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América, una mirada volcada a la historia

El Instituto Panamericano de Geografía e Historia difunde la Historia de la historiografía de América 1950-2000, una visión panorámica renovada de todo el continente.

La Razón / Carmen Beatriz Loza - Historiadora y demógrafa, INBOMETRAKA

00:00 / 01 de julio de 2012

L a imagen que proyecta Latinoamérica al mundo es tal vez la de sociedades con la mirada volcada al pasado. Habría una especie de obsesión por la revisión constante de su historia, según el periodista argentino Andrés Oppenheimer. La publicación de la Historia de la historiografía de América 1950-2000 es una oportunidad única para verificar ese fenómeno característico. Además, es una ocasión para conocer de manera precisa y fidedigna el camino recorrido por la ciencia histórica y ubicar a la historiografía actual con respecto a las obras que le precedieron. Más precisamente, tener una “visión de conjunto de las imágenes reales e imaginarias construidas sobre el pasado de América en la segunda mitad del siglo XX”. De esa manera, llenar el vacío de información acerca de cuánto, cómo y por qué se ha escrito tanta historia. Interrogantes que apuntan a reflexionar acerca de las fortalezas de la disciplina, al tiempo de tomar conciencia  de las insuficiencias en la manera de pensar y hacer investigación del pasado.

La obra

Compuesta por tres volúmenes independientes, aparecidos entre 2009 y 2011, Historia… es calificada por el prologuista Miguel León Portilla como “una especie de toma de conciencia, amplia y afortunada que será frecuentemente consultada, por no decir de obligada consulta porque existe la posibilidad de sumergirse en una amplia gama de temas historiográficos de varias regiones y países del continente”.  

Cobra así relevancia no sólo debido al desarrollo del tema, al periodo tratado, sino también al fuerte sustento documental que la nutre.

Dedica su atención, por separado, a la producción historiográfica en América del Norte, Centroamérica y América Andina. Ese conjunto de 1.056 páginas ha sido recogido, recientemente, en un CD interactivo. El Instituto Panamericano de Geografía e Historia persigue generar de esta manera mayor difusión, tanto entre profesionales como en el público interesado.

Veinticinco historiadores profesionales, bajo la coordinación general de Boris Berenzon Gorn —historiador mexicano— y Georgina Calderón Aragón —geógrafa mexicana—, lograron establecer ese enorme corpus coordinado y publicado por la Universidad Nacional Autónoma de México. Se trata de un ejercicio que da cuenta del estado actual de la historiografía de nuestro continente, tomando en cuenta la innegable importancia de las obras pasadas

¿Cuál es el concepto de historiografía que domina en la obra? Se ha asumido el de historiografía como retórica del TiempoEspacio, tomando la más reciente definición de Helena Beristáin, que se apoya en el pensamiento de Immanuel Wallerstein. A partir de ello y de las líneas generales planteadas por los coordinadores, se buscó que cada uno de los autores, adscrito a determinada región, refleje su propia retórica de la historiografía. Por ello, los coordinadores afirmaron que el propósito deliberado fue tener “un concierto de voces de las posibilidades de la heterodoxia”, debido a que “no existe otra forma de plantearse una investigación tan disímbola como lo es nuestro propio continente”. Así las cosas, desde el principio estamos advertidos de los contrastes existentes entre las contribuciones, razón por la cual no existe homogeneidad de criterios y menos formas narrativas comunes.

¿Por qué centrarse entre 1950-2000? En primer lugar, porque se debía completar la visión que se tenía de la primera mitad del siglo XX, presentada por los historiadores mexicanos Silvio Zabala y Leopoldo Zea. Luego, porque es un periodo en el que se crean nuevas instituciones que impulsan la profesionalización y, finalmente, porque los numerosos eventos históricos condujeron a los investigadores a repensar los enfoques de las historias de sus respectivos países.

América del Norte. El primer volumen, coordinado por Boris Berenzon Gorn y Georgina Calderón Aragón, reúne la producción de 22 autores dedicados a la historiografía de Norteamérica. Ellos tocan independientemente la historiografía diplomática; la geografía histórica; la cultura, las mentalidades y el inconsciente; los movimientos indígenas campesinos; la política; la región; la visual; los derechos humanos, el género y el patrimonio.

¿Qué significado tuvo este primer volumen? Una ruptura, según el historiador mexicano Enrique Semo, que acabó con el mito del pasado de dividir la América en dos continentes: América del Norte (anglosajona y francófona) y América del Sur o Latinoamérica (hispanófona). Esa división que no tiene justificación geográfica

—insostenible en tiempos de globalización— deja a Centroamérica fuera, a pesar de representar una parte de México. De tal suerte que esa división juzgada arbitraria, falsa y nociva fue abandonada en la obra. Al igual que la idea vehiculada en numerosa bibliografía estadounidense, en la que se sostiene que “el océano Atlántico ha sido el corredor de intercambios espectaculares de gente, tecnologías e ideas, que permite estudiar Europa y Norteamérica como una unidad”, y dejando Latinoamérica como “otra civilización con rasgos muy diferentes”.

