Reportaje

Familias de los fallecidos piden justicia y castigo a los culpables

Padres, hijos y amigos lloran a las víctimas que, la mayoría, serán enterradas hoy

Asistencia. Gran cantidad de gente estuvo presente ayer en el velorio de Ana María Apaza, en la zona de Santiago II.

Asistencia. Gran cantidad de gente estuvo presente ayer en el velorio de Ana María Apaza, en la zona de Santiago II. Foto: Ángel Illanes

La Razón (Edición Impresa) / Micaela Villa / La Paz

03:27 / 19 de febrero de 2016

El pedido de todas las familias fue unánime. Los culpables del ataque e incendio a la Alcaldía central de El Alto y que derivó en la muerte de seis personas y dejó 23 heridos deben ser puestos a disposición de la Justicia y ser castigados penalmente.

“Yo quiero justicia, nada más pido eso  por favor. Se ha muerto mi hijo y otras cinco personas que eran inocentes”, dijo Zacarías Mollericona, padre de Javier Mollericona, quien perdió la vida y dejó en la orfandad a dos hijos.

“Que se esclarezca todo. Tiene que haber justicia por mi hermana, es lo único que pido por ella”, señaló Asunta Mamani, familiar de Rosmery Mamani, una de las seis víctimas fatales.

Los fallecidos fueron velados ayer en distintas zonas de El Alto. Rosmery Mamani, en el salón Raymi, en la zona 16 de Julio; Javier Mollericona, en la sede social de Rosas Pampa; Magaly Calle, en la cancha de Kiswaras; Ana Apaza, en la sede social de Santiago II, y Juan Lázaro en la funeraria Arcángel, en la zona de Miraflores, de la ciudad de La Paz.

La alcaldesa de El Alto, Soledad Chapetón, visitó cada uno de los velorios y cuando se acercaba a dar el pésame los dolientes le pedían apoyo, pues muchos quedaron desamparados porque sus familias dependían de los difuntos.

Mientras el entierro de Lázaro se realizará hoy a las 15.30 en el Cementerio Jardín, el de Mamani será en la población de Laja —a unos 35 kilómetros de la sede de gobierno—; el resto, en el cementerio Prados de Ventilla, en El Alto.

La Alcaldía alteña ayudó con los gastos fúnebres, además del entierro, señalaron las familias; también se entregaron arreglos florales. En cada velorio se observó gran cantidad de personas que acompañaron a los dolientes.

Rosmery Mamani era madre de tres menores, de 14, 11 y 6 años

Son tres hijos que Rosmery Mamani Paucara, de 46 años, deja en la orfandad. Un adolescente de 14 años, una niña de 11 y otra de 6. Los tres están presentes en el velorio, lloran su partida y  se abrazan con su padre.

La última imagen quedará siempre presente en sus vidas, cuando se despidieron entre ellos esa mañana del 16 de febrero en su domicilio. Como otro día hábil, ella fue a trabajar a la Subalcaldía del Distrito 3.

Esa mañana, debía dejar correspondencia en la Alcaldía central, donde ocurrió el hecho, en el Distrito 2. Estuvo ahí cuando atacaron e incendiaron el edificio, no logró salvarse y murió intoxicada. Sin saberlo y sin haber podido auxiliarla, su hermana Asunta Mamani la esperaba en la Ceja desde las 10.00. Permaneció varios minutos después de la hora programada, pero vana fue la espera y las reiteradas llamadas que le hizo, pues  nunca llegó a la cita.

“Nunca me contestó el celular, le mandé mensajes y no tuve respuesta; entonces, a las 17.00 supe que ella había muerto. Nunca me imaginé eso. Ella era una madre ejemplar y era muy responsable en todo”, cuenta la hermana.

Asunta llora su partida en el salón Raymi, de la zona 16 de Julio, junto a quienes fueron sus sobrinos y su padre, Facundo Marín, quien vive en San Borja, Beni, y llegó como pudo para verla por última vez. “Hablé con ella por última vez en Año Nuevo, vino a visitarme hasta San Borja y reíamos con mis nietos. Pido justicia, pues los niños ya no tienen madre”, manifestó el hombre.

Tan dedicada a sus hijos era esta madre que siempre estuvo pendiente de su salud, educación, alimentación y bienestar. No había día en que no les llamara para preguntarles cómo les había ido en el colegio o si habían almorzado.

“Ella estaba sana, era alegre. Solo fue a dejar correspondencia y justo pasó eso, pido justicia”, clamó la hermana, quien además se lamentó porque la fallecida tenía “muchos planes para el futuro”, planes que ahora no podrá cumplir.

