La Gaceta Jurídica

¿Qué es la filosofía del Derecho? (1)

(Parte I)

Foto: julianyepez.blogspot.com

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La Gaceta Jurídica / Lino Rodríguez-Arias Bustamante

00:00 / 04 de junio de 2013

El saber filosófico y los valores

El filósofo del derecho vive interrogándose en el afán de obtener respuestas definitivas, por cuanto es un ser eminentemente racional, intuitivo y crítico. Después del resultado de sus investigaciones el científico tratará de verificarlas desde la experiencia.

No obstante, en nuestra época turbulenta, en la que campea a sus anchas la violencia, que atenta a la estabilidad del hombre y de la sociedad, se llegan a poner en tela de juicio la existencia de los valores que teníamos por inalterables y que constituyen el fundamento de la filosofía del Derecho. Por eso nada tiene de extraño que algunos hayan llegado a dudar de la existencia de este baluarte de la ciencia del Derecho.

Sin embargo, los mismos que así piensan no dejan de reconocer que el Derecho no puede reducirse exclusivamente a un conjunto de códigos y leyes, puesto que el mundo jurídico es fecundo y está también integrado por la racionalización de las acciones humanas y las relaciones interindividuales como la construcción sistemática de las categorías jurídicas; pues –ha escrito Michel Villey– no hay experiencia sin apriorismo: los sabios sólo observan a través de los presupuestos, de los conceptos y de un lenguaje dado de antemano.

Porque para superar las divergencias de los lógicos, hemos de mirar por encima de la lógica; hemos de elevarnos a esa disciplina “arquitectónica” que suministra a las ciencias sus definiciones y sus fines a las técnicas. Hemos de volver a gustar de la filosofía (2).

El Derecho, como fenómeno social, es decir, nacido de la misma práctica del hombre en la sociedad, adquiere un profundo relieve cultural en la medida que se incorporan valores a su seno. Así, en la filosofía antigua –nos dice Villey– se incluía el estudio de los valores, el bien, la bondad, la belleza o lo justo y esto no le impedía ser una especie de ciencia objetiva. Los filósofos griegos no admitieron el conocimiento “a priori” a la manera de la llamada filosofía moderna, que ha concebido una “razón pura” subjetiva en el espíritu del hombre, de donde se han extraído los axiomas de moralidad (“imperativo categórico”) o bien las formas racionales a través de las cuales nuestro espíritu concebiría el mundo. Aquí nos viene a la mente la concepción de Kant y del idealismo hegeliano.

En efecto, debemos entender por conocimiento en su sentido verdadero aquel que hace referencia a las cosas exteriores a nuestra conciencia, a nuestra “razón”. Así la filosofía antigua entiende por auténtico conocimiento aquel que mira sobre el mundo exterior o lo cual no impide que en esta realidad incluyamos también a los valores.

Ahora bien, lo que sucede es que nosotros estamos formados en el espíritu de las ciencias modernas, que hacen abstracción de las cualidades y de los valores que están en las cosas; ellas despojan al mundo de su valor, porque tan sólo se atienen a observar los hechos, o la relación entre ellos y, entonces, no importa más que el hecho, solamente la especie de hechos que se refieren a cada especialidad científica.

Por eso el geólogo no tiene para nada en cuenta el paisaje en su composición material, sino las capas en las que es constituida; él no percibe allí la belleza. En un cuerpo humano que es disecado, el anatomista va a fijarse en los músculos; el biólogo se concentrará en las operaciones químicas que se efectúan en cada tejido, etc. Por el contrario, Aristóteles estudia las constelaciones, o los órganos de los animales, y se maravilla de su composición, busca el reconocer su belleza en su relación a una “causa final”.

Él discierne en este orden la mano de una naturaleza artística y la observación de la naturaleza le conduce a proclamar la existencia de un ser espiritual superior (3). Es lo mismo que sucede con la rosa, para el botánico tan sólo le interesa su composición química, mientras que el poeta y el filósofo hacen hincapié en su belleza y en su aroma que son el signo de su espiritualidad.

El realismo espiritualista: Desviaciones en el positivismo

De aquí que el realismo espiritualista, como ha expresado Javier Hervada, consiste en ver el derecho en la  res iusta o cosa justa, a la manera de Aristóteles y Tomás de Aquino, por cuanto que si el filósofo busca la verdad, el filósofo del Derecho pone su punto de mira en la justicia, de donde que el realismo jurídico consiste en ser una teoría de la justicia, estableciéndose una correlación entre el jurista y la justicia, ya que la función de aquél consiste en determinar el derecho de cada uno, lo suyo de cada uno, cuyo suyo es su derecho, por lo cual éste siempre preexiste a la justicia, siendo, por consiguiente, el acto primero, mientras que la justicia, desde el momento que presupone el acto de constitución del Derecho, es un acto segundo (4).

Sin embargo, la filosofía del derecho es un  prius respecto del Derecho, interesándola el mundo jurídico, su conocimiento en relación a la vida, a fin de tomar posición frente a ella de acuerdo a una concepción ideológica, con el objeto de descubrir el significado del Derecho y para qué sirve dentro del destino humano.

En este aspecto, la filosofía del Derecho no puede plantearse subderecho ni superderecho; o sea que la misma no está bajo el Derecho ni sobre él, porque está en posición perfectamente autónoma: además de Derecho es filosofía. De aquí su característica eminentemente valorativa, con lo cual la filosofía del derecho se proyecta en el plano axiológico, situándose en el mundo del deber ser ético.

En consecuencia, la filosofía del Derecho sigue ocupándose de los problemas ontológicos, metafísicos y éticos y, además, en nuestro tiempo, sobremanera, de los problemas sociológicos, sin perder de vista su razón de ser racional e intuitiva; pero por ser también crítica –como lo puede ser también el realismo, así lo entendió Marcic–, tiene que proyectarse en la realidad de las cosas de este mundo, ya que nos da una imagen jurídica de él, lo cual permitirá al jurista contribuir efectivamente al mejoramiento del orden jurídico y, por ende, de la comunidad social.

O, como nos dice Carlos Ignacio Massini. el jurista deja de ser un mero repetidor de las palabras de la ley y realiza la labor que la misma naturaleza de la tarea de jurista exige, que es establecer la medida de la justicia entre los hombres (5).

Esta posición, sin duda, cumple una función práctica desde el momento que se exige al jurista que cuando se ocupe de los fenómenos filosófico-jurídicos tenga también muy en consideración las consecuencias que sus resultados tendrán en la vida comunitaria. Pues hemos de rechazar al tecnócrata o, al mal llamado, ingeniero del Derecho, que tan sólo vive atento al perfeccionamiento de su técnica y a su fidelidad a ella siendo esclavo de las filigranas de su arte olvidando su compromiso social.

Téngase en cuenta la célebre frase ciceroniana,  ubi homo ibi societas, ubi societas ibi ius, (hubo hombre, hubo sociedad; hubo sociedad, hubo Derecho) en la que se pone de manifiesto el íntimo engarce entre derecho y sociedad, que han pasado a constituir una unidad indisoluble, debiéndose hallar aquél en función del progreso social y de la rectitud ética de los seres humanos.

De allí que esta frase de Cicerón tendrá que completarse con esta otra: ubi ius ibi philosophia iuris; pues es imposible imaginar una sociedad dotada de Derecho que no conozca, al mismo tiempo, una filosofía del Derecho. Porque ningún jurista tiene la capacidad de escapar, de un modo permanente, a una toma de posición metajurídica después que la filosofía del Derecho tampoco tiene la posibilidad de no ser, a partir del momento en que existe un Derecho. Tal es la “raison de etre” (razón de ser) de la filosofía del derecho.

Porque la filosófía del Derecho –como ha señalado Marcic– no es un lujo en el ámbito de los estudios jurídicos, sino que su estudio es absolutamente necesario: a) para conocer mejor el Derecho positivo; b) para interpretarlo adecuadamente y c) para que el jurista pueda adoptar, frente a él una determinada actitud crítica (6).Empero rechazamos la posición que tan sólo contempla la filosofía del Derecho a través de la óptica gnoseológica, lógica y sociológica, mutilándola de su fundamentación metafísica y soslayándola de su raigambre ética y, por lo tanto, de su preocupación ontológica, reduciéndola exclusivamente al tema del concepto del derecho y a la metodología para su estudio.

Esta posición que toma fuerza sobre todo a partir de la Ilustración, concibe el mundo histórico como obra esencialmente humana, fruto de un hacer consciente regido por categorías teleológicas. Es verdad que el hombre no es un ejecutor ciego ni un simple espectador del mundo a la manera que lo establece José Ortega y Gasset, sino un cocreador, dándose primacía a la razón y a la voluntad y no desestimándose el método que tanta relevancia tiene en nuestro siglo.No obstante, no puede afirmarse del hombre que es el único constructor de su propio mundo y el artífice de su destino, por cuanto que existen fuerzas espirituales superiores a él que están presentes en la realidad humana como el germen de la semilla en la hermosura de la flor.

Por eso no podemos compartir que la reflexión filosófica del Derecho se agote en el examen de su ser histórico y concreto, ya que el mismo positivismo de Saint-Simón y Comte, rico en destellos espirituales, niega esta visión estrecha y disecada del mundo jurídico. Es indudable que la reacción positivista se hacía esperar ante el camino de abstracciones que tomó la filosofía del Derecho sobre todo en la época del idealismo que culminó en Hegel.

De aquí que se atribuya a Gustavo Hugo el haber sido el primero que se lanzó de modo consciente a la tarea de entender el Derecho como Derecho positivo y, a la vez, como objeto de la reflexión filosófica, dejando de lado a los filósofos en esta tarea y poniéndola en manos de los juristas. De esta manera, la filosofía del Derecho se limita a ser una ciencia de los principios desde los que puede deducirse el Derecho positivo tal como nos es dado en la experiencia (7).

Es triste reconocer que el siglo xx se caracteriza por hallarse dominado por toda clase de positivismos, llegándose a defender que sólo una teoría que es estrictamente ciencia del Derecho puede tenerse como conocimiento válido. Así se reduce considerablemente la grandeza del conocimiento humano que, como venimos sosteniendo, no se extiende únicamente al conocimiento empírico, sino que también al racional, al intuitivo y al crítico centro de un humanismo realista.

Como se ve, se ha producido un empobrecimiento del conocimiento humano. Hoy día el hombre contemporáneo ha desplazado su preocupación por los problemas especulativos hacia el campo de la estrategia científica e intenta tan sólo alcanzar respuestas concretas y verificables a las cuestiones más inmediatas de su existencia (8).

De esta guisa hemos visto que una rama de la filosofía, la más nutrida, ha derivado en una suerte de la lógica y el lenguaje a partir de uno de los grandes pensadores del siglo xx: Ludwig Wittgenstein. Esto ha dado lugar a una copiosa bibliografía muy valiosa, pero difícilmente filosófica, si por filosofía entendemos lo que sostenían los griegos cuando inventaron la palabra; “filo” (amor), “sophia” (sabiduría).

Porque filósofo no es aquel que se especializa en una rama del saber, la lingüística, la lógica o la teoría del conocimiento, sino aquel que “ama la sabiduría, buscando en el conocer las claves para vivir como un “sabio”.

El filósofo como sabio del derecho: las filosofías antigua y moderna

Podemos decir que el filósofo del Derecho es un “sabio” del Derecho, debido a que la filosofía del Derecho es la misma forma del conocimiento filosófico que, sin perder su vocación de universalidad, se proyecta hacia el mundo jurídico, ocupándose no de todo” el ser humano, sino únicamente de lo órdenes sociales que el hombre se da a sí mismo, interesándole el macrocosmos de la vida social, a la vez que por su función ética-jurídica también le interesa el microcosmos personal.

Ya hemos dicho que se dedica a interpretar el mundo jurídico, que es el instrumento que tiene el jurista para comprender el Derecho y sus normas jurídicas, ya que toda dación del Derecho supone aplicación de la norma jurídica superior que asimismo deberá ser interpretada.

Empero, hay más, por cuanto sostenemos que el jurista debe contemplar con “ojos revolucionarios” el Derecho, con lo cual afirmamos que entra en sus propósitos el transformarlo en cuanto que confronta el mundo del deber ser –o de la idea de justicia– con el mundo del ser –o de la realidad legislativa–.

Esta tarea está en disposición de realizarla el filósofo del Derecho por la conciencia universal que tiene de las cosas. Es cierto que hoy día es inimaginable que una sola disciplina pretenda abarcar todo el campo del conocimiento como sucedió en la Antigüedad.

Así tenemos a Aristóteles que en su obra trata de todo, de la moral, la política, las leyes, la retórica, la lógica, la sicología, las matemáticas, la cosmología, la física, para acabar ocupándose de la metafísica. Del mismo modo, en la Edad Media (bien que entonces la filosofía está subordinada a la teología), el conocimiento sigue siendo universal, por ejemplo, se encuentra en Santo Tomás y Alberto el Grande, quienes también cultivaron las ciencias naturales, cuya acepción se extiende hasta el siglo xvii, o en Descartes, quien en su obra filosófica se ocupa también de la óptica, de la física, de las matemáticas, además del Discurso del método (9).

Es notorio, pues, que tanto el hombre antiguo como el medieval son representantes fidedignos de la filosofía objetivista, que venimos aquí propugnando para alcanzar la armonía del universo, el equilibrio económico-social en los Estados y la paz mental en los hombres a través del cultivo del principio aristotélico del término medio.

El hombre griego vive en consonancia con el mundo, hallándose interesado en su conocimiento, considerándose sometido al orden universal por lo cual se siente como un eslabón del “Cosmos”, que le es dado previamente, por cuanto está destinado a desarrollar un determinado orden jurídico dentro del margen de la libertad de que dispone.

Y lo mismo le sucede al hombre medieval que confía en la realidad que le rodea, si bien éste afinca sus raíces en la creencia de que existe un Dios personal creador de todas las cosas, razón por la que se considera una parte de la “Creación”, revistiéndose de la titularidad de co-creador del mundo. Luego, en ambos casos se parte de la realidad del mundo exterior que rodea al sujeto cognoscente, quien dispone de capacidad humana para conocerlo de acuerdo a los presupuestos realistas aristotélico-tomistas (10).

Esta concepción universal y objetiva de la filosofía del Derecho se afianza en nuestro tiempo –conforme nos dice Alfred Verdross–, ya que el campo del conocimiento no se circunscribe a la determinación de los presupuestos de las disciplinas científicas particulares, sino que, por el contrario, se centra en el tema del conocimiento de la realidad misma, entendiendo por tal, no la suma de los fenómenos observados y sí la captación de la “realidad como un todo”, que comprende a aquellos fenómenos y al “ser oculto”, con lo cual la nueva filosofía vuelve a ser metafísica (11).

Así, en esta línea del pensamiento, nos encontramos a Marcic, quien nos habla que hoy una vuelta al objetivismo puede vislumbrarse en la experiencia cósmica que cada día se da con mayor énfasis, pues se presenta como una necesidad que el hombre se apresure en el conocimiento del universo, debido a que la población humana ofrece un alto crecimiento sobre todo en los países subdesarrollados, habiéndose sobrepasado los cinco mil millones de almas y calculándose que a mediados del próximo siglo se duplicarán los pobladores.

Luego, esta experiencia cósmica la detectamos no sólo en el ámbito de la filosofía y la teología, sino en la física teórica, en la microfísica, en la biología, etc. Existe, por consiguiente, la certidumbre de que nos encaminamos resueltamente hacia una interdependencia cósmica total: todo está condicionado por el todo.  

Hay, pues, una reacción contra el subjetivismo y de nuevo se dirige la mirada hacia la estructura objetiva del Derecho. A este respecto, Marcic, coherente con su posición de una filosofía del derecho universal, sienta los principios siguientes:

1. Sostener que el hombre es capaz de conocer el Derecho desde el momento que puede tomar conciencia de la realidad universal, puesto que el Derecho no es más que el descubrimiento de la realidad normativa del ser.

2. El Derecho, objetivamente fundamentado, limitará el poder del Estado, ya que se da por preexistente un orden del ser al cual se remite aquél, con lo cual se rechaza la posición kelseniana de la identidad de Derecho y Estado.

3. Considerar los derechos del hombre y de las libertades fundamentales, no como derechos subjetivos, sino como forma de manifestación del orden jurídico objetivo, instando una protección institucional.

4. Lo anterior no significa circunscribir lo jurídico exclusivamente al ámbito general, sino que se reconoce también a lo individual como capacidad creadora del derecho.

5. Resaltar la historicidad del Derecho, dado que la realidad está sometida a la temporalidad, poniendo aquí de manifiesto la influencia del existencialismo (12).

Continuará

Notas

1. Cfr. nuestra obra Filosofía y filosofía del derecho, Bogotá, Editorial Temis 1985, sobre todo en lo relacionado con “La definición de la filosofía del derecho”.

2. Compendio de filosofía del Derecho, Pamplona, Eunsa 1981, p. 43.

3. Michel VILLEY, Philosophie du droit, París, Ed. Dalloz 1978, pp. 20-21.

4. Apuntes para una exposición del realismo jurídico clásico, Revista “Persona y Derecho”, Pamplona, Ediciones Universidad de Navarra, 1988, Nº 18, pp. 281, 289 Y 297.

5. Necesidad y significado para el jurista del estudio de filosofía del Derecho, Mendoza (Argentina), 1980, p.23.

6. Francesca PUIGPELAT, Derecho del ser y Estado del juez, Barcelona 1983, p. 68.

7. Felipe GONZÁLEZ VICEN, Estudios de filosofía del Derecho, Facultad de Derecho de la Universidad de La Laguna, 1979, pp. 216, 233, 235, 238 y 255.

8. Nicolás María LÓPEZ CALERA, “Filosofía del derecho: crítica y utopía”, en La filosofía del Derecho en España, Anales de la Cátedra Francisco Suárez, Granada 1975, Nº 15, p. 141; y en Filosofía del Derecho, Granada 1985, p. 16.

9. Michel VILLEY, op. cit, p. 19.

10. Francisca PUIGPELAT, op. cit., pp. 20-21.

10. La filosofía del Derecho del mundo occidental, México 1962, pp. 305-306.

11. Francisca PUIGPELAT, op. cit, pp. 24 y 26.

Fue abogado español y profesor en Venezuela.

Tomado de: udea.edu.co

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