Mía

El Amor no sabe de impedimentos

Estas dos parejas han demostrado que una capacidad diferente no es  ningún problema para conformar una familia.

La Razón Digital / Andrea Azcui A. / La Paz

00:00 / 18 de septiembre de 2014

“Lo único que Mónica no sabe es caminar, lo demás puede hacerlo. El amor me trajo a Bolivia y es lo que me ató a esta maravillosa mujer”. El rostro de Jaime Rivas se ilumina cuando habla de su esposa, Mónica Quevedo. Y es que cuando un gran amor nace, no conoce de impedimentos.     Mónica era una gran atleta en el colegio, pero a sus 16 años comenzó a sentirse mal y a tener una sensación de adormecimiento. Al no tener un diagnóstico claro en Bolivia, su situación fue empeorando. Entonces su familia buscó ayuda médica en Chile y Alemania, donde se enteró que tenía el síndrome de Guillain Barré. Así terminó en silla de ruedas.

Este hecho no melló su temple de mujer fuerte, alegre y optimista. Y cuando en 1988 su prima hermana le invitó a pasar unos días en Arica (Chile), allí conoció el amor.

Un día en la playa, sus amigas decidieron entrar a bañarse, así que la dejaron junto a un sujeto que estaba leyendo. De pronto, éste se levantó y se fue. Mónica vio que al poco rato regresaba, pero lo notó más guapo y bronceado: en realidad era el hermano gemelo del anterior. Se llamaba Jaime y se sentó a hablar con ella. Le hizo un poema. Le invitó a cenar esa noche —a un restaurante que había sido para gays, pero esa es otra historia—. Así comenzó su relación.

“Yo conozco mujeres que pueden caminar y son un cero a la izquierda. Mónica me colabora siempre y me apoya en todo. ¿Qué más podría pedir?, dice Jaime.

Mucha gente se opuso a su matrimonio y no creyó en su amor, pero ellos siguieron adelante y se casaron. “En esta unión hubo mucho de la mano de Dios”, asegura Mónica.

Tras un año de casados, ella no podía quedar embarazada pero luego de un tratamiento llegó su hija Laura Andrea y a los dos años, sin ayuda de nada, fue el turno de Jaime Alejandro, que complementaron su familia. Mónica halla en su esposo y sus dos hijos su razón de ser y la fuerza para seguir adelante: “Realmente creo en el amor”.

Como Mónica, Mariángela de la Rocha siempre fue muy activa. Sin embargo una extraña enfermedad, la esclerosis múltiple, se le presentó a sus 19 años. Nunca tuvo un diagnóstico certero para esta condición, pero varios síntomas —como quedar ciega de un ojo y sorda del oído izquierdo por algunos días— dieron los indicios de este mal.

Mariángela estudiaba Biología en la UMSA. Un día que no tuvo clases acompañó a su prima a la Facultad de Medicina para buscar a una amiga. Estaban comiendo en un snack en las cercanías y allí conoció a Mario Martínez, quien es ahora su esposo. Él ingeniosamente arregló una cita para esa misma tarde y así compartir más tiempo con ella.

Pasaron una amena tarde jugando juegos de mesa con otros amigos en común. Cuando él se fue, ella pensó que la historia terminaba ahí. Pero a los tres días él la llamó y comenzaron a hablar y a tejer su romance. Tras dos años de relación decidieron casarse y formar una familia.

“Al principio, la relación con Mario fue más que nada por teléfono, ya que él estudiaba mucho y los fines de semana era guía de turismo para ayudarse con los gastos universitarios”, cuenta Mariángela. “Nuestra relación es bellísima, comenzó como un rompecabezas que iba encajando perfectamente: teníamos los mismos sueños y metas para nuestras vidas”.

Hoy tienen tres hijas profesionales y muchos hermosos momentos más que vivir. “Como familia, somos un gran equipo que siempre se apoya”.

Fuentes: Mónica Quevedo y Jaime Rivas / Mariángela de la Rocha / los portales: http://www.med.nyu.edu/content?ChunkIID=104042, http://www.nlm.nih.gov/medlineplus/spanish/multiplesclerosis.html. Fotos: Luis Salazar y las parejas.

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