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Avatares de la gestión cultural en Bolivia

El Alto. Un cuadro de Arturo Borda, parte de la colección donada por Antonio Paredes Candia a la ciudad alteña.

El Alto. Un cuadro de Arturo Borda, parte de la colección donada por Antonio Paredes Candia a la ciudad alteña.

La Razón / Beatriz Rossells - antropóloga, docente-investigadora UMSA

00:00 / 28 de octubre de 2012

El ejemplar ciudadano Gunnar Mendoza Loza, director durante 50 años del Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia, en el estudio sobre el pintor Melchor María Mercado, lo muestra como el “ejemplo representativo de tiempo y lugar, en quien se encarna el drama de la vocación incuestionable para el arte y la ciencia que no contando con la infraestructura institucional adecuada para realizarse, tiene que vivir la agonía de procurar por sí mismo esa realización”.

Mercado, abogado de profesión, se convierte merced a su talento y múltiples aptitudes, en pintor, explorador, naturalista músico, museógrafo, dejando en todas esas nobles actividades un valioso legado documental, que a la vez expresa las miserias del desarrollo institucional de su tiempo. Su gran vocación de servicio público lo conduce a abrir la primera escuela gratuita de pintura en Sucre, objetivo para el que no encuentra apoyo oficial. En 1846 ofreció al Gobierno su museo, para que sirviera de base a un museo nacional. La respuesta nunca se efectivizó y en las siguientes décadas sufrió persecución política que aprovechó no obstante las condiciones difíciles para registrar en un álbum artístico el rostro del pueblo, allá por donde el exilio lo condujo.

Mendoza cierra el estudio sobre Mercado presentando la lucha por la cultura en Bolivia como un drama entre los avatares de la política, el militarismo y la burocracia. En efecto, en el recorrido de las condiciones de desarrollo de la cultura en el siglo XIX y XX en el país, prevalece una situación de antagonismo y oposición entre Estado y sociedad civil. ANÁLISIS. Es necesario el análisis de los siglos pasados para recoger las lecciones y establecer parámetros de valoración que resulten útiles en la discusión de alternativas en la gestión cultural. A través de la historia del país, se ha dado una grave ausencia de atención a las necesidades culturales; sin embargo, las difíciles condiciones para el desarrollo cultural no son problema exclusivo del país. Recién desde mediados del siglo XX, los organismos internacionales establecieron que los estados deben asegurar las mejores condiciones para una participación plena de los ciudadanos en la cultura, sin discriminaciones ni restricciones de ningún tipo.

En el ámbito internacional ha cambiado la noción de políticas culturales y gestión cultural. Las comunicaciones y la informática, la industria cultural con las connotaciones inherentes económicas y mercantiles y los efectos de la globalización, junto a los avances tecnológicos, han invadido la esfera de la cultura. Como equilibrio a estos avances se reconoce desde el consenso internacional la importancia del desarrollo junto a la cultura, vale decir, el desarrollo integral y los derechos humanos en concomitancia con la democracia.

Especialistas como Victor Vich consideran tres actores en las políticas culturales: el Estado; la sociedad civil y la empresa privada; y el mercado. El Estado, como agente central, debe promover iniciativas a partir de una mayor inversión en la educación pública, infraestructura, inventarios patrimoniales, mejores servicios a los ciudadanos, etc. La sociedad civil es el actor privilegiado y destinatario de las acciones del Estado; pero a la vez debe ser la que encabece y movilice el contenido de las políticas culturales.

Es compleja la relación con el mercado que ha convertido a la cultura en una mercancía. Las industrias culturales suelen ver en primer lugar la conveniencia de las inversiones. Existe una controversia respecto a la democratización del consumo de innumerables bienes, entre ellos la televisión, la radio, la música y contradictoriamente, su inaccesibilidad. Por ello es fundamental que las políticas culturales intervengan con mecanismos más incluyentes.

En nuestro país es urgente la alianza del Estado, la sociedad civil y la empresa privada. En el siglo XXI, aparecen nuevos actores que con una profunda mística de trabajo han creado y sostenido desde la iniciativa privada numerosas instituciones.

En la ciudad de La Paz, FITAZ, emprendimiento de Maritza Wilde, continúa organizando festivales de teatro. La Cinemateca Boliviana levantada con el esfuerzo de muchos voluntarios finalmente logró ser un estupendo centro de conservación y difusión de las artes cinematográficas. La Orquesta Experimental de Instrumentos Nativos, creada por el músico Cergio Prudencio, es un logro nacional e internacional en el panorama de la música contemporánea de raíces andinas. La fundación Visión Cultural, dirigida por Norma Campos, promueve la formación de gestores culturales, la discusión de estas temáticas y la difusión del arte. Los proyectos en las artes visuales de Sandra Boulanger y los de Marta Monzón en el teatro y la difusión cultural son valiosos.

En El Alto, la Casa Juvenil de las Culturas Wayna Tambo, dedicada tanto a las artes visuales como a la música convoca especialmente a los jóvenes. Al igual que Trono, una referencia cultural en esa urbe. En el país existen igualmente emprendimientos de la sociedad civil de importancia como el proyecto Martadero de Cochabamba, espacio de innovación e interculturalidad en el campo de las artes escénicas, visuales y también la música. Lo mismo se puede decir de la Asociación Pro Arte y Cultura, liderada por Marcelo Araúz en Santa Cruz, que ha logrado dar a conocer mundialmente la música barroca de la Chiquitanía por medio de festivales internacionales; el Teatro de los Andes creado por César Brie es una referencia internacional. Y muchos otros emprendimientos.CONTRIBUCIÓN. Por otro lado, se debe considerar las contribuciones de la empresa privada o de actores de la sociedad civil al campo de la cultura. Entre ellas, la más significativa es la donación que el investigador folklorista Antonio Paredes Candia hizo a la ciudad de El Alto, entregando su colección de pintura y escultura y una biblioteca histórica. Está a cargo de la Alcaldía de El Alto con el encargo de manejar estos bienes de la mejor manera posible. La Señora Mónica Ballivián, por su parte, ha donado al Museo Nacional de Etnografía y Folklore una colección valiosa de 300 piezas de oro de Tiwanaku que debe ser puesta en valor en una sala especial.

Otra contribución importante es la realizada por los hijos del reconocido empresario Mario Mercado Vaca Guzmán, con dos grandes espacios museográficos dedicados a la memoria de Franz Tamayo y de los escritores paceños. La colección de 300 piezas, difícilmente recolectadas, ha sido entregada a la Alcaldía Municipal de La Paz y funciona en el Museo del Niño. Curiosamente esta valiosa donación que es la única destinada a preservar la memoria de los más importantes escritores paceños ha sido devaluada al no merecer ninguna difusión municipal, se ha infantilizado los ambientes colocando mesas para que los niños jueguen en medio de los recuerdos de los escritores y, lo más grave, el nombre de estos dos ambientes ha sido cubierto con una lona.

Por ello, es sumamente necesario y urgente alentar el aporte privado y respetar las condiciones que se piden para su mantenimiento y evitar la improvisación en los encargados de su custodia que deben tener, como se ha previsto en una reunión de museos, una sólida formación técnica.

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