Mía

Pregúntale a tu amigo gay

Salvador G te ayuda con los problemas del corazón. Escríbele a mia@la-razon.com.

La Razón (Edición Impresa)

00:00 / 10 de enero de 2013

Mi nombre es Ana, tengo 26 años y estoy muy preocupada por un asunto que puede parecer menor, pero realmente me quita el sueño. Sucede que desde hace unas semanas me mudé con mi novio, Edmundo, un músico tres años mayor que yo, y estamos de lo más felices por compartir la vida juntos. Ya en nuestros momentos de intimidad me había preocupado algo: su poco interés en el cuidado personal y la falta de aseo. Él es muy lindo, pero bajo el pretexto de que es “rockero”, se pone cualquier cosa sucia y le da lo mismo. Ya alguna vez me negué a besarlo porque tenía mal aliento, y él se enojó de muerte. La verdad es que no sé cómo abordar el tema con Edmundo, pues el que use mi champú ya ha sido motivo de pelea y no quiero que a las semanas de vivir juntos, me deje por pequeñeces. Yo lo amo, pero no soporto que sea tan sucio. ¿Cómo hago para que entienda?

Ana

Anita linda, antes que nada, no te sientas mal por decirle lo que piensas. No se trata aquí de escribir la nueva versión de La Bella y la Bestia —donde tú eres una dama frágil y pulcra mientras él es un animal desordenado y sudoroso— sino de la justa y buena convivencia entre dos personas que se aman en igualdad. Para esto hay que poner todos los puntos sobre las íes. 

Por un lado, es importante que no parezcas ni una tirana ni su madrastra. A nadie le gusta que le digan lo que tiene que hacer, y menos si se utiliza un tono de superioridad o algún gritito irritante. Así que mejor olvida las posibles combinaciones de la palabra “deberías”, aplicable a: lavar los platos, cambiarte los calcetines, abrir las ventanas, lavar esa polera y demás frases odiosas; y cambiarlas por otras en que tú te incluyas como parte del problema.

Pídele con mucho cariño: “¿me ayudas a lavar los platos, mi amor?” y comparte esa actividad con él entre juegos y coqueteos.

Algo que me ha servido cuando la cortesía ha dejado de ser efectiva es la negociación: queda con él de que no arreglarás ningún desorden suyo, ni él tocará tus cosas. No eres su mucama ni él tu mayordomo, así que cada quien debe ocuparse de lo suyo. Sé ferozmente consecuente (no le laves ni la taza de café) y deja que se acumulen sus trastes en contraste a tu impecable proceder.

Si aun así él no da señales de recapacitar, alista una visita “sorpresa” de sus amigos y familia. No es recomendable su mamá, puede ponerse del lado de él y decir que eres tú la que no lo cuidas.

Sin embargo, lo más importante es que antes de nada prime el amor que se profesan y le hagas saber la importancia que tiene para ti una vida ordenada, y que el espacio en que conviven es de los dos. Recuérdale que tu aspecto y el de tu hogar refleja el estado de tu vida.

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