Como señala Enrique Semo, en la obra se demuestra que no hay razón plausible para dividir el continente en dos. La realidad contemporánea ha hecho añicos aquella afirmación. Gracias a los trabajos de Patricia Eugenia de los Ríos y Julián Castro Rea, se comprende que las relaciones del norte y el sur del continente han estado entrelazadas históricamente desde hace mucho.

La elección de balances historiográficos temáticos impide tener una visión de conjunto de la historiografía del norte. La fuerza, sin embargo, consiste en la posibilidad de penetrar en el detalle de las publicaciones por ámbitos de estudio. Por ejemplo: conocer las diversas fases de la consolidación de los estudios de género como reflexión de las mujeres mexicanas y explorar las miradas metodológicas de los estudios sobre el campesinado revolucionario que hoy siguen las autonomías indígenas.

Centroamérica. Francisco López Solano es el responsable del segundo volumen que apunta a ver las coincidencias en el pensamiento histórico en la región centroamericana. Este historiador, de entrada subraya la existencia en Costa Rica de una sólida producción histórica fruto de una activa comunidad de estudiosos sometidos a una evaluación periódica. Mientras, Miguel Ángel Herrera insiste en presentar la estrecha relación entre historia y política en Nicaragua. Más precisamente, en la modalidad histórico-discursiva desde el centro de la cultura que moldea el poder político.

Por su parte, José Eduardo Cal Montoya muestra los cambios en las temáticas históricas al calor de la convulsión sociopolítica de su país. A diferencia de ello, Fina Viegas insiste en el carácter exploratorio de su ensayo destinado a mostrar el contexto bibliográfico, archivístico e institucional.

Finalmente, está el caso de Honduras que, a pesar de su reducida comunidad de historiadores, ha logrado descentrar el trabajo histórico e ingresar a un revisionismo cuyos frutos son muy interesantes para el resto del continente americano.

América Andina. El tercer volumen fue coordinado por el historiador peruano Teodoro Hampe Martínez, quien ha estimulado la elaboración de una historiografía por país, dejando en libertad a los seis autores invitados a optar por la metodología y la forma narrativa que más les convenga. Se crean de esta suerte contrastes como rasgo de diversidad y riqueza. Mientras algunos autores prefieren simplemente listar la bibliografía más relevante, como hace Antonio Cacua Prada de Colombia, otros prefieren una aproximación cuantitativa para ofrecer estadísticas de la producción de libros y de historia para establecer coyunturas (como hace la autora del presente artículo, Carmen Beatriz Loza, de Bolivia).

Lo hecho contrasta con los análisis más clásicos destinados a ofrecer panoramas de síntesis, en los que interviene tanto la producción de los países como la americanista, según hacen notar Teodoro Hampe Martínez del Perú, Jorge Núñez Sánchez del Ecuador y María Elena González de Luca de Venezuela.

Casi en todos los casos se verifica la trama entre instituciones dedicadas al quehacer histórico como las academias, universidades, editores y miembros de los comités de revistas. Esa trama ha sacado a luz la necesidad de formalizar un colegio o gremio de historiadores profesionalizados para afirmar el campo histórico y afianzar el rol del historiador en la sociedad, sobre todo en vista de que está siendo permeado por abogados, politólogos y, muy recientemente, invadido por comunicadores sociales.  En términos generales, en los Andes se abandonó el positivismo histórico debido a la incorporación de nuevas corrientes o escuelas de pensamiento que se han presentado a lo largo de generaciones. La fuerte influencia francesa de la Escuela de los Annales y las tendencias desarrolladas por los estadounidenses marcaron a los historiadores latinoamericanos, los que cambiaron de preferencias temáticas. Por ejemplo, se produjo el abandono paulatino de la historia política y militar para pasar al auge de la investigación de la historia económica y social en el Perú, Ecuador y Venezuela. Aunque el Perú, a pesar de todos los cambios, mantuvo, durante más de 30 años, una investigación histórica marítima de alta calidad.

La revisión temática permite ver que los historiadores asumen la historia como aquella que “va más allá de lo que acontece en el plano oficial y en la necesidad por formular aportes en otros planos de la vida social”. A pesar de ello, se evidencia un desequilibrio en el apoyo para la publicación de los trabajos y la investigación de largo aliento.

En suma, la Historia de la historiografía de América 1950-2000 permite matizar la visión de Andrés Oppenheimer. No en todos los países existen las condiciones para la producción histórica. Los contrastes son muy grandes debido al grado de institucionalización y de consolidación del campo histórico. La falta de espacios de trabajo y de incentivos impide un desarrollo armonioso en las Américas.

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