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Albert Camus en sus cuadernos

Albert Camus cultivo también el difícil arte menor de las anotaciones, de los carnets

Escritor • En su centenario, sigue dando que hablar.

Escritor • En su centenario, sigue dando que hablar.

La Razón / José Andrés Rojo - periodista

00:00 / 24 de noviembre de 2013

En septiembre de 1939, Albert Camus escribió en su cuaderno (Carnets, mayo de de 1935-febrero de 1942; traducción de Eduardo Paz Leston; Alianza, 1985) una frase que escuchó en un tranvía: “A Hitler si se le da un dedo, habrá que cederle todo”. Unas cuantas anotaciones más tarde reflejaba su extrañeza por lo que estaba pasando: “Estalló la guerra. ¿Dónde está la guerra? Fuera de las noticias que hay que creer y de los carteles que hay que leer, ¿dónde encontrar los signos de este absurdo acontecimiento?”, se preguntaba. Y poco después se decía: “Haber vivido en el odio de esta bestia, tenerla delante de sí y no saber reconocerla. Tan pocas cosas han cambiado. Más tarde, sin duda, vendrán el lodo, la sangre y el asco inmenso. Pero por el momento sentimos que el comienzo de las guerras es semejante al principio de la paz: el mundo y el corazón los ignoran”. Pronto llegarían, efectivamente, “el lodo, la sangre y el asco inmenso” y aquel joven escritor y periodista, que también se dedicaba al teatro, pondría su pluma al servicio de la Resistencia dirigiendo Combat.

Sólo después publicaría la obra que le dio más fama, El extranjero, y se pelearía con Sartre y su posición sobre Argelia le traería complicaciones y ganaría el Premio Nobel y un día, en 1960, un accidente de coche terminaría con su vida.

En septiembre de 1939, cuando Hitler invadió Polonia, era simplemente un hombre perplejo que intentaba reconocer a la bestia. “Juzgar un acontecimiento es imposible e inmoral si es desde fuera”, apuntó más adelante en su cuaderno. “Es en el seno de esta absurda desgracia donde se conserva el derecho a despreciar”.

Los cuadernos que se conservan de Camus empiezan con una larga anotación de mayo de 1935 y terminan en marzo de 1951. Apunta ideas cazadas al vuelo, ensaya diálogos, procura explicarse a sí mismo el torbellino de asuntos que lo afectan, recoge las primeras notas de las obras que luego desarrollará, describe paisajes, resume sus viajes: “Breslau. Llovizna. Iglesias y chimeneas de fábrica. Su peculiaridad trágica” (julio de 1937).

Es el lugar donde está a solas consigo mismo, donde se desnuda y afila sus argumentos y esconde sus miedos, donde se observa y se define. Así que cuando se cumplen cien años del nacimiento del autor de La peste —Mondovi, Argelia Francesa, 7 de noviembre de 1913 - Villeblevin, Francia, 4 de enero de 1960)—, no está de más copiar lo que apuntó, antes de la guerra, sobre el oficio que marcó en buena medida su escritura: “¿Intelectual? Sí. Y no renegar nunca de ello. Intelectual=aquel que se desdobla. Eso me gusta. Estoy contento de ser los dos. ‘¿Si eso puede unirse?’ Cuestión práctica. Hay que hacer la prueba. ‘Desprecio la inteligencia’ significa en realidad: ‘no puedo soportar mis dudas”. Camus supo hacerlo, y hurgó en sus contradicciones, que eran las de su tiempo, y tuvo el coraje de definirse, sabiendo siempre que estaba caminando sobre un alambre.

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