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Barenboim, la batuta comprometida

El Festival de Salzsburgo homenajea al director y pianista por cinco décadas de intenso trabajo a favor de la música y la paz en Oriente Medio

La West-East Divan Orchestra agrade. Foto: wordpress.com

La West-East Divan Orchestra agrade. Foto: wordpress.com

La Razón (Edición Impresa) / Mauricio Otazo - director de la Orquesta Sinfónica Nacional

00:00 / 30 de agosto de 2015

Daniel Barenboim terminó su ensayo con la Orquesta Filarmónica de Viena el 20 de agosto en Salzburgo, para preparar el concierto que iba a ofrecer pocos días después en el muy prestigioso festival de música de esa ciudad austriaca. Y entonces se llevó una sorpresa que le conmovió: la organización del Festival de Salzburgo le agasajó con una recepción en su honor. El motivo era celebrar los 50 años de su debut en el festival, cuando interpretó al piano el concierto en do menor KV 491 de Mozart, también con la Filarmónica de Viena, dirigida por su amigo el director indio Zubin Mehta. Entonces Barenboim era un chico en pantaloncillos cortos, pero el reconocido diario Wiener Zeitung ya hablaba del futuro seguro de aquel prodigio y decía: “Esperamos escuchar a este talento especial en una docena de años en el Festival de Salzburgo”.

Pasadas cinco décadas, la realidad superó la predicción. Barenboim, nacido en Buenos Aires en 1942 de padres judío-rusos, comenzó sus estudios de piano con su madre a los cinco años, continuando su educación pianística con su padre, que sería su único profesor. A los siete años ya daba su primer concierto formal. Cuando tenía diez, la familia emigró a Israel, y dos años más tarde Barenboim fue a Salzburgo a pasar clases de dirección con el reconocido Igor Markevitch.

En ese curso conoció al director Wilhelm Furtwangler, mito de la Filarmónica de Berlín, quien llamó al niño “fenómeno”, y le invitó a tocar con su orquesta. Sin embargo, el padre de Barenboim consideró que aún no estaban cerradas las heridas de la II Guerra Mundial como para que un niño judío actuase en Berlín. Así, su carrera pianística internacional despegó en Viena y Roma en 1952 y continuó en París, Londres y Nueva York.

En 1966 debutó como director con la English Chamber Orchestra, y en 1975 fue nombrado director de la Orchestre de París, cargo que tuvo hasta 1989. De ahí y hasta 2006 pasó a la Orquesta Sinfónica de Chicago. No fue muy feliz en ese puesto, pues le frustraba tener que cumplir con una de las tareas de un director norteamericano: conseguir fondos para la orquesta. Desde 1992 encabeza la Staatsoper y de la Staatskapelle de Berlín a título vitalicio. Desde 2011 es director musical de La Scala de Milán.

RECONCILIACIÓN. En 1999 fundó la West-East Divan Orchestra, que ha llevado su fama incluso más allá del mundo de la música. Ésta es una iniciativa de Barenboim y el literato e intelectual palestino-estadounidense Eduard Said para aportar a la paz en Oriente Medio: la orquesta la forman jóvenes músicos israelíes, palestinos, libaneses, sirios, jordanos y españoles.

En otro gesto de reconciliación, después de un concierto en la ciudad palestina de Ramala en 2008, Barenboim aceptó la ciudadanía palestina honoraria, y se convirtió en el primer ciudadano del mundo con ciudadanía israelí y palestina.

DEBATE. Otro momento histórico tiene que ver con el compositor alemán Richard Wagner, que siempre había sido tácitamente prohibido en suelo israelí. En un concierto en Jerusalén en 2001, el director anunció que la orquesta iba a interpretar a Wagner como segundo bis, e invitó a quien quisiese a que saliera del teatro diciendo: “Hay mucha gente que no asocia a Wagner con el nazismo. Yo respeto a aquéllos a quienes esta asociación resulta opresiva. Por eso me dirijo a ustedes y pregunto si puedo interpretar a Wagner”. Se inició un debate de media hora. Barenboim fue llamado fascista y pronazi por algunos. Al final, solo unos cuantos de los espectadores se fueron y una aplastante mayoría aplaudió el preludio de Tristán e Isolda.

Así, el niño que impresionó al Festival de Salzburgo se ha convertido 50 años después en uno de los pianistas y directores más respetados de nuestros tiempos, y sin duda se ha ganado el homenaje. Barenboim dijo sentirse muy feliz y muy honrado por el gesto, pero no puso demasiado sentimiento a la hora de cortar la torta, porque quiere que la música siga contando con él. Y los aficionados de todo el mundo esperan seguir disfrutando de este genio muchos años más.

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