La Gaceta Jurídica

La filosofía y el Derecho

La filosofía, sin duda, ha formado y forma parte del acervo cultural de Occidente y está presente como un componente fundamental de la formación de todas las profesiones intelectuales del hombre occidental, también de los juristas.

Foto: arrudacoc.blogspot.com

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La Gaceta Jurídica / Juan Antonio Martínez

00:00 / 24 de mayo de 2013

Lo que quiero poner de manifiesto la filosofía para los juristas. Creo que por todos es compartida la importancia de todas las disciplinas humanísticas, en gran medida es debido a que nosotros vivimos en una tradición cultural, la occidental, que no se entiende sin una serie de elementos que son constitutivos de la misma, y uno de esos elementos es el pensamiento filosófico.

La filosofía, sin duda, ha formado y forma parte del acervo cultural de Occidente y está presente como un componente fundamental de la formación de todas las profesiones intelectuales del hombre occidental, también de los juristas. Aunque parece que el Derecho romano, base del Derecho occidental, surgió con una cierta independencia de la filosofía griega, lo que no cabe duda es que la elaboración doctrinal del mismo está fuertemente impregnada de las categorías conceptuales de los filósofos griegos.

Pero, sobre todo a partir de la Edad Media, el estudio sistemático en las universidades, tanto del Derecho como de la filosofía, ha introducido una conexión entre ambos que hace que sean indisociables y que podamos decir que el jurista estudioso y el práctico no pueden prescindir de las apreciaciones y de las consideraciones filosóficas en su actividad.

Importancia de la filosofía

La importancia de la filosofía es algo que sólo se comprende, aunque no del todo, cuando se ha pasado por ella; podemos considerar fuera de discusión que cuanto más se profundiza en las cuestiones de que trata más se acrecienta la conciencia de la necesidad de ocuparse de ella. En toda aproximación a la filosofía parece obligado señalar razones de su importancia, pero se convierte en algo reiterativo debido a que nunca tenemos una comprensión acabada de los problemas que se plantea.

Se puede decir que la filosofía tiene un papel histórico extraordinario, los pueblos sin filosofía viven prisioneros de un cauce histórico inmemorial. Algo que, de forma un poco exagerada, Hegel expresa diciendo que un pueblo sin filosofía es un monstruo; no es consciente de sí mismo como sujeto de la historia universal.

Por otro lado, los problemas de los que se ocupa la filosofía conciernen realmente al ser del hombre, pero no al hombre en general sino al concreto, le interpelan en la concreción de su existir, es una apelación o llamada que se le dirige para que se clarifique consigo mismo, tome sus propias decisiones y asuma sus responsabilidades (1). Por eso, ningún hombre considerado como ser consciente puede prescindir de la filosofía.

Pese a que el planteamiento de cuestiones filosóficas tiene utilidad práctica y ayuda a comprender problemas humanos, se caracteriza porque la filosofía tiene valor intrínseco, vale por sí misma con independencia de cualquier utilidad que se pueda sacar. Con la filosofía, como con el arte, la literatura, la teología, la historia, no se trata de aprender un oficio en el sentido técnico, sino de interesarse por la verdad, la belleza, el bien, la justicia, etc.

Indudablemente la filosofía ayuda a pensar y a estructurar el pensamiento de modo riguroso y libre. Por ello es tan importante en la educación y en la enseñanza, especialmente del Derecho, pues como ha dicho Kaufmann con acierto “El estudiante que ha aprendido un pensar críticamente reflexivo queda pertrechado para toda su vida. Un sistema de proposiciones filosóficas por el contrario se habrá reconocido como inútil al poco tiempo o simplemente se olvidará” (2).

Forma parte la filosofía del acerbo cultural, es difícil ser culturalmente occidental sin plantearse, al menos implícitamente, los problemas de su tradición filosófica. Ciertamente, la tradición de Occidente, antirrelativista, al ocuparse de estos problemas, no los trata como característicos o específicos de un pueblo particular, sino que entiende que afectan a cualquier hombre y que reflejan una preocupación por lo universalmente humano.

