Mía

Tres años con Salvador, tu amigo gay

Nuestro colaborador celebra el tercer aniversario de su columna hablando sobre el ser gay en Bolivia.

Tres años con Salvador. Foto: Dreamstime

Tres años con Salvador. Foto: Dreamstime

La Razón (Edición Impresa) / La Paz

00:00 / 19 de junio de 2014

La idea comenzó con un editor de La Razón, casi cuatro años atrás. La propuesta era una oportunidad para aportar como una acción contra la homofobia. Una columna en la que un gay dé consejos parecía una manera fenomenal para llegar a la gente con un discurso sencillo: “Soy gay, soy tu amigo, puedes confiar en mí”.

En tres años, una agradable sorpresa fue recibir cartas de lectores varones heterosexuales, quienes buscaban el apoyo del amigo gay para temas sentimentales, sociales o profesionales. De alguna manera, el ser gay nos permite ser más sensibles a situaciones por las que atraviesan las mujeres y, al mismo tiempo mantener nuestra posición de varones.

Sé que muchos creen que Salvador G. es un personaje ficticio. El anonimato impide ponerme una cara, lo que provoca la duda en muchos lectores: ¿quien escribe es un gay de verdad o un redactor que juega el rol?  Desde aquí  te digo: ¡Existo! ¡Soy real!

Cuánto me gustaría poner mi foto en cada columna, utilizar mi nombre real y recibir el crédito de mi trabajo. Lastimosamente, nuestra sociedad aún es muy dura con nosotros y el odio y la incomprensión podría hacer que pierda mi trabajo o pase malos momentos. Qué pena, ¿no?

Desde este rincón, quiero que conozcas más de mí. Si alguna vez imaginaste a un Salvador con sombrero blanco, chompa rosa, peinado ultramoderno, músculos de acero y cutis perfecto, te equivocaste. Soy como cualquiera: trabajo, tengo una pareja estable, amigos muy queridos y una vida común, como el 90% de gays y lesbianas que conviven con nosotros, sin que quizás nos demos cuenta.

Mi familia y mis mejores amigos saben que soy gay y, para ser sincero, nunca he experimentado discriminación. Me aman, me respetan y me tratan con normalidad, como debe ser. De alguna forma me convertí en la persona que guarda los secretos y a quien buscan cuando necesitan un consejo. Siempre me he sentido muy honrado por eso y fue una de las razones por las que me gustó la idea de esta columna.

En cambio, la mayoría de mis amigos pasó momentos muy difíciles cuando reveló su sexualidad. Muchos fueron echados de sus hogares, ofendidos, maltratados y hasta amenazados de muerte. Son comunes frases como “antes de tener un hijo marica prefiero morirme” o “si te veo con otro hombre los mato a los dos”.  En mi comunidad hemos aprendido a comprender que estas acciones son también actos de amor de personas que, con la información equivocada, reaccionan de manera equivocada. Lo bueno es que, en la mayoría de los casos, con el tiempo, las familias comprenden que no hay maldad en amar y cambian.

Salvador hoy es un ciudadano de segunda, en un país que, aunque tiene una ley contra todo tipo de discriminación, discrimina, haciendo que el matrimonio sea solo para parejas de un hombre y una mujer. En Bolivia todos somos iguales, pero los homosexuales tenemos menos derechos. Quizás creas que el matrimonio gay está sobrevalorado, pero hay un montón de aspectos que este estado trae consigo: el seguro de salud para el cónyuge, cobertura financiera, compra y propiedad de bienes, nacionalidad, herencia, etc. Estos derechos son tan importantes para ti y tu esposo (si estás casada), como para mí y mi pareja, pero el Estado no me da lo mismo, aunque igual pago impuestos.

¿Imaginas lo duro que es no poder tomar de la mano a la persona que amas en público? Cuando eres gay, cualquier muestra de afecto es motivo para un insulto, un golpe o una bala. Cientos de personas sufren de bullying, golpizas, acoso laboral y humillación a causa de sexualidad.

En tres años, te he dado consejos, abrazos a la distancia y palabras de amor, porque te reconozco luchadora, valiente y esforzada. Hoy, quiero aprovechar este cumpleaños para pedirte que me ayudes a cambiar las cosas, para que los amigos gay de todos lados puedan salir al mundo y ser quienes son, sin temor a ser ofendidos, despedidos o discriminados. Quiero que me ayudes a poner amor en los corazones de las personas para que, un día, pueda poner mi foto y mi nombre a esta columna sin que mi seguridad, mi empleo o mi felicidad se pongan en riesgo.

Piensa en cuántos colegas, amigos, familiares o vecinos están esperando en el closet hasta que este mundo, que es tuyo y mío, sea un lugar más seguro. ¿Puedo contar contigo?

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