Juan Lázaro Laura ayudó a evacuar a la gente, luego lo golpearon

Tras empezar el incendio, el abogado Juan Lázaro Laura estuvo afanado en ayudar a la gente para abandonar el edificio de la Alcaldía; ahora comentan que él fue un héroe que murió en manos de la turba que provocó los actos violentos en El Alto.

Su cuerpo es velado en la funeraria Arcángel de la zona de Miraflores de La Paz, ayer sus familiares y amigos acudieron masivamente para darle el último adiós al abogado.

La familia fue reticente a recibir a los medios de comunicación y el acceso fue prohibido. Por respeto “a mi hermano”, dijo Alberto Laura. Sin embargo, el sentimiento común por la pérdida inundó a los allegados de Juan Laura, sobre todo a su madre y su esposa, él no tenía hijos.

Hoy a las 15.00 tendrá lugar la misa de cuerpo presente en el salón velatorio y media hora después los restos serán trasladados al Cementerio Jardín, sector Los Lirios.

En vida, él trabajaba en la Unidad de Recursos Humanos de la municipalidad de El Alto. “Fue llamado para desempeñar ese puesto por su experiencia,  no tenía militancia política”, manifestó uno de los amigos de Juan.

Fue abogado y durante su carrera trabajó en los ministerios de Salud y de Trabajo como consultor, esa experiencia le sirvió para desempeñar funciones por más de un año en el gobierno municipal.

Durante los hechos trágicos del miércoles, Juan Laura fue uno de los actores más destacados en la labor de ayuda a sus compañeros funcionarios, relató otro amigo. “Él se desesperó por colaborar a sus compañeros, cuando vio que el fuego estaba creciendo, ayudó a bajarlos uno por uno”, relató el allegado.

De acuerdo con una versión, Laura pidió ayuda a la Policía en varias oportunidades, pero cuando se aprestaba a abrir la puerta fue capturado por la turba en la calle. Su amigo explicó que Juan murió por la golpiza que le propinaron. “Encontraron que tenía la cabeza hundida”.

Javier Mollericona ahora descansa con su sobrino, quien también murió ‘inocentemente’ en octubre de 2003

Primero fue el nieto de cinco años de la pareja Mollericona Quispe quien murió en los enfrentamientos de octubre de 2003, ahora es uno de sus hijos, Javier Mollericona Quispe, un ingeniero en sistemas de 29 años. “Dos vidas inocentes”, gritan sus abuelos, dos víctimas que “ya se encuentran con Dios”.

El fallecido trabajaba en la Unidad de Supervisión de Obras de la Alcaldía de El Alto, por el barrio de Villa Adela, desde septiembre de 2015. Iba a ser contratado nuevamente, por lo que fue a dejar sus papeles a la oficina central, en el barrio de Santiago I, donde sucedió el ataque e incendio la mañana del 16.

“No llegaré a almorzar, estamos encerrados aquí dentro (de la oficina edil) porque hay un bloqueo. Me guardas la comida por favor”, esas fueron las últimas palabras que le dijo ese día a su esposa, Cristina Mamani. El padre fallecido no solo dejó en la orfandad a un niño de tres años, sino también a otro que tiene cinco meses de gestación.

Parecía que el ingeniero presentía el final. Un día antes, en su casa, en la zona de Rosas Pampa, el hombre le había dicho a su cónyuge: “Vas a cuidar a mis hijos, a mi bebé, quiero que te alimentes muy bien, estás muy flaca. Voy a ir a dejar unos papeles a la Alcaldía central”. Esa noche la familia durmió tranquila, pero ella nunca pensó que sería la última que descansarían juntos.

“Tenía nueve hijos, seis varones y tres mujeres, ahora solo tengo cinco hombres. Mi hijo Javier era bueno, era muy trabajador, pendiente del bien de su familia y de sus hijos. Cómo es posible que haya pasado esto. Pido justicia”, dijo Eusebia Quispe.

Su padre, Zacarías Mollericona, lo recuerda como el más alegre, el que siempre contaba chistes, el más entusiasta. “Era que no lleve esos papeles (de contrato), ¿por qué pasó esto?”.

La mañana de ayer tenía un aire reprimido; al velorio que se realizó en la sede social de la zona de Rosas Pampa no solo llegaron familiares, sino también compañeros de trabajo y vecinos que le dieron el último adiós. Un ritual acompañado de música fúnebre se escuchaba metros a la redonda.

“El hijo más querido” de Zacarías descansa, bajo el recuerdo de su esposa, de su hijo de tres años que siempre le esperaba para almorzar, y de su bebé que siempre cuidó, pues aun en el vientre materno le recordaba a su cónyuge que se siente adecuadamente “para no aplastarle el cuerpo al bebé”.

