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Arte, el verbo encarnado

Cristian Mercado, Luigi Antezana, Gory Patiño y Fernando Arze arman una comedia exquisita

Afiche. Sergio, Iván y Marcos, el trío de amigos.

Afiche. Sergio, Iván y Marcos, el trío de amigos.

La Razón / Mabel Franco - Periodista

00:00 / 16 de diciembre de 2012

Un texto dramatúrgico puede ser brillante. Pero en tanto no llegue al escenario, en tanto el verbo no se encarne, es literatura, no teatro. Por otro lado, tener actores dando vida a un texto, por muy bueno que éste sea, no garantiza el éxito ni mucho menos. Que la obra Arte (Yasmina Reza) haya sido representada por el mundo, por actores de prestigio, podría dar la impresión de que es como un as de triunfo; pero nada más lejos de la verdad.

Me tocó asistir, hace algunos años, a una publicitada representación de Arte en México. Y con estrellas locales de amplio prestigio. El verbo puede morir en el proceso de encarnación, tal la constatación de aquella experiencia, al grado de no haber asomado la genialidad de Reza en una obra convertida en fácil comedia costumbrista.

Un grupo de actores bolivianos se anima, ahora, a intentar su propia versión. Y lo que hace es confirmar algo que es evidente hace tiempo: hay una generación de excelencia en el teatro que se hace en el país, una generación que entiende del oficio y que es capaz de explorar un texto hasta en los detalles sutiles que son los que marcan la diferencia. Arte, de Luigi Antezana, Cristian Mercado, Gory Patiño y, el director, Fernando Arze, es una comedia, ciertamente, pero de ésas en las que la risa es un mecanismo para bajar defensas y mirarse uno mismo en sus relaciones con los demás. Para el caso de la obra propuesta por Reza, relaciones de amistad, pero también de matrimonio, con las madres y hasta las madrastras.

Ahora bien, ¿cómo se mide el ‘éxito’ teatral? Pues en la medida en que a través de los actores y cuanto la puesta pone a su servicio (luces, vestuario, música), el espectador es llevado hasta esa frontera en la que la ficción parece  la realidad. La mentira aceptada, como se llama a ese acto de sentarse en una platea, ver desfilar a los actores y olvidarse de que lo son para conmoverse con lo que les pasa.

Esto es lo que logra el grupo. Un primer gran acierto es la asignación de roles. Luigi “es” Marcos, el racional del grupo, el dominante, el que no soporta perder el poder sobre los amigos y que controla a duras penas sus arranques de ira. Gory —que de a poco va recuperando su solvencia en la escena, luego de largos años de haberse mantenido alejado— “es” Sergio, el hombre que juega a estar a la moda, que quiere presumir de lo moderno que es, aunque no esté seguro de lo que ello representa. Y Cristian —con el cabello alaciado que le da el carácter anodino que sus rulos estropearían— “es” Iván, el que quiere pasar por la vida sin complicaciones, el conciliador.

Esos personajes echan luces sobre la naturaleza humana en sociedad: se crean lazos de amistad intensos, pero como cada persona evoluciona de distinta manera, en algún momento no existe sino la convención, la costumbre, la hipocresía. Seguir juntos, pese a saber todo ello, puede ser en verdad amistad.

La obra estuvo dos días en el Municipal. Ojalá se muestre más.

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