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Adela Zamudio -romántica

Plural Editores, en su colección Letras Fundacionales acaba de publicar los ‘Cuentos’ de Adela Zamudio (1854-1928). En su extensa introducción, Virginia Aillón aporta a dilucidar la condición romántica de la autora boliviana.

Zamudio. Su novela ‘Intimas’ (1913) está incluida entre las 15 novelas fundamentales de la literatura boliviana.

Zamudio. Su novela ‘Intimas’ (1913) está incluida entre las 15 novelas fundamentales de la literatura boliviana.

La Razón (Edición Impresa) / Virginia Aillón - Escritora

00:00 / 01 de junio de 2014

La escritura de Adela Zamudio se produce en la última porción del siglo XIX e inicios del XX, período que aparte de ser políticamente convulso, es también, estéticamente hablando, un momento de convivencia de varias escuelas, ninguna consolidada, pero todas presentes por efecto de la influencia europea: Romanticismo, post-Romanticismo, Naturalismo, el nuevo Modernismo y el Realismo. De ahí que la escritura de Zamudio no es solamente romántica, es también modernista e incluso se puede advertir cierto realismo. Con todo, creo que el signo central de la obra de Zamudio es romántico porque su proyecto textual e ideológico es mejor asimilado al Romanticismo, pero no al Romanticismo en Bolivia.

Creo que el Romanticismo en Bolivia es aún una hipótesis, “hasta que no se pruebe lo contrario”. Hay voces que dudan de su existencia, ya que lo que hasta hoy se llama “Romanticismo” sería una simple extensión de la crítica literaria “subsidiaria” que ha estudiado las literaturas americanas desde la óptica de los centros de poder: España y Francia.

Con todo, el Romanticismo —amplio, plural y contradictorio—, ha sido un hecho continental y posiblemente el primer movimiento literario en Bolivia que se desarrolla inmediatamente creada la República y al influjo de las todavía presentes guerrillas de la independencia. Así, el ansia de autonomía y sobre todo el ideal de la libertad (principios románticos por excelencia) fueron la base para las nacientes liras. Para la literatura boliviana, su “Revolución Francesa” fueron las guerras de guerrillas y la causa independentista. En este sentido, el Romanticismo que se “engancha” en Bolivia sería aquel liderado por los franceses (al influjo de los hechos históricos de 1789 y 1848) como Lamartine, Víctor Hugo, Balzac, Vigny y posiblemente Baudelaire. Pero también llegó de la mano del libertador Bolívar, el primer romántico en estas tierras.

De este modo, creo que los Estudios de literatura boliviana de Gabriel René Moreno (1955) y la Literatura boliviana: breve reseña, de Santiago Vaca Guzmán (1883) —los críticos más importantes de la producción literaria decimonónica, a los que luego se suma Carlos Medinaceli con sus Ensayos críticos (1938)— son los textos clave para “descubrir” el Romanticismo en nuestra literatura. Claro que todo estudio de ese tema deberá además considerar las importantes reflexiones de críticos latinoamericanos, entre los que destaco a dos. Octavio Paz, quien en Los hijos del limo (1990) considera que la literatura latinoamericana ha discurrido en un solo arco, desde el Romanticismo hasta las vanguardias, siendo el Modernismo nuestro ‘otro’ Romanticismo. Y Lezama Lima quien elabora arquetipos románticos con base en figuras ausentes, confinadas y exiliadas como Fray Servando Teresa de Mier, Francisco de Miranda o José Martí.

Pero hipotético como es, existen obras asimiladas al Romanticismo, aunque Blanca Wiethüchter (2002) considera que hay que diferenciar entre obras “románticas” y obras “del Romanticismo”. Y entonces cabe preguntarse, ¿qué de común se puede encontrar entre la narrativa de Zamudio con la obra de sus contemporáneos “románticos”?, qué con Misterios del corazón (1869), novela de Mariano Terrazas en la que “los héroes imaginarios vienen blasonados por las virtudes caballerescas del último tercio dieciochesco donde el valor y el talento oscilan entre el bizantismo de la corte y las trémulas alboradas de la emancipación” (Guzmán, 1938: 69). O con Recuerdos de una prisión (1878) del mismo autor en la que la protagonista es infeliz en su vida matrimonial porque ama a otro hombre, o con El mulato Plácido (1875) de Joaquín Lemoine en la que “Raquel es una vertiente de lágrimas. Berta es una especie de muñeca nostálgica que quiere a su sirviente…” (Ibíd.: 82).

