un matrimonio

El celular negro marca LG de Jorge Raúl Clavijo Ovando causó estragos en la relación de pareja del policía y la periodista Hanalí Leonor Huaycho Hannover. Fue la chispa de sus últimas peleas y del desenlace fatal del lunes 11 de febrero. “Ella estaba obsesionada por saber quién le escribía a su esposo y qué era lo que le decía”, cuenta un investigador asignado al caso que pidió reserva en su identidad.

Las pesquisas realizadas por el agente señalan que el teniente comulgaba con la infidelidad, que “lo más lógico” era que tenía amantes que, en vez de llamarlo por teléfono, le mandaban mensajes a su celular cuando él se encontraba acostado con su esposa, muy de noche. “Era mejor leer mensajes de texto y no responder llamadas”. Según documentos del cuaderno de investigaciones, los mensajes eran constantes. Y, además, había una mujer anónima que era objeto de la rabia de la víctima.

Hubo un tiempo que el “secreto” de los mensajes se convirtió en una realidad molesta. Por ello, la pregunta de los allegados de Hanalí era cómo ella seguía al lado de Jorge con las evidentes muestras de su engaño. Un nombre es manejado como principal culpable de estas dificultades familiares: Helen, la supuesta amante del uniformado. Así lo afirman las declaraciones transcritas en el proceso investigativo.

Recurrentemente, Hanalí proponía a su marido una relación sincera. Una salida era que ambos se muestren los números de las llamadas y los mensajes que escribían y recibían en sus teléfonos móviles. Sin embargo, Jorge nunca aceptó tal pacto y prefirió mantener esto en el misterio. Así ocurrió también ese 11 de febrero, cuando antes de ser herida de muerte, Hanalí le pidió intercambiar celulares para saber la identidad de quién le había enviado a Jorge el mensaje que desencadenó la riña.

Las peleas por este motivo se hicieron comunes en los últimos meses que permanecieron juntos. Inclusive un par de semanas antes del asesinato hubo una trifulca en el hogar de los Clavijo-Huaycho. Aquella vez, Martha, la mamá de Hanalí, logró evitar que la sangre llegue al río cuando los encontró discutiendo en el patio. Su hija le comentó esa madrugada: “Mami, es que cada noche pasa lo mismo, siempre una mujer le llama a la una o a las dos de la mañana”. Jorge replicó que no era así y que quien se comunicaba con él era “compañera de trabajo”.

Confundida, la mamá no sabía qué decirles y sugirió que si seguían con esos problemas lo mejor era que se separen. Martha recuerda que Jorge tomó la decisión de abandonar a su familia, pero no dio señales de irse de la casa para cumplir con su advertencia. Y Hanalí le manifestó que deseaba el bienestar de su hijo. Al final, ambos hablaron y se reconciliaron. “Creo que era la una y media de la mañana. Yo los dejé en el patio”, dice la mujer, y añade: “Al día siguiente salieron juntos. Estaban normal esa semana”. Pero después de aquel altercado, el celular de Jorge no dejó de sonar pasada la medianoche.

Igual tenían riñas por el Facebook. Él usaba un ojo como foto de perfil; en tanto que ella cambiaba permanentemente de imágenes en las que se la veía sola, con su pequeño o junto a sus compañeros de trabajo. En su cuenta sólo existía una fotografía de la familia Clavijo-Huaycho, tomada en algún sitio rural de La Paz. Más aún, la pareja no compartía fotos ni se enviaba mensajes públicos de afecto. Y la noche del crimen, Hanalí también le planteó de que ambos conozcan las relaciones y los mensajes que enviaban y recibían a través de la red social. Pero él se opuso.

“Celos... todo fue por un ataque de celos y todo acabó así”, resume el fiscal Harold Jarandilla, quien aún duda en dar por cerrado el caso, y explica que entre los dos había una relación difícil. La hermana de Jorge, Karelia, ratifica esta tesis y arguye que eran dos personas parecidas y fuertes.

Al final, él se impuso a ella. Todo por el mensaje que llegó ese 11 de febrero a su celular que fue hallado a comienzos de marzo junto al cadáver de un hombre cerca de la población de La Calzada, en los Yungas; cuerpo que, según la Policía y exámenes forenses, es de Jorge Clavijo; aunque la familia de Hanalí tiene dudas.

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