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Acerca de los hondos motivos

Un árbol

Un árbol

La Razón / Jesús Urzagastin (1941 - 20130)

00:00 / 05 de mayo de 2013

Hace muchos años, alguien me preguntó por Rubén Darío y yo dije que no me incumbía su aventura. Con esa insolencia barata, propia de un tímido, me sustraje de la curiosidad periodística, que me infundía pavor. Nada me costaba confesar que la lectura de su poema Lo fatal fue un hito en mi mundo en ciernes, al igual que el descubrimiento de las metáforas de César Vallejo, poeta que llegó junto con Pablo Neruda y su memorable verso “lo primero que vi fueron árboles”.

Rómulo Gómez puede incorporarse a esa temprana lista sin achicarse por su linaje popular: lo leí a mis ocho años de edad, pero se me grabaron para todo el viaje sus versos largos, trabajados por el empuje sentimental del bolero y la pasión desbocada de quien nació para tallar historias rimadas sobre el amor y la muerte. Gómez me enseñó que siempre andamos debiendo algo y que nada se conoce al divino botón. De su vida ignoro todo menos el suceso que la define. Afincado en Santa Cruz, frecuentaba boliches de mala fama acompañado de un amigo al que le eran indiferentes sus efluvios poéticos, lo cual no les impedía beber como Dios manda y a dúo. Una noche, sin que mediara altercado alguno, su infaltable interlocutor le dijo: —Rómulo, ahora vas a saber si la vida es un sueño como vos decís —y lo dejó tendido de seis balazos.Sospecho que todo lenguaje poderoso es un río que corre abriendo inolvidables meandros; en consecuencia, el lenguaje directo es propio de una época empobrecida, que cree que el uso del “yo” es requisito de la autobiografía, o mera debilidad del hombre sin sentido comunitario. Hecha esta salvedad, pienso que ciertas cosas demandan el aliento de la primera persona, mientras que otras reclaman una velocidad distinta pero no por eso ajena al resorte de la fantasía.Finalmente, llegó el día en que me dije a mí mismo: En las antípodas del mundo, alguien espera que tú hagas lo que tienes que hacer para conocerte. Así aprendí a esperar a que alguien hiciera lo que debía hacer para conocerlo. Entonces lo primero que siento frente a un autor desconocido, es la diferencia; después encuentro las afinidades.Para el lector de poesía siempre habrá mucho misterio en el hecho de que alguien la escriba. Y está bien que así sea, porque tampoco el poeta ha descifrado los hondos motivos que lo llevan a recalar en orillas donde las huellas del caminante se borran en cuanto se convierten en palabras. El lector de poesía, entrenado o incauto, se topa una y otra vez con luminosas arquitecturas verbales, con textos herméticos, con paisajes recién salidos de la mirada de un difunto, con vegetaciones de tiempos remotos, con cuevas que conservan el tufo de la soledad de nuestros antepasados. En cualquier caso, siente que la poesía es un mundo muy seguro, aunque nada la acredite como tal y en apariencia poco tenga que ver con los apremios cotidianos y a menudo se la aproveche para dar pábulo a la cursilería. A pesar de tamañas confusiones, no es casual que la poesía siga convocando a quienes consideran que sólo en sus dominios los idiomas reflejan las insondables jerarquías de sus enigmas. Por lo tanto, todo lo que hay de persuasivo en el ser humano proviene de las palabras surgidas del espanto para retener en la memoria la belleza de estar vivos. Unos pueden probar la pertinencia de este aserto con los instrumentos de ciencias aledañas a las lenguas; a otros nos basta con arrimarnos a sus rumorosas metáforas en calidad de creyentes indocumentados.¿Qué decirles entonces a los que la cuestionan por inoperante y la evaden en nombre de otros poderes? Que en su reino de amor no cabe la dicha de los complacientes, que el suyo es un universo sin pérdidas, anclado en el presente y con asideros fiables hasta para los que equivocaron el rumbo. En suma, la poesía es una corajuda elección al lado de afanes que garantizan prestigios de mala índole, impropios del único animal que siente pasar el tiempo. Por algo será que los hombres, incluso aquellos que tienen el órgano de la visión atrofiado, perciben el vuelo de lo incomunicable entre la hojarasca de los días y la memoria más antigua.El hecho de haber nacido en la apartada frontera me ha permitido calibrar con rara intensidad el centro de mi país. De ese modo surgió en mí la necesidad de apostar por lo local, al margen del costumbrismo, estratagema urdida por la metrópoli para devaluar lo que no entra en sus moldes o estorba.Entre campesinos, un requisito para acudir a la invención es el conocimiento de la realidad. Sin esa complicidad no hay misterio que valga.

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