Mía

Las contorsionistas parte II

Qué grato es volver a encontrarme con ustedes. Hoy amanecí sonriente.

La Razón (Edición Impresa)

00:00 / 05 de diciembre de 2013

Qué grato es volver a encontrarme con ustedes. Hoy amanecí sonriente. Deseo terminar mi carta sobre las contorsionistas, esos seres que siempre provocan fascinación. Luego de una primera impresión fuerte al contemplarlas, apenas te espabilas, comienza nuevamente el hechizo, el deleite de ver lo impensable y ese áspero sentimiento de que la fragilidad es un algo creado para otros seres, nunca para las piedras. Al estar físicamente retraído sientes una combinación de venenos morfínicos que actúan y empiezas a mutar. Te olvidas de tu cuerpo, es más conveniente que tu imaginación comience a fluir y en ella te diluyas. Estás suavemente seducido, sensualizado por la idea sobre cómo serán estos seres en la cama, amantes que se columpian sobre la mesa, frente a un espejo y comienzas a definir ocho lugares de éxtasis continuo.

Esto sucede hasta que la sospecha te sofoca, la imposibilidad de disfrutar tanto como ellas te enfada y, con una mirada profunda, un demonio se te presenta íntimamente desfigurado, de manera chocante, y no puedes evitar sentir sincera envidia, la que amenaza con engullirlo todo cual si fuera una nebulosa.

‘La vida es como una presentación escénica donde tienes el rol más importante: puedes contorsionarlo todo a tu favor; tu cuerpo es un instrumento’Es envidia radiante, legítima, auténtica, que confirma que lo bello penetra. Puritísima envidia que lleva a pensar que, al no poseer uno ni siquiera su atención, deberían ser diluidas. Porque tanta perfección irresistible incomoda, adorables bellezas que se acordeonan con pliegues que, sobre pliegues, finalizan con nuestros suspiros. Sea en palco o gallinero, eres el único que susurra la palabra “frígidas” como un mantra equivocado, y no puedes más que fluir con el ardor de suspirar, contorsionándose el alma. Eres uno más de los cientos que se levantan propulsados por una demente convulsión de gratitud de sus rígidos o aterciopelados asientos para aplaudir, rabiosamente enamorado, a estas bellas tentaculares e inasibles contorsionistas frígidas.

Vi por vez primera una contorsionista en México, en el Palacio de Bellas Artes. Recordé con ternura el sentimiento de envidia de mi querido y loco tío, el delirante. Comprendí que esa frigidez, él hubiera deseado que yo trocara, entendiera pasión por lo fugaz, excepcional y bello.

Cumpliré 55 dentro de poco, por ello envió para tu bitácora esta añeja y real ficción. La vida es como una presentación escénica donde tienes el rol más importante: tú puedes contorsionarlo todo a tu favor.  Tu cuerpo es un instrumento, el orden de un universo maravilloso, rodéate de  deseos sanos. Recordar estas palabras  es la fuerza, la dulzura y la paz.

La frigidez del cuerpo no es permanente, depende de si estás con la persona correcta. Así que aléjate de los mediocres y toda persona con frigidez mental. Espero que un tornado no arrase mi jardín primitivo, pues  deseo empaparlas de más ficciones de mi noble bitácora.

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