Tienen relación directa con la preeminencia del hombre respecto a otros entes, lo que, según Heidegger, consiste en la comprensión del ser, lo que significa que el hombre existe comprendiendo el ser y que el hombre no se ocupa de la ontología como una cosa más o que la ontología no es una ocupación posible del hombre, sino que es inevitable porque el hombre es el ente ontológico y fuera de la relación constitutiva del hombre con el ser no hay hombre.

Caracterización de la filosofía

Frecuentemente, aparte de las definiciones reductivas de escuela, la filosofía se caracteriza por su fenomenología histórica. En el proceso de desenvolvimiento que ha dado lugar a su propia configuración histórica, la filosofía pasa por su consideración como sabiduría o amor a la sabiduría. Es el sentido etimológico original dado por Pitágoras frente a los pensadores que se consideraban sabios, por modestia, se llama sólo “amante de la sabiduría” según una tradición que Cicerón atribuye a Heráclides el póntico, discípulo de Platón (3). La sabiduría, al menos como ideal, es el punto de referencia de la búsqueda de todo conocimiento, que vislumbra que es posible trascender la apariencia inmediata de las cosas y alcanzar lo absoluto.

Algo que se mantiene en la Edad Media, cuando, por influencia del cristianismo, se añade a la filosofía, considerada como un conocimiento obtenido a la luz natural de la razón, el conocimiento de la realidad que se obtiene por revelación divina. Luego se ha buscado una separación de ambos conocimientos, pero parece que debemos considerar la advertencia de Jaspers:

“Si se abandonara y olvidara la religión, cesaría también la filosofía propiamente dicha, surgiría una desesperación irreflexiva ignorante de sí misma y un modo de vivir centrado en el instante, aparecería el nihilismo y, con él, la superstición caótica. A la larga, la misma conciencia se iría también a pique. Las preguntas humanas fundamentales –qué es el hombre, qué puede ser, qué fin le aguarda– no inquietarían más y dejarían de plantearse seriamente. Disfrazadas con ropajes nuevos, recibirían fácticamente respuestas incomprensibles para el existente humano” (4).

En la modernidad, la aspiración de la filosofía es constituirse en la “ciencia de la ciencia en general” (5) de Fichte, que permitiría establecer un principio seguro del saber humano que se desarrollaría a partir del mismo, dando lugar al sistema representativo de todo conocimiento humano, pero no implica que la filosofía no sea más que la representación científica de ese sistema (6). Igualmente en Hegel (Fenomenología del Espíritu) aparece como una automediación de la ciencia especulativa con la conciencia natural, pero no es propiamente una forma de acceso del sentido común (conciencia natural) al saber absoluto. También considera a la filosofía como la aprehensión del tiempo histórico en el pensamiento. Así la filosofía es la ciencia de la experiencia de la conciencia, pero presupone la autocomprensión de la filosofía a la que se dirige como meta, pues se representa su propio movimiento.

Frente a la visión fenomenológica de la filosofía por su historia, que sólo ve en ella una sucesión de ideas o sistemas, donde unas desplazan a otras, según la ciencia la visión cientifista del y progreso que considera que cualquier futuro será siempre mejor que el pasado, debemos considerar otro punto de vista.

El sentido de la filosofía con valor intrínseco que sostengo, y parte del valor permanente del auténtico pensamiento, puede entenderse como una concurrencia de ideas que cotizan y que retoman puntos de vista olvidados pero no perdidos, pues, “no sólo para Hegel y para su método dialéctico es válido que la filosofía no progresa, sino que tiende a regresar a todos sus caminos y a todos los rodeos que ha dado” (7). Debemos tener en cuenta que, desde el punto de vista de la hermenéutica, toda ciencia no sólo describe y ordena hechos o fenómenos, sino que los comprende e interpreta (8) y, con MacIntyre, cabe afirmar que “así como los resultados de las ciencias se juzgan a fin de cuentas en función de la historia de esas ciencias, los logros de la filosofía se juzgan en última instancia en función de la historia de la filosofía: la historia de la filosofía es, en este sentido, la parte de la filosofía que manda sobre el conjunto de las diversas áreas que la componen” (9).

