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‘Bautizar la ausencia’, de Homero Carvalho Oliva

El poeta beniano retrata su universo personal en una obra que mira hacia adentro para hablar sobre el mundo.

‘Bautizar la ausencia’, de Homero Carvalho Oliva.

‘Bautizar la ausencia’, de Homero Carvalho Oliva.

La Razón (Edición Impresa) / Haydeé Nilda Vargas Guerrero / Filóloga

00:00 / 09 de mayo de 2018

Escribir sobre Homero Carvalho es tarea de cuidado. Cuando lo conocí en 1985 ya tenía publicaciones importantes y trabajaba sin pausa con las palabras. Desde aquel año ha marcado su camino en continuo ascenso. Esa trayectoria lo ha elevado a posiciones de prestigio y reconocimiento entre lectores de Bolivia y el exterior. Entonces, lo pertinente sería una aproximación a su escritura en Bautizar la ausencia, poemario que tuve la oportunidad de apreciar.

Construir un mundo poético en un libro no está al alcance de la mayoría de los escritores; sin embargo, Homero Carvalho lo ha conseguido con trabajo arduo y constante de toda una vida. Esta vez ha reunido poemas en verso y prosa, y ha añadido algunos poemas de sus libros Diario de los caminos e Inventario nocturno, para completar su estructura y dar significado a la ausencia.

Con un álbum de fotos familiar en las manos dirige la mirada retrospectiva al camino recorrido por sus ancestros, una mirada que refresca afectos y sentimientos. Esos pilares sostienen y protegen a los suyos o los encaminan hacia las estrellas en el viaje de la vida. ¿Cómo escribir sobre hilos de sangre y sentimientos que tejen las relaciones familiares? Homero Carvalho responde: “El recuerdo debe ser poesía, nunca historia; porque la poesía es otro de los nombres del amor”. Entonces se impone la tarea de escribir sobre sus antepasados, porque “son ellos los que sostienen el mundo”.

Francisco Antonio y Delfina, abuelos de sus abuelos, “inventaron la patria cada día”. Leónidas y Raquel, Nemesia y Humberto; sus abuelos, fueron “guerreros de la alborada” e hicieron “la patria con sus sueños” de amor en Santa Ana del Yacuma. Su padre Antonio y su madre Janola germinaron la simiente de “árboles poblados de quimeras”. Ese es el legado del que Homero se siente orgulloso. Se sabe responsable de tejer conexiones entre sus hermanos, su amada y sus hijos. Escribe para ellos y para los que vendrán, aunque el álbum, en un futuro cercano, cambie de formato y radique en la nube.

El poema a su padre tiene el código de apertura a los más hondos sentimientos de amor emitidos en versos. Su padre es su héroe, el gigante de la Amazonía, el referente inmediato en su vida, la energía que mueve las fibras sensibles del escritor y lo conduce a renacer la ausencia en palabras.

Ese amor fraterno se convierte en devoción cuando se refiere a su madre, tiene relación con el origen de la vida, la lluvia, el vientre que germina y el gran respeto que todos deben profesar al ser que los trajo al mundo. Materializa en palabras elementos de su amor cosmogónico y universal que convergen en el punto neurálgico del libro. Así consigue que los poemas de su árbol genealógico, los del espacio de sus vivencias, Santa Ana del Yacuma, junto al río de “imágenes peregrinas”, vertebren la estructura emocional de Bautizar la ausencia. (...)

¿Cuál es el límite entre la ficción y la realidad en los libros? Homero nos desafía a viajar entre sueños y realidades para identificar el color y melodía de sus palabras y ver, en el espejo de sus vivencias, su magia poética. Encontramos pinturas de la infancia, aquella ingenuidad de los niños en la primera comunión o la predisposición por dar sentido a pasajes oníricos. (...)

Es la época de las fantasías sexuales ingenuas, época de la virilidad que deriva en la identificación con los héroes y la “necesidad de amar y ser amado”. El narrador y poeta revela que “la revolución también es una muchacha” y cómo conoció el amor, “como si la revolución dependiera de ello”. En este punto explosivo de recuerdos y realidades, el poeta, enamorado de las palabras, florece en su libro y conjuga verbos de acción y pasión para una teoría del amor en Palabras dedicadas a su amada.

Entonces crea un hogar y vienen los hijos, a quienes les habla de lo esencial; “La patria no es otra cosa/ que alguien a quien amar/ una ciudad elegida para vivirla… y los abrazos de sus padres”. Su casa con puertas de tajibo se transforma en el núcleo de su vida, donde recibe a los hijos que le regaló el cielo “Alcé mis manos vacías y la vida depositó su ofrenda en ellas”. La ternura fluye como agua de un río cristalino y dedica un haiku a su primer retoño: “Nació Brisa/ pequeña y hermosa/ flor de verano”.

El tiempo continúa su viaje imparable, la niña que jugaba con su hada madrina crece. “Y el hada se fue despacito/ para no despertar a mi hija”. Su hijo Luis Antonio, a quien en pequeño disipaba temores, hoy es “seductor de lunas” y abre los caminos que avanzan. Su hija Carmen Lucía conocía desde niña el manantial de amor que nace en el corazón de su padre y que riega la casa. Ese espacio con jardines y plantas que reflejan su cosmovisión: “Por las noches abrimos el infinito/ dejando que nuestro hogar nos habite”.

Los sueños transmutan otra dimensión, los secretos perdidos en el abismo, atardeceres y muchas preguntas sobre episodios de su vida que poco a poco se transfiguran y borran. ¿Será el amor el remedio para el olvido? Es la pregunta retórica de respuesta abierta aunque evidente en los matices del amor que asciende desde yo y tú para convertirse en Nosotros, pronombre de amalgama y trasmutación en sus poemas Palabras y Juegos nocturnos.

El poeta trasciende el tiempo, a pesar de la vejez que desgasta el cuerpo, va más allá de lo material, incluso de las palabras. En su constante retorno al pasado, busca al niño de antes en las calles o juega como niño a ser mayor y le asalta el fantasma del olvido, pero sabe que lo único que trasciende todas las dimensiones es el hogar, “lo demás son sueños y pesadillas”.

Homero se da una pausa para hacer un balance en Inventario nocturno y comienza a recorrer escenarios poéticos universales. De entrada teme una mala jugada del tiempo y el olvido. Sus referentes literarios lo sitúan en un viaje y en su travesía le esperan ciudades y puertos interiores. Es el momento en que el límite entre la ficción y la realidad se ha borrado. Desembarca con su “nave de los locos” en el sueño de la poesía donde va “registrando sus recuerdos”.

La Poética de Homero Carvalho da una definición particular de literatura: “es la perfecta metáfora estelar del tiempo” porque encierra todos los tiempos, el libro perpetuo que solo se modifica cuando es leído y se intenta interpretar el caos. Su teoría asegura la existencia de la poesía antes de los humanos en el movimiento de transformación constante de la naturaleza. Saber mirar, saber decir es su propuesta, por eso establece la diferencia y conexión entre poesía y filosofía en el proceso de creación y en esa situación, según el poeta, escribir poesía “es hacerle el amor al lenguaje”.

“La poesía es una nube preñada de imágenes. Un niño la ve y se imagina un sombrero, una joven ve un jarajorechi, un hombre ve lo que sus hijos quieren ver… Es la tierra madre a la que volvemos para sembrarnos y paladear sus íntimos sabores…”

O cuando interpreta la música de las palabras: “Poesía es mamatomba serembe cuserembó camba kolla kunumi imilla diko.kon yasoropai Tumpa pe”.

Es un recurso muy de Homero el delirio frente al espejo porque a través de él puede mirar todos sus matices y con esa visión camina a través de la escritura que lo conduce a la felicidad, por eso, también, persigue imágenes que llueven de su pluma y despojado de soberbia hospeda en su alma otros caminantes de las letras.

El poeta no tiene nada fácil, que nadie se equivoque, el poeta lucha “con su animal interior”, por eso se busca haciendo caminos y dejando huellas y, a la manera de Víctor Hugo, se sumerge en el límite de su inconsciencia para descubrir las olas profundas del prodigio poético reconciliado con los suyos, los que siempre lo esperan.

Los tiempos cambian, la conciencia de valor y triunfo también y, sobre todo, desea ver otros viajeros con sus historias y amores, más cuando versa sobre la inmersión en El País de los poetas, su admiración por Roque Dalton, Panero, Parra, Pizarnik, Plath, Pessoa, Derek Walcot, cuyas vidas son poesía, patria, estado sin amos ni dioses.

Con Bautizar la ausencia, estamos ante la imaginación poética vestida de sencillez y luz, la conexión de un alma con otra, una imaginación dinámica sin la colorida lluvia de excesos, el vínculo con los poetas que sobreviven al tiempo. La imagen devota de la poesía, la catarsis de la escritura y el sentido del silencio después de leer un poema hacen las coordenadas: familia-amor, naturaleza-mundo, conocimiento-palabra-poesía.

Homero Carvalho incorpora el homo Viator en su poesía (el caminante que busca la perfección) y se une a la estirpe de autores que partiendo de su “yo” personal ahonda en el plano conceptual poético o bien parte de pinturas de la cotidianidad con pinceladas de humor, que piden ser reinterpretadas. A manera de testamento recomienda: “…mira los luceros desde tu piel y bautiza a tus astros preferidos con los nombres amados de los que se fueron para siempre, de los desaparecidos y de los caídos por un mundo mejor. Esos luceros serán tus propias constelaciones”.

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