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Bebiendo el camino...

Texas, Camargo, la historia, Polonia, los dioses del Olimpo, Oriente, Occidente… todo se encuentra en una licorería

Texas, Camargo, la historia, Polonia, los dioses del Olimpo, Oriente, Occidente… todo se encuentra en una licorería

Texas, Camargo, la historia, Polonia, los dioses del Olimpo, Oriente, Occidente… todo se encuentra en una licorería

La Razón (Edición Impresa) / Claudio Ferrufino-Coqueugniout - escritor

00:00 / 04 de abril de 2016

Decían que el león de Nemea cayó de la luna, fruto de los amores de Zeus con Selene. Habitaba una tierra que para Bolivia podría ser Cinti, Camargo o Villa Abecia; quizá incluso los Chichas, la fértil aridez de Culpina. Esas tierras, entre desierto y vergel, como diosas griegas con espada y desnudas. Nemea, pedregosa y pródiga en arbustos. Cayó de la Luna, tal vez, y quizá hijo de dioses, pero Hércules igual lo mató. Sangre roja sobre el polvo marrón con color de vino, olor de vino, sabor de muerte.

Licorería Ouzo. La penumbra se ha apoderado ya de Denver. En el mall descansan los sillares abandonados de grandes compañías de abasto. Las luces de la licorería titilan como estrellitas que no creen aún que el invierno terminó. Ouzo es una bebida griega, clara como el vodka y el agua, fuerte. Deduzco que la tienda ha de ser helena y que quizá ofrezca algo que otras “americanas” no tienen. No me falta razón. El dueño, esmirriado y marrón como la greda de Nemea, sigue mis pasos por los recovecos atiborrados de botellas. Desconfía tanto de mí como mi alma cochabambina desconfía de él, sin razón y desde el principio.

En el horizonte no hay Olimpo. Lejos la épica homérica de negras naves sobre el Ponto. Sin embargo, en esta trivialidad comerciante se escurren subrepticios deseos y memorias. Estiro el brazo hasta una botella de boutari carmesí. La etiqueta reza “Nemea”, la sangre del león. Estoy yo, acompañado de mi esposa en un casi sombrío local balcánico de expendio de bebida. El precio es un poco elevado y hasta ahora el vino griego que he tomado no tiene otra memoria que la vanidad de mentarlo como algo exótico. Vuelvo a ser niño. Infante alcoholizado en el momento en que descorche. Pero hay un instante, una fracción de tiempo que ha corrido con ansias suicidas hasta un rincón de mi cerebro, hasta un cuarto y una cama soleada cochabambina desde donde se veía un molle y yo soñaba con Hércules, Diómedes, Belerofonte e Idomeneo. Protesilao… quien si bien recuerdo, y ante la cobardía del resto de los argivos, echó pie en arena troyana desafiando al augur que profetizaba la muerte al primer griego que violara suelo teucro. Era Paris, Alejandro seductor de Helena, que terminó con su vida con una de sus magníficas flechas, solo comparables a las de Filoctetes y a las del propio Teucro, hermano del trágico telamonio, Ayax.

Y era solo una botella, negra con etiqueta roja, mágica.Seguimos por los refrigeradores llenos de cerveza, a ver si el encanto del vino extendía su halo sobre lo que quizá se escondía en el Ouzo. Botellas de vino dulce chipriota y moldavo. Slivovitz, licor de ciruela, croata. Delirante periplo, hasta detenerme en un rostro conocido, el de Pulaski, Kazimierz Pulaski, cuya estatua estaba hace poco cerca del Arroyo de los Cerezos, en Denver. Ya no; no pregunté por qué.

Padre de la caballería de la independencia norteamericana, guerrero contra los rusos en la destruida Confederación de Bar (cuyo hermoso castillo en la frontera ucraniana fue parte de mis sueños), lo encontré esa noche en una etiqueta de cerveza Warka, polaca, que también mostraba un antiguo húsar y su par de gigantescas plumas en la espalda. Caballería pesada de la República de Polonia en el siglo XVII, que molía a las infanterías sueca, turca y cosaca como rodillo de tanque, menos elegante pero más sobria que la de los afamados dragones del mítico pan Miguel Volodiovski…

Era demasiado. El mareo no lo produce solo el alcohol, también los fantasmas, aun si son aquellos que vienen de las delicias de la niñez ilustrada. Mas la embriaguez no siempre es burda, tiene azahares poéticos en medio de una barahúnda de muerte y sables decapitadores. Hércules rompe las quijadas del león en Nemea, región que podría calcarse en las olvidadas colinas de Cinti.

Reúno un par de cervezas más, lituanas ahora, y no me extiendo porque lo que se tuvo que decir de Lituania ya lo hizo Óscar V. de Lubicz Milosz y me da pudor.

Me imagino en un ruidoso colectivo rumbo a la Cruz del Sur. Me despierta el patrón cobrándome veintitrés dólares. “Spasibo”, agradezco en ruso, que es lo más cercano de mi verbo a su geografía, mientras me estiro los bigotes al costado para afinarlos a lo Pulaski y un poco sentirme si no héroe, importante.

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