Gloria Magaly Calle, funcionaria edil de 21 años, quería ser árbitro de fútbol y estudiaba Ingeniería Petrolera

Tenía 21 años, era funcionaria edil en la Alcaldía de El Alto, estudiaba en el Colegio de Árbitros de Fútbol, era mesera el fin de semana y se preparaba para estudiar Ingeniería Petrolera de la Universidad Pública de El Alto (UPEA).

Gloria Magaly Calle Suárez tenía un futuro por delante, era emprendedora y mantenía a su familia, cuenta su hermano mayor —de siete que eran— Fernando Calle Suárez.

“Siempre nos decía que como familia debíamos estar juntos, unidos. Era aguerrida, alegre. Quería ser árbitro, cómo puede ser que haya pasado esto”, dice llorando.

Y tan unida mantenía a su familia, que el domingo llevó a sus hermanos y a su madre a jugar wally a una cancha cerca de su zona. El fútbol era una de sus pasiones y tenía como meta convertirse en la mejor árbitro de fútbol profesional del país.

“Me la han matado a mi hija, pido justicia, que encuentren a los que han encabezado esto. Cómo le van a truncar sus sueños, era tan trabajadora, tan joven, era mi orgullo”, lamenta Rita Suárez.

Quién iba a saber que iba a perder la vida tan cruelmente, señala el hermano, cuando esa mañana llegó a la oficina central de El Alto, en Santiago I, llevando documentación  para que la vuelvan a contratar, pues llevaba ya dos años siendo funcionaria edil y trabajando en supervisión de obras.

Una vez que atacaron la oficina, la joven, junto a otras personas, se refugió en uno de los baños de la municipalidad. Llamó a su hermano para anunciarle el ataque e incendio.

“Estoy bien —me dijo—, estoy encerrada en el tercer piso. Pero al poco rato su compañero habló, mi hermana se había desmayado. Ya no supe más de ella, hasta que fui al hospital (Boliviano Holandés) para ver si estaba, desgraciadamente vi su nombre... se me cayó el mundo”, relata.

Al velorio, que tuvo lugar en la cancha de la zona Kiswaras, no solo asistió la familia, sino también sus compañeros del colegio 6 de Marzo, de donde salió bachiller. Varios de ellos dieron el pésame a la familia y aportaron económicamente a los dolientes, dinero que recolectaron de otros estudiantes.

José Aguilar era su amigo del colegio y recuerda que Magaly ayudaba anímicamente a sus compañeros cuando estaban tristes. “Era menor de tres cursos, pero siempre estaba ahí para colaborar a todos. Ella vive en nuestros corazones y nunca la olvidaremos. Era alegre, carismática, gran amiga”.

Ana María Apaza llamó a su hija por última vez cuando buscaba resguardo en el baño

“Ya no tengo más palabras. Me siento muy mal, estoy destrozada. Viene a mi mente su cariño, sus abrazos, sus besos... aún me besa”, dice abatida Estela Alanoca, madre de Ana María Apaza Alanoca, de 45 años, quien no pudo ser rescatada a tiempo y murió asfixiada junto a otras personas dentro un baño en la Alcaldía de El Alto.

No solo era madre, era también “el padre” de la familia, así la define su compañera de trabajo Maruja Romero, pues cuidaba sola a su hija llamada Belén, de nueve años, y a su madre, quien ahora se muestra angustiada porque no sabe cómo contarle a la niña la pérdida irreparable.

La contadora  pública de profesión habló con su niña por última vez cerca de las 11.00, la mañana del incendio. La llamó del celular para decirle que estaba bien, que no se preocupe y que estaba al interior de un baño con otras personas pues su oficina estaba siendo atacada. Una hora después Belén quiso tener noticias de ella, pero por más que insistió, su mamá no le contestó.

“Vivíamos juntas. Ella salió de la casa tranquila, ahora quién va a ayudarnos, quién va a traer el pan, la niña cumplirá 10 años”, señala llorando la madre, quien también pide a la alcaldesa Soledad Chapetón ayuda para la educación de la menor.

La fallecida no solo era eficiente en su casa, también lo era en el trabajo. Maruja recuerda lo estricta que era cuando debía presentar sus informes. No se iba de la oficina hasta que todo quedara bien concluido, indica; revisaba el trabajo de otros compañeros y  cooperaba, de ser necesario, añade. “Cómo una vida tan inocente, buena y trabajadora se ha ido”, manifiesta la colega. “En muchas conversaciones su madre y su hija eran lo primordial”, prosigue, luego de rezar en su velorio, en el salón de eventos Z Palace, en la zona Santiago II.

Cuando se realizaba la autopsia la familia optó por retirar el cuerpo ante los comentarios políticos.

“Nos molestamos y nos llevamos a los muertos”, señala otra doliente. Los restos serán enterrados en el cementerio Prados de Ventilla.

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