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Un tercio de partos se realiza en casas y las matronas son más en occidente

La ciudad capital con el más alto índice de nacimientos en domicilios es El Alto, con 36,5% de madres, un efecto de la inmigración del campo.

Una partera frota el vientre de una pobladora del municipio de Patacamaya, en el altiplano paceño.

Una partera frota el vientre de una pobladora del municipio de Patacamaya, en el altiplano paceño. Foto: Wara Vargas, Pedro Laguna, Alejandra Rocabado, Víctor Gutiérrez, Olmo Calvo y médicos del mundo de España en Bolivia

La Razón (Edición Impresa) / Elisa Medrano Cruz

00:00 / 22 de septiembre de 2014

El tercer bebé de Irma estaba por nacer como lo hicieron sus dos hermanos, con la ayuda de la matrona Teófila Silva. Pero esta vez la experta se negó a asistir el alumbramiento porque sabía que era riesgoso: la bolsa amniótica todavía no se había roto y el vientre de la gestante se encontraba hinchado. La tocóloga le sugirió que acuda a un hospital, pero la embarazada se negó. Y le confesó que tenía miedo al personal médico y a la infraestructura.

El episodio aconteció en El Alto, la ciudad capital con el mayor índice de partos atendidos en casas o en otros sitios que no son nosocomios. Los datos del Censo Nacional de Población y Vivienda, realizado en 2012 por el Instituto Nacional de Estadística (INE), señalan que el porcentaje involucra a 36,5% de las madres (69.159 de un total de 189.417). Aunque la cifra llegaría a 45%, según la Dirección Municipal de Salud.

Creencias. Teófila recuerda lo sucedido con Irma como si fuera ayer, porque puso al borde de la cornisa los 20 años de trayectoria que tenía entonces (actualmente tiene 25 y su currículo no contiene ningún fallecimiento). Incluso para convencerla de que colabore con el nacimiento, los allegados de la parturienta le comentaron que ella prefería morir en su hogar antes que acudir a un establecimiento de salud. “¡Voy a morir si la partera no viene!”, gritaba la paciente. Al final no le quedó otra opción y, más bien, Teófila salvó su vida y la del bebé.

Esta matrona habita en el área dispersa de la zona Villa Ingenio, es parte de la Asociación de Medicina Tradicional y cuenta con una tarjeta de presentación que señala: “Atención de enfermedades de los riñones, hígado, cálculos biliares, matriz-ovario. Atención de parto a domicilio. Prueba de embarazo al instante y otros. Cuenta con su farmacia natural...” Afirma que historias como la de Irma son recurrentes, incluso hubo gestantes que huyeron de hospitales públicos cuando estaban internadas y recurrieron a ella para tener a sus retoños.

Los números del INE revelan que en Bolivia, al menos 30,9% de las mujeres prefirió que sus hijos nazcan en sus viviendas o en otro lugar ajeno a un centro de salud, o sea 711.383 encuestadas de las 2.205.366. Más todavía. El área andina —llámese La Paz, Oruro y Potosí— concentra el 57,2% de alumbramientos bajo esta modalidad: 407.378 de 711.383. Y esto coincide con la distribución departamental de las tocólogas tradicionales: 46% de las registradas en lo que va de este año por servicios Departamentales de Salud (Sedes) radica en la región occidental: 219 de 475 (más datos en las infografías).

¿Por qué esta práctica aún está muy arraigada en áreas rurales del territorio nacional como el municipio de Curva y en una capital como El Alto? Para el antropólogo Milton Eyzaguirre, jefe del Departamento de Extensión y Difusión Cultural del Museo Nacional de Etnografía y Folklore, existe una diferencia clave entre la biomedicina y la medicina tradicional en la atención de los partos, pues la primera solamente se ocupa del cuerpo de las gestantes, en tanto que la otra también considera su alma. A ello se suma que el servicio en los hospitales tiene un carácter “frío”, lo que se demuestra en el (mal)trato de enfermeras y doctores.

El Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA, por sus siglas en inglés) coincide en que la partería tradicional en Bolivia está estrechamente relacionada con la cosmovisión de los pueblos indígenas, en la que resaltan prácticas y rituales relacionados con la concepción, el embarazo, el parto y el posparto, es decir, el ciclo mismo de la vida. Eso no es todo. La entidad confirma que en las comunidades hay desconfianza hacia los servicios de salud porque hay pacientes que no siempre reciben un buen trato del personal o porque se enteran de casos de muertes maternas y/o de recién nacidos.

Hay más. La Organización Panamericana de la Salud/Organización Mundial de la Salud (OPS/OMS) sostiene que en las localidades rurales, el alumbramiento es un evento fisiológico y social natural en el que participa la familia, visión que no está en la medicina occidental. En los nosocomios, añade Eyzaguirre, predomina el concepto de que se deben esterilizar los espacios para eliminar los virus, lo que no ocurre en el campo o en las regiones con inmigrantes, donde mujeres tienen a sus bebés, por ejemplo, en las cocinas, los espacios más calientes de las casas.

Y esto se explica porque en la cultura andina, indica Rolando Chirinos, coordinador de la organización Médicos del Mundo de España en Bolivia, el frío es sinónimo de muerte y esta percepción se complementa con la creencia de que las salas biomédicas tienen mucha luz, son de azulejos y poseen una cama de metal, lo que es relacionado con la defunción.

La razón para que las matronas mantengan calurosa la habitación donde las gestantes dan a luz, explica el tocólogo y amauta Paz Alí, se debe a que el cuerpo de la embarazada se asemeja a un plástico que se estira cuando se calienta, o sea, el calor permite que el cuello de la matriz por donde saldrá el niño se extienda con facilidad. Para apoyar esto, continúa, se entibian las frazadas y las camas, se llena el cuarto de vapores y se le da de beber mates recién preparados a la futura madre, sean de q’oa, de manzanilla o de orégano.

La partera Francisca Payi ofrece sus servicios en El Alto y resalta que otro factor por el que ella y sus colegas son muy requeridas es que brindan una atención sin maltratos: comparten con las gestantes como si fueran amigas, por lo cual les tienen confianza. Y la familiaridad en torno al parto igual está relacionada con el idioma, postula Alí, es decir, hablar quechua, aymara u otra lengua ayuda a un mejor entendimiento entre matronas y pacientes.

En consonancia, el antropólogo y sociólogo Esteban Ticona remarca que la mujer indígena confía en la gente que es conocedora de su cultura y que comprende y practica su idioma. Opina que en la biomedicina impera una especie de frialdad y deshumanización porque no considera terapias naturales como la dotación de hierbas.

Aparte de los problemas de acceso a servicios de salud, analiza el Fondo de Población de las Naciones Unidas, otros puntos que evitan que gestantes recurran a un establecimiento de salud son las normas sanitarias, la adecuación cultural, el idioma y la crisis de personal capacitado. En las tierras altas priman las barreras culturales y en las bajas, la falta de accesibilidad geográfica.

Eyzaguirre postula que hay mujeres que tampoco van a los hospitales por temor a perder la placenta, un órgano que tras tener a su retoño en casa recuperan para hacerlo secar y elaborar una infusión para ahuyentar el sobreparto o enterrarlo con una ceremonia. Argumenta que en nosocomios existen denuncias que involucran a enfermeras y otros empleados en la venta de placentas a laboratorios farmacéuticos.

En la cosmovisión de los pueblos indígenas también se da importancia al corte del cordón umbilical. Hay regiones donde las matronas utilizan restos de cerámica o de botella para cercenarlo. Su tamaño igualmente es importante. Matronas entrevistadas informan que el corte, desde el ombligo del recién nacido hasta la placenta, no debe sobrepasar la dimensión de un pulgar o de tres dedos. En caso de exceder esa longitud, dictan las creencias, la persona puede ser lenta, débil o infiel cuando crezca.

CAPITAL. Angélica Ayala, profesional de la Dirección de Medicina Tradicional del Viceministerio de Medicina Tradicional e Interculturalidad, adiciona que embarazadas prefieren la calidez de sus domicilios porque no se imponen restricciones para que sean acompañadas por sus allegados durante el alumbramiento. Más aún, allí pueden disfrutar de una sopa de pollo o de cordero después del nacimiento, mientras que hay nosocomios donde la comida es un problema.

Este tipo de costumbres, manifiesta Eyzaguirre, están arraigadas no solo en municipios rurales, sino en las ciudades. Un claro ejemplo es El Alto, por su alto índice de inmigrantes del campo. Las estadísticas son contundentes. El censo de 2012 reveló que en esa urbe 36,5% de las madres (69.159 de un total de 189.417) dio a luz en sus viviendas o en otro lugar que no sea un centro de salud. Este porcentaje llega a 21,3% en la capital potosina; 20% en la orureña; 17% en Sucre (Chuquisaca); 16,2% en la paceña, 15,5% en la cochabambina; 15,2% en Cobija (Pando); 15% en Trinidad (Beni); 14,1% en la tarijeña y 10,1% en la cruceña.

María vive en la zona alteña de Villa Tunari. Vio nacer a sus tres hijos en el cuarto que comparte con ellos y su esposo. Acudió a una tocóloga porque tiene miedo a los hospitales, porque allí un desconocido le revisaría sus partes íntimas. Y es que en las áreas rurales del país, sostiene Ayala, no solamente mujeres, sino que esposos están en desacuerdo con que sus parejas sean vistas desnudas por extraños, como los médicos. Es una de las expresiones del machismo.

Lo que acontece en El Alto demuestra que una parte de las gestantes no recurre a los servicios de salud porque éstos no cumplen con sus necesidades, opina Chirinos, quien no encuentra otra explicación para que un tercio de las madres de este municipio dé a luz en sus hogares, cuando allí no hay dispersión ni problemas geográficos para que ellas accedan a atención médica.

“Entonces, ¿la oferta pública no tendría que estar dialogando con las parteras para intentar adecuarla a la demanda esperada? Éste es el ejercicio que se empieza a impulsar y en el cual se está trabajando”, postula con respecto a los alumbramientos con adecuación cultural que ya se promueven en contados municipios del área rural como Patacamaya, en la provincia Aroma, donde se armaron “salas calientes” (más datos en el reportaje de las páginas 14 y 15).

Programa. La OPS/OMS igual menciona que la inmigración a El Alto “repercute trascendentalmente” en la forma en que se atiende el parto en su territorio, por lo que un porcentaje importante de su población todavía acude a las matronas, pero con una característica integradora: el acompañamiento del personal calificado en el marco del programa Mi Salud, implementado en suelo alteño con la ayuda del Gobierno, para brindar servicio gratuito en las casas.

Al respecto, el Fondo de Población de las Naciones Unidas subraya que la falta de una adecuación cultural en los servicios de hospitales y la saturación de éstos incentivan una alta presencia de matronas en esa ciudad, “las cuales son requeridas para cubrir las necesidades que no son cubiertas por el sistema de salud, especialmente por temas de atención a domicilio y la cercanía de la mujer con el entorno familiar, así como el respeto a sus costumbres y sus valores”.

No existe un censo actualizado de las tocólogas en el territorio nacional. O sea, no se sabe cuántas operan en El Alto. El representante del Consejo Nacional de Medicina Tradicional, Vidal Montaño, calcula la vigencia de dos centenares de parteras, que cuentan y no con autorización, en el campo y el área urbana. Adelanta que se realiza un registro de éstas y de médicos naturistas junto a la Dirección de Medicina Tradicional, que se acabará en dos o tres años.

Respecto a La Paz, Freddy Ayala, directivo de la Asociación Departamental de Medicina Tradicional, informa que se tiene registradas a 25 matronas, aunque se estima que hay al menos 100 repartidas en ciudades y comunidades rurales. Complementa que su sector cuenta con medio centenar de organizaciones en este departamento y que la cifra asciende a 80 en el ámbito nacional.

Un diagnóstico del Viceministerio de Medicina Tradicional e Interculturalidad manejaba hasta el año pasado la presencia de 173 parteras en Bolivia. Sin embargo, un relevamiento de datos hecho por Informe La Razón con la ayuda de ocho Sedes y el Centro de Medicina Tradicional del municipio paceño, devela que hay al menos 475 tocólogas, de las cuales 219 se encuentran en la región occidental: 100 en La Paz (diez en El Alto), 82 en Potosí y 37 en Oruro; mientras que 109 están en las tierras bajas: 53 en Santa Cruz, 42 en Beni y 14 en Pando; otras 108 en el sur: 68 en Tarija y 40 en Chuquisaca, y 39 en Cochabamba (revisar la infografía de la página 12).

Doris es vecina del barrio alteño de Rosas Pampa. Tiene tres retoños y no quiere saber de hospitales porque no hay un servicio amable. Confía en su matrona, quien le permitió dar a luz sin complicaciones. Pero no todas tienen su suerte. El Sistema de Urgencias Médicas de El Alto (SUMA-161) indica que de las 2.757 emergencias atendidas en esa urbe de enero a agosto, 49,7%, es decir, 1.370 casos fueron por alumbramientos y la mayoría derivados de domicilios en los que se presentaron problemas con el trabajo de parto.

Para evitar estos contratiempos, el coordinador Chirinos recomienda que es necesario que la medicina tradicional y la biomedicina se articulen, porque la primera ha respondido a las demandas de la población mucho antes que la segunda y por ello sigue viva en el campo y las zonas urbanas donde residen inmigrantes. Aclara que se plantea una complementación y que los servicios de salud del Estado empiecen a adecuar sus ofertas a esto como parte de la política de Salud Familiar Comunitaria Intercultural (Safci) que el Órgano Ejecutivo impulsa en el país.

EL REPORTAJE COMPLETO EN LA EDICIÓN ESPECIAL DE INFORME LA RAZÓN, QUE CIRCULA ESTE LUNES 22 DE SEPTIEMBRE JUNTO A NUESTRA EDICIÓN IMPRESA.

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