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Alberto de Villegas, cronista y ‘flâneur’

Villegas es rescatado del olvido; una antología se presentará en la Feria del Libro, el 15 a las 19.00

Villegas• El escritor paceño nació en 1897 y murió en 1934. El libro que se presenta en la feria recoge estudios sobre su obra y una selección de ésta.

Villegas• El escritor paceño nació en 1897 y murió en 1934. El libro que se presenta en la feria recoge estudios sobre su obra y una selección de ésta.

La Razón / O. Rocha, A. R. Prada, P. Brusiloff y F. Vargas - investigadores

00:00 / 13 de octubre de 2013

De Villegas escribe sobre lo que han escrito los modernistas —lo que han escrito incluso varias décadas antes—, ya en abundancia y repetitivamente. ¿Trata él de incorporarse a un corpus con crónicas propias, para pertenecer a un conjunto de intelectuales que él lee con fascinación? ¿Se trata de un deseo de ser parte de ese volumen escritural que conforma un movimiento, una escuela?, ¿de la voluntad de integrar, de conformar, de pertenecer —haciendo lo que ya se hizo—? Si la discusión del decadentismo entre los escritores modernistas revela la necesidad de éstos de integrarse a los debates de la cultura europea, creemos que existe en De Villegas un intento añadido, el de integrarse a los escritores centrales del modernismo, de integrarse (¿angustiado por periférico?) al corpus que ya tenía bastante recorrido y que ya iba abandonando el escenario de las grandes capitales.

En muchos de sus escritos De Villegas construye a su narrador como chroniqueur, esa figura creada en el periodismo francés a mediados del siglo XIX —el primer cronista francés fue Auguste Villemont, autor entre 1850 y 1852 de Chroniques de Paris—. Esta figura será recogida por el periodismo de los modernistas con impresionante creatividad. Los periódicos latinoamericanos se ven en las últimas décadas del siglo XIX inundados de los escritos de estos chroniqueurs latinoamericanos, los más sobresalientes escritores (Sierra, Martí, Gutiérrez Nájera, Del Casal, Urbina, Darío, Nervo, Díaz Rodríguez, Tablada, Gómez Carrillo y tantos otros). SIGLO XX. Hay que hacer una precisión: desaparecida la primera generación de modernistas y extinguida la siguiente en los primeros años del siglo XX, Gutiérrez Nájera, Urbina y Díaz Rodríguez, por ejemplo, siguieron escribiendo hasta entrados los años 20 como modernistas, conviviendo anacrónicamente con la explosión vanguardista. Tablada, en un primer momento modernista, pasó a las filas de las nuevas estéticas; lo que no ocurrió con De Villegas. Lo particular es que éste era mucho menor que todos ellos, coincidiendo generacionalmente, más bien, con los que fueron luego nuestros vanguardistas más notables: Huidobro, Vallejo, Neruda; y con intelectuales como Carlos Mariátegui y Gamaliel Churata, cuyas exploraciones estéticas de juventud fueron luego suplantadas por las preocupaciones y el trabajo político y estético del indigenismo. Tal vez, más que buscar (fallidamente) un De Villegas que adoptara las vanguardias por un tema generacional y de contacto directo, ¿no hay que explorar un De Villegas (tomando en cuenta su interés, hacia los años 30, en cuestiones indígenas) que estuviera más bien siguiendo ese otro camino de los intelectuales de la zona andina: hacia el indigenismo —así no fuera éste, a diferencia de Mariátegui y Churata, un indigenismo de corte señorial y estetizante—? En todo caso, ya sabemos que una cosa no quitaba la otra: Gamaliel Churata fue vanguardista e indigenista en una articulación muy particular.

Las crónicas de De Villegas pueden concebirse como crónicas de viaje, puesto que aluden a experiencias construidas mientras se viaja, mientras se está en el extranjero, mientras hay desplazamiento. Esto se hace más evidente en Sombras de mujeres y en su trabajo periodístico y, en cierta medida, en Memorias de Mala-Bar. El lugar de enunciación del cronista se arma en viaje, por barco, por automóvil, hacia balnearios elegantes en Europa (Deauville, Ostende, etc.) y hacia capitales importantes de ese continente (Bruselas, París). El desplazamiento, sin embargo, no sólo es geográfico: se viaja también en el tiempo, en la memoria, y se recogen figuras de la Colonia y de la era republicana, de la misma manera que se dibujan personajes actuales, contemporáneos.

La crónica en general y luego, más específicamente, la de Gómez Carrillo (conocido y muy admirado de De Villegas), fue en gran medida crónica de viaje. No es casual que a fines del siglo XIX y principios del XX se consagrara el relato de viaje como género literario y simultáneamente fuera la crónica de viaje cultivada por muchos autores y cronistas pertenecientes al movimiento modernista; es el caso de Rubén Darío, los hermanos García Calderón, Enrique Larreta, Rufino Blanco Fombona, Amado Nervo y Gutiérrez Nájera. De hecho, cabe decir que pocos géneros convienen tanto a una escuela o movimiento como la crónica al modernismo. La crónica permite traer el pasado al presente y hacer que todo coexista, que todo participe. La manifestación más pura e inmediata del tiempo es el ahora, siendo ese ahora un tiempo de desplazamientos, recorridos, deambulaciones.VAGABUNDO. Por otro lado, De Villegas construye un narrador que, como personaje al interior de sus elaboraciones, se presenta como vagabundo, sí, errando de aquí para allá; y como quien, de manera ociosa, se desplaza atento, observador, indeterminadamente. No sólo espacialmente, sino en el ámbito de las fuentes que utiliza, en el formato que da a las representaciones, en el capricho de las diferentes formas con que se acerca a los personajes, en los saltos que da en el tiempo. Pero también hay algo de flâneur en este caminante, en este observador, en este viajero: camina, se pasea, atento a los novedades que le deparan las ciudades (son varias las que visita y describe en varios de sus escritos). Inteligente, agudo observador, personaje de gran cultura, es así como se proyecta el narrador. A diferencia del flâneur más clásico, el que se desplaza convocado por el movimiento de la urbe, yendo y viniendo entre la gente anónima, éste va a desplazarse más bien en lugares específicamente glamorosos y elegantes. Es un flâneur, digamos, con un guión un poco más restringido y dirigido.

Por otro lado, Alberto de Villegas fue un dandy —nos lo dice Roberto Prudencio con gran precisión—, el epítome del artista que remarca su diferencia y su carácter único a través de la elegancia y el comportamiento amable, exquisito. Aquel que extiende su esteticismo literario y artístico a la estética del atuendo y la apariencia, al trato y a las fórmulas de sociedad.(Fragmento de la Introducción a Alberto de Villegas. Estudios y antología de Omar Rocha, Ana Rebeca Prada, Pedro Brusiloff y Freddy Vargas. Carrera de Literatura, Instituto de Estudios Bolivianos, Plural Editores 2013.)

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