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Dandis, hombres con encanto

A fines del siglo XVII surgió un movimiento de hombres refinados y elegantes, de costumbres excéntricas, de los que aún se habla estos días.

La Razón (Edición Impresa) / Celia Sierra (EFE) / La Paz

00:00 / 08 de mayo de 2014

El término “dandi” se usa hoy para designar al hombre de pose refinada e intelectual, a veces trasnochada, que poco o casi nada tiene que ver con el dandismo original. Aquel era un movimiento lleno de irreverentes y sofisticados personajes que vio la luz a fines del siglo XVII y cuya repetición es “imposible hoy en día”.

Así lo cree Pedro Álvarez-Quiñones, doctor en Historia del Arte y autor del ensayo Dandis, príncipes de la elegancia (editado por la Junta de Castilla y León), que considera al dandi un “hijo de su tiempo”, y un personaje “incompatible” con un mundo de “supermercados, hamburgueserías y tiendas de chinos” que se vive hoy en día.

A través de sus personajes más relevantes y sus numerosas excentricidades, el autor analiza un movimiento que tuvo en Oscar Wilde o Charles Baudelaire a dos de sus más célebres miembros, aunque el dandismo cuenta con una nómina de personajes merecedores del Oscar a la interpretación más histriónica de su tiempo.

El primer dandi, George Bryan Brummel (1778-1840), se cambiaba hasta cinco veces al día de atuendo, limpiaba sus botas con espuma de champán y llegaba con premeditación tarde a las fiestas, para “hacerse desear”.

Y el nombrado Oscar Wilde, amante de los girasoles, salía a pasear acompañado por esta flor, hablaba a las plantas como si fueran seres inteligentes y —gran aficionado a la porcelana— proclamaba: “Ojalá estuviera a la altura de mis jarrones”.

Y es que la cualidad determinante para que a un hombre se le considerara dandi no era tanto su sofisticada y exquisita apariencia, como su personalidad. Amantes de las artes, insumisos, frívolos, caprichosos y ególatras, el verdadero dandismo se llevaba por dentro. “Hombres elegantes ha habido siempre, pero los dandis son mucho más que eso”, advierte el autor, para quien el dandi es “un rebelde que se alza contra las medianías de una sociedad pedestre y entontecida, a través de la elegante exaltación de su propia apariencia”.

Estirpe masculina

De origen burgués, los dandis dedicaban horas a su arreglo personal, despreciaban cualquier ocupación remunerada y tenían una lengua mordaz, llena de sarcasmo y pedantería, que les convertía en una peligrosa compañía y a la mayoría de ellos les conducía a destinos trágicos y solitarios.

El último de los miembros de este atípico movimiento fue, a juicio de Álvarez-Quiñones, Eduardo VIII, el hombre que renunciara al trono de Inglaterra por casarse con una divorciada estadounidense y que moriría en una época tan poco sofisticada como la del “hippismo”, cuando el dandismo ya llevaba 40 años sepultado. A diferencia de sus colegas, la audacia en el vestir del duque de Windsor le hizo poner de moda un estilo aún en voga: pantalones remangados, suéter de colorido estampado y pantalones sin raya, todo un trendsetter que, culebrón de amor incluido, no llegaba en extravagancia ni a la suela de los zapatos de otros dandis.

Por ejemplo, el aristócrata y mecenas Robert de Montesquiou-Fézensac mandó introducir una lágrima de un amante en uno de sus anillos, para que oscilara cuando él se movía, y solía referirse a sí mismo como “el soberano de las cosas transitorias”. O el inglés Robert Coates, que vestía abrigo de pieles en verano e introducía “mejoras” en los textos de Shakespeare, y el colombiano José Asunción Silva, que perfumaba su estilográfica.

Quizá el ganador de un ficticio concurso de dandismo sería lord Byron, que quiso meter un oso en su colegio de Cambridge, bañó en plata la calavera de un monje y la usó como copa, rompió botellas contra el techo de la habitación en la que su mujer daba a luz y dormía rodeado de pistolas cargadas.

"¿Se imaginan a un dandi hablando al pueblo excepto para abofetearlo?", solía decir el poeta francés Charles Baudelaire, uno de sus más ilustres representantes, quien creía que el dandi verdadero, debía aspirar “a ser sublime sin interrupción” y a “vivir y dormir delante de un espejo”.

Pero la nómina de históricos dandis no acaba ahí. Francia e Inglaterra fueron los países donde más abundaron: el médico Samuel-Jean Pozzi, el escritor Jean Lorrain o el intelectual Raymond Roussel son solo algunos ejemplos de los descritos en el libro y que hoy, al parecer, resultan irrepetibles.

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