Tampoco con Corazón enfermo (1891) de Isaac Eduardo cuya mejor escena es, según Guzmán “…la noche de la caída, y la otra húmeda de noche de lluvia torrencial cayendo sobre el cuerpo de la mujer que espía su propia desventura”.

Eventualmente tenga algo que ver con Celeste (1905) de Armando Chirveches y Marina (1907) de Arturo Oblitas, esta última en el detalladísimo análisis de Carlos Medinaceli (1938). Nótese que los escritores varones usan nombres de mujer para titular sus novelas, en cambio Adela la denomina Íntimas. Buen signo. Podemos incluso conceder que comparte con tales obras cierta sensiblería romántica y una concepción moralizante que sobresale, siempre, en toda primera lectura de los textos literarios románticos.

NOVELA. Pero con la novela con que sí tiene una relación casi orgánica es, sin duda, Juan de la Rosa, de Nataniel Aguirre, publicada en 1885 en Cochabamba, ciudad en la que vivía Adela, con 31 años para ese entonces. Cuando digo que hay una relación casi orgánica, me refiero al signo “femenino” que se ha encontrado en la novela histórica de Aguirre, no tanto por sus personajes femeninos, sino porque plantea una matriz femenina en la constitución de la Nación (Wiethüchter, 2002). Creo que hay que considerar, sin embargo, que la narrativa de Zamudio es “para adentro” y la de Aguirre, es más bien “para afuera”. Con todo, ambos han desarrollado una narrativa romántica con algunos rasgos de realismo. Parece importante acometer la comparación de estas dos narrativas.

Volviendo al breve paseo por algunas obras contemporáneas a la de Zamudio, ésta se dibuja como evidentemente ajena y rara; ella estaba en otra cosa, no en ese Romanticismo boliviano. ¿En qué estaba Adela Zamudio?

Creo que estaba escribiendo una crítica romántica a estas obras que, en general, textualizaban una norma, un deber ser de las mujeres. A esto se opone Zamudio, a esta representación textual de la mujer. Es en este sentido que Zamudio “crea” a la mujer en Bolivia porque interpela el modelo romántico de mujer y sus mecanismos como el del amor romántico.

Estaba Zamudio haciendo lo mismo que las escritoras románticas europeas como Jane Austen, Ann Radcliffe, George Eliot, George Sand, Mary Shelley, Christina Rosetti, las hermanas Brontë, las españolas Emilia Pardo Bazán y Rosalía de Castro, las alemanas Sophie Mereau y Bettina Brentano, la norteamericana Emily Dickinson; todas, prácticamente contemporáneas a la Zamudio. También su obra es contemporánea a la de las románticas latinoamericanas como las peruanas Clorinda Matto de Turner y especialmente Mercedes Cabello, la colombiana Soledad Acosta de Samper, la argentina boliviana y peruana Juana Manuela Gorriti, la argentina Alfonsina Storni, la cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda, la mexicana María Néstora Téllez Rendón y otras.

Y es que el Romanticismo fue el espacio universal en que las escritoras rechazaron las representaciones textuales de la mujer, las falsas imágenes femeninas en la literatura de la época. Así, usando el molde romántico,  ellas desplegaron estrategias textuales de impugnación al modelo femenino instaurado y especialmente a su mecanismo del amor romántico. Lo interesante es que para hacerlo debieron velar o trastocar los dispositivos que el Romanticismo proveía, estructurando formas textuales muy propias que en conjunto han dado en llamarse “literatura femenina”.

Estas estrategias femeninas textuales tuvieron también un impacto histórico, posiblemente porque estas escritoras intuyeron que el Romanticismo no solo calificaba a las mujeres en el texto, sino que ampliaría su influencia hacia la sociedad en general, con un largo, largo aliento. Esto es cierto porque los estudiosos del Romanticismo ya han determinado que su impacto sobrepasó el ámbito de la literatura (y de las artes) para instituir un verdadero cambio histórico en la sociedad en general y en la relación entre los sexos en particular. No es raro, pues, que estas escritoras, más bien su obra, se hallen en las bases históricas y teóricas del feminismo.

Bien, he insistido en el amor romántico porque, entre otros, allí apunta la crítica de Zamudio. Esquemáticamente y a vuelo de pájaro (que éste no es el espacio para abundar en este tópico) el amor romántico es una ideología que se fija en el siglo XVII con la secularización del amor, después de un recorrido que inicia en el siglo XI con la cultura de los trovadores —que será la base de las nuevas concepciones del amor, cada vez más alejadas de las nociones de divinidad y pecado— quienes cantan al amor, libre de ataduras religiosas y con un sensualismo más ingenuo que erótico. Esta ideología ha sido plasmada y difundida fundamentalmente en las obras de arte. Ayudaron también el culto a la belleza de la mujer, igual que la mujer desnuda (del quattrocento) que se difundieron a través de la pintura, la escultura y la poesía.

AMOR. La secularización del amor es producto de la tan apreciada individualización promovida por la ideología liberal, a su vez asentada en el desarrollo del capitalismo (Illouz, 2009). Por su parte, el amor romántico ha reforzado “ciertos aspectos de la ideología del capitalismo industrial, como el individualismo, la privacidad, la familia nuclear y la separación de las esferas según el género…” (Ibíd.: 49). Este cambio influyó, desde entonces, en las maneras sociales de apreciar el amor, el romance, sus mitos y consumos. Así, el amor romántico fue un elemento central en y de la construcción del capitalismo, a la vez que fue consustancial a su desarrollo. De este modo, el amor romántico, el matrimonio, la privacidad y el consumo, así concebidos, modificaron las relaciones entre los géneros, así como las autopercepciones y percepciones femeninas. Novalis decía que “la mujer no sabe nada de la situación de la comunidad. Solo a través de su marido está relacionada con el Estado, la Iglesia, el público, etc. Vive en el estado verdaderamente natural” (cit. en Bermudez-Cañete, 2011: 28), este estado “natural” es puro e inocente, por lo que lo femenino devino también en infantil… la amada es una niña. Barthes añadiría que es una niña que no habla: “Werther es el libro de Werther, no el de Charlotte. Charlotte [personaje de Werther] es el objeto amoroso (…) y un objeto no tiene discursos (es su marca de objeto)” (Barthes, 1975: 52).

Esta nueva mitología, la del amor romántico, funciona con base en la “nueva ecuación entre felicidad individual y amor (o matrimonio)” (Illouz, 2009: 56). La novia apasionada y entregada, el novio y padre mantenedor, el amor (y el matrimonio) como bien simbólico supremo en la relación entre los sexos y toda la parafernalia de consumo que instauró este tipo de amor en el capitalismo, todo ello asentó la dominación de las mujeres por efecto del mecanismo del amor romántico.

Estas escritoras, las románticas, develaron que el amor romántico no era irracional sino racional, no gratuito sino lucrativo, no desprendido sino utilitario, y no privado sino público. No creyeron estas escritoras que el amor romántico se elevaba por encima del intercambio comercial y alertaron sobre esta “trampa” que el sistema lanzaba contra las mujeres, porque “estas mujeres románticas son las que más pronto caen” (Zamudio, 1999: 134). La condesa Pardo Bazán, en un interesante estudio del Romanticismo francés (1910) recuerda que: “Haciendo el Conde León Tolstoi un examen crítico de las obras de Guy de Maupassant, observa que los novelistas franceses de este siglo parece que no ven más objeto para la vida que el amor”.

Sin embargo, —y habrá que recalcarlo siempre que sea necesario— su interpelación fue textual, aún sea el más “panfletario” (diríamos ahora) de estos textos, me refiero a Vindicación de los derechos de la mujer de Mary Wollstonecraft (1792):

“Como el amor ocupa en su pecho el lugar de toda pasión más noble, su única ambición es ser hermosa para suscitar emociones en vez de inspirar respeto; y este deseo innoble, igual que el servilismo en las monarquías absolutas, destruye toda fortaleza de carácter. La libertad es la madre de la virtud y si por su misma constitución las mujeres son esclavas y no se les permite respirar el aire vigoroso de la libertad, deben languidecer por siempre y ser consideradas como exóticas y hermosas imperfecciones de la naturaleza”.

Las que siguieron a Wollstonecraft (que pertenece a la Ilustración, pero también al Romanticismo), comenzando por su hija Mary Shelley y todas las demás que antes hemos nombrado, ejercitaron, probaron y, finalmente, desplegaron poemas y narraciones muy particulares. Tampoco es que todas o toda su obra la dedicaran solo y exclusivamente a denunciar el amor romántico. No por cierto y la profusión de estilos y lenguajes de estas escritoras han sido ya reconocidos como aporte a la literatura universal: el gótico de Shelley y Radcliffe, la literatura miniatura e irónica de Austen, la letra “demente” de Dickinson, etc.

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