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Alicia Alonso ‘Bailar es vivir’

La ‘prima ballerina assoluta’ cubana falleció el 17 de octubre en La Habana.

Ícono. Alicia Alonso nació el 21 de diciembre de 1920 y murió el 17 de octubre de 2019 en La Habana, Cuba.

Ícono. Alicia Alonso nació el 21 de diciembre de 1920 y murió el 17 de octubre de 2019 en La Habana, Cuba. Foto: pinterest.cl

La Razón (Edición Impresa) / Tania Delgadillo Rivera - crítica de danza

12:00 / 23 de octubre de 2019

Alicia Alonso, la prima ballerina assoluta partió hacia la eternidad, a sus 98 años de edad, el jueves pasado. Nacida en La Habana, Cuba un 21 de diciembre de 1920, llevaba como nombre de pila Alicia Ernestina de la Caridad del Cobre Martínez del Hoyo, fue no solo una figura del ballet a nivel mundial, por su indiscutible calidad artística, interpretativa y dominio técnico, sino que fue más que eso: fue una revolucionaria y visionaria al crear una escuela cubana de ballet, una pedagogía y un estilo con identidad no solo cubana, sino latinoamericana. 

Apenas se supo de su partida, una serie de imágenes y remembranzas se agolparon en mi mente: Alicia Alonso forma parte de la memoria y admiración, no solo de las grandes figuras del ballet, sino de miles de estudiantes, quienes formados en la década de los 80, principalmente, sabíamos de su existencia y admirábamos cómo esta artista tan exquisita había logrado colocar entre las grandes compañías del mundo al Ballet Nacional de Cuba y había desarrollado una metodología de enseñanza que se ajustaba a los cuerpos latinoamericanos y que combinaba la tradición clásica europea más estricta con la gracia latina, dotándola de un sentido expresivo propio, en este caso caribeño, en el que se podían ver reflejados bailarines y estudiantes de ballet del resto de América Latina.

Y en ese orden de reflexiones, surgió también la pregunta de cuál sería la mejor manera, en esta ocasión, de rendirle homenaje y así repasar pasajes de la vida y reflexiones de una de las más grandes figuras de la historia del ballet del siglo XX, que vivió y siguió nutriendo el ya entrado siglo XXI, para continuar siendo un referente primordial, una leyenda de vida. Cómo hacerlo sin tener que recurrir únicamente a los datos fríos de una biografía, y más bien acercarse a ella a través de sus pensamientos, sus reflexiones y sus anécdotas contadas a viva voz. Así fue que recurrí a sus Diálogos con la danza, un libro que en 2010 ya iba años pasados por la cuarta edición y que seguramente este año y los venideros se disparará en nuevas reproducciones, y que afortunadamente forma parte de mi biblioteca personal sobre danza.

Otro trabajo fundamental es el de Miguel Cabrera, El Ballet en Cuba, joya que llegó a mis manos como obsequio de un apreciado amigo bailarín y coreógrafo cubano, Yadir Vázquez, que reside en La Paz desde hace más de una década.

Alicia Alonso fue primera figura de varias compañías afamadas del mundo, como el Ballet Ruso de Montecarlo, el Ballet de Washington, el American Ballet Theatre y el propio Ballet Nacional de Cuba. Bailó en los grandes escenarios de la ex Unión Soviética, como el Teatro Kirov de Leningrado, en enero de 1958, y en el Bolshoi de Moscú, donde interpretó su tan aplaudida y emblemática Giselle, recibiendo innumerables ovaciones, donde la crítica especializada la declaró como “una de las más completas ballerinas de la época”, como menciona el historiador Cabrera.

Alonso trabajó con los más destacados coreógrafos de su tiempo, como Georges Balanchine, Mijail Fokine, Anton Dolin, Antony Tudor, Jerome Robins y Agnes de Mille, entre otros; y bailó junto a Rudolf Nureyev e Ygor Youskevitch, como partenaires, además de otros tantos. Tuvo una fecunda labor como maestra de ballet, habiendo formado varias generaciones de bailarines, con el convencimiento de que, si bien es imprescindible dotarse de técnica, el arte de la danza y el ballet, para Alonso está “más allá de la técnica”, por lo que para alcanzar el nivel de arte se debe trabajar profundamente en varios aspectos, así lo señala en Diálogos con la danza.

Tras el triunfo de la revolución en Cuba, cuando retornó a su patria, Alicia realizó un trabajo de difusión del arte del ballet en fábricas, escuelas y en alejadas zonas rurales, con el propósito de fomentar este arte entre sectores que nunca antes habían tenido la oportunidad de apreciarlo.

Uno de los retratos más bellos sobre Alicia Alonso lo hace Miguel Cabrera, justamente, pues este historiador cubano fue integrante del Ballet Nacional de Cuba y tuvo el privilegio de acompañar la trayectoria de esta diva por cuatro décadas, y es quien nos describe, en esa su obra, a esta figura de la danza de la siguiente manera:

“En estos albores del siglo XXI, la Alonso ha pasado a una rara y singular categoría, aquella sólo alcanzable por elegidos que, como ella, supieron ver en el trabajo la válida senda del genio. Mujer única y múltiple, real y mítica, quien con su sentido del humor no presta atención al devenir de los calendarios si no es para poner en agenda las coreografías que planea crear, los pocos lugares que le quedan por conocer o los muchos planes por realizar”.

Con toda la gloria que cosechó en su larga trayectoria, la enfermedad de la vista que la asechó tempranamente no le impidió bailar hasta los 75 años y llevar adelante su proyecto de elevar el nivel de la danza en su país y proyectarlo a toda América Latina y el mundo. En su libro de memorias confiesa: “Si en algo he podido aportar con mi arte y el trabajo pedagógico (...) ha sido a contribuir por medio del ejemplo a que nuestros pueblos adquieran confianza sobre el carácter ilimitado de sus propias posibilidades para expresarse dentro de la danza”. El legado que deja, entre otras cosas, es pensar que cualquier innovación debe estar cimentada en las propias raíces, reconocerlas, valorarlas e incorporarlas en los procesos creativos.

Esta prima ballerina assoluta, casi centenaria, nos hace pensar que la danza le dio la vitalidad y ligereza que la sostuvo hasta sus últimos días, pues para ella, “bailar es vivir (…) la danza es vitalidad, cambio. El baile es mi estado natural, y dentro de él, amo, sueño, creo”. Y aun cuando los últimos años, su cuerpo ya no era apto para el movimiento sofisticado del ballet, en sus reflexiones nos dice: “Cuando se ha sido bailarín, no se deja nunca de bailar. Si no se lo hace físicamente, se lo expresa de otra forma. Hasta se puede bailar con el pensamiento”.

Con todo lo que aportó al mundo de la danza y del ballet, se aseguró ya un sitial en el Olimpo. Y seguramente estará junto a Terpsícore bailando para los ángeles y demás huestes celestiales.

* Los textos de Tania Delgadillo pueden seguirse en el blog ‘Andanzas’: cuerposymovimiento.blogspot.com

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