La Gaceta Jurídica

El paso de un bando a otro

En efecto, si bien es cierto que el sistema democrático de gobierno encierra una serie de principios y valores como el pluralismo o la tolerancia, empero, ello también exige un mínimo de seriedad de los actores políticos, quienes deben comprender que en el momento que participan de una elección o abrazan una opción política, su decisión ya no depende sólo de ellos, sino del colectivo del cual participan.

La Gaceta Jurídica / Henry A. Pinto Dávalos*

03:23 / 29 de enero de 2013

Panorama electoral

Cómo explicar que un ex militante del MIR, electo alcalde por una agrupación política (UNE), acabe de la noche a la mañana jurando al MAS, partido al cual enfrentó y defenestró electoralmente?

Seguramente, algunos podrán decir que esa es la mejor muestra de la escuela mirista, donde se enseñaba que en política “todo vale” y que “el fin justifica los medios”; otros, en cambio, podrán alertar que se trata un caso más del “transfugio político”, donde el militante de una organización la traiciona y se pasa al bando contrario, sin embargo, creo que el tema trasciende estas perspectivas éticas o legales, puesto que afecta al mismo sistema democrático de gobierno y, en su caso, a su legitimidad ante la opinión pública.

En efecto, si bien es cierto que el sistema democrático de gobierno encierra una serie de principios y valores como el pluralismo o la tolerancia, empero, ello también exige un mínimo de seriedad de los actores políticos, quienes deben comprender que en el momento que participan de una elección o abrazan una opción política, su decisión ya no depende sólo de ellos, sino del colectivo del cual participan, de la gente que los apoyó y que persiguen una idea –aunque sea ambigua– de lo que anhelan y aspiran, siendo justamente esa, la esencia de la democracia, es decir, el respeto al electorado, a la gente a la cual uno representa. Ahí la legitimidad no sólo de los actores, sino del mismo sistema, el cual exige una cierta ética, compromiso y coherencia en su accionar.

En el caso expuesto, se tiene que, simplemente, un alcalde (Charles Becerra) que hace unos cuantos meses atrás se enfrentó al MAS (partido de gobierno) representando a una agrupación ciudadana opositora, ahora, sin mediar más justificativo que un par de frases ambiguas y poco convincentes, se pasa al bando contrario, desconociendo el sentimiento de la población que votó por lo que él representaba, en una actitud tan poco responsable como ética y honesta, hecho que cuestiona y pone en tela de juicio la validez de la misma democracia, puesto que con este tipo de actitudes la gente, al sentirse traicionada, entiende que es un sistema de gobierno débil, carente de principios, que no representa ni canaliza sus demandas  y que al final, se reduce a un juego entre los “más vivos”.

Esta reflexión, sin embargo, no quedaría completa si no se considera (y evidencia) la actitud del mismo Gobierno, que de un tiempo a esta parte, parece haber mermado en sus convicciones, tranzando con moros y cristianos (ex adenistas, miristas, emeneristas, etc.), olvidando que fueron parte de –como dicen ellos– la “vieja partidocracia neoliberal”, sin considerar los efectos que ello puede desencadenar sobre la legitimidad tanto de la democracia, cuanto del mismo Estado Plurinacional y del Gobierno que por ganar elecciones está desdibujándose, perdiendo credibilidad, replicando los viejos vicios de los partidos tradicionales, que bajo la excusa de construir un “centro democrático”, acabaron prostituyendo el sistema con los resultados que ahora sabemos.

* Es catedrático de la carrera de Ciencia Política/UMSS.

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