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El triste oficio del periodismo

La Paz el 19 de febrero de 2002 siempre estará asociada a una historia personal que ocurrió días después de la catástrofe. Diez años después, una amiga me pide escribir de aquel “martes negro” y es para honrar su amistad que ahora lo intento. Para mí, la memoria de la riada que asoló

Espera. El 20 de febrero, decenas de personas fueron a la morgue del Hospital de Clínicas para ver si allí se encontraba la persona que el día anterior salió de casa y no volvió.

Espera. El 20 de febrero, decenas de personas fueron a la morgue del Hospital de Clínicas para ver si allí se encontraba la persona que el día anterior salió de casa y no volvió. Foto: Archivo Ángel Illanes

La Razón / David Busto y Mabel Franco / Madrid y La Paz

12:14 / 17 de febrero de 2012

De lo que sucedió aquella tarde cruel poco puedo decir: simplemente, no lo viví. La redacción del diario estaba tan lejos, tan al sur, tan por encima de todo, que asistí al drama por televisión. Recuerdo que salí a la puerta del galpón de Auquisamaña y desde allí divisé cómo la más negra de las nubes se extendía sobre la ciudad de La Paz…  Ya de noche, fue una experiencia irreal regresar a la ciudad, a los lugares cotidianos por donde habíamos pasado esa misma mañana, y encontrar en todo un rastro de barro y destrucción.

Misión. A los pocos días, en el periódico se propusieron poner rostro humano a las estadísticas de la tragedia. Me cayó en suerte uno de los casos más tristes, el de una pareja muy joven cuyo coche arrastró la mazamorra en algún punto indefinido entre Achumani y Obrajes. Con ellos viajaba su bebé de tres meses.

Conservo el reportaje que escribí entonces. “Mierda de oficio”, así comenzaba. Nunca como aquellos días me pareció más sucia la profesión de periodista, nunca tuve tantas dudas sobre nuestra misión. Me rebelaba contra la coartada del “interés público”, esa que parece autorizarnos a profanar el dolor ajeno. Era tan fácil regodearse en el morbo fácil usando nobles palabras y afectando pena… ¿De qué iba la huevada? ¿De llorar a los que se fueron? ¿De confortar a los vivos, a quienes se libraron? ¿O se trataba, llanamente, de vender más periódicos, de comerciar con lágrimas? Estas cosas me preguntaba yo, mientras seguía a la comitiva fúnebre desde una distancia de cincuenta metros, con un miedo inmenso a decir quién era, a que me reconocieran.

Al día siguiente, mareado por los nervios y el hambre atrasada, me vi llamando a la puerta de aquellas dos abuelas que llevaban encima todo el dolor del mundo y que, al verme roto, me tuvieron que consolar… ¡ellas a mí! Dentro encontré un montón de sillas alineadas, rastros del velorio, fotos de familia… y un huérfano de dos años —menudo, listo, hermoso— que a ratos lloraba agarrado a las faldas de sus abuelas. En ese momento, me parecieron tan fuertes esas señoras…

Me costó decir que era periodista, me avergoncé de serlo. ¿Qué pintaba yo allí?, ¿y si estuviera yo en su lugar?, les dije. Ese quebrarme, ese perder la compostura salvó su desconfianza. Hablamos toda la tarde de sus hijos, hasta que se hizo de noche. Por un momento, me pareció haberlos conocido. Por un momento, olvidé lo que me había llevado a esa casa.

Con mis mejores sentimientos, me despedí prometiéndoles un homenaje ingenuo: escribir de Marco Antonio y Marisol, recordar cómo eran.Convocamos a sus mejores amigos y les tomamos una foto mientras depositaban en su tumba un ramo de flores. La doble quedó bonita.Los habían enterrado en el Cementerio Jardín, así que la foto me pareció más serena que lúgubre.

Acabo de volver a leer aquel reportaje: parece que lo hubiera escrito otra persona. Lo encuentro tan sobreactuado, tan henchido de adolescencia, pero sé, con permiso de Pessoa, que había un dolor real en el dolor que entonces fingía.

He de decir que ya no vivo en Bolivia, que hace años que no escribo, que no volví a trabajar en un periódico. Hoy entiendo algunas cosas que no entendía… Y al huerfanito la cara no se le ve en esta foto que aún conservo, pero recuerdo sus ojos.

Las voces del dolor hacen eco incluso ahoraSirena de ambulancia, cuerpo bajo una sábana, gritos... Es quien se buscaba. El 20 de febrero de 2012, en un día nublado, me aposté en la morgue del Hospital de Clínicas. Se me había encomendado la misión de informar sobre la posible llegada de cuerpos a ese lugar en el que las esperanzas también mueren.

Es desagradable la sensación de ser un observador, un curioso, un metiche que está a la pesca del drama. No importa cuánto cuidado se ponga en ese momento, igual se es un extraño para quienes, hundidos en el dolor, no escuchan nada, no ven nada salvo la sirena de las ambulancias y los cuerpos debajo de una sábana.

Confundida entre la gente que buscaba a un familiar, a un amigo perdido el día de la granizada, esperé también. Sirena, conmoción, nervios, mucha gente agolpándose alrededor de la puerta trasera del vehículo blanco. De pronto, gritos, llanto desesperado: alguien había encontrado al hijo, a la hermana, al padre.

No vi ni un cadáver. No puedo. A diferencia de los colegas, que corrían junto a los familiares e inclusive tomaban fotos, me quedé a un costado, con los ojos cerrados. Se me grabaron los gritos: “Es el papá”, “es mi hijita”...  Esas voces de dolor, sin imágenes, sin fotos, hacen eco, evocan algo interno de cada persona: nadie está a salvo de sufrir así. Ojalá no, pero puede ser. Y ese estremecimiento es el que va dictando la nota.

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