No podemos decir que es pura teoría, que está de sobra o sea completamente superflua o consista en mera erudición, pues sólo sobran las malas teorías, pero para saber cuándo es mala teoría hace falta otra (como el pensamiento sólo se niega con el pensamiento, luego el pensamiento necesariamente existe).

Este es el sentido que ha pretendido dar el cientifismo, que a lo sumo la entiende como un paso de un proceso emancipador destinado a diluir el pensamiento en información. Frente a ello está la evidencia de que el científico no puede decidir el origen y destino de los hombres en virtud de su competencia científica (Ratzinger), en contra de lo que actualmente se pretende.

Del mismo modo, aunque se critica a la filosofía por ser abstracta, la filosofía parte de una precomprensión o preinteligencia de un proceso sobre la argumentación o el razonamiento, así como un consenso acerca del mismo, esto significa que la filosofía no puede prescindir de la precomprensión que facilita el sentido común, que no puede hacer tabula rasa del método ni del contenido del conocimiento, que no puede partir de un conocimiento exento de supuestos (frente a la pretensión del racionalismo). La viabilidad del sentido común permite superar el proceso circular en el origen de la filosofía. Ello no supone renunciar a justificar el concepto de filosofía, tanto racionalmente como históricamente.

La filosofía dominante en Occidente marca la huella del sentido común, las distinciones de Platón y Aristóteles, pasaron, a través del griego y el latín, a las lenguas europeas, aunque “sólo profundos análisis y estudios de semántica comparada nos permiten tomar conciencia de la dependencia” (10).

Platón introdujo pares filosóficos como apariencia y realidad, opinión y ciencia, cuerpo y alma, devenir e inmutabilidad, humano y divino; Aristóteles introdujo otras nociones: acto y potencia, subjetivo y objetivo, individual y universal, lenguaje y pensamiento, accidente y esencia, relativo y absoluto, medio y fin, teoría y práctica. Spinoza: imaginación y entendimiento, universal e individual, abstracto y concreto, esclavitud y libertad, y Kant y Hegel, forma y contenido, metafísica y dialéctica, entendimiento y razón, nociones que forman parte tanto de nuestro lenguaje ordinario como científico y que dan forma interna a todas nuestra representaciones del mundo.

La sucesión de sistemas ha dado paso en gran medida a la persistencia de los problemas, así, la Problemsgeschichte (historia de los problemas), parte del fracaso del sistema o de la opinión idealista de que hay un sistema universalmente válido, pues “todo sistema es unilateral, es una perspectiva más o menos parcial de la verdad, no es la verdad en sí misma. No obstante los problemas presentes en las diversas formas de sistematización son estables e idénticos y contando con ellos, es posible hacer la historia de la filosofía... Mas, ¿qué es un problema?... es algo que bloquea el progreso del conocimiento” (11).

Respecto al problema hay una “diferencia entre ciencia y filosofía. En la ciencia el problema es algo que no permite continuar con las explicaciones aceptadas y que exige nuevas experiencias, nuevas teorías. Por eso el emerger de un problema, en las ciencias, es la primera etapa para realizar un progreso... La demostración de las consecuencias de una teoría no es el único punto decisivo del conocimiento científico... El problema es encontrar una pregunta fecunda: ésta es la cuestión decisiva de la creatividad de la ciencia y no la verificabilidad o la falsabilidad como pretende el dogmatismo de Popper”.

“De todas formas, diré que las ciencias tienen la función de resolver los problemas. Lo que sucede es que hay problemas que están fuera del dominio y de las posibilidades de las ciencias. Es entonces cuando la filosofía responde de manera distinta, pues reconoce que no es posible resolver estos problemas, pero no por ello los considera carentes de importancia. En efecto no es cierto que cuando un problema no sea falsificable no constituye una cuestión para el pensador. Precisamente por eso encontramos la teoría del problema en los Tópicos de Aristóteles”... “El problema excluye su estabilidad” (12).

Puede entenderse la filosofía como debate milenario (13) en busca de la verdad. Se puede considerar, realistamente, que “La filosofía no es una disciplina que proporcione soluciones definitivas, y el descubrimiento de que la última opinión –aunque sea la de uno mismo– todavía no llega a aclarar el misterio es una característica de este trabajo, cuando se hace bien” (14). Lo importante es cómo se seleccionan los participantes relevantes en ese diálogo. El problema es que puede dar la impresión de que es inconcluyente o banal e intrascendente o mera distracción, lo que choca con la pretensión de verdad y con el carácter acuciante de los interrogantes filosóficos.

En este sentido las críticas, esenciales en la filosofía, no la destruyen, la consolidan, porque la filosofía se somete a una revisión de sus propios supuestos y progresa con las críticas.

Conexión con el derecho

Al ver la relación de la filosofía con el Derecho podemos analizar, de un lado, el condicionante histórico que el pensamiento filosófico ha ejercido sobre el Derecho, que es un objeto de estudio ineludible para la filosofía, pero también, podemos preguntarnos ¿qué nos dice la filosofía sobre el Derecho? o ¿qué necesidad tiene el Derecho de la filosofía?

Aunque el Derecho romano surge con una cierta independencia del pensamiento griego, no cabe duda que sus categorías conceptuales se han forjado con los modelos del pensamiento griego y sobre todo su estudio científico ha ido ligado al estudio de la filosofía.

La función de la filosofía del Derecho no puede consistir en una simple crítica al Derecho vigente, ni a la ciencia jurídica, que sería compartida por otras vías de crítica (de los economistas, del poder político, textual de las leyes, de los medios de comunicación, de los ciudadanos afectados por la justicia, etc.), sino que proporciona el “humus” en el que el Derecho tiene sentido humano.

Sin duda, los conceptos básicos o fundamentales de las principales ciencias o ramas del saber, incluido el Derecho, son filosóficos; también los problemas fundamentales de todas las ciencias lo son y, por lo general, la filosofía reconsidera el planteamiento unidireccional de los problemas de cualquier ciencia, especialmente del Derecho, que no puede ser indiferente a los cambios de orientación filosófica, pues “toda filosofía original, que introduce una nueva visión del mundo, va acompañada de una nueva analogía fundamental que tiende a mostrar que lo que hasta ese momento se consideraba real es sólo apariencia” (15) y la contraposición entre realidad y apariencia es un caso típico de disociación de ideas.

En el campo del derecho las nociones de libertad, de persona y de hombre, de orden moral y social, de culpa y de mérito, de voluntad y de autoridad, justicia y agravio, que son netamente filosóficas, resultan claves, siempre hay alguna referencia filosófica tras las argumentaciones jurídicas. Las principales definiciones generales de derecho tienen vinculación a un sistema filosófico, sin cuya conexión no se entienden. Los caracteres de Derecho están igualmente condicionados por coordenadas filosóficas. De esto modo, igual que contribuye a dotar de sentido a la vida y a la historia que, en ausencia de la filosofía, se traduciría en sinsentido y sinrazón, también se dota de sentido al derecho.

Lo dicho por Jaspers sobre la religión es aplicable al Derecho, donde la tensión y el esfuerzo se relacionan con la consecución de la justicia y cuyo abandono dejaría al sistema jurídico en una simple técnica o un juego que, lejos de proteger lo humano, lo instrumentalizaría, es lo que ya podemos percibir en la vida actual.

Estimo que el jurista no puede prescindir de la filosofía ni renunciar a ella por la dificultad de su comprensión. Hay filósofos que buscan la claridad (Ortega), otros el rigor y otros un cierto hermetismo (Heráclito, Heidegger) y aunque lo obtuso ha gozado de un extraño prestigio, como si ser incomprendido fuera siempre una garantía de que se tiene razón (16) y, aunque se pueda decir que la filosofía consiste en decir de un modo que nadie entienda lo que todo el mundo sabe (Jacinto Choza), todo el mundo sabe algo de filosofía y, por eso, la filosofía no admite monopolio (17).

“Las dificultades pertenecen a la vida de la filosofía; por eso decía que un pensador que no ha sospechado varias veces que es tonto, no es filósofo. Las críticas extrañas a la filosofía, dirigidas a ella desde fuera, son superficiales” (18), pero vista desde fuera o dentro entraña una cierta dificultad y podemos preguntarnos “¿por qué es tan complicada la filosofía? Debería ser simple. La filosofía desata los nudos de nuestro pensamiento, que hemos liado de manera absurda; pero para deshacerlos, ha de hacer precisamente unos movimientos tan complicados como los nudos. Aunque el resultado de la filosofía sea sencillo, sus métodos para llegar allí no pueden serlo” (19).

Sin duda, tiene que ver con que “la imposibilidad de presentar lingüísticamente de manera adecuada los objetos de la filosofía radica en última instancia en la analogicidad de estos objetos. El significado de palabras como “el ser”, “lo verdadero”, “lo bueno”, “lo justo”, no puede aprehenderse inductivamente ni concluirse deductivamente.

Así lo que se entiende por maltrato o acto deshonesto en un código sólo se puede entender con ejemplos que dependen de juegos lingüísticos institucionalizados, con modelos de conducta acostumbrados, estereotipos, estándares, etc. Ello introduce inseguridad jurídica, pues el significado legal depende de modelos de conducta variables en juego. Esto hace que, a mi juicio, la auténtica filosofía busque la comprensión del significado desde una perspectiva más amplia y más profunda y compleja, que el juego del lenguaje, desde el hombre, desde la realidad o desde Dios.

Notas

1. Cfr. ABAGNAMO; N., Introducción al existencialismo, p. 7.

2. KAUFMANN; A., Sentido actual de la filosofía del derecho, en “ACFS”, p. 8.

3. CICERÓN; M.T, Tusculanas, V, 3, 8.

4. JASPERS; K., Lo trágico, p. 42-3.

5. Ibídem.

6. BAUMGARTNER; Hans Michael, KRINGS; Hermann, WILD; Chris­toph, voz Filosofía, en Id. y otros, “Conceptos Fundamentales de Filosofía”, p. 132.

7. GADAMER; H.-G., Arte y verdad de la palabra, p. 46.

8. OSUNA FERNÁNDEZ-LARGO; A., El debate filosófico sobre hermenéutica jurídica, p. 8.

9. CONESA; F. y NUBIOLA; J., Filosofía del lenguaje, p. 50; Cfr. MACINTYRE; A. The Relationship of Philosophy to its Parts, p. 47.

10. PERELMAN; Ch., La lógica jurídica y la nueva retórica, p. 173-4.

11. GADAMER; H.-G., El inicio de la filosofía occidental, p. 29.

12. GADAMER; H.-G., El inicio de la filosofía occidental, p. 29-30.

13. GADAMER; H.-G., Arte y verdad de la palabra, p. 14.

14. PUTNAM; H., Realism which a Human Face, p. xxxviii.

15. PERELMAN; Ch., La lógica jurídica y la nueva retórica, p. 173.

16. INNERARITY; D., La filosofía como una de las bellas artes, p. 83.

17. INNERARITY; D., La filosofía como una de las bellas artes, p. 130.

18. POLO; L., Introducción a la filosofía, p. 50.

19. WITTGENSTEIN; L., Philosophical Remarks, Blackwell, Oxford, 1975, p. 52.

Es profesor titular de Filosofía del Derecho, Moral y Política I, Facultad de Derecho, Universidad Complutense de Madrid.

Tomado de: pendientedemigracion.ucm.es

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