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ATRAPADOS EN AZUL

Una de las mejores películas nacionales, descarnada, que retrata una generación extraviada con un tratamiento figurativo sobresaliente y sin sensacionalismos baratos.

Atrapados en azul

Atrapados en azul Foto: Nicolás Asturizaga

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. - crítico de cine

13:12 / 01 de febrero de 2016

Diez años atrás accedí a la primera versión del libreto de Atrapados en azul. Entonces mirábamos ufanos a las ciudades de los países circundantes ya agobiadas por índices de violencia que nos resultaban aun ajenos. También El Alto nos resultaba tan extraño y distante como cualquier otra urbe “del interior”. En aquel tiempo los medios, algunos al menos, no habían hecho todavía de la violencia su comidilla diaria, convirtiéndola con fingida indignación en espectáculo, o sea, “naturalizándola” hasta achicarla al tamaño de cualquier dato banal y consiguiendo un efecto narcótico o promoviendo el “efecto imitación”.

Más o menos por la misma época algunos amigos metidos con alma, vida y corazón en el afanoso empeño del Wayna Tambo, una emisora y un centro cultural para ofrecer otros horizontes a los chicos y chicas de El Alto, me advertían: “ser joven es un problema en esta sociedad. Ser joven alteño es casi una desgracia. Ser joven, alteño, de origen aymara es ya una tragedia”.

Estos chicos encontraron en las penumbras su lugar bajo el sol. “Ellos tienen el poder, nosotros tenemos la noche” es la consigna de los protagonistas de la durísima historia narrada en una de las mejores películas nacionales de buen rato a esta parte. En ella Luis Guaraní disecciona sin concesiones el sub-mundo en el cual buscan su acomodo los jóvenes encarados a un futuro ayuno de cualquier promesa. La noche son las callejuelas, los tugurios y el horizonte ennegrecido de no saber qué deparará el mañana.

Entonces se opta por la brutalidad descargada contra lo que representa una sociedad sin sentido, o por sumergirse en el paliativo de la clefa, del que viene el título de la película. Cuenta el director: “En la investigación sobre la violencia en El Alto me tropecé con un grupo de pandilleros y entre ellos había un grupo que clefeaba ¡pero qué manera de clefear! Y se me salió el pequeño burgués y los increpé: ¿Qué consiguen metiéndose esa cosa todo el día? Se están jodiendo. ¿Qué tiene que no la sueltan?... uno de ellos me miró, levantó la bolsa con clefa, inhaló profundamente… y me dijo: Con esto todo se ve azul”.

Atrapados en azul no es una mirada desde un dron oportunista, sostenida en presunciones o en los estereotipos acuñados por el manoseo mediático de dudosa consistencia ética. Es fruto de una inmersión en las pandillas de la ciudad “más joven” del país, lugar común cargado de una ironía que se explicita apenas nos encaramos al espejo puesto delante por Guaraní. Tres personajes y sus apuros personales vertebran el relato: Marciano (Nicolás Urzagasti), Antón (Adrián Machicao) y Carmen (Brenda Pardo). Medio hermanos los dos primeros; saldo de una familia disuelta, la tercera. El trío, y los pares que comandan en sus pandillas, gasta las horas en una sala de api-video o en la calle, aprendiendo a porrazos a llegar al día siguiente, objetivo cada vez más sinónimo de eliminación del otro.

A destacar el arrojo de Guaraní para empatar lo contado y el modo de contarlo haciendo caso omiso del vademecum de los “se puede”, o “se debe” sumisos, al cual naufragan tantos emprendimientos bien intencionados pero sordos por conveniencia al sabio consejo: “de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno”. En términos formales la puesta apela a unos cuantos tópicos visuales de las películas del camino, pero escapa al acomodo en las premisas genéricas, retándonos a transgredir el hábito creado por el cine convencional de la contemplación pasiva y acrítica.

Saludablemente ajeno a modas y lugares comunes Guaraní opta por un relato fragmentario, renuente a toda linealidad, inspirado en parte en la estructura de los filmes —generalmente de procedencia asiática— consumidos a destajo en el api-video donde los protagonistas aguardan el instante del desahogo a golpes, “inspirándose” de paso. Robar no es el propósito primario de esa violencia muy real pero con un marcado sesgo simbólico: sí lo es la revancha contra un entorno hostil, en el muy preciso sentido percibido con incontestable nitidez por los amigos del Wayna Tambo.

Volviendo al modo narrativo elegido por Guaraní, la fragmentación —amén de hacer suyas las formas de los productos audiovisuales preferidos por los jóvenes— da cuenta, sin necesidad de remarcados verbales, del propio trizado de una sociedad desintegrada, siempre colgada al borde de una conflagración de ribetes inopinados y alcances imposibles de predecir. Tampoco apela a la verbalización para enfrentar al espectador con el dato espeluznante de la participación de niños en las pandillas. Allí están en la pantalla y es asunto de cada quién darse por enterado. Desde luego sería urgente ir más allá pero tampoco está mal, al menos, tomar noticia.

Presuntamente la trama remite a los años de hegemonía del modelo neoliberal. Sin embargo tal sesgo, secundario por lo demás, queda velado a la luz de los datos que, a diario, engordan las noticias “de último momento”, pronto sustituidas por otras “novedades” que dejarán de serlo casi de inmediato. Pues la virtud esencial de esta película descarnada, de una crudeza inusual, es que rehúye el sensacionalismo barato, sostenida por un tratamiento figurativo sobresaliente y un trabajo de montaje a la altura de las circunstancias, con la fuerza demandada por el afilado retrato de esa generación extraviada en el laberinto de la sinrazón.

Como en otras tantas ocasiones resulta opinable el recurso a los actores naturales, y se aprecia las dificultades para verse naturales frente a la cámara. Solo que en el caso de Atrapados en azul el propósito al cual apunta Guaraní hubiese resultado desfigurado si el director echaba mano de intérpretes profesionales, resignando eventualmente el tono espontáneo, vecino al documental, que vetea buena parte de las escenas y del cual extrae en gran medida su corrosiva fuerza interpeladora.

Guaraní se niega a sermonear, describe, exponiendo sus propias vivencias en contacto con las pandillas, varios de cuyos integrantes aceptaron ser parte del elenco, y deja el juicio a consideración del espectador anulando todo escape de emergencia, puesto que la narración se mantiene consecuente de principio a fin con la desesperanza que empapa las situaciones. Incluido un amargo final, de igual manera negado a la comodidad de las recetas socorridas en el cine comercial, cuando Antón, líder indiscutido de los JPM —la pandilla Jodidos pero Machos—, siente su liderazgo puesto en cuestión y decide asaltar un banco, cerrando el círculo inescapable de esos senderos hacia la nada.

Ficha técnica

Título original: Atrapados en azul

Dirección, guion y producción: Luis Guaraní.

Fotografía: Carlos Crespo.

Montaje: Marcia Morales.

Asesor de edición: Nicolás Larson.

Efectos: Bernardo García.

Arte: Jorge Charon.

Sonido: Diego Javier Figueroa, Ramiro Valdez.

Vestuario: Esmilda Zabala.

Maquillaje: Paola Romay.

Música: El último cocalero, Los del frente, Rantes. 

Intérpretes: Adrián Machicao, Nicolás Urzagasti, Brenda Pardo, Johnny Coparicona, Patrick Gamboa, José Iporre – Apoyo: IBERMEDIA, ICAIC, MIRAMAX – BOLIVIA/2016.

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