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Arribo al país de los deseos

Fragmento de ‘Rimbaud en Java. El viaje perdido’ , en el que se narra la llegada del poeta a la isla y su vida de soldado en el campamento holandés de Salatiga

Viaje.

Viaje.

La Razón / Jamie James - escritor

00:00 / 31 de marzo de 2013

Después de rodear el oeste de Java, poco antes del mediodía del 22 de julio, el Prins van Oranje echó anclas en las radas de Batavia. Rimbaud había arribado a los calurosos países de sus deseos. En una escena que recuerda los cuentos de Herman Melville en los Mares del Sur, que Rimbaud puede haber llegado a leer en traducciones populares francesas (o en inglés), buhoneros javaneses arropados sólo con sarongs remaban hasta el barco montados en piraguas, pequeñas embarcaciones nativas, para venderles a los pasajeros fruta y pasteles dulces de arroz. Tras cumplir las formalidades portuarias y una inspección sanitaria a bordo, los hombres eran transportados en piragua al Haven-Kanaal, el único, estrecho canal que servía como puerto de la capital de las Indias Orientales Holandesas. Alineadas a lo largo del muelle, había phinisi, goletas de madera pintadas con colores brillantes, construidas por carpinteros de origen Bugis, embarcaciones de aspecto orgulloso y bao ancho, con las velas recogidas manchadas de óxido. Vigorosos lascares malayos surgían de las estrechas bodegas de los barcos en fila india, transportando fardos de tabaco y sacos de té, azúcar y especias sobre la espalda.

Los soldados eran recibidos en el muelle por un comité de bienvenida integrado por dignatarios coloniales y a cada uno se le daba una rebanada de pan fresco y media botella de vino. Atravesaban a pie la parte vieja de Batavia, siempre al ritmo de un creciente toque de tambor. Al salir del puerto, pasaban por delante de los inmensos, majestuosos almacenes de la VOC, la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, muchos de los cuales tenían 200 años, incluso más. Luego se dirigían hacia el sur en dirección de la Prinsenstraat, una amplia avenida bordeada de árboles elegantes, tamarindos, canarium y llamas-del-bosque, cuyas copas los aliviaban del intenso calor. Al final de la Prinsenstraat, se subían a tranvías tirados por caballos para el largo viaje a sus cuarteles —16 kilómetros, con cinco cambios—, en el suburbio agrícola de Meester Cornelis (la moderna Jatinegara, al este de Yakarta), donde permanecían una semana para reponerse del viaje y recibir capacitación adicional.

Batavia era una de las ciudades más cosmopolitas del mundo, con una población nativa traída de todo el archipiélago, hacendados y mercaderes de Europa y de los Estados Unidos, así como asentamientos de indios, árabes, un contingente de mexicanos y peruanos y, por supuesto, chinos. El tranvía de los soldados pasaba retumbando por Chinatown, donde negocios de tejas rojas flanqueaban una red de canales estrechos, con paredes de estuco veteadas de moho negro y forradas de retazos de un musgo brillante. Rojos dragones de cerámica custodiaban los techos inclinados de los templos chinos, tintineando con campanas y echando humo de incienso. Entonces, el batallón pasaba por el nuevo distrito comercial, bordeado de hoteles y negocios con grandes vitrinas de vidrio que exhibían artículos de lujo provenientes de Europa. (…)

Al final de la tarde, los soldados habían alcanzado su cuartel en Meester Cornelis, una antigua fábrica de té, que es como se denominaba en Oriente a los depósitos comerciales. Allí se sumaban a otros recién llegados y quedaban a la espera de que les asignaran un destino. La mañana siguiente al arribo, el comandante del puesto entrevistaba a cada recluta, de uno en uno, para preguntarles si tenían alguna queja sobre el viaje y si poseían algún talento especial que pudieran ofrecer; para esa época, en particular se buscaban músicos y armeros.

Rimbaud fue asignado a una compañía de fusileros del primer batallón de infantería apostado en Salatiga, en las frescas colinas de Java central. Mientras se encontraban en Meester Cornelis, los soldados tenían libertad para ir a beber a los bares que habían brotado alrededor del campamento militar, pero no había ninguna oportunidad de volver a la ciudad. Al comandante se le ordenó establecer un perímetro alrededor del campamento, más allá del cual los soldados tenían prohibido ir. Cualquier hombre capturado fuera de ese radio era objeto de castigo, por lo general la confiscación de la paga y cincuenta golpes de palmeta de ratán.

El 30 de julio, Rimbaud y el resto de su compañía volvieron al puerto y fueron embarcados en el carguero Fransen van de Putte con destino a Semarang, 236 millas marinas (436 kilómetros) al este de Batavia, un viaje de dos días a lo largo de la costa norte de Java. Semarang era por aquel entonces la segunda ciudad de Java. En 1879, la popular revista de viajes Le Tour du Monde, un prototipo francés de la National Geographic, describió Semarang como una “ciudad muy linda”, de largas avenidas con sombra, bordeadas de “bellas casas rodeadas por jardines de aire señorial”. Al caminar por las calles de la ciudad, Désiré Charnay, el autor del artículo, encontró muchos árabes y chinos. Los hombres javaneses, escribió, vestían sarongs, chaleco de lana y gorras con visera. “Así ataviados, con un kris en el cinto, el pequeño señor javanés avanza con gravedad, tieso y taciturno, aplastado por el pesado yugo de su triste temperamento”. Uno de los distritos de Semarang estaba habitado por negros, veteranos del ejército colonial holandés de la Costa de Oro y sus descendientes. La próspera población china de la ciudad construyó templos espléndidos, entre ellos Gedung Batu, que conmemoraba una visita que realizó a Semarang, en 1416, Zheng He, el almirante imperial que firmó “acuerdos de amistad” con Estados a lo largo de todo el sudeste asiático.(…)

El entrenamiento militar comenzó ahora en serio, con ejercicios diarios en que todas las órdenes estaban dadas en holandés. Por primera vez Rimbaud tuvo contacto directo con los soldados nativos, la mayoría javaneses o molucanos, que constituían tres cuartas partes de la infantería. La disciplina del campamento, según los estándares modernos, estaba lejos de ser estricta. El uso de opio era contrario a las reglas —aunque sin duda debía de poder obtenerse con facilidad en los negocios chinos—, pero se alentaba activamente el consumo de alcohol. Un manual del ejército, que seguía usándose en 1893, instaba a generosas y frecuentes raciones de gin sobre la base de que ayudaba a la digestión y, durante las marchas largas, mantenía a raya el hambre. A los hombres también se les permitía llevar chicas a sus habitaciones, las que tuviera para ofrecer Salatiga y estuvieran dispuestas a trasladarse hasta los cuarteles. Uno de cada tres soldados europeos apostados en las Indias Orientales Holandesas era diagnosticado con una enfermedad de transmisión sexual. Rimbaud no se contó entre ellos; su dolencia le llegaría después, en África.

El 15 de agosto un cura jesuita llamado De Bruyn celebró la Asunción de la Virgen con una misa en la capilla Dionisios de Salatiga, en la parte norte de la ciudad. Rimbaud no participó: dos semanas después de haber llegado a Salatiga, había